Fuego en los genes

violencia

Todos podemos aceptar en mayor o menor grado que buena parte de lo que somos y hacemos es el resultado de una determinada configuración genética. El entorno influye, claro, pero sólo hasta cierto punto. Los genes, en cambio, condicionan. O predisponen. No determinan, gracias a Dios. Pero aprietan que da gusto.

Así, en una misma casa, con la misma educación, los hermanos pueden tener, y normalmente tienen, gustos muy diferentes. Pueden tener facilidad para los idiomas, para las matemáticas o para el deporte. Pueden pasar horas frente a la televisión o escuchando música. Dentro de la música, algunos se sentirán atraídos por la clásica, y otros por el pop. Muy poco hay en esos gustos adquiridos de “adquirido”. Todo esto, decía, no creo que sea difícil de aceptar.

Avanzando un poco, son también los genes los que predisponen a una persona a buscar experiencias límite como tirarse en paracaídas, nadar entre tiburones, lanzar piedras a la policía o descender por los rápidos de un río. Paracaídas, tiburones, rápidos, ¿policía? Sí, también. Detrás de todos esos disturbios que se producen en cada manifestación y que al parecer no tienen nada que ver con la manifestación en cuestión -se ve que hay por ahí muchos lectores de Hume- probablemente estén los genes. No es que el Pueblo esté harto, sino que algunas personas necesitan lanzar piedras, o consignas, o cócteles molotov. Y da lo mismo que el de al lado enarbole la bandera comunista, el arrano beltza o una esvástica retorcida. Esto no quiere decir que una misma persona pueda estar indistintamente en una manifestación neonazi y en una comunista, sino que probablemente -sí, siempre es probablemente- la elección por el modelo del gulag o el de los campos también estará en los genes. Algunos preferirán el bigote grande, y otros el bigote pequeño. Y no se decantan por uno u otro únicamente en función de su entorno o de sus lecturas. Si fuera así, bastaría con leer El Manifiesto Comunista o Mi Lucha para convencerse. Luego tiene que haber algo más allá de esas lecturas. Tiene que haber algo anterior a esos estímulos. Y ese algo, decíamos son los genes.

Entonces, ¿hay un gen comunista, o nazi, o violento? No, no es así. Al parecer se trata de algo bastante más complejo. No son genes aislados los que configuran la personalidad de cada individuo, sino combinaciones entre genes que configuran aspectos más generales. No son los genes los que hacen que alguien coja una antorcha, pero sí pueden hacer que esa persona sea más o menos reflexiva, más o menos impulsiva, más o menos agresiva. O que tenga una necesidad mayor o menor por el orden, una aversión mayor o menor a la incertidumbre y al riesgo, una capacidad mayor o menor para empatizar con otras personas…

Todos los que estaban hace unas horas arrojando contenedores, botellas y piedras contra la policía, los bancos y los comercios no son simplemente bárbaros ciudadanos comprometidos-aunque-confundidos. Pero tampoco son sólo marionetas de sus genes. Si fuera así, no podríamos hablar de responsabilidad. Adiós a la civilización. Lo que plantea otra cuestión: ¿decimos que no son simples esclavos de sus pasiones porque sabemos que no es así, o porque si fuera así habría que replantearse profundamente las bases del orden social? Seguramente ambas, aunque es lo segundo lo primero en acudir a la mente.

En cualquier caso, no teman. No podemos decir que nuestra tendencia política esté únicamente en los genes. Tampoco nuestra tendencia a ser más o menos violentos. Pero parece evidente que gran parte de las explicaciones a esas conductas parten de la genética. Es posible tener una predisposición a la violencia y no ser violento, gracias a los inhibidores y moderadores sociales. Aunque me atrevería a decir que precisamente nuestra respuesta a esos inhibidores también está condicionada por los genes. Un mayor o menor miedo al castigo, un mayor o menor nivel de testosterona o un mayor o menor aprecio por los argumentos éticos bien elaborados condicionarán el efecto de los mecanismos de represión de la violencia.

But I digress, again. Todo lo que se vio ayer -el mal gusto, la violencia sin sentido, la incapacidad de tener en cuenta las consecuencias de esas acciones, el miedo a detener al compañero dispuesto a lanzar una piedra, la reacción defensiva de un participante cuando se le mencionan estos brotes violentos, los discursos populistas, mesiánicos y sentimentalistas, la reacción favorable a ese tipo de discursos, la sensación de grupo que se genera en ese tipo de actos…- está, en parte, enterrado en los genes. Los manifestantes que desean la muerte de Rajoy y los que desean la muerte del árbitro de turno responden a los mismos impulsos. Y no van a dejar de hacerlo simplemente porque alguien dialogue con ellos. Entre otras razones, porque aceptar que algo tan personal como las ideas y la manera que elige cada uno para defenderlas están de alguna manera escritas en los genes, puede ocasionar demasiadas molestias.

OBRAS MENCIONADAS:

Koba el temible

La tabla rasa: La negación moderna de la naturaleza humana

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s