El problema de la evaluación externa en la enseñanza media

En la anterior entrada del blog hablaba sobre las críticas a la calidad del profesorado y sobre una propuesta de José Antonio Marina, que consistía en que los propios profesores señalasen y excluyeran a los malos profesionales. Eso lo dijo en El País, pero en El Mundo también le hicieron una entrevista. Y hoy es el turno de Hanushek, quien señala que, a pesar de que en España no abundan las evaluaciones externas, las familias saben perfectamente cuándo un profesor está haciendo bien su trabajo. Bien, si eso es así, no entiendo por qué propone con tanta insistencia la necesidad de evaluaciones externas. Que sean las familias las que señalen a los buenos y malos profesores. Qué podría salir mal, versión extendida.

Como imagino que conoce Hanushek, las familias no saben perfectamente cuándo un profesor hace un buen o un mal trabajo. Ojalá fuera así. Del mismo modo que sería deseable que los votantes pudieran analizar objetivamente las diferentes propuestas de los partidos políticos. Pero no somos seres puramente racionales, nos dejamos llevar frecuentemente por afectos. Son varios los motivos por los que un alumno puede llegar a casa con seis suspensos. Es posible que el alumno no se esfuerce; es posible que haya tenido un mal día seis días seguidos; es posible que le cueste aprender y que requiera apoyo; y es posible que el profesor no esté haciendo bien su trabajo. Es posible que se den varios o incluso todos esos motivos a la vez. Es posible que algunas familias sean capaces de analizar objetivamente la situación y de darse cuenta de cuál es el motivo principal. Pero también es posible que algunas familias defiendan la imposibilidad de alguna de esas explicaciones, en concreto la de la falta de esfuerzo de su hijo, y decidan que el culpable es el profesor. Cualquier persona que haya trabajado en la enseñanza habrá visto casos de todo tipo. Hay familias que facilitan el trabajo, capaces de reconocer los fallos y aciertos de los profesores, y hay familias que lo dificultan. Del mismo modo, hay profesores que hacen un buen trabajo y profesores que no lo hacen. Lo que no es tan sencillo es tomar medidas a partir de esta información. Entre otras razones, porque no sabemos hasta qué punto se trata de información, y no de impresiones subjetivas.

Por eso mismo se insiste en la importancia de las evaluaciones externas. Sería una manera objetiva de evaluar a los profesores, y a partir de esas evaluaciones podrían tomarse las medidas necesarias para corregir o reforzar las prácticas docentes.

El problema es que no es nada fácil realizar esas evaluaciones. O mejor dicho, hacer evaluaciones no es difícil. Lo difícil es saber qué se quiere evaluar realmente, cómo evaluar justamente eso, y cuáles son los efectos de la evaluación en lo evaluado.

Las dos primeras preguntas son problemáticas, pero no tanto. Basta con definir perfectamente en qué consiste el aprendizaje y qué es lo que hace que un profesor sea buen profesor, y con realizar perfectamente el diseño de esas evaluaciones. Bien, a lo mejor es más difícil de lo que pensábamos. ¿El aprendizaje es memorización o resolución de problemas? ¿En todas las asignaturas “aprendizaje” significa lo mismo? ¿Hay asignaturas en las que se puede evaluar más fácilmente el efecto de un profesor? ¿Hay asignaturas en las que resulta prácticamente imposible evaluar el efecto de un profesor? ¿Cómo diseñamos un examen que evalúe la capacidad de resolver problemas de los alumnos? ¿Cómo adaptamos ese examen a las distintas asignaturas?

Todas esas cuestiones son difíciles, pero la pregunta realmente puñetera es la siguiente: ¿Es posible hacer trampas para conseguir mejores resultados? Y ésta es la pregunta a la que me refería con los efectos de la evaluación en lo evaluado. Los exámenes a los alumnos son necesarios. Pero a veces, cuando el profesor no hace un buen trabajo, los alumnos tienen la opción de hacer trampa, con lo que el resultado real del proceso de aprendizaje se distorsiona. Si el profesor repite el mismo examen curso tras curso, los alumnos se darán cuenta y sabrán cuáles van a ser las preguntas. Así, no necesitarán estudiar todo lo que en principio deberían saber, puesto que será suficiente con aprender sólo las preguntas del examen. De hecho, ni siquiera será necesario aprenderlas. Bastaría con preparar y esconder bien la chuleta. Para evitar esto, el profesor puede hacer varias cosas. No avisar de la fecha del examen, introducir cambios en las preguntas, o, incluso, hacer preguntas que no puedan contestarse mecánicamente, si la asignatura lo permite. Ahora bien, si el profesor ha acostumbrado a los alumnos -y a las familias- a unos métodos previsibles, la modificación de esos métodos hará que los resultados empeoren, y algunos alumnos tardarán más que otros en adaptarse. Y posiblemente algunas familias protestarán por el cambio de método.

