Condenar la estética, perpetuar el mensaje

 

antisemitism

Hay un residuo histórico en España, y en Europa, que muestra orgulloso la esvástica, la cruz gamada o la cabeza rapada. Se trata de una minoría a la que afortunadamente nadie defiende, salvo quien quiera suicidarse socialmente. No hay actores, escritores, periodistas o académicos entre ellos. No conocidos, al menos. Ver la esvástica o cualquier otro símbolo asociado a la estética nazi crea una sensación desagradable en quien lo observa, un rechazo unánime. Pero si algo ha quedado claro después de ver las concentraciones contra Israel, las columnas en prensa y las redes sociales en España durante estos últimos días, es que es únicamente la estética lo que causa rechazo. No es el mensaje antisemita del nazismo lo que repele y lo que se condena, sino sólo su imagen. Ni siquiera la retórica. Al contrario, la retórica antisemita tradicionalmente asociada a los círculos neonazis lleva ya tiempo asentada en buena parte de la sociedad europea.

Quien no lo vea claro puede hacer un pequeño ejercicio mental. Piense en una concentración de neonazis, con sus brazaletes, sus tatuajes, sus cruces gamadas y sus calaveras. La condena ya está ahí, al momento. Piense ahora en una manifestación de apoyo a Palestina, en España, Inglaterra, Francia o Alemania. Con sus banderas palestinas –y otras que no se sabe muy bien de dónde son, pero que si se conocieran sorprenderían a más de uno-, sus pañuelos, sus niños, los puños en alto o las alusiones a la paz. La simpatía ya está ahí, también al momento. El mensaje es lo de menos. No hay esvásticas, brazaletes ni cruces gamadas en las manifestaciones contra Israel. O al menos, no en el mismo número que en las concentraciones neonazis. Pero sí se han podido escuchar estos mensajes: “Muerte a los judíos”, “Gasead a todos los judíos”, “Nos temeréis hasta el día del Juicio Final”, “Judíos asesinos de niños”, “Hitler tenía razón”… Se han escuchado y se siguen escuchando, en España, en Francia, en Inglaterra o en Alemania. Y mientras, buena parte de los intelectuales en silencio. O difundiendo ese mismo odio, con ligeros y chapuceros retoques. Estéticos, solamente.

No hay esvástica en esos mensajes, y por lo tanto no hay condena. Aunque el mensaje sea el mismo. Lo que hoy repugna en los históricos discursos contra los judíos de los dirigentes y pensadores nazis no es el fondo del discurso, sino la imagen. No es el contenido del Der Stürmer de Streicher lo que produce rechazo, sino sólo el nombre. Stürmer o Streicher. Seguramente se ha moderado el tono, se ha reducido la virulencia de los ataques, pero sigue siendo habitual encontrar hoy en día alusiones a la avaricia de los judíos, a su afición por asesinar niños, o al dominio que ejercen en secreto sobre el resto del mundo. En los libelos abiertamente antisemitas, pero también en la prensa convencional europea. Y no digamos en las redes sociales.

Tal vez pueda resultar difícil comprender cómo se ha producido esta expansión del antisemitismo, desde los siniestros círculos neonazis hasta una parte considerable de la población occidental. Podríamos decir que no se trata realmente de una expansión y que siempre ha estado ahí, más o menos oculto. Que los Protocolos de los Sabios de Sion son un invento ruso. Pero no hace falta. Para cualquiera que haya visto cómo funciona la transmisión del conocimiento en los centros educativos españoles, esta aparente anormalidad no puede causar sorpresa. Se conmemora el Día de la Paz, por ejemplo. Los alumnos salen con globos, hacen dibujos, leen un discurso emotivo y se dan la mano. Y no en Primaria, sino en Bachillerato. Ni asomo de una reflexión crítica en torno al significado de la paz o de la guerra, incompatible con la sentimentalización a la que ha quedado reducida la ética en la educación española. O se enseña qué fue la Shoá, en el Día de la Memoria del Holocausto. Si es que en el centro no han copiado al Ayuntamiento de Ciempozuelos y lo han sustituido por el “Día del genocidio palestino” o, lo más normal, ignoran que existe tal día. Se enseña el Holocausto, decíamos, y todo se reduce a la condena simple, directa, estéril. El Horror se liga a la estética, a la esvástica, a Hitler o a Goebbels. Y al hacerlo, el Horror se trivializa, y se pierde la oportunidad de profundizar en su significado. Se condenan los símbolos sin entrar en el mensaje. Y así, años después, algunos de esos alumnos que con tanta pasión condenaron el nazismo podrán escribir que los judíos dominan el mundo, o incluso lanzar un “Judíos asesinos” en alguna manifestación contra Israel.

Hay que promover el conocimiento antes que la calificación, podemos leer en la Introducción de la Guía didáctica de la Shoá publicada no hace mucho por la Comunidad de Madrid. Pero ocurre justo lo contrario. La calificación, el rechazo emocional, es lo prioritario. Y por lo tanto el conocimiento no es secundario, sino imposible. Decíamos que los neonazis son afortunadamente un residuo en Europa. No así el discurso antisemita. No es posible cuando no hay conocimiento verdadero, cuando todo se reduce a las condenas estéticas y cuando las emociones sustituyen a la razón. Portada de la revista Newsweek, primera semana de agosto de 2014: ‘Éxodo: por qué los judíos europeos están huyendo de nuevo.’ La otra victoria póstuma del nazismo. Nadie mínimamente consciente podrá decir que fue una victoria inesperada.

(Fotos del inicio: http://www.zombietime.com/zomblog/?p=230 )

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1 comentario

  1. No es únicamente el odio al judío.

    Si tuiteas por ahí los 10 puntos del programa del partido nazi, cambiando algunas palabras “pasadas de moda” por sus equivalentes políticamente correctos (sustituyendo “pueblo alemán” por “la gente”, por ejemplo) te sale un programa perfectamente homologable a la mentalidad del ciudadano (sic) medio español o europeo. Por ejemplo:

    – Sentido de pertenencia a un grupo, que nos dá seguridad y protección y nos elimina la “incertidumbre inerradicable” que la vida lleva consigo.

    – Un líder o un grupo de sabios bienhechores que velarán por nosotros para que no tengamos que preocuparnos por nada.

    – La seguridad de que todo lo malo que pasa se debe a “fuerzas exteriores” (antes el judío, ahora los especuladores o los bancos) y no a nuestros propios errores.

    – Soluciones sencillas a problemas complicados.

    – Idealización de un pasado mítico y promesa de un paraiso perfecto a la vuelta de la esquina.

    …….

    Vamos, que si (como usted bien apunta) eliminas lo accesorio (uniformes, símbolos) y actualizas un poco el discurso, te sale lo que la gente quiere votar.

    Desgraciadamente.

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