La ilusión de la democracia

viacatalana

Este mediodía, en la sección de deportes de una cadena generalista, hemos podido ver un ejemplo más de la perversión del lenguaje en la política. El conductor del espacio hacía una comparación entre dos futbolistas del FC Barcelona, Xavi Hernández y Gerard Piqué, y el simpático Pau Gasol, al respecto de su posicionamiento ante la consulta sobre la independencia de Cataluña.

Los dos primeros -especialmente el segundo- eran presentados como abiertamente favorables a la celebración de la consulta. Gasol, en cambio, parecía haber dicho algo diferente. Lo que dijo fue que “Todo el mundo tiene derecho a decidir y a expresarse.” Es decir, exactamente lo mismo que Xavi y Piqué. Pero parece que si en lugar de defender una consulta al margen de la ley se defiende el derecho a decidir la cosa cambia.

Ya comenté en otra ocasión que las victorias políticas, y sobre todo la continuidad de esas victorias, se gestan en el lenguaje. El derecho a decidir del que hablaba entonces se refería a la cadena humana organizada por Gure Esku Dago, y el de Gasol se refiere al proceso catalán. Pero en ambos casos significa exactamente lo mismo: el derecho a convocar un referéndum al margen de la ley con el objetivo de modificar una ley al margen de los mecanismos que establece la ley. La cuestión es que gracias a la victoria en el ámbito del lenguaje, ya no se habla de consultas ilegales, sino de derechos, y por tanto quienes se oponen a la consulta están en contra del derecho a decidir, y sitúan la ley por encima de la sociedad/voluntad popular/democracia. De esa manera los afectos, que son los que determinan realmente las victorias y las derrotas en política, pueden operar de manera más clara. Por eso Gasol se salva de la condena tácita del conductor del informativo, a pesar de decir lo mismo que los futbolistas del Barcelona.

No hay engaño, no obstante, en esa expresión convenientemente esgrimida por los partidarios de la consulta. Siempre y cuando caigamos en la ilusión de identificar sociedad con la parte visible y ruidosa de la sociedad, y voluntad popular con la voluntad de una parte de la sociedad. En otras ocasiones es cierto que se habla simplemente de mayoría social. Y es posible que una parte mayoritaria de una sociedad desee algo. Pero aun cuando fuera cierto que se trata de la mayoría de la sociedad, y sin entrar a valorar el deseo concreto, siempre hay mecanismos para convertir ese deseo en ley. El problema es que la ley exige algo más que unas cuantas manifestaciones multitudinarias y las oportunas declaraciones de deportistas y otras personalidades relevantes. Afortunadamente.

Si alguien extrae de lo que estoy diciendo que la ley debe estar siempre por encima de la democracia, es que me ha entendido perfectamente. Se podrá replicar que hay leyes injustas, y es cierto. Tan cierto como que los votantes se equivocan. Pero no es éste el principal motivo para subordinar la democracia a la ley. El principal motivo no es que los votantes se equivoquen, sino que la voluntad popular es peligrosa. La voluntad popular está detrás de los linchamientos, la guillotina, las expropiaciones y las hogueras. A veces se nos olvida, tal vez por el empeño en caracterizar al Estado como el gran culpable. Y por eso es necesario situar unas pocas normas, claras y generales, por encima de la actividad política. No se trata de que estemos mejor unidos, de que la unidad de España sea indisoluble, o de que el nacionalismo sea una gran ilusión colectiva. Se trata de que la principal condición para que una sociedad pueda funcionar con cierto grado de orden y estabilidad es el respeto a la ley. No a las leyes, sino a la ley que gobierna las leyes. Es decir, a los procesos y mecanismos para crear y modificar las leyes. En el momento en el que la voluntad popular se sitúa por encima de esas normas generales se abre la puerta a la peor de todas las tiranías, la de la masa. Y a estos efectos da lo mismo si la voluntad popular consiste en una gran turba con antorchas o una manifestación por la independencia.

Una quinta especie tiene las mismas condiciones, pero traspasa la soberanía a la multitud, que reemplaza a la ley; porque entonces la decisión popular, no la ley, lo resuelve todo. Esto es debido a la influencia de los demagogos.

Aristóteles sobre las distintas especies de democracia.

ACTUALIZACIÓN:

Haríais muy bien en leer este artículo de Tsevan Rabtan.

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5 Comentarios

  1. Con la venia,

    “La voluntad popular es peligrosa”, sostienes. No cabe duda, pero … ¿preferimos decisiones razonables de un dictador o decisiones nocivas de un pueblo engañado? Yo no tengo, ni mucho menos, una respuesta al dilema. Según quien, cuándo y cómo. Por carácter y educación tiendo a la segunda opción, en la esperanza, tal vez ilusoria, de que de los errores se aprende.

    Entiendo que el liberal se compromete con la libertad y no con la democracia, herramienta política incolora, inodora e insípida. Hasta aquí de acuerdo

    Pero también veo bien que la praxis política se aproxime al viejo ideal de la filosofía: “el hombre libre en la compañía que él mismo escoge”. Desde este punto de vista, un parlamento o gobierno regional con mayoría independentista, como ocurre actualmente en Cataluña, me parece argumento suficiente como para considerar la votación o referéndum. Claro, debería considerarse si los partidos concurren a las elecciones con un programa inequívocamente independentista y, tal vez, si obtienen mayoría con tal programa durante más de una o dos legislaturas, lo que confirmaría que la voluntad popular no es un capricho del momento.

    En contra de este planteamiento general veo dos objeciones basadas en las circunstancias actuales de Cataluña:

    – Primera: el Estado no lleva la iniciativa del proceso, que además infringe la Constitución, lo que hace de la separación una sedición. Según lo expuesto previamente, un gobierno liberal debería tomar la iniciativa, eliminar de la Constitución esa ridícula frase de la indivisibilidad de España, y organizar el referéndum, estableciendo la pregunta y las reglas del juego.

    – Segunda: el actual discurso independentista presenta poca argumentación racional y mucho lavado de cerebro, mucha ingeniería social; sus cabezas visibles están implicadas en fraudes enormes, y se empieza a recoger la cosecha de décadas de limpieza étnica cultural o de guante blanco. Es un escenario que asusta, y hay que tener mucha buena fe para dar carta de ciudadanía a esa maquinaria de aspecto tan totalitario.

    Si concluimos que el ejercicio de la democracia amenaza las libertades, como liberales deberíamos tener claro con qué nos quedamos.

    Un saludo cordial. Intenté ser breve, lo juro.

    • Vaya, había comenzado a responder y se bloqueó safari. Decía que no hablaba de una elección tan extrema como dictador o masa, sino de la ley por encima de los votos. En cualquier caso, la respuesta sería parecida a la que comentas: según el caso.
      En cuanto a lo que debería hacer un gobierno liberal en Cataluña, discrepo. Estos días estoy leyendo en diferentes sitios que los liberales deben apoyar los procesos secesionistas porque siempre es mejor un gobierno más pequeño. Me parece un absurdo. ¿Son mejores Cuba o Corea del Norte que Canadá? Y sí, son ejemplos extremos, pero es que el tamaño del gobierno no garantiza que cambie el grado de libertad. De hecho, en el caso catalán, si tenemos en cuenta la normalización, los delirios identitarios, las políticas educativas y el comportamiento de la prensa, ¿de verdad hay alguien que piense que aumentaría la libertad? En muchas ocasiones la secesión no implica más libertad, sino más control. Es lo que ocurre cuando en lugar del autogobierno lo que se busca es la construcción de una nación.

  2. Estamos de acuerdo en casi todo pero me chirrían algunos razonamientos. La confusión gobierno grande / país grande se deberá supongo a las prisas al escribir. No dispongo de datos, pero intuyo que en Cuba o Corea del Norte el tamaño del gobierno, entendido por el número de personas que trabajan para él, es proporcionalmente mucho mayor que en Canadá.

    Lo inquietante es ese concepto que introduces de “ley por encima de los votos”. Si somos demócratas no deberíamos aceptar algo así. Ahí radica la grandeza y el peligro a la vez de esta herramienta política.

    ¿Te refieres al llamado “Derecho natural”? ¿A las tablas de Moisés? Porfa dime qué preceptos legales no pueden ser revocados por las urnas.

    • Pero es que esa confusión es atribuible precisamente a quienes creen que un país más pequeño va a tener un gobierno más pequeño. O más que pequeño, menos “invasivo”, que al fin y al cabo creo que es la cuestión. Francamente, me cuesta creer que si finalmente Cataluña se independiza vayan a relajar las políticas nacionalistas de estos últimos años.

      En cuanto a la ley por encima de los votos, me refiero a que los votos no pueden determinarlo todo. Esa sociedad sería un horror, en muchos sentidos. Si no se ponen algunos principios por encima de la democracia, entonces todo acaba siendo cuestión de número. Expropiaciones, trato a los presos, etc. Y no me refiero sólo a principios morales, sino también -en el caso del que hablábamos- a procedimientos. Tienen que respetarse los mecanismos para crear y modificar leyes. De lo contrario estaríamos constantemente en situación de golpe de Estado.

      Y para terminar, no, no me refería al Derecho natural, que es en mi opinión otro mito. Conveniente, tal vez, pero mito al fin y al cabo.

  3. “Expropiaciones, trato a los presos …”
    Entiendo lo primero, pero no lo segundo.

    A riesgo de incurrir en dogmatismo, voy a intentar definir yo esa esfera intocable por los votos y la demagogia: la libertad y la propiedad. Punto. Nada más. La vida se puede subsumir en la propiedad, entendida como propiedad del propio cuerpo, valga esa redundancia tan fea.

    El trato a los presos … Dejando al margen el hecho de que una sociedad liberal no necesita cárceles, dicho trato no debe ser lesivo para la vida o integridad física de los internos por los motivos antedichos. Pero creo que, de existir cárceles, el voto tendría bastante que decidir respecto a éstas.

    Y volviendo al tema, no acabo de ver en qué podría afectar teóricamente a mi libertad y a mi propiedad un referendum de independencia en Cataluña, o al menos en una medida tan grande como para justificar una imposición tan poco liberal como la indivisibilidad de la nación. En términos prácticos y contingentes, ya he comentado el miedo que me inspira el totalitarismo “in ovo” del bando separatista, lo que me hace posicionarme en contra de dicho referendum.

    Que se dé bien el fin de semana.

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