La última patria afectiva

 

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Jamás he dicho con orgullo ‘Soy español’. Ni siquiera tras el Mundial de Sudáfrica. Tampoco lo he dicho nunca con vergüenza. Sencillamente, no he sentido ninguna vinculación afectiva hacia esa condición. Lo soy, nunca lo he negado, y nunca he tenido motivos para hacerlo. A pesar de que también soy vasco. O tal vez precisamente por ello. Sólo cuando han intentado convencerme de la supuesta contradicción entre ambas condiciones he sentido algo parecido al orgullo por lo primero. Una especie de postura desafiante, no en defensa de la españolidad, sino contra la estupidez. También soy vasco, decía. Nacido en Bilbao. Y, del mismo modo, nunca me ha parecido que fuera motivo de orgullo. En cuanto a la vinculación afectiva, digamos que ni está ni se la espera. Hay muchas cosas que me hacen sentirme ajeno a las mitologías propias de esta tierra. La lengua, para empezar. Pero mejor lo dejamos ahí. Sencillamente, soy español, y soy vasco. De una manera aséptica, administrativa.

Tal vez por eso, desde pequeño me fui creando diversas patrias imposibles. Todas ellas ajenas, claro, y lejanas. Con el componente mitológico a salvo del contacto directo. Primero fue Grecia, al poco de comenzar a leer Filosofía. Las Termópilas, Atenas, Platón y Aristóteles. La razón frente a la superstición. Después fue Francia. Saint Just, imagino. Las luces. La radicalidad propia de la edad. Y una ignorancia mayúscula de la Historia y de la atroz filosofía posmoderna. Todavía hoy me resulta difícil comprender cómo pudo suceder algo así. Tras esa embarazosa etapa me mantuve fiel a los Estados Unidos durante muchos años. El gran generador de mitologías. Ahí siguen todos los héroes, todo el cine, toda la música. Todas las historias. El jazz, John Ford, Moby Dick. Atticus Finch, Rick, Tom Doniphon y Terry Malloy. Todo lo que forja identidad, al cabo. El último episodio, breve, fue Inglaterra. No prosperó, a pesar de que prometía. El aburrimiento, supongo. En resumen, siempre busqué patrias lejanas, y nunca he llegado a comprender el motivo. Tal vez si hubiera creído en Dios, o si tuviera alguna vinculación con un partido político, no habría creado todas esas ficciones. Pero no fue así.

Sin Dios, sin partido y sin patria real. Y sin saber muy bien cómo, me encuentro de repente -aunque no por primera vez- defendiendo una patria que sé perfectamente que jamás será la mía. Tampoco Estados Unidos o Inglaterra lo serán, pero podrían serlo. Ésta no. Había cierta vinculación cultural con Grecia, y por supuesto con los Estados Unidos. No con ésta. O tal vez sí, pero de una manera incomprensible. Nada me liga a Israel, decía hace una semana. Y desde entonces no he dejado de escribir. Contra las mentiras programadas, la ignorancia cómplice y el desprecio que espera agazapado cualquier excusa para manifestarse. Pero no sólo ni especialmente por ello. Al fin y al cabo, hay más víctimas de las mentiras, la ignorancia y el desprecio en el mundo. Tampoco se trata de la famosa culpa después de Auschwitz. Comprensible, de algún modo, pero innecesaria y narcisista. Y mucho menos, de la consideración utilitarista sobre la supervivencia de Israel. Ésa que repite insistentemente que es el último bastión de Occidente, y que su desaparición supondría el principio del fin de la civilización. Como si la desaparición de Israel no fuera en sí misma suficiente desgracia.

No hay vínculos reales, decía, que me unan a esa patria. Y sin embargo ha de haber algo que explique el impulso por escribir, la sensación de cercanía a pesar de la distancia. No hay vínculos reales, pero sí extraños afectos. No soy judío, pero luciría con orgullo la Estrella de David. No soy israelí, pero el suyo es el único ejército en el que serviría sin necesidad de obligación. Y no soy creyente, salvo por el Dios de Spinoza. De todo eso me doy cuenta ahora, pero hay también afectos que vienen de lejos. He paseado por la judería de Hervás como si fuera más que un lugar turístico, he comido matzá como si fuera algo más que pan, y he rastreado mis apellidos como si esperase un final sorprendente. Israel es la única patria que no puede ser propia, pero es también la única que defiendo como si lo fuera.

Creo que nadie entenderá nada de lo que hoy he escrito. Ni siquiera yo. Pero al menos entiendo mejor lo que he escrito estos últimos días.

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6 Comentarios

  1. Lo de las patrias afectivas es todo un mundo en el que indagar.

    Aun defendiendo la misma posición que tú, yo manejo otros argumentos. Por ejemplo, la posición utilitarista que mencionas. En general, creo que mi postura a favor de la libertad y en contra de la discriminación, en este caso, la defensa del derecho a existir y por tanto a defenderse de Israel es reflejo de una visión de conflicto en el mundo. Con esto quiero decir (y a ver si se me entiende) que Israel no está en guerra contra Italia o Canadá, está en guerra con unos tipos que no aceptan un “no” por respuesta. Está en guerra contra quienes prefieren destruir antes que construir.

    Los terroristas están tan alejados de mi idea del mundo, me resultan tan ajenos, que no me queda más remedio que posicionarme a favor de Israel. Si el conflicto fuera entre Israel e Italia, mi posición podría cambiar, no lo sé.

    Y luego está la serie de argumentos de carácter práctico: los judíos solamente tienen un lugar en el mundo en el que saben que no serán perseguidos. E Israel también es el único país en esa zona del mundo donde existen libertades civiles para todos. Creo que ese es un argumento poderoso.

    • En el fondo también comparto esos argumentos, son buenos motivos para posicionarse con Israel, pero lo que quería decir es que más allá de ese posicionamiento hay otras razones diferentes que explican la atención que le dedicamos, o la intensidad con que defendemos esos argumentos. No sé si me explico. En mi caso, por extraños que sean, tengo que reconocer ciertos afectos que me han hecho participar en discusiones cuando lo más conveniente seguramente habría sido evitarlas. Pero como dices, argumentos para situarse al lado de Israel hay un buen puñado.

  2. Yo creo que nunca tuve un debate en persona sobre este asunto en que alguien compartiera mi opinión. La gente o defendía directamente a los terroristas o, en el mejor de los casos, asumía cierta equidistancia que me parece casi igualmente inaceptable.

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