La cultura del pueblo

Se van acumulando las cosas que habría que registrar.
Ayer, