De tarjetas y delitos

tarjetaopaca

Hace ya unos años una mujer se encontró una cartera en Requena, Valencia. Fue en 2007. No había dinero en la cartera, pero sí una tarjeta de crédito. La mujer usó la tarjeta para comprar en un supermercado. Gastó casi 200 euros en pañales y comida. Poco después volvió al centro comercial e intentó hacer lo mismo. Esta vez la suma ascendía a 250 euros, pero no tuvo éxito. Alguien sospechó y no pudo llevarse la compra. Lo intentó una vez más en otro establecimiento y en esa ocasión, tras descubrir que estaba en posesión de una tarjeta que no era suya, la detuvieron.

La noticia no fue noticia hasta hace unos meses. En 2013 se iba a hacer efectiva la condena a prisión. Un año y diez meses por delito continuado de falsificación en documento mercantil, y seis meses por delito continuado de estafa. El caso apareció en varios medios de comunicación, y el enfoque no dejaba lugar a dudas. Literalmente. Salvo que dominásemos el arte de centrarnos sólo en los hechos, el lenguaje con el que se envolvía el caso ya nos situaba del lado de la víctima. La víctima era la mujer que usó una tarjeta de crédito que no era suya, claro. No la dueña de esa tarjeta, de quien no se habló en ningún momento. Primer hecho: era una víctima. Del destino, de su ex pareja, de su situación personal… Segundo hecho: no hubo más víctimas. Ni, al parecer, intención real de cometer un delito. Tarjeta perdida, trampa del destino, error, se encontró

casualidad

La casualidad, culpable

error

Error

perdida

Tarjeta perdida

sólo

Sólo

trampa del destino

El destino tendió la trampa

Un medio, La Vanguardia, tituló de manera más o menos ajustada: “Exigen el indulto para la mujer que robó 450 euros para comprar pañales y comida.” Pero incluso en ese titular hay algo raro. Pensemos en otros casos de robos que podemos ver en la prensa habitualmente. Unos ladrones atracan un comercio / asaltan un banco / piratean tarjetas / estafan a ancianos… Casos muy distintos entre sí, pero con algo en común: no sabemos en qué se gastaron ese dinero. Porque no es relevante. Esas personas cometen un delito, y la noticia está precisamente en que han cometido un delito. Matizo; la noticia no está, objetivamente, en ningún sitio. La noticia es lo que los medios quieren que sea noticia. Si los medios hubieran considerado relevante informar sobre lo que hicieron con el dinero robado, sí habría sido noticia. Pero no lo hicieron.

En el caso de la mujer que se encontró una tarjeta de crédito, sí fue relevante. Parte esencial de la noticia. Ese “para comprar pañales y comida” acompañaba a los titulares como “el de los pies ligeros” acompaña a Aquiles en La Ilíada. Gracias a ese apéndice explicativo y a los atenuantes mencionados –destino, situación personal, error- no pensamos en el hecho en sí. En la propietaria de esa tarjeta. Y no lo pensamos porque seguramente nosotros habríamos hecho lo mismo. Y no necesariamente para comprar pañales y comida. Encontrar una cartera es como recibir una clase práctica de teoría de clases marxiana. Miramos la foto del DNI, las tarjetas, cualquier cosa que nos dé la información que queremos. Tiene billetes de 50, o dos visas, o pertenece al club del vino, o parece un contable. Algo que nos permita sentirnos instrumento de la justicia social. Si tiene pinta de currela, o las fotos de sus hijas, o es muy mayor, la cosa se puede poner difícil.

La cuestión es que no creo que la mayoría de nosotros haga lo que hay que hacer de la manera que hay que hacerla. Podemos devolver la cartera o quedárnosla, pero siempre estaremos tentados de investigar quién es el dueño para así saber si merece o no que hagamos lo correcto. O dicho de manera realista, para justificar nuestro deseo de apropiarnos de lo que no nos pertenece.

Estos días hemos visto una noticia con algún elemento en común, aunque de manera un tanto enrevesada. Me refiero al caso de las tarjetas opacas de Caja Madrid. Creo que no queda nadie que no sepa al detalle qué uso dieron los consejeros a esas tarjetas. Restaurantes, hoteles de lujo, vino, salas de fiesta, joyas… Tengo la sospecha, y es sólo una sospecha, de que en el juicio que nos hemos ido formando sobre el caso ha tenido tanto peso el hecho en sí como el pormenorizado análisis de las particulares aficiones de los consejeros. Es más, no estoy seguro de que tengamos realmente claro cuál ha sido el hecho en sí. ¿Era dinero público? ¿Eran gastos declarados? ¿Era una práctica común? Poco importa. La clave es que gastaron ese dinero en joyas, vino caro, restaurantes y hoteles de lujo. En cosas de ricos. En cosas que yo no puedo permitirme. Y por lo tanto, son culpables. Ya veremos de qué, pero ante todo son culpables. Del mismo modo que la mujer de la tarjeta ajena era una víctima.

Lo primero son siempre los sesgos. Después, esos sesgos pueden corresponderse o no con la realidad de los hechos. Pero son cosas independientes.

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