Conoce tus sesgos

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Finalmente, Guillermo Zapata ha dejado su puesto de Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid. Guillermo Zapata no era nadie hasta hace 48 horas. Para mí, al menos. Y en cuestión de minutos se convirtió en el centro de atención de buena parte del país. Para denunciarlo o para defenderlo.

Guillermo Zapata escribió en Twitter, hace años, chistes sobre el Holocausto, Marta del Castillo e Irene Villa. Al parecer, en un contexto determinado. Para “probar los límites del humor”, una vez más. No voy a entrar en la crítica a esas bromas, porque ya lo ha hecho Tsevan Rabtan mucho mejor de lo que yo podría hacerlo. Prefiero centrarme en lo absurdo que me parece el asunto, ahora que ha pasado.

Hoy he visto la rueda de prensa de Zapata. Me ha parecido una rueda de prensa ejemplar. Aunque no haya dimitido del todo, sino sólo de su puesto de Concejal de Cultura. Y sospecho que a partir de ese momento he ido reduciendo la importancia que previamente le había dado a sus chistes. Probablemente debía dimitir. O no. No lo sé. Lo que sé es que en cuanto saltó la liebre, Guillermo Zapata -a quien hace 48 horas no conocía de nada- pasó a ser alguien muy importante. Le dediqué una atención que ahora no alcanzo a comprender. Y no es que de repente me parezca que sus chistes fueran inofensivos. Lo que pasa es que no sé hasta qué punto mi reacción fue racional. Sospecho que no lo suficiente.

No creo que esa reacción irracional se deba a un supuesto odio a Podemos, o a lo que representan, o al “cambio”. Y desde luego no existe esa campaña que sus defensores más fanáticos han mencionado como única explicación posible. Pero hay algo que me ha llevado a actuar de una manera extraña. Y sea lo que sea, no me gusta. No conocía a Guillermo Zapata hasta hace 48 horas, y sigo sin conocerlo. Y a pesar de eso me he dedicado a arrojar palabras suyas en la plaza pública. Se podrá decir que esto es parte de la necesaria participación política, que no se limita al voto. Que es un ejercicio de escrutinio a quienes nos representan. Y seguramente sea así en muchos casos. No en el mío. En primer lugar, porque no vivo en Madrid. Y en segundo lugar, porque creo que no se trata sólo de eso. Había algo más, que no tenía nada que ver con el simple ejercicio de la participación política, sino con algo menos ejemplar. E imagino que ese “algo más” estaba también detrás de algunos comentarios lamentables sobre su aspecto, que leí al comienzo del caso. Ese “algo más” que hace que una persona desconocida se transforme de repente en un muñeco de paja sobre el que volcar odios, frustraciones y resentimientos enterrados. O en el mayor representante del antisemitismo, de la maldad y de la estupidez, sin mesura alguna. Seguramente sean las dos cosas. Y no es para sentirse orgulloso.

De todas maneras, sí creo que Guillermo Zapata no debía tener un cargo público. Pero no sólo por los chistes de hace años, sino por su defensa del escrache. Defensa activa, podríamos decir, puesto que participó en uno contra Alberto Ruiz-Gallardón. Él mismo lo reconoce en un artículo publicado en el periódico Diagonal. Viene a decir que lo que da legitimidad al escrache es que viene del pueblo y que cuenta con la complicidad de los vecinos. No es la primera vez en la Historia que se apela a la voluntad popular para legitimar los acosos a una parte de la sociedad. Y defender hoy el acoso político, en otro contexto, debería inhabilitar a cualquiera para desempeñar un cargo público. Pero no ha sido así. No se le ha dado ni una décima parte de la importancia que se le ha dado a los chistes.

Si alguien no tiene del todo claro en qué consiste un escrache puede ver el vídeo que enlazo al final. Es el escrache en el que Guillermo Zapata dice que participó. Lo que él ha sufrido estos días está bastante lejos de lo que aquí se ve, afortunadamente. Pero me da miedo pensar que la diferencia resida sólo en la intensidad. Y me da miedo porque no hay nada peor que convertirse en esa jauría. La jauría, la masa, es el grado de abyección más alto al que puede llegar el ser humano. Pero a la jauría no se la combate con otra jauría. Se la combate, simplemente, negándose a formar parte. Y se pierde, obviamente, porque la jauría es más fuerte. Pero cada día tengo más claro que no hay victoria posible en política, salvo la de no hacer política. Aunque los sesgos lo ponen muy difícil.

Tienen un secreto instinto que les lleva a buscar en el exterior el divertimiento y la ocupación, instinto que procede del resentimiento de sus continuas miserias; tienen otro secreto instinto, residuo de la grandeza de nuestra primera naturaleza, que les hace conocer que la felicidad no se halla efectivamente más que en el reposo y no en el tumulto; y con estos dos instintos contrarios se forma en ellos un proyecto confuso que se esconde de su vista en el fondo de sus almas y les lleva a tender al reposo por la agitación y a figurarse siempre que la satisfacción de que carecen les vendrá si, superando ciertas dificultades, pueden abrirse por esta vía la puerta al reposo.

Blaise Pascal, Pensamientos

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