La equidistancia europea

equidistancia

Ceguera voluntaria, retórica buenista y el mal del académico que contempla desde su torre de marfil. Los tres ingredientes principales de la equidistancia suicida a la que hace ya tiempo se entregó la sociedad europea. Equidistancia como norma, y especialmente ante cualquier conflicto en el que haya víctimas y terroristas. “Es un problema muy complejo y profundo” como coartada para la renuncia a tomar partido. Lo he visto aquí, con el terrorismo de ETA. El primer mecanismo, el más eficaz, es no hablar de ello. La ceguera voluntaria. A veces daba la impresión de que el terrorismo etarra era algo que ocurría en otra parte. Madrid, seguramente, a juzgar por la cantidad de columnas, tertulias y portadas.  Uno podía crecer sin tener que hablar nunca de ello. Hasta que uno crecía de verdad y empezaba a hablar de ello. Ahí, en ese preciso momento, aparecía la equidistancia. La comprensión hacia todas las víctimas, y la condena de toda violencia. Se pasaba de la táctica del avestruz a las condenas abstractas y al reparto de culpas. Lo que fuera con tal de no mancharse, con tal de no situarse claramente en el único bando en el que había que situarse. Así es como se rompen algunas amistades en el País Vasco, antes y ahora. Resaltando lo obvio. Y se rompen porque el mero acto de hablar de ello, no digamos ya tomar partido contra el bando de los gudaris, tiene un coste social.

“No hay que hablar de bandos, de vencedores y vencidos, sino de la paz.” Es el segundo mecanismo. El de la retórica buenista. Construir, hacer que cierren las heridas. No estancarse en el pasado y mirar hacia el futuro. ¿Quién puede negarse a algo así? Sólo quienes siguen sumidos en el odio y el rencor. Un mecanismo curioso, este último, y menos visible. En este punto los que odian y están en contra de la paz no son aquellos que han amenazado, secuestrado y asesinado durante años, sino quienes se niegan a comprar una versión de la Historia –relato, se dice ahora- libre de manchas, edulcorada. Los manuales de autoayuda trasladados al análisis político. Huir de la negatividad, tener pensamientos positivos. De lo contrario, estarás poniendo palos al proceso. Algunos caen en este discurso buenista como quien comparte una frase inspiracional de Paulo Coelho sobre fondo de atardecer y gaviotas. Pero tiene un problema: hay bandos. Aunque repetir el mantra de “no es un conflicto de buenos y malos” reporte beneficios sociales, y aunque reconocerlo pueda hacer que te lluevan acusaciones de discurso simplista, hay malos. Y comportarse como si no existieran es una estrategia suicida, además de cobarde.

Hablaba también del mal del académico. De un tipo de académico en particular, o de una afección que se puede dar en un momento concreto. No estoy diciendo que todos los académicos caigan en ello. Pero muchos lo hacen. Y es comprensible. La visión desde la torre de marfil es un privilegio justamente ganado. Pero es muy fácil pasar de la torre a la noria desde la que Harry Lime habla de los puntitos. Involucrarse, tomar partido, ensuciarse en el fango de la política, sería propio de hinchas. Mejor limitarse a decir que es un conflicto muy serio y complejo, con aire circunspecto. Pero no es prudencia lo que se esconde tras esta actitud, sino cálculo. Del mismo modo que había un coste social a la hora de hablar del terrorismo, probablemente el discurso torremarfilesco proporciona algún tipo de beneficio al académico.

O tal vez tengan razón quienes creen que tomar partido es siempre un ejercicio de superficialidad, de narcisismo o de hooliganismo. Sobre todo cuando quien toma partido no es parte afectada. Cuando no es víctima, ni tiene un familiar que ha sufrido un atentado, ni conoce a nadie que haya sido asesinado. Ése es mi caso, afortunadamente. No he sufrido directamente el terrorismo de ETA. Pero no creo que eso sea motivo para no tomar partido. Como ya he dicho, el mero acto de hablar de ello, de decir ETA y de recordar que esos vecinos a los que jalean cuando vuelven a casa son asesinos, ya es tomar partido.

Hablaba al inicio de la equidistancia de la sociedad europea, no de la española. Y lo hacía porque estaba pensando no en ETA y el País Vasco, sino en Israel, Gaza y Europa. No es el mismo caso, ni mucho menos. Pero los tres puntos de los que he hablado se aplican también a lo que estamos viendo respecto al conflicto entre Israel y Palestina. La ceguera voluntaria – no hablar de Hamas-, la retórica buenista –construir y dialogar-, la equidistancia. Que en realidad es una manera cobarde de decantarse por un bando. Y también el mal del académico. Muchos piensan que no se puede decir nada sobre un conflicto que es complejo y lejano. Y tal vez haya cosas que no se pueden decir sin caer en una arrogancia insultante. Cómo solucionarlo, para empezar. Pero hay otras cosas que sí se pueden decir. Hay corresponsales que denuncian amenazas de Hamas cuando intentan mostrar qué es lo que ocurre, hay activistas y periodistas, o periodistas/activistas, que dan por buenas las cifras de víctimas que difunde Hamas, y hay nuevos brotes de antisemitismo en toda Europa. Hay niños que están siendo educados en el odio a los judíos en programas de la televisión controlada por Hamas. Hay un factor en el conflicto que se llama Hamas, es evidente, y es evidente que incomoda hablar de ello. Es prácticamente imposible escuchar una crónica en la que se les mencione. A pesar de que se han visto banderas de Hamas ondear en la Plaza de la República de París. A pesar de que controlan Gaza, desprecian las vidas de los palestinos, y dicen abiertamente que su objetivo es eliminar a los judíos. Y a pesar de que adoctrinan a los niños en televisiones públicas. Es posible que resulte una imagen desagradable. Pero es una imagen real, y es parte de lo que ocurre. Un asunto complejo, sí. Por cosas como éstas.

