Liberalismo y virtud

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Hace ya unos años tuve un profesor de Metafísica peculiar. De los que no se olvidan fácilmente, para desgracia de los alumnos que no nos contábamos entre sus abnegados discípulos. Era de los que decían que había que despreciar a Apolo y reivindicar a Dionisos. La belleza, la claridad y el bien eran cosas burguesas, modernas, y en la época posmoderna lo que tocaba era apreciar la enfermedad, la muerte, la confusión y la fealdad. Y lo sórdido, lo oscuro, lo malo… Un día comentó que acababa de ver Alien, y claro, no cabía en sí de gozo. Alguien le recomendó Blade Runner, y cuando nos animó a comentarla en clase, se armó el belén. En su profundo análisis se le pasó mencionar la escena del ascensor, en la que Batty va al encuentro de su Dios/Padre para tener con él una charla no demasiado amistosa, y un alumno se la recordó. “¡Ah, no, no, por ahí no paso! ¡En mis clases no voy a aceptar que reivindiquéis el matar al padre!” Y siguió con una retahíla de frases entrecortadas y aspavientos, como si la mera mención del deicidio le hubiera convertido en un Haddock posmoderno. El chaval que osó mencionar la escena, por cierto, no levantó cabeza. Suspendió la asignatura una y otra vez, y al final tuvo que terminar la carrera en otra universidad.

Todo esto viene al caso porque… Bueno, realmente no viene muy al caso. Pero he recordado la escena mientras pensaba preparaba el artículo. No la del estallido haddockiano, sino lo que el profesor posmoderno comentaba sobre lo apolíneo y lo dionisíaco. El último día escribí sobre los peligros del pensamiento mágico, y hoy toca meterse con otra de las actitudes más visibles en el mundillo liberal. Probablemente minoritaria, como decía Plazaeme en uno de los comentarios del post anterior, pero desde luego muy visible. Se puede resumir con la expresión epatar al burgués. Porque de eso se trata en el fondo. El primer paso es adentrarse en una carrera continua de reformulación de la propia identidad política. El concepto “liberal”, muy soso, da paso a otras acepciones más arriesgadas y exclusivas. Anarcocapitalista –ancap, para los iniciados-, paleolibertario, libertario de izquierdas, anarquista individualista… Y junto a esta reformulación identitaria constante, el otro pilar de la creación de la identidad, que es el que realmente importa: la configuración del otro. Quienes permanecen en el sencillo mundo del liberalismo, o incluso quienes han dejado de etiquetarse de manera obsesiva, son despachados con la calificación de “conservadores.” También quienes manifiestan valores morales más allá del laxo “todo lo que no implique coacción”. Es algo extraño, ciertamente. Por una parte, no dejan de reivindicar que la ley no debe entrar en el terreno de la moral y las elecciones personales. Y me parece bien, hasta cierto punto. Concretamente, hasta el punto en el que esas acciones implican una agresión hacia otras personas. Pero por otra, son incapaces de entender que hay otras formas de interacción social más allá de la ley. De hecho, estas otras formas son esenciales especialmente en un sistema en el que la ley está limitada a los casos de agresión. Da la impresión de que los dos extremos en las discusiones en torno a comportamientos socialmente cuestionables confluyen: unos entienden que es la ley la que debe intervenir, y otros sólo reconocen la autoridad de la ley… precisamente porque no la reconocen. Los dos, a su manera, identifican ley y moral. Como esto ha quedado un poco confuso, intentaré ilustrarlo con un ejemplo.