Pero hablábamos de las evaluaciones externas a los profesores, no a los alumnos. No importa. Se pueden reproducir los mismos mecanismos. Así como algunos alumnos hacen trampas para conseguir buenos resultados en los exámenes, también algunos profesores harán “trampas” para obtener evaluaciones positivas. Incluso aunque no quieran, incluso sin darse cuenta. Si el futuro laboral del profesor depende del resultado de esas evaluaciones externas, es razonable pensar que el profesor hará todo lo posible para conseguir una evaluación positiva. No digo que esto sea necesariamente malo, ni que todos los profesores vayan a identificar aprendizaje de los alumnos con evaluaciones positivas. Simplemente digo que los incentivos para ese comportamiento están ahí. Por tanto, si el profesor quiere conseguir una evaluación positiva, hará todo lo posible para que los alumnos sean capaces de realizar esos exámenes externos con una cantidad mínima de errores.

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Más aún, estas evaluaciones externas sirven para medir no sólo el desempeño de un profesor, sino la excelencia de un centro concreto. Si los centros compiten entre sí para atraer alumnos, necesitarán instrumentos para poder mostrar sus puntos fuertes. Una manera de atraer alumnos, o mejor dicho, familias, es el recurso al ornamento. Instalaciones deportivas, uniforme, entorno. Tablets para los alumnos, y mejor aún Ipads, que dan prestigio. Inteligencias múltiples. Ya he dicho antes que no somos seres puramente racionales, estas cosas funcionan. Pero además de eso, gracias a las evaluaciones podrían contar con un instrumento realmente objetivo. Si un centro consigue resultados inmejorables en las evaluaciones, los padres pensarán que ese centro es una buena opción para sus hijos.

Como ya he dicho, las evaluaciones no son malas en sí mismas. Pero hay que tener en cuenta los efectos indeseados. Por ejemplo, la transformación de las clases en centros para preparar exámenes concretos. You don’t teach math, you teach the test de The Wire

Puede que todo esto aún nos quede lejos en España, pero algo así ya ocurre con la Selectividad. A falta de evaluaciones externas, la Selectividad funciona como reclamo entre los centros privados y concertados. Y algunos profesores y centros, no diré todos, concentran todo su esfuerzo en conseguir que los alumnos dominen a la perfección el arte del examen de Selectividad. No estudies este autor, que no va a caer. Contesta de esta manera, que suele gustar a los correctores. Menciona en la disertación a este autor del que no has oído hablar, este libro que jamás vas a leer, o este acontecimiendo del que no tienes ni idea, que el corrector va a pensar que es de tu cosecha. Esto en Historia de la Filosofía, “la asignatura que fomenta el pensamiento crítico”.

En cualquier caso, no hay que preocuparse demasiado. Los perjuicios que se podrían derivar de la aplicación de este tipo de evaluaciones no son nada al lado de los perjuicios que ya se derivan de la aplicación de medidas educativas que son realmente medidas políticas. Convertir la educación en una herramienta para salvar, dignificar o fomentar una lengua no sale gratis. En primer lugar hay un precio que paga toda la sociedad, que es el envilecimiento. Una sociedad que utiliza a sus hijos para la “construcción nacional”, o que permite que otros los usen, es una sociedad envilecida. Porque, en segundo lugar, los hijos también pagan un precio por esa instrumentalización de la educación. Los alumnos que estudian en una lengua diferente a su lengua materna obtienen peores resultados de los que conseguirían si estudiasen en su lengua materna. Es la conclusión de un informe publicado por el Instituto Vasco de Evaluación e Investigación Educativa, del Gobierno vasco.

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Esto debería hacer que el Gobierno vasco se replantease la política lingüística de su modelo educativo. Debería hacer que la coalición de izquierdas que gobierna Aragón descartase el proyecto de convertir una lengua usada por el 4% de la población en lengua vehicular en Infantil y Primaria. Y la reforma de este sinsentido debería ser la prioridad del próximo Gobierno de España.

Pero no será así. Es mucho más fácil, y más gratificante, contratar libros blancos. Ornamentos.

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2 Comentarios

  1. ¿Has leído The Smartest Kids in the World — and how they got that way?

    Te recomiendo. En principio te puede parecer fatal hacerle caso a una investigación de una periodista. Pero se ha hinchado a entrevistar a los profesores de los tres países que han conseguido un mayor cambio favorable en la educación — si podemos hacer caso de las evaluaciones PISA. Y a alumnos USA que experimentaron la educación de esos tres países. E investigó los cambios en política educativa que pudieron justificar la mejoría.

    Yo no entiendo este pensar en la educación y en sus posibles mejoras desde el aire. O si quieres, desde la opinión / intuición, por mucho que sea de Marina o de un profesor estupendo. Porque siempre va a haber un tío estupendo que te propone unas soluciones, y otro tío estupendo que te propone las souciones contrarias. Yo creo que hay que ser más práctico. Y dar estos pasos.

