Salirse del texto

 

bladerunnergaff

 

Publiqué por última vez en el blog el 17 de Octubre. Hasta hoy, 1 de Enero de 2015. Ayer, como todos los años, no hice ningún propósito grandilocuente. Ni siquiera lo contemplé. No soy de hacer propósitos. No soy de hacer, en general. Así que el hecho de volver por aquí no tiene nada que ver con una nueva y reluciente tarea autoimpuesta. Salvo que seguramente es la única razón, no para volver sino para haber empezado. Al terminar y al releer las dos últimas entradas tuve la sensación de estar hablando de algo que debía conocerse. Algo que debía ser contado. Y en el fondo no era nada más que algo que necesitaba contar. Es decir, contarme. Como todo lo que he escrito por aquí. No me hace falta leer a Albiac o a Fernández Vítores para saberlo. Toda escritura es en cierto sentido explicitación del yo. Tal vez no sea, esencialmente, nada más que eso.  Pero creo que ya lo he comentado en alguna otra ocasión, y no es cuestión de repetirse constantemente. Aunque es, en el fondo, lo que permanece constante: la repetición de los mismos temas, las mismas obsesiones. Y los mismos sesgos. Sobre todo. Explicitar el yo, es decir, lo que no existe. Los dos movimientos de los textos de Albiac y Fernández Vítores a los que aludía antes. Decir que es lo único que hay en cualquier escrito, y a continuación negar que exista.  No sé si comparto ese “no existe”. Sé que las obsesiones y los sesgos están ahí, y lo sé demasiado bien.  Y sé que son parte fundamental de lo que soy. Mucho más que las creencias, aquello que cuando se resquebraja provoca naufragios, según Ortega. Hasta el día en que comienzas a cambiar de creencias como si pasaras hojas de periódico. De manera casi mecánica, sin dramas. Y lo que empieza a ser un drama es que cambien la frecuencia del autobús, por ejemplo.

Dejé de escribir el 17 de Octubre. Ese mismo día comencé a trabajar en un colegio. Una sustitución, claro. Es decir, no es algo definitivo. But then again, who does?  Otras veces no sabía si comenzar presentándome a los alumnos o pasar directamente a la despedida. Seguramente terminaré la segunda evaluación, y es posible incluso que me quede todo el curso. Me dará tiempo a hablar de muchos temas, tal vez demasiados. Creo que podría llamarlo el síndrome del profesor sustituto, si es que no hay alguien que le haya dado ya nombre. Es algo temporal y no sé cuánto va a durar. En cualquier momento pueden decir muchas gracias, has hecho un buen trabajo, hasta otra. Es una pena que no pueda durar para siempre. But then again. El curso que viene comenzará el año viejo. El mismo proceso del que ya hablé aquí en otra ocasión. Pero es estúpido lamentarse por la temporalidad de un trabajo. Es estúpido lamentarse, en general. Especialmente por la temporalidad. Como si en algún momento dejásemos de estar sujetos a ella.

En cualquier caso, está a punto de comenzar la Marcha Radetzky y hay que dar palmas en casa. Así que dejaré la reflexión, cualquiera que fuera, sin terminar.

(Comencé el blog el 20 de Enero de 2014 con una entrada que, leída ahora, me resulta totalmente ajena. E irrelevante. Pensaba escribir sobre aquello que me resultara interesante, y no tardé demasiado en cambiar el enfoque. Creo que he escrito sesenta entradas. Habrían sido más si no hubiera empezado a trabajar en un colegio. Lo que confirma una sospecha que tenía desde hace un tiempo: escribo porque no tengo nada mejor que hacer. Imagino que este año seguiré escribiendo. Porque no hay nada mejor que hacer. Y contar lo que se hace.)

 

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