Política, anhelo de identidad

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Todo discurso político es en el fondo una expresión del anhelo de identidad. Y sólo eso. La falsedad que se genera en ese obstinado chapoteo en el lodo, al que llamamos discurso político, es por tanto doble. La primera falsedad -también doble- consiste en creer que ese discurso político es autónomo y liberador, cuando en realidad pocas cosas hay más determinadas y más generadoras de servidumbres que la política. No hay búsqueda racional de soluciones o verdades en el discurso político. Se trata simplemente del mecanismo de generación de identidad más eficaz de cuantos existen. Lo que empieza siendo, al menos en ocasiones, una investigación sobre ésta o aquélla cuestión, termina convirtiéndose casi siempre en una mera expresión de la nueva identidad: soy esto, o soy aquello. O bien, soy anti-esto, o soy anti-aquello. Y ese ser algo pasa a convertirse en lo único que importa, a mantener ese ser algo reducimos todo nuestra facultad cognoscitiva. Todas las justificaciones, argumentaciones y conclusiones derivadas son sólo mecanismos de perpetuación de ese “yo” frágil. Todas ellas no son más que la defensa obstinada, a vida o muerte, de esa identidad recién adquirida. Se discute contra o a favor de otros. Y a eso que no es sino subsunción en los otros llamamos, curiosamente, identidad.

En eso consiste precisamente la segunda falsedad, en creer que la identidad inconscientemente buscada, forjada en la expresión política, es real. Al decir “soy esto” creemos estar revelando un yo, pero en realidad ese “soy esto” lo que revela es un conjunto de determinaciones y afectos compartidos por muchos otros, en los que extrañamente nos afanamos por encerrarnos. No hay nada propio, por tanto, en ese yo construido en torno a la política. Tan sólo identidad falsa. (Identidad falsa: pleonasmo)

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, decía, de nuevo, SpinozaEn nada piensa menos que en la política.

Ni Estado ni Mercado

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Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que muchos otros; pensé dedicarme a la política tan pronto como llegara a ser dueño de mis actos, decía el viejo Platón. Hace ya unos cuantos años yo también fui joven, y aunque no pensara dedicarme a la política, sí me interesaba. Era anarquista, por aquella época. De los “de toda la vida”, de los de “A las barricadas”. Con muchas contradicciones, afortunadamente, pero anarquista. Pasó el tiempo, y puedo decir que no cometí ninguna barbaridad. El 11/S llegó en los años de estudiante universitario, y pasó factura. También afortunadamente. Errico Malatesta dio paso a Oriana Fallaci. No sólo, pero también. Entre muchas otras lecturas. Más tarde, Mises, Rothbard, Hayek y hasta Ayn Rand.

Si algo he tenido claro a lo largo de estos años es la certeza de que el Estado es, digámoslo de un modo suave, problemático. Criminal, decía allá por los dieciocho años. Confiar en esa máquina voraz para que resuelva todos nuestros problemas no sólo es éticamente inaceptable. Es, además, inútil. Andan las aguas revueltas estos días -y cuándo no- a cuenta de los resultados en las elecciones al Parlamento Europeo. Todos los partidos que han triunfado, con alguna excepción, lo han hecho precisamente con un programa de aumento del Estado. Tanto el Frente Nacional como Podemos. Sospecho que son muy pocas las ocasiones en las que se obtiene éxito en política sin cumplir esta premisa. La mecánica es simple: prometer cosas ahora, y pagarlas después. No falla. Aunque algunas de esas cosas sean privilegios injustificables, aunque esos privilegios se conviertan poco a poco en “derechos”, y aunque la factura se esconda bajo la mesa. O tal vez no haya que decir “aunque” sino “precisamente porque”. Y cuando la factura por fin aparece -y siempre aparece- es suficiente con indignarse, movilizarse y romperla en la calle, en un éxtasis colectivo. Las consecuencias, al fin y al cabo, son ficciones que salen por la TV. Así que el Estado como padre, madre, tutor y Dios proveedor, no sólo es una ficción. Es una ficción dañina.

