Educar para la guerra

 

Educar para la paz es absurdo. Vivir en paz no es demasiado difícil. Lo difícil es asumir la guerra. Lo difícil es asumir que te pueden matar a ti, a tus padres, a tu hermano, en cualquier momento. Es difícil, y precisamente por eso hay que insistir en ello. Es difícil especialmente cuando se es niño. Cuando aún no se es adulto. Por eso es absurdo educar para la paz y es necesario educar para la guerra. No para hacer creer que la guerra es buena ni para despertar el ardor guerrero, sino para que entiendan que a veces es inevitable. Para que entiendan que hay personas con las que no se puede dialogar. Que sólo hay dos opciones: dejarse matar o hacerles frente. Que la opción de mirar hacia otro lado, enterrar la cabeza, sólo es una manera de retrasar la primera.

Hemos convertido la enseñanza en una guardería perpetua. Ahora se vuelve a plantear la extensión de la obligatoriedad de la educación hasta los 18 años. Las tesis pedagógicas dominantes en España no es que sean anticientíficas, es que son contrarias a la realidad. Una persona de 15, 16 ó 17 años no es un niño. Y no es conveniente tratarlo como tal. A una persona de 15, 16 ó 17 años hay que prepararla para el mundo real. Hay que prepararla para que pueda enfrentarse a la certeza de la muerte y a la posibilidad del horror. Hace menos de un año vieron cómo los trabajadores de Charlie Hebdo eran masacrados. Puede que sepan que hubo personas asesinadas en el secuestro del supermercado judío. Y policías, claro. Algunos, con 15, 16 ó 17 años, vieron decapitaciones. O cómo unos prisioneros eran quemados vivos. Tal vez no sea necesario ver todo eso. Pero es necesario comprenderlo. Con 15, 16 ó 17 años. Porque después puede ser demasiado tarde, y puede que acaben apoyando minutos de silencio por terroristas abatidos. Antes, cuando sí son niños, tal vez sea necesario adaptar el mensaje. Seguramente sea conveniente no arrojarlos de golpe a la comprensión del horror.

Por eso es necesario educar para la guerra, y hacerlo bien, porque es lo real. Es lo difícil. Es lo que cuesta nombrar. Como la muerte. De eso se ha ocupado tradicionalmente la filosofía. Tal vez sea la única función que le queda, no a la filosofía, sino a la Filosofía. A la asignatura. Tal vez lo único que aporta la Filosofía en la escuela, su auténtica función, aquello que ninguna otra asignatura puede hacer, es esto mismo. Nombrar lo innombrable, decir lo indecible. Lo real. Y nombrarlo y decirlo no para buscar consuelo, sino para entenderlo.

Tal vez sea la única asignatura que puede desprenderse de la pedagogía infantilizadora. Tal vez sea la única asignatura en la que se puede mirar al alumno como si no fuera un niño, en la que se le puede decir que cerrar los ojos muy fuerte, o esconderse bajo las sábanas, no hace que se vayan los monstruos. Que el bien no siempre triunfa, y que el Horror no es sólo un momento de la Historia. Claro que también es posible lo contrario. Es posible que no aporte ninguna diferencia, que trate a los alumnos de 15, 16 ó 17 años como a niños, que en Ética y en Filosofía se enseñe que lo único que hace falta para erradicar el mal es hablar con él, y que las velas son más fuertes que las balas.

Educar para la guerra, hoy, es enseñar cómo es el mundo. No hacerlo es condenar a los alumnos a dibujar las últimas vacaciones después de un atentado, arroparles bien, cerrarles los ojos. Pero estos monstruos son reales, y es mejor conocerlos cuanto antes.

(Viene, de alguna manera, de aquí)

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3 Comentarios

  1. Pingback: El asco posmoderno a nuestro pasado – Lo que no se dice

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