Derecho a decidir… ¿qué?

2009 (Page 2)

Algunas reflexiones en torno a la cadena humana a favor del “derecho a decidir” convocada ayer por Gure Esku Dago (Está en nuestras manos)

150.000

Lo primero, las cifras. 150.000 personas, según la propia organización, acudieron ayer a la llamada para unir Durango y Pamplona. Suficientes para calificar la iniciativa de éxito multitudinario. Por situar la cifra, la Comunidad Autónoma Vasca tiene algo más de dos millones de habitantes. Si incluimos Navarra como parte de esa gran Euskal Herria que reivindican, la cifra ya se acerca bastante a los tres millones. Y si incluimos también las tres provincias del País Vasco francés, tenemos entonces algo más de tres millones de habitantes. 150.000 personas de esos tres millones que conforman la denominada nación vasca, al parecer, hablaron en nombre del pueblo. El 5% de la gran Euskal Herria, o el 7,5% de la Comunidad Autónoma Vasca. Por compararlo con otro de esos eventos festivo-reivindicativos autóctonos, el Ibilaldia -la fiesta de las ikastolas- suele reunir a unas 100.000 personas cada año. Como con todas las cifras, cabe hacer diversas interpretaciones. Pero lo que no es interpretable es la cifra en sí: 150.000 personas.

La trampa de las palabras

En cualquier caso, mucho más importante que la cifra es el mensaje que se quería lanzar. En la web de los organizadores, en un Quiénes Somos de poco más de 550 palabras, la expresión “Derecho a decidir” se repite doce veces. Uno podría pensar que en alguna de esas doce menciones se explicaría en qué consiste ese derecho a decidir. A qué tipo de decisiones se refieren, mediante qué procedimientos se tomarían, quiénes podrían tomarlas,  y a quiénes afectarían. Y después de haber dejado clara la reivindicación, la gente podría libremente situarse a favor o en contra de la misma. Uno podría pensar eso, claro, si hubiera nacido ayer. A lo largo del documento, lo único que se dice realmente sobre ese derecho a decidir es que es… un derecho. Así que 150.000 personas se han unido en una cadena humana a favor de un concepto vacío que no dice realmente nada. Y ahí es donde está la trampa, lógicamente. Nadie puede estar en contra de un derecho a decidir, porque todos entendemos que las decisiones forman parte de la libertad humana, y por lo tanto manifestarse en contra del derecho a decidir es algo así como manifestarse a favor de la sumisión. La elección de las palabras, decíamos en otro post, es la esencia de la política. Ahora bien, a pesar de que en ningún momento hayan hecho explícito en qué consiste el derecho a decidir que reivindican, no creo que ninguna de las 150.000 personas que participaron ayer en la cadena humana tuviera en mente decisiones como qué libro leer, a qué hora cenar, o dónde veranear. Ese derecho a decidir que defienden es colectivo, naturalmente. De la nación vasca, para ser más precisos. Luego no hablamos ya del derecho de cada ciudadano a organizar su vida como buenamente pueda, sino el derecho de una Nación a… ¿A qué, exactamente? ¿Qué tipo de decisiones toman las naciones?

El simbolismo de una cadena

 El derecho a decidir es una manera eufemística de reivindicar el derecho a homogeneizar una sociedad según los deseos de una parte de esa sociedad. Por eso se habla de Pueblo y Nación, y no sólo de ciudadanos. Los ciudadanos llegan a acuerdos políticos para garantizar la convivencia, y para el resto de cuestiones confían en las relaciones voluntarias. Los ciudadanos pueden unirse cuando comparten gustos, aficiones y objetivos comunes. Pueden unirse en una cooperativa para gestionar un centro educativo, pueden unirse en una asociación de escritores o  en grupos de lectura para fomentar la literatura que ellos prefieran, pueden unirse para ir al monte, para hablar euskera o para tomar vinos. Y la clave de todas esas decisiones es que a pesar de ser colectivas, siguen siendo voluntarias. Un Pueblo, en cambio, no es nada, y lo es todo. Un Pueblo se entiende como algo vivo, y tiene una lengua, una cultura y unas costumbres propias que hay que defender por encima de las preferencias individuales. Un Pueblo no es nada, porque es una palabra fantasma, y lo es todo porque es la herramienta mediante la que una parte de la sociedad se erige en el gran colectivo simbólico que convierte en norma sus preferencias y afectos particulares.

Una vez se entiende esto, hay que reconocer que el símbolo elegido para mostrar ese deseo de subsunción del ciudadano en el Pueblo es todo un acierto: una gran cadena.

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