Foley, la hoja en blanco y las palabras vacías.

 

No he visto el vídeo del asesinato de Foley. Algunos se refieren a ello como ejecución. Otros, más gráficos y tal vez más neutros, hablan de decapitación. Ya hay posicionamiento, consciente o no, en esa elección. También para explicar por qué no se ha visto hay que elegir. No he podido verlo. No he querido verlo. Me he prohibido verlo. O no lo he visto, en mi caso. Porque realmente no sé cuál es la razón para no haberlo visto. No siento que nada me obligue a ninguna de las dos opciones. Imagino que es tan respetuoso hacerlo como no hacerlo, del mismo modo que verlo puede ser tan inmoral como negarse a verlo. En cualquier caso, todo son rodeos. Revoloteamos sobre el acto en sí. Cuando lo adjetivamos, cuando nos posicionamos, cuando tratamos de explicarlo o de explicarnos. Revoloteamos, no sé si como moscas, como buitres o como fantasmas. Especialmente cuando, como ahora, decimos algo más de lo estrictamente necesario. Cuando decimos algo, en definitiva.

Negarse a hablar de ello más de lo necesario es tal vez la única obligación. Eso equivale al silencio, para la mayoría de nosotros. O a unas breves y certeras palabras, en el caso de algunos elegidos. Y no hay que explicitar las razones para ese silencio. También sería hablar demasiado. Hay que callar, incluso, sobre las razones por las que es necesario callar. Hasta aquí es fácil. Es una certeza. Pero pronto surge una duda. Asquerosamente pragmática, unas veces: ¿si callamos, no ganan ellos? O fruto de la ilusión sobre nuestra influencia en el mundo, otras: ¿no es un deber hablar sobre algo así? La escritura culpable, siempre. Tanto la hoja en blanco como las palabras vacías. Decir algo para no ser cómplice, o mero espectador. No decir nada para no caer en la literatura frívola. El yo por encima del hecho, en ambos casos.

O tal vez, si somos capaces, decir justo lo que hay que decir. Sin rodeos y sin emotividad. ¿Y qué es exactamente lo que hay que decir? Desde luego, no la calificación. Mucho menos la calificación sentimentalista, obvia y estéril. ¿La descripción de lo que ocurre, entonces? La descripción es útil cuando no hay posibilidad de ver. Pero todo parte de un vídeo. Tal vez haya que hablar del contexto, del IS. O tal vez no. Tal vez de ese modo se resta importancia al hecho en sí, del mismo modo que al adjetivarlo se reduce la magnitud del horror a unos pocos atributos. ¿El salvajismo del acto? ¿Los otros actos del IS, o del yihadismo, para no convertir al Estado Islámico en villano de ficción? ¿Es necesario hablar de todo eso? Probablemente. ¿Es necesario hablar de ello mientras se habla de Foley? ¿Es necesario, incluso, hablar de Foley? ¿De su valentía, de su entereza, aunque sólo las supongamos? Puede que todo lo que decimos sea exceso. Pero hasta en el exceso debería haber límites.

El miedo a no decir nada y el miedo, aún mayor, a decir demasiado. El miedo a trivializar la importancia del hecho y el miedo a convertirlo en algo vergonzosamente desproporcionado. A reducirlo a anécdota o a diluirlo en categoría. Ocurre también con otros horrores que ya he tratado aquí, no sólo con Foley. Pero no era éste el momento para referirse a otros casos. Tampoco para hablar sobre Foley. Mucho menos sobre el IS. Sólo sobre lo que rodea a Foley, al vídeo. Que somos siempre nosotros.

Sobre Foley: James Wright Foley (1973-2014), de @suanzes

Sobre el vídeo: Para gente en mi situación, de Arcadi Espada

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