Una persona abre un bar en una ciudad. En su bar, dice, no pueden entrar negros, homosexuales o judíos. ¿Es aceptable? Las respuestas son múltiples, claro. Algunos dirán que no, que la ley es clara al respecto y que no se puede discriminar por cuestiones de raza, orientación sexual o religión. Otros dirán que la ley no debería intervenir en casos así, que el dueño del local debe decidir quién puede entrar en su bar. Pero esta respuesta no termina ahí. O no debería terminar. Es muy fácil leer a Rothbard, Block o algún otro pope del liberalismo (con perdón) fetén, y pasarse toda la vida repitiendo el mismo mantra. “No hay coacción, no hay problema.” Y, seguramente porque hace la vida más fácil -al fin y al cabo no hay que analizar cada caso ni replantearse las creencias- es una opción bastante extendida. Pero es una opción cobarde y dogmática. Qué le vamos a hacer. Decía que la respuesta no debía terminar ahí, porque cabe otra opción: la que reconoce que la ley no debe entrar en esos casos pero al mismo tiempo expresa su rechazo a esas conductas o incluso hace campañas para que se conozcan. Y es que no se puede entender una sociedad libre que no esté compuesta por individuos virtuosos. Quienes reclaman mayores espacios de libertad y menos intervención del Estado son los primeros que deberían exigir -y exigirse- un marco moral por encima, muy por encima, de ese simple “todo lo que no implique coacción es válido”. El egoísmo jactancioso y la indiferencia son compatibles con una sociedad libre, pero también con una sociedad enferma.

Pero al parecer la virtud es burguesa, y los valores morales, conservadores. Y de eso se trata, en el fondo. De un continuo, obsesivo y estéril “epatar al burgués”. Si para ello hace falta menospreciar a autores como Pedro Schwartz, reivindicar a un partido como Podemos, o defender a alguien que alardea de acostarse con menores, se hace. Y todo en nombre del auténtico liberalismo. O anarquismo, o individualismo, lo que toque ahora.

Hace años tuve la oportunidad de asistir a varios seminarios sobre economía y liberalismo en EEUU. Al final de uno de ellos, del Institute for Humane Studies, Art Carden preguntó a un grupo de asistentes algo que no recuerdo con exactitud. Posiblemente con qué nos quedábamos de lo que habíamos aprendido durante esos días, o cuál creíamos que era el aspecto más importante del liberalismo. Puede que no fuera ninguna de esas preguntas. El caso es que respondí que, sin lugar a dudas, el carácter no utópico del pensamiento liberal. El hecho de que no propusiera soluciones para todas las cuestiones, y que dejase que las personas encontrasen libremente la mejor manera de resolver sus problemas. Y, con todos los matices y las dudas que afortunadamente da el paso del tiempo, sigo pensando algo parecido. Hay ocasiones en las que la ley debe intervenir. Mediante la coacción, claro. Pero hay muchas otras ocasiones en las que la ley no puede o no debe hacer nada. Y es precisamente en esas ocasiones donde se hace necesario un esquema moral exigente. Si es legal que un empresario abuse de la situación desesperada de los trabajadores, es necesario denunciar ese abuso. No en nombre del liberalismo, que en sí mismo es formal, sino en nombre de determinados valores morales. Y si es legal que alguien presuma de mantener encuentros sexuales con menores a las que dobla la edad, hay mecanismos para reprobar esa conducta que no implican la intervención del Estado. Ése es, al fin y al cabo, el camino y el horizonte de una sociedad más libre. No sólo la ley, sino la moral. No el elogio del vicio, sino la defensa de la virtud.

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14 Comentarios

  1. ¡Joder, cómo sois los filósofos! Todo muy bonito, pero no tengo la menor seguridad de que las consecuencias salgan de los precedentes. Apostaría a que básicamente nos enfrentamos a humo. Pero habría que rastrear punto a punto, para ver si los puntos se han unido, o siguen sueltos. Y mi amarga experiencia con la filosofía es que no merece la pena el trabajo. Siempre hay puntos clave por unir, o que se han unido con una asunción gratuita, y el edificio se derrumba entero.

    Pero sí me apuntaría a alguna de las provocaciones. Por ejemplo, épater le bourgeois.

    ¿Es un problema? ¿Es propio del liberalismo, o es un contrario?

    Voy a plantear que es muy propio de -al menos- un tipo de liberalismo. Y en ese sentido, no sólo muy sano, sino estrictamente necesario. Pero tenemos que dar un paso atrás para pillar perspectiva. Épater le bourgeois es, en mirada más amplia, provocar al pensamiento dominante. Provocar, como en conmocionar, sacudir, escandalizar.