He mencionado muchas veces en el blog el lema spinoziano por excelencia. No lamentarse ni despreciar, sino comprender. Pero comprender no consiste en decir “es un tema complejo” y dedicarse a otra cosa. Eso es una excusa para no mancharse. Comprender es reconocer la complejidad y adentrarse en ella. Y decir lo que pocos dicen. Por mucho que incomode, por mucho que nos cueste. O precisamente porque incomoda y porque tiene un coste.

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4 Comentarios

  1. Sin dejar de darle la razón en cuanto al análisis hecho en el artículo, yo tiendo a pensar que elevamos el nivel de la sociedad cuando le asignamos algún tipo de racionalidad o de valores, aunque sean repugnantes.

    Me explico. Para la “ceguera voluntaria”, el “buenismo” y la “torre de marfil”, la sociedad debería al menos ser capaz de pensar (aunque sea erróneamente) y tomar decisiones (aunque sean pésimas).

    Yo creo que se trata de simple y pura ignorancia, unida además a un pueril orgullo de saberse ignorante y presumir de ello.

    Es una versión de la “neolengua” de Orwell, extendida no sólo a los conceptos del lenguaje, sino a la simple y pura cultura elemental.

    Estoy seguro de que el 75% de la población española, que pontifica sobre lo divino y lo humano (desde complejísimos conflictos bélicos hasta la energía nuclear, pasando por cosas como la genética) es incapaz de situar Gaza en un mapa o explicar de manera medianamente inteligible algo sobre la historia del Próximo Oriente. O tener el mas mínimo interés por adquirir algún conocimiento técnico sobre las armas y tácticas que se utilizan en el conflicto.

    Por no hablar de definir, en cinco líneas, conceptos manejados tan alegremente como “genocidio” o “crimen de guerra”.

    Como predijo Orwell, cuando no hay una estructura lógica y una mínima base de conocimientos y cultura compartidos, es imposible la comunicación mas elemental.

    En definitiva, cuando el otro (en este caso la masa aborregada) habla una lengua totalmente extraña e incomprensible y sus coordenadas culturales son diametralmente opuestas a las tuyas, es fútil siquiera el tratar de comprenderles.

    Si viajásemos en el tiempo al siglo X, no podríamos explicarles que la enfermedad no es un castigo por los pecados, sino causada por pequeños seres vivos microscópicos. Simplemente no nos entenderían (y problamente nos quemarían por blasfemos). Es así de simple.

    Lasciate ogni spezanza.

    • Sí, la ignorancia está detrás de la ceguera y del buenismo, pero creo que es una ignorancia consciente, y ahí está la clave. En muchas discusiones he visto que el que cae en la equidistancia no lo hace por pura ignorancia, sino por una negación voluntaria de la realidad. Y no digamos ya en el caso del académico, que debería ser el primero en analizar todos los factores antes de decir nada. En resumen, no creo que sea incapacidad para comprender, sino desidia.

  2. Lo grave de esa equidistancia es que es falsa. Uno puede ser realmente equidistante pero por puro desconocimiento o desinterés, pero en ese caso se utiliza para tomar partido veladamente por una opción que tampoco ellos mismos alcanzan a comprender muy bien. En lo que nos concierne, ir en contra de Israel pero tampoco decirlo abiertamente no vaya a ser que Hamás te deje en ridículo.

    Esta falsa equidistancia se puede identificar fácilmente de dos formas. Primero, porque los que son realmente equidistantes no hablan de ello. Un ejemplo lo tenemos en los actores que dicen “no conocer las causas del conflicto” o querer la paz en Palestina y firman un manifiesto. No hombre no. La paz la queremos todos, y si no estás seguro de conocer las causas pues no firmes. Porque precisamente un manifiesto implica posicionarte a favor de una determinada visión.

    Y segundo, porque son posturas que no se defienden racionalmente, sino por modas o el efecto “atrapado en el tiempo”. Aquí entra gran parte de la izquierda española que debe seguir pensando que seguimos en la guerra fría y deben posicionarse contra Israel. Aunque eso implique defender a una gente que hace desfilar a niños con Kalashnikov, lapida mujeres y cuelga a los homosexuales. Muy lógico y coherente todo.

    • En muchos casos efectivamente la equidistancia es una manera de situarse a favor de un bando sin tener que explicitarlo, sea Hamas o ETA, pero en otros es un recurso para no tener que llegar a decir cosas que nos pondrían en un compromiso o que nos harían ver el mundo como es en realidad. Como que a veces el diálogo no es una salida, y hay que emplear la fuerza.

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