    – ¿Qué quiero? (mejorar la educación)
    – ¿Puedo medir “educación mejor”. Si es que sí –>
    – ¿Dónde hay “educación mejor”?. Si se encuentra –>
    – ¿Que caracteriza, y presumiblemente provoca, “educación mejor”?
    – ¿Puedo aplicar esas características?

    El único problema (parece tonto) es poder medir “educación mejor”. Si puedes, el universo observable es tan grande que los siguientes pasos están casi garantizados. Si lo hace alguien sin “intereses bastardos” (aka, prejuicios). Y eso es un poco lo que hace la periodista Amanda Ripley. Y seguro que se podría mejorar –poniendo pasta.

    Mi impresión es que es un asunto que no interesa a los estamentos que deberían llevarlo a cabo. Políticos, administración y profesores.

    También hay algo que es de cajón, y experimentado por aproximadamente el 100% de los humanos. La diferencia entre un profesor bueno y uno mediocre es abismal de cara a aprender y a interesarse. A los malos, ni los mencionemos. Probablemente, de todas las actividades que conocemos todos, es una en las que más relevante es la calidad del currito. O sea que ya sabes una cosa. Necesitas calidad.

    Y calidad implica otros factores, automáticamente.

    1 Selección. Que los mejores se interesen por acceder, y que el sistema de selección sea acertado.
    2. Criba. Evaluación constante, y quitarse la mierda de encima, según aparece.
    3. Incentivo. Lo bueno hay que pagarlo, y que mimarlo.

    También hay otro factor que conocemos y hemos experimentado todos. El interés medio del grupo de alumnos. Si hay muchos que están en un garaje porque no hay otro sitio donde meterlos, van a joder las posibilidades de los que sí podrían querer estudiar. Y por bestia que suene, nada como diferenciar desde muy pronto entre escuelas de acceso para los que tienen interés, y garajes para adolescentes adocenados. Si no recuerdo mal, en el libro citado muestra el espectacular rendimiento de esa idea en Polonia.

    Vale, la evaluación del profesorado te parece difícil. Y das buenas razones. Pero yo creo que sólo has contemplado la evaluación en función del resultado en los examenes regulares (aprender a pasar el examen). Tal vez podría haber sistemas diferentes. Y hay evaluaciones sobre elementos que no dependen de la materia. Saber pensar es independiente del obeto del pensamiento (y sirve para cualquier cosa en la vida). Esforzarse e interesarse, exactamente igual. Y supongo que la evaluación no tiene por que ser sólo de profesores, y que el centro cuenta.

    Lo que mencionas de la “construcción nacional” y otroso prodigios ideológicos es de cajón. Ya tienes un tercer elemento. Quitar del pastel las sucias garras de los políticos. Hay sistemas, a pesar de que manden. Mucha libertad y responsabilidad a los centros, y exigirles a las decisones políticas unas supermayorías acojonantes.

    Yo creo que estoy describiendo lo que no quiere nadie. Ni padres, ni alumnos, ni profes, ni burócratas, ni políticos.

    Perdón por el rollo. Es un asunto que me cabrea.

    • Pues te voy a hacer caso en lo del libro, pedido en marcha.

      Está claro que el aprendizaje pasa por conseguir que los alumnos se interesen, y que en algunos casos eso es imposible debido únicamente a los alumnos. Marina proponía también aumentar la escolarización obligatoria hasta los 18 años, porque hacerlo hasta los 16 no había sido ya suficientemente desastroso, al parecer.

      En otros casos, es el profesor el que no consigue despertar ese interés. Y es evidente que el buen profesor conseguirá despertar ese interés más fácilmente que el malo o el mediocre. Lo que ocurre es que, y puedo estar equivocado, un buen profesor no es lo que comúnmente pensamos que es un buen profesor. O dicho de otro modo, las características que hacen que alguien sea un buen profesor no siempre tienen que ver con el dominio de la materia. Esto último es necesario, pero en esos niveles creo -e insisto, puedo estar equivocado- que no es condición suficiente para desempeñar bien la labor.
      Una de las características que tiene que tener es que le guste la profesión. Y aquí entramos en el terreno casi místico de la vocación. Si te gusta dar clase, seguramente vas a conseguir transmitir la pasión por la asignatura. Si no te gusta, por mucho que sepas sobre la materia, no hay nada que hacer.

      Y ahora, lo práctico. ¿Cómo medir esa “vocación”?
      ¿Y cómo atraer a “los mejores”? No es cuestión de sueldo. De hecho, si un profesor dice que deberían (deberíamos) cobrar más, sospecho. Tampoco se trata de subir la nota media.

      En fin, sólo estoy poniendo pegas, como casi siempre. Y, como dices al final, me temo que todo esto importa bastante poco a políticos y reformadores.

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