    ¿De qué tipo de liberalismo estoy hablando? Por supuesto del que se puede relacionar con el “librepensador”, o del que ve que el libarlismo tiene dos factores esenciales que establecen, por una parte su virtud, y por la otra su campo de juego. La virtud es que funciona. Y lo hace por la competencia. De ideas, de sistemas, de soluciones. El campo de juego es su antinaturalidad. No es “lo que nos sale”. Todos queremos ser libres, y poder hacer lo que queramos. Pero todos queremos que los demás hagan lo que *nosotros* queremos que hagan.

    ¿Aceptamos que eso es un tipo de liberalismo? Llamémosle “liberalismo práctico”, si lo aceptamos. Pues bien, para ese liberalismo, épater le bourgeois es -tal vez- la principal herramienta. Porque, sabiendo que el humano tiende a nada liberal, y a acomodarse en el pensamiento dominante (hoy pensamiento masa); y queriendo competencia de ideas y de soluciones para ver cuál es la mejor; la solución obvia es pegarle una buena patada a ese pensamiento dominante.

    Y este ejercicio puede ser francamente “no virtuoso”. No entiendo mucho de virtud, ni creo tener. Pero tendríamos que definir virtud. No vaya a ser pueda pensarse que algo “no virtuoso”, pero que beneficia al sistema, alguna virtud debe de tener. 😉

    • No hay nada más filosófico que comprobar los “x se sigue de y”, y los “por lo tanto” que usamos normalmente 😉 Cuestión aparte es que muchos filósofos estén desde hace tiempo a otras cosas.
      Pero es verdad que, si nos ponemos estrictos, muchas de las cosas que he dicho son discutibles, o requerirían un desarrollo mayor.

      Estoy de acuerdo con lo que dices de que se debe cuestionar el pensamiento dominante, o al menos ponerlo a prueba. Pero de ahí a convertir el discurso en una sucesión de boutades cada vez más gordas, hay un trecho. Y los tiros iban por ahí.
      Es más, así como el pensamiento liberal puede ser en cierto modo el que va -o uno de los que van- contra el pensamiento dominante, el liberalismo práctico del que hablas cumple la misma función dentro del liberalismo más dogmático del que hablaba estos días.

      En cualquier caso, la entrada tenía un enfoque general, pero también uno referido a cuestiones más concretas de las que tal vez no estés al tanto. Si es así, ¡no sabes la suerte que tienes!

      • Eh, eh, no corramos. Yo no he dicho, ni diría, que “se debe” cuestionar el pensamiento dominante. En general, y al margen de palabra empeñada, o contratos, o la vida y la salud, no suelo tener ni idea de lo que “se debe” hacer. Solo he dicho que es una estrategia inevitable para ciertos liberales. Los liberales por librepensadores. Pero otros muy bien pueden estar en la circunstancia de no “deber de” hacer tal cosa, por la cuenta que les tiene.

        Tampoco he pensado en la sucesión de boutades. Eso consigue el efecto contrario. La idea de la provocación del librepensador es hacer pensar. Los rosarios no pueden hacer pensar; no da tiempo. Así que probablemente no he pilllado la idea que te traes. ¿Es un “mensaje interno”, dentro de algún grupo que no sé? Bueno, cualquiera que sea el grupo, no lo sabré. No pertenezco a ninguno. O sea que tiene toda la pinta de que no estoy al tanto, y no sé de lo que estamos hablando.

        Y tenía la sospecha. Pensaba que me faltaban claves. Pero le he echado la culpa a lo de la filosofía.

        Sugerencia: ¡Coño, avisa con rombos en las entradas que sean para mayores!

        Es broma, pero ya me entiendes. 😉

      • Jaja, la pobre filosofía, siempre tiene la culpa. Cuánto daño ha hecho Imposturas intelectuales 😉

        No, no es ningún mensaje interno ni ninguna tontería parecida, era algo que llevaba queriendo escribir hace tiempo, pero estos días ha habido cierto movimiento en una red social respecto a algunas actitudes concretas que he comentado en la entrada, y he pensado que era buen momento. ¡Espero que se pueda leer como pieza separada, de lo contrario habrá sido un fracaso!

        Y algunas de las reacciones al caso concreto se ajustan perfectamente a lo que comentas en el segundo párrafo, sucesión de boutades que lejos de hacer pensar, producen sonrojo.

