Discriminación

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Posiblemente ésta sea la entrada que menos acuerdo suscite de entre todas las que he publicado. Trata sobre la decisión por parte de Coca-Cola de retirar un anuncio en el que aparecía un actor al parecer simpatizante de Herrira, organización de apoyo a los presos de ETA que trabaja en favor de su acercamiento e incluso de su excarcelación. Y aquí comienza el asunto. Dice el mismo Gotzon Sánchez, el actor del anuncio, que trabaja por los derechos de los presos de ETA del mismo modo que trabajaría por los derechos de cualquier preso común. Y en el condicional es donde se encierra la clave. Porque no trabaja por los derechos de todos los presos, sino sólo por los derechos de los presos de ETA. Por lo tanto, no tiene sentido el uso de ese condicional. Herrira, y Gotzon Sánchez, apoyan a los presos de ETA. Y sólo a los presos de ETA. Una organización con cientos de asesinatos a sus espaldas. Por eso están en la cárcel. No se trata de presos condenados por razones políticas. Se trata de personas que han participado en asesinatos, o que han ayudado de una u otra manera a que se produzcan esos asesinatos.

Una vez tenemos esto claro, pasamos al segundo aspecto de la noticia, que es el realmente polémico: la discriminación.

Todos discriminamos. A diario. Es tan evidente que dudo incluso de la necesidad de señalarlo aquí. Y no sólo discriminamos productos, sino también personas. Es algo inconsciente e inocuo, pero cuando elegimos no sentarnos al lado de una persona, estamos discriminando. O tal vez tendría que emplear la cursiva o las comillas, porque desde luego no es el tipo de discriminación que todos tenemos en mente. Y es que hay varios tipos de discriminación. Para empezar, hay una discriminación pública, que parte del Estado en cualquiera de sus formas, y una discriminación privada. Esta última puede ser espontánea, como en el caso del asiento que elegimos, u organizada, que sería lo más parecido a la petición de retirada del anuncio por parte de Dignidad y Justicia. La discriminación privada y organizada es la que peor fama tiene, por numerosas y contundentes razones. No sé si hace falta mencionar al Ku Klux Klan. Discriminar a alguien por el hecho de que ese alguien sea negro, homosexual o musulmán, es algo que a la mayoría de nosotros nos produce rechazo. Pero ese rechazo es más o menos pronunciado -y legítimo, dirían los más radicales defensores del principio de no agresión como única norma justificable- en función de varias razones. El alcance de esa discriminación, si da o no lugar a acciones violentas, o el número de personas que secundan esa discriminación hacen que la magnitud de la misma varíe. En La Caza, de Thomas Vinterberg, llega a extremos que producen pesadillas. No es lo mismo que alguien, individualmente, decida no sentarse al lado de una persona con aspecto extraño, por incomprensible que nos parezca, o que alguien inicie una campaña para que esas personas con aspecto o costumbres extrañas no entren en determinados locales. Lo primero es una acción inocua, a pesar de tener su origen en la ignorancia. Lo segundo es la antesala del fascismo, a pesar de ser “legítimo” según los más acérrimos defensores de cierto liberalismo.

Quedaría fuera de este pequeño análisis, que no es tan lejano como pueda parecer al tema que ha iniciado la entrada, la discriminación pública. Jamás aceptaríamos, qué buenos y conscientes somos, la discriminación pública. Es decir, la que el temible Leviatán, con todo su peso, lleva a cabo. Y en cambio, es la discriminación que más abunda. Sin ir más lejos, aquí en el País Vasco, desde donde ha surgido la polémica que comentamos, existe una discriminación positiva hacia una lengua -que como casi todo el mundo sabe es un instrumento para la comunicación, y por lo tanto no tiene derechos- consistente en una discriminación negativa contra aquellos que no poseen el conocimiento adecuado de la misma. Se da la circunstancia de que una persona no puede trabajar como profesor en cursos impartidos únicamente en castellano si no posee el título que certifica su conocimiento y dominio del euskera. El problema de la discriminación pública es que parte de la ley. Y la ley puede modificar incluso el significado de las palabras.

Pero, ahora sí, nos estamos desviando. Hablábamos de una discriminación privada y organizada contra alguien que ha manifestado públicamente su apoyo a los presos de una organización terrorista. Algo -la petición y posterior retirada- que en muchas personas inteligentes ha provocado, al menos, recelo. Y es posible que ese recelo sea sano y necesario. Ante cualquier sospecha de linchamiento, mediático o literal, hay que posicionarse siempre con la víctima. Al menos al principio. Y sólo una vez la turba ha sido disuelta, si es necesario, proceder según creamos correcto. Si se trata de un falso culpable o de una falsa culpa, intentar ayudar a la víctima. Sería el caso del personaje de Lucas en la mencionada La Caza. O, por no salirnos del cine, de Tom Robinson, a quien Atticus Finch defiende tanto dentro como fuera del tribunal en la siempre necesaria Matar a un ruiseñor. El problema viene cuando no hay error. Cuando la víctima de esa supuesta caza de brujas -aunque la épica siempre sea una tentación, ni Dignidad y Justicia son McCarthy, ni Gotzon Sánchez es Dalton Trumbo- es alguien que ha manifestado su apoyo a presos que cumplen condena por participar en asesinatos terroristas, y sólo a esos presos. Apoyo que finalmente se traduce en la petición de que esos presos sean liberados. Al fin y al cabo, no se consideran terroristas sino víctimas en una guerra entre dos bandos. Asesinados por ETA y asesinos, ambos de la mano tras un abrazo fraternal, puesto que son sólo víctimas del conflicto.

Que esto justifique o no cierto rechazo depende de dónde ponga el listón ético o estético cada uno. A mí sí me genera rechazo. Más que la petición de retirada del anuncio. Dicen que se trata de discriminación por razones ideológicas, algo que al parecer es inaceptable. Al fin y al cabo, hay una diferencia entre el nazi que asesinaba judíos y el neonazi que saluda con el brazo extendido. O entre el nazi que delataba a un vecino judío y el neonazi que exhibe la esvástica. Y puede que no sea lo mismo. En términos jurídicos. Puede que la libertad de expresión recoja el derecho a apoyar públicamente a los presos de ETA, a recibirles con homenajes cuando vuelven a casa, o a expresar que se trata de víctimas de una guerra. Y seguramente así debe ser. Pero la ley no puede entrar en la reacción individual ante quienes deciden defender ciertas causas. Mi reacción está clara en ese aspecto. No pediré que la ley persiga a Gotzon Sánchez. Tampoco intentaré hacer a otros partícipes del rechazo que me produce su apoyo a los presos de ETA. Y probablemente no habría modificado mi consumo de Coca-Cola, que es inexistente, en función de la reacción de la empresa. Pero desde luego no me parece acertado reducir el episodio a una caza de brujas por razones ideológicas. Todos elegimos qué y a quién defendemos. Y hay que ser consecuente con ello.

P.S. Tengo mis dudas, adelantando posibles disclaimers, en cuanto a la necesidad y a la proporcionalidad de la petición de retirada del anuncio. No sé hasta qué punto era necesaria, puesto que nadie parecía conocer la implicación del actor en lo que algunos  eufemísticamente denominan “resolución del conflicto”.

OBRAS MENCIONADAS:

La Caza [DVD]

Matar a un ruiseñor [DVD]

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