Los enemigos de la libertad

A veces leo que hay personas al parecer muy preocupadas por los enemigos de la Libertad. O tal vez habría que decir Enemigos, para darle más empaque. A mí me producen tanto miedo como los enemigos del Bien, los enemigos de la Justicia o incluso los enemigos de los X-Men. Sencillamente, no existen.

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Imaginarse a uno mismo en una cruzada contra esos feroces enemigos es tan productivo como imaginarse combatiendo en la última batalla contra el franquismo por el mero hecho de firmar en change.org una petición para retirar no sé qué cuadros en un Ayuntamiento. Los molinos que son gigantes, vamos. Pero debe de ser tan gratificante pensar que aún quedan grandes batallas en las que participar… El Bien contra el Mal, la Alianza Rebelde contra el Imperio, libertarios contra liberticidas. Sí, han oído bien, liberticidas. Personas ávidas de poder, alérgicas al inextinguible fulgor de la Libertad. Comen cachorros de gato y derechos fundamentales. Si te encuentras con uno, Rand no lo quiera, muéstrale una imagen de Ama-gi y saldrá corriendo. Y cuidado, porque siempre están cerca. Desde el político más intervencionista al alcalde del último pueblo de España; desde el agente de tráfico al ciudadano que paga sus impuestos o vota a un partido. Todos son agentes del Gran Mal. Incluso tú podrías ser uno de ellos…

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Lógicamente, nadie con un mínimo de inteligencia puede hablar en serio de los supuestos “Enemigos de la Libertad” sin sentir cierto sonrojo intelectual. No hay una agrupación de villanos con el objetivo vital de erradicar la libertad de la faz de la Tierra. En el fondo es una nueva formulación del clásico relato mitológico sobre el antiguo Mal que retorna para aniquilar la Luz y hacer que vuelvan las Tinieblas. En el origen, todo era Oscuridad. Los Enemigos de la Libertad anhelan volver a esos tiempos, y no hay una finalidad en sus acciones, salvo evitar que seamos libres. Quieren quitarnos las armas, impedir que consumamos cocaína, e incluso pretenden obligarnos a pagar impuestos para financiar la sanidad pública. Pero no hacen todo eso simplemente porque piensen que así se logra evitar un mal mayor en la sociedad, no. La realidad es que disfrutan elaborando legislaciones liberticidas. Un discurso maximalista y lisérgico, por cierto, que también causa furor en las filas del Mal.

Quieren acabar con todo

¿Entonces, qué pasa? ¿Estoy diciendo que hay que defender la prohibición y los impuestos? ¿Me he vuelto socialdemócrata? ¿¿¡¡Soy, acaso, uno de esos liberticidas!!?? Tendría que comprobarlo, pero creo que no. Lo que sí estoy diciendo es que puede haber razones para no apoyar la libre venta de todo tipo de drogas y armas o para defender las patentes, sin necesidad de abrazar la causa liberticida. El propio término “liberticida” es absurdo. Se podrá argumentar que, de acuerdo, puede ser un tanto exagerado, pero al menos no es tan rematadamente estúpido como el de “austericida”. Y además puede ser útil…

Y aquí es precisamente donde encuentro el mayor problema. No en el hecho de que una mentira o una exageración pueda ser útil. Al fin y al cabo, es posible que en política haya que ser un poco Underwood, como decían en un artículo reciente en The Freeman. (Por eso tal vez sea mejor alejarse de ella, aunque eso es otra historia) Lo que discuto no es la moralidad de esas caracterizaciones exageradas, sino precisamente su utilidad real. No estoy demasiado seguro de que mediante discursos maximalistas de todo o nada se vaya a conseguir convencer a nadie. A decir verdad, ni siquiera creo que con un discurso más ajustado a la realidad se puedan conseguir grandes cosas. Pero al menos sí se evitaría cometer el tremendo error de reducir el campo de acción a un absurdo libertarios contra liberticidas. Tremendo error, entre otras razones, porque en ese caso sería mejor irse a la Luna. Si pagar impuestos, defender la utilidad de la policía o estar a favor de la sanidad pública nos acerca un poco más a Hitler y a Stalin, entonces nos quedan dos telediarios.

Como dijo aquella vez el famoso, probablemente inexistente y críptico poeta, inventor, héroe, semidiós libertario William Z. Bankleshift: “Cuidado, insensatos, pues no son pocos quienes se han convertido en enemigos de la libertad precisamente por combatir a los Enemigos de la Libertad.”

 

DISCLAIMER: Cuando digo todo esto, por si hace falta explicitarlo, no estoy pensando en los discursos más o menos entusiastas en defensa de la libertad. Eso es cuestión de carácter. Estoy pensando en algunos discursos simples, maniqueos, maximalistas y pseudorreligiosos a los que en ocasiones tengo la fortuna de acudir en calidad de mero espectador. No estoy diciendo tampoco que no haya lugares en los que se combata, en cierto sentido, por la libertad, a pesar de que también aquí sería más acertado hablar de más libertad. Venezuela es el caso que hay que citar hoy en día. Lo que digo es que no todos los Gobiernos son tiránicos, que cien policías intentando contener una turba de salvajes no es lo mismo que la brutal represión que se está viviendo en Venezuela, y que no ser capaz de elaborar un discurso que distinga entre esas situaciones es hacer un flaco favor a la causa, por buena que ésta sea.

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