Pero mientras escribo esto, hay críos que no pueden comer en condiciones, familias en las que ningún miembro trabaja, y pensionistas que sostienen económicamente a los hijos y a los nietos. Decir que todos esos casos son fruto de malas decisiones personales es una estupidez. Ya hemos dicho que el Estado no puede erigirse en el garante material de todas nuestras necesidades, pero entonces… ¿quién? Aquí comienza el otro lado del problema, que da título a esta entrada. El Estado no es solución mágica e infalible. Pero tampoco el Mercado. El discurso utopista y el pensamiento mágico no son exclusivos de los adoradores del Estado. También se da entre los liberales. Y ambos lados tienen sus chamanes, algunos de ellos involuntarios, porque la necesidad de cierta experiencia del Absoluto es prácticamente universal. Tal vez sea, y es justo reconocerlo, menos frecuente entre los liberales, pero es igualmente necesario reconocer que tiene su presencia. En muchas ocasiones, basta sustituir la palabra “Mercado” por “Estado” para darse cuenta. “El Mercado se hará cargo de quienes no puedan ganar lo suficiente para vivir”, dicen los utopistas moderados. Los no tan moderados afirman simplemente que el Mercado se encargaría de que no hubiera pobreza. Y lo dicen con una seguridad pasmosa, tal vez para no tener que enfrentarse a la posibilidad de que, con Mercado o con Estado, siguiera habiendo “fallos”, “injusticias” o como queramos llamar al principio de realidad. Lo dicen también como si el Mercado “fueran otros”. La única diferencia entre los adoradores de uno u otro Dios sería la coacción; la indiferencia ante los problemas sería la misma.

A veces pienso que se puede calibrar el nivel de infantilismo de un discurso político atendiendo únicamente a la presencia de determinadas palabras y construcciones gramaticales. La frecuencia de los condicionales es una de las pistas más fiables de que estamos ante un discurso pseudorreligioso, mesiánico. Por contra, el uso de adverbios de duda suele ser sinónimo de prudencia, de una limitada confianza en la validez de los conocimientos propios y de las soluciones planteadas. La cuestión es que queremos certezas, no dudas. Queremos soluciones homogéneas, infalibles, y queremos que los autores de esas soluciones sean también infalibles. En muchas ocasiones preferimos no contrastar nuestras creencias, porque corremos el riesgo de que se debiliten. Es una cuestión emocional, poco se puede hacer. Y esta esclavitud afectiva no entiende de espectros políticos.

Ni Estado ni Mercado van a solucionar nuestros grandes problemas. Y no lo harán porque, al contrario de lo que se suele pensar, los grandes problemas no requieren grandes soluciones que se ajusten a determinado paradigma teórico, sino pequeñas aproximaciones. Y una gran cantidad de resignación. Confiar ciegamente en uno u otro no supone gran diferencia, pero es una excusa perfecta, en ocasiones, para lavarse las manos y para seguir sujetos a un gran relato que nos proporcione identidad.

OBRAS MENCIONADAS:

La Anarquía

La rabia y el orgullo

La acción humana: Tratado de economía

Camino de servidumbre

UKIP, Frente Nacional y Podemos. O de los usos de las palabras en política

Es curioso esto del prefijo “ultra”. Comienzo a sospechar que las palabras, contrariamente a lo que siempre había creído, tienen propiedades del mundo físico. No me explico si no la querencia del citado prefijo por determinadas categorías políticas, y su rechazo a otras. “Nacionalista” y “Derecha” sí; “Izquierda”, jamás. ¿Se verán las palabras afectadas por los polos magnéticos? Tal vez, sólo tal vez, sea físicamente imposible combinar “ultra” con “izquierda” del mismo modo que es imposible juntar dos polos iguales. Pedro Abelardo y los nominalistas estarían errados. La palabra “rosa” olería a rosas, y la palabra “agua” calmaría la sed.

El lector avispado se habrá percatado de que todo esto tiene que ver con las reacciones a los resultados de las recientes elecciones al Parlamento Europeo. Sea eso lo que sea. Las mentes sensibles y “críticas” se han apresurado a catalogar a dos de los triunfadores como “ultras”, consiguiendo así que parezcan lo mismo para no dejar de vivir en un mundo claramente dividido entre buenos y malos, que al fin y al cabo es de lo que se trata. Me refiero al Frente Nacional de Marine Le Pen y al UKIP de Nigel Farage. Y sí, seguramente ambos tengan puntos en común. Y no niego que sean merecedores del prefijo “ultra”. Pero si fuéramos capaces de “hacer política” sin pervertir el significado de las palabras -lo sé, alguno ya estará pensando en algo como esto– no utilizaríamos el prefijo, convertido ya en concepto, a la ligera. Estableceríamos claramente qué es lo que cualifica a un partido, persona o idea para poder ir acompañada de “ultra”. ¿Es su lejanía respecto a un centro moderado? ¿Son los métodos de los que se sirven para defender los fines? ¿O acaso son las ideas mismas las que son “ultra”, sin necesidad de establecer un punto de referencia? Esto último no tendría sentido, puesto que “ultra” significa “más allá”, es decir, ha de contar con un punto previo, una referencia local. También puede significar exceso, pero del mismo modo requeriría una cantidad media, aceptable, desde la que se produciría ese exceso.

Ocurre, no obstante, que “ultra” ha quedado como sinónimo de “muy de derechas”. Sólo hace falta ir al RAE para comprobarlo2. adj. Dicho de un grupo político, de una ideología, o de una persona: De extrema derecha. U. t. c. s.

Ultra, es decir, extrema derecha. Palabras que cobran vida y establecen vínculos afectivos. Y la eterna servidumbre hacia el caduco eje izquierda/derecha. Caduco y necesario, para que pueda continuar el carnaval de afectos al que ha quedado reducido la política. Si es que alguna vez fue otra cosa.

No hay, en lo económico, grandes diferencias entre el ultraderechista Frente Nacional de Le Pen y Podemos. Pero como decíamos, no son los hechos los que fijan las palabras, sino los afectos. Le Pen es una desagradable extremista hija de un todavía más desagradable extremista. Pablo Iglesias es un joven profesor universitario que… “No hay más preguntas, señoría.” La elección de las palabras, como trágicamente supo Klemperer, no es nunca accidental. Las palabras dan forma a lo político. O tal vez sea más acertado decir que la política comienza con las palabras. Con la perversión sistemática y ordenada del significado de los conceptos sobre los que se construirá el discurso.

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-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

-La cuestión -zanjó Humpty-Dumpty- es saber quién es el que manda… eso es todo.

 

 

 

No debería producir ningún sentimiento la palabra “ultra”. Pero lo hace. Y por ello no describe, sino que conforma afectos. El lenguaje permite distinguir las cosas. Los afectos las unifican, en lo agradable y lo desagradable. No defiende UKIP nada distinto, en lo esencial, a la gran mayoría de partidos conservadores en el terreno de la inmigración. Recuperación de las competencias en el control de esa inmigración, y condiciones estrictas para el acceso a los servicios sociales del Estado. Sí aporta una diferencia: un discurso económico en el que la responsabilidad cae sobre el individuo y no sobre el Estado. Es decir, opuesto al discurso de Podemos y el Frente Nacional. Pero sólo interesan las diferencias que reafirman los afectos. Otro apunte: sólo UKIP, y no por ejemplo CIU, merece el calificativo de ultranacionalista por sus propuestas sobre inmigración. CIU:

  • Reivindicar más competencias en materia de inmigración para conseguir el desarrollo del Estatut.
  • Reforzar la lucha contra la inmigración irregular y asegurar que el Estado cumpla las obligaciones establecidas en las políticas de retorno.
  • Hacer obligatorio el requisito de la obtención de l’arrelament” (esfuerzo de integración) para obtener la residencia permanente.
  • Desarrollar un plan de enseñanza de la lengua catalana.

 

Si fuéramos capaces de hacer política sin pervertir el significado de las palabras, decía, sin convertir los afectos en el punto de partida, eje y meta de los discursos, podríamos abandonar de una vez por todas el esquema izquierda/derecha, mero generador de servidumbres sentimentales. Pero

Si la naturaleza humana estuviese dispuesta de tal modo que los hombres viviesen siguiendo únicamente las prescripciones de la razón, y si sus esfuerzos tendieran a ello solamente, el derecho de naturaleza, mientras fuera considerado propio del género humano, estaría determinado únicamente por la potencia de la razón. Pero

 

Gabriel Albiac, en el Epílogo de la Ética de Spinoza

OBRAS MENCIONADAS:

LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo

Alicia en el País de las Maravillas: Incluye Al otro lado del espejo

Ética demostrada según el orden geométrico

¿A quién votaré en las elecciones europeas? Una respuesta clara y directa

 

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La respuesta a esta pregunta ha de ser sin duda directa y concisa. Es una cuestión que no puede quedar en el olvido por más tiempo, y por lo tanto ha de convertirse en nuestra única prioridad. Una respuesta clara y sin ambigüedades que nos permita abordar el problema de la manera más honesta y transparente posible. Pero no nos engañemos, es una labor que requiere el esfuerzo de todos, no sólo de unos pocos. Si queremos construir una sociedad mejor, tenemos que convertir la respuesta en un problema común. Ya hemos malgastado demasiado tiempo ocupándonos de respuestas parciales e interesadas. Por eso desde aquí queremos dejar claro que estamos ante una nueva era. Una era de cambio. Una era en la que las respuestas timoratas y acomplejadas no tienen cabida. Una era en la que, por fin, podremos esperar una respuesta a la altura de las demandas de la sociedad. Hemos entendido el mensaje, y no dejaremos que caiga en saco roto.

La respuesta, por tanto. Muchas personas la han pedido. Personas buenas, inteligentes, que no se dejan corromper por intereses partidistas, y que no se conformarán con cualquier cosa. Personas que merecen algo más que una simple declaración entre líneas, personas que con su trabajo, esfuerzo y dedicación ayudan a que esta sociedad pueda caminar sin miedo hacia un futuro mejor. Es a esas personas a quienes debemos la respuesta. Y, no lo dudéis ni por un instante, tendrán su respuesta. Tendréis, sí, vuestra respuesta. Porque lo merecéis, y porque nosotros no seríamos dignos de atención si no os la diéramos. No podemos permitir que, una vez más, las demandas sociales se conviertan en humo. La época de los embaucadores, de los trileros y de los encantadores de serpientes, ha terminado. Y sois vosotros quienes lo habéis hecho posible.

Pero no nos engañemos, hay gente que está con el cuchillo preparado, aguardando desde la comodidad de su sillón a que movamos ficha. Gente que espera lo peor del ser humano, que es incapaz de divisar el sol entre las nubes. A esa gente no le dedicaremos ni un minuto. Porque son quienes no cesarán nunca de poner palos en las ruedas del progreso, gente que se alegra de las desgracias ajenas. Ellos son los enemigos de la regeneración, del cambio, de la ilusión. Y precisamente por eso, porque esperan que callemos como otros han hecho siempre, debemos dedicar todo nuestro empeño a la construcción conjunta de esa respuesta. Y digo conjunta, porque no tendría sentido una respuesta que no fuera capaz de aglutinar todas las voces implicadas en este proceso de transformación social. Aquellos que no tienen voz son precisamente quienes más alto deben hacerse oír. Porque sin ellos, los demás no somos nada.

Será por tanto una ardua tarea. Posiblemente avanzaremos lentamente, despejando las tinieblas en nuestro camino, a través de un terreno difícil. Pero Roma no se construyó en dos días. No debemos olvidarlo nunca. Cuando el viaje comience a hacerse pesado, cuando parezca que toda esperanza está perdida, recordemos que sólo los caminos difíciles merecen la pena. Entonces, y sólo entonces, podremos volver a levantar la mirada hacia el horizonte. Y cuando por fin lleguemos al final del camino, al volver la vista atrás, contemplaremos con orgullo las adversidades que en breve nos tocará afrontar.

Pero sé que la impaciencia no tardará en hacer mella en quienes habéis llegado hasta aquí. Sé que habéis esperado demasiado tiempo, y aun así debo pediros un último y pequeño esfuerzo. Sé que no es justo, y que ya os han pedido lo mismo otras veces, pero os pido que aguantéis un poco más. La respuesta llegará antes de lo que pensáis. Y cuando llegue, sabréis que la espera ha merecido la pena. Creedme, me gustaría tener ya una respuesta. Sería mucho más fácil responder de manera simple y directa. Pero no os merecéis una respuesta simple. Os merecéis algo mejor. Y sé que no os conformaríais con otra cosa. Por eso, no podemos tratar la respuesta con ligereza. Sería tirar por tierra todo nuestro trabajo, y lo que es peor, el trabajo de todas esas personas que nos han hecho mejores. Sería, no lo dudéis, faltaros al respeto.

Para terminar, sé que esperabais una respuesta clara y directa. Os prometí una respuesta clara y directa. Y sabéis que no podría volver a dirigirme a vosotros si faltase a mi palabra. Por eso, hoy puedo decir por fin que tenemos una respuesta. Sí, oís bien: hay una respuesta. Siempre ha estado ahí. La respuesta, amigos, está en vuestras manos. En las manos de todos los que habéis hecho posible este viaje.

Así que ha llegado el momento de dar por terminado el camino que iniciamos hace sólo unas líneas. Sé que la respuesta ha podido sorprender a algunos, y que otros, unos pocos, se habrán sentido decepcionados. Pero es algo con lo que ya contaba. Al fin y al cabo, quien se arriesga, quien aborda los problemas con integridad y sin miedo, termina pagando su audacia, en un momento u otro. Pero no me importa, porque como dije, mi única prioridad en estas líneas ha sido cumplir lo prometido: daros una respuesta. Disfrutadla como se merece.

Discriminación

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Posiblemente ésta sea la entrada que menos acuerdo suscite de entre todas las que he publicado. Trata sobre la decisión por parte de Coca-Cola de retirar un anuncio en el que aparecía un actor al parecer simpatizante de Herrira, organización de apoyo a los presos de ETA que trabaja en favor de su acercamiento e incluso de su excarcelación. Y aquí comienza el asunto. Dice el mismo Gotzon Sánchez, el actor del anuncio, que trabaja por los derechos de los presos de ETA del mismo modo que trabajaría por los derechos de cualquier preso común. Y en el condicional es donde se encierra la clave. Porque no trabaja por los derechos de todos los presos, sino sólo por los derechos de los presos de ETA. Por lo tanto, no tiene sentido el uso de ese condicional. Herrira, y Gotzon Sánchez, apoyan a los presos de ETA. Y sólo a los presos de ETA. Una organización con cientos de asesinatos a sus espaldas. Por eso están en la cárcel. No se trata de presos condenados por razones políticas. Se trata de personas que han participado en asesinatos, o que han ayudado de una u otra manera a que se produzcan esos asesinatos.

Una vez tenemos esto claro, pasamos al segundo aspecto de la noticia, que es el realmente polémico: la discriminación.

Todos discriminamos. A diario. Es tan evidente que dudo incluso de la necesidad de señalarlo aquí. Y no sólo discriminamos productos, sino también personas. Es algo inconsciente e inocuo, pero cuando elegimos no sentarnos al lado de una persona, estamos discriminando. O tal vez tendría que emplear la cursiva o las comillas, porque desde luego no es el tipo de discriminación que todos tenemos en mente. Y es que hay varios tipos de discriminación. Para empezar, hay una discriminación pública, que parte del Estado en cualquiera de sus formas, y una discriminación privada. Esta última puede ser espontánea, como en el caso del asiento que elegimos, u organizada, que sería lo más parecido a la petición de retirada del anuncio por parte de Dignidad y Justicia. La discriminación privada y organizada es la que peor fama tiene, por numerosas y contundentes razones. No sé si hace falta mencionar al Ku Klux Klan. Discriminar a alguien por el hecho de que ese alguien sea negro, homosexual o musulmán, es algo que a la mayoría de nosotros nos produce rechazo. Pero ese rechazo es más o menos pronunciado -y legítimo, dirían los más radicales defensores del principio de no agresión como única norma justificable- en función de varias razones. El alcance de esa discriminación, si da o no lugar a acciones violentas, o el número de personas que secundan esa discriminación hacen que la magnitud de la misma varíe. En La Caza, de Thomas Vinterberg, llega a extremos que producen pesadillas. No es lo mismo que alguien, individualmente, decida no sentarse al lado de una persona con aspecto extraño, por incomprensible que nos parezca, o que alguien inicie una campaña para que esas personas con aspecto o costumbres extrañas no entren en determinados locales. Lo primero es una acción inocua, a pesar de tener su origen en la ignorancia. Lo segundo es la antesala del fascismo, a pesar de ser “legítimo” según los más acérrimos defensores de cierto liberalismo.