        Sobre los rombos… mejor lo dejo ahí.

  2. Unas cuantas consideraciones:

    -Es posible que lo de Cher fuese racismo. También es posible que el “visual” del espectaculo requiriese una cierta homegeneidad fisica.

    -Las discriminaciones por razones de raza y sexo o sea algo que la persona no ha elegido me parecen odiosas. En cambio no veo porque no se podrian tener en cuenta las ideas, algo de lo que la persona “tiene la culpa” y que ademas pueden influir en sus actos. Si soy el jefe de personal del Atletico de Madrid me lo pensaria dos veces antes de contratar a un madridsta confeso no vaya a ser que, por ejemplo, filtre informaciones o incluso cosas peores. Y desde luego no quiero ver un islamista en la sala de control de una central nuclear.

    -En los casos es que hay presion para discriminar, una ley antidiscriminacion facilita la salida del armario de los que quisieran no discriminar. En los anyos sesenta en el Sur de EEUU un empresario que pagaba a los negros lo mismo que a los blancos recibia la visita de los del KKK. Y ello porque era el unico a cien km a la redonda. Una ley antidiscriminacion hace que los empresarios puedan escudarse en la Ley y que no haya uno sino ciuen o sea mas de los que el Klan podia controlar.

    -Las discriminaciones positivas son una inquidad. Como 40% de altos mandos debe,n ser mujres (creo que es una norma de la UE). Luego te enteras de que entre los candidatos a la entradad en las escuelas de ingenieros solo hay un 10% de mujeres. O sea que en una empresas high-tech en donde el personal de mando esta fpormado por ingenieros una probabilida de ascenso seis veces mayor debido a a la necesidad de cumplir la cuota.

    • Empiezo por esto, que es más corto. No, claramente. Pero de no hacer nada a un linchamiento creo que hay multitud de opciones. Para empezar, considerar cuál es la vinculación personal con el tipo, y si se considera que es una actitud reprobable, actuar en consecuencia. Yo desde luego tengo muy claro qué es lo que haría, pero parece que hay personas que se sienten muy cómodas defendiendo actitudes como ésta. Si además soy responsable de alguna organización pública, la cosa ya es más seria. No me gustaría estar relacionado con alguien así.

      Como ves, no se trata de linchamientos, sino casi de higiene. No se trata de imponer nada, sino de denunciar los comportamientos que merecen ser denunciados.

      • Confieso que en n mi anterior post. Distingamos dos cosas: alardear y cometer. Y entre las mnores estan las de 17 anyos y tresvcientos sesenta y cuatro dias y las de trece anyos (caso Polanski) o incluso menos de diez de las que se ha abusado.

        Obvia decir que alguien que emborracha a una treceanyera para abusar de ello debe ser catigado. Y, en mi opinio, que lo mismo que la apologia del terrorismo constituye un delito, entre otras cosas porque contribuye a “bajar las bareras” hacia la perpetracion del acto, el alardear de relaciones sexuales con menores especialmente con menores muy menores y por violencia, alcohol o drogas no debria quedar impune.

        Eml problema es que algunos, inmersos en ese pensamiento magico que usted denunciaba, han rechazado automaticamnte iso-facto “castigado por el Estado” porque Estado malo, malisimo, malote. Y no se han parado a pensar que puede ser un castigo privado. Porque no hay multas o penas de carcel en el sistema penal privado. Solo hay tres penas posibles 1) Decirle que esta muy feo y no invitarle a tu fiesta de cumpleanyos algo que a muchos les resbala. 2) Partirle la cara pero si se trata de Mike Tyson tienes un problema. 3) Matarlo.

      • Claro, por eso me refería exclusivamente a los casos que no están sujetos a castigo por el Estado. No estaba hablando de “menores muy menores” ni de abuso con drogas o alcohol de por medio. Para esos casos está y debe estar la ley.

        Estaba hablando de casos en los que no hay delito, menores de 16 ó 17 años, pero que, si se tienen en cuenta junto a la actitud que los acompaña, los hacen merecedores de rechazo. Cuando se producen esos casos acompañados del alardeo y se reciben con indiferencia o incluso con palmaditas, me parece necesario al menos denunciarlos.

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