Quedaría fuera de este pequeño análisis, que no es tan lejano como pueda parecer al tema que ha iniciado la entrada, la discriminación pública. Jamás aceptaríamos, qué buenos y conscientes somos, la discriminación pública. Es decir, la que el temible Leviatán, con todo su peso, lleva a cabo. Y en cambio, es la discriminación que más abunda. Sin ir más lejos, aquí en el País Vasco, desde donde ha surgido la polémica que comentamos, existe una discriminación positiva hacia una lengua -que como casi todo el mundo sabe es un instrumento para la comunicación, y por lo tanto no tiene derechos- consistente en una discriminación negativa contra aquellos que no poseen el conocimiento adecuado de la misma. Se da la circunstancia de que una persona no puede trabajar como profesor en cursos impartidos únicamente en castellano si no posee el título que certifica su conocimiento y dominio del euskera. El problema de la discriminación pública es que parte de la ley. Y la ley puede modificar incluso el significado de las palabras.

Pero, ahora sí, nos estamos desviando. Hablábamos de una discriminación privada y organizada contra alguien que ha manifestado públicamente su apoyo a los presos de una organización terrorista. Algo -la petición y posterior retirada- que en muchas personas inteligentes ha provocado, al menos, recelo. Y es posible que ese recelo sea sano y necesario. Ante cualquier sospecha de linchamiento, mediático o literal, hay que posicionarse siempre con la víctima. Al menos al principio. Y sólo una vez la turba ha sido disuelta, si es necesario, proceder según creamos correcto. Si se trata de un falso culpable o de una falsa culpa, intentar ayudar a la víctima. Sería el caso del personaje de Lucas en la mencionada La Caza. O, por no salirnos del cine, de Tom Robinson, a quien Atticus Finch defiende tanto dentro como fuera del tribunal en la siempre necesaria Matar a un ruiseñor. El problema viene cuando no hay error. Cuando la víctima de esa supuesta caza de brujas -aunque la épica siempre sea una tentación, ni Dignidad y Justicia son McCarthy, ni Gotzon Sánchez es Dalton Trumbo- es alguien que ha manifestado su apoyo a presos que cumplen condena por participar en asesinatos terroristas, y sólo a esos presos. Apoyo que finalmente se traduce en la petición de que esos presos sean liberados. Al fin y al cabo, no se consideran terroristas sino víctimas en una guerra entre dos bandos. Asesinados por ETA y asesinos, ambos de la mano tras un abrazo fraternal, puesto que son sólo víctimas del conflicto.

Que esto justifique o no cierto rechazo depende de dónde ponga el listón ético o estético cada uno. A mí sí me genera rechazo. Más que la petición de retirada del anuncio. Dicen que se trata de discriminación por razones ideológicas, algo que al parecer es inaceptable. Al fin y al cabo, hay una diferencia entre el nazi que asesinaba judíos y el neonazi que saluda con el brazo extendido. O entre el nazi que delataba a un vecino judío y el neonazi que exhibe la esvástica. Y puede que no sea lo mismo. En términos jurídicos. Puede que la libertad de expresión recoja el derecho a apoyar públicamente a los presos de ETA, a recibirles con homenajes cuando vuelven a casa, o a expresar que se trata de víctimas de una guerra. Y seguramente así debe ser. Pero la ley no puede entrar en la reacción individual ante quienes deciden defender ciertas causas. Mi reacción está clara en ese aspecto. No pediré que la ley persiga a Gotzon Sánchez. Tampoco intentaré hacer a otros partícipes del rechazo que me produce su apoyo a los presos de ETA. Y probablemente no habría modificado mi consumo de Coca-Cola, que es inexistente, en función de la reacción de la empresa. Pero desde luego no me parece acertado reducir el episodio a una caza de brujas por razones ideológicas. Todos elegimos qué y a quién defendemos. Y hay que ser consecuente con ello.

P.S. Tengo mis dudas, adelantando posibles disclaimers, en cuanto a la necesidad y a la proporcionalidad de la petición de retirada del anuncio. No sé hasta qué punto era necesaria, puesto que nadie parecía conocer la implicación del actor en lo que algunos  eufemísticamente denominan “resolución del conflicto”.

OBRAS MENCIONADAS:

La Caza [DVD]

Matar a un ruiseñor [DVD]

Servidumbres voluntarias

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Todo proceso político ha sido y será siempre revolucionario. En el sentido astronómico del término. Es decir, cíclico. Todo vuelve siempre al mismo lugar. Cambiarlo todo para que nada cambie. Es de ilusos pensar que puede darse algún cambio real. Pensar, además, que uno puede tener algo que ver con ese cambio, va más allá de la ilusión.

Dentro de poco se celebrarán las elecciones al Parlamento europeo. Más de la mitad de los españoles, al parecer, no tiene ni idea de cuándo se celebran. Da lo mismo. Lo que es seguro es que unas cuantas personas serán elegidas para no se sabe muy bien qué. Para hacer como que hacen, allí, en Europa. Y les pagaremos encantados. Otros, los pobres, se quedarán sin premio. Y no tendrán nada que ofrecer a sus votantes, más que ilusión y esperanza. Ilusión y esperanza, para que todo empiece de nuevo. Otro escenario, otros actores, el mismo guión. Y el mismo público, en la caverna, aplaudiendo el paso de las sombras.

Platón, vilipendiado por muchos que creen que escribió la República hace veinte años, también intentó cambiar las cosas. Mediante la política. ¿Cómo si no? Pero se dio cuenta de que ni República, ni rey-filósofo, ni filósofo-rey. Filósofo, sólo. Y por lo tanto, solo. No cambiará nada, pero al menos sabré que no cambiará nada. Y no seré cómplice de todas las barbaridades que se cometan en nombre de ese no-cambio. Que no es poca cosa. La militancia tiene un precio muy alto. No sólo te hace cómplice de las barbaridades, sino también de la estupidez. Que es casi peor. Del pensamiento colectivo, del esloganismo, de la adoración al líder y a la Causa, del desprecio a quienes no ocupan el mismo espacio. Del eterno mecanismo de la esperanza y del miedo. Como decíamos, un precio demasiado alto.

Me quedo con Epicuro y el viejo Platón. Porque en política,  “adaptando” a Gorgias:

Nada cambia.

Si algo cambiara, sería superficial.

Si se pudiera dar un cambio real, tú no tendrías nada que ver.

Nada cambia, en política. Salvo quien se adentra en política.

OBRAS MENCIONADAS:

Carta VII – Platón

Epicuro – Obras

La ficción del otro

 

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Nos apresuramos a señalar lo que de ajeno hay en el Horror. Que es todo. Siempre son otros, los otros. Radical, esencial, necesariamente otros.  Salvajes, monstruos, inhumanos. Nada más humano que la deshumanización apresurada, histérica, del otro. Producto de un conocimiento demasiado molesto o de una ignorancia patológica. Tal vez buscada. Jamás pensamos que son hombres corrientes, ordinary men, que podemos ser, que somos, como ellos. Ellos y nosotros; ni siquiera yo: nosotros. Y ellos.

Demasiado ocupados lamentándonos, detestando, como para darnos cuenta de que repetimos el mismo proceso del que pretendemos desligarnos. Es precisamente el mecanismo de deshumanización el primer paso de ese “otro-que-no-es-humano”. Y a esa ficción nos aferramos.

La sorpresa constante ante el Horror, percibido como singularidad, sólo puede significar impostura o ignorancia. Su condena, necesariamente inmediata, inmediatamente necesaria, rápida, acrítica, doblemente inútil, pues impide cualquier intento de comprensión. La condena precipitada como coartada. “Yo no fui, lo juro. No vi nada. No oí nada. Ni siquiera estaba allí.” La coartada precipitada como sospecha de culpa. “¿Dónde estaba, entonces?” Muro de humo frente al Horror de los otros. Muro de espejos, en cambio, la comprensión. Siempre en silencio. Sólo silencio. Solo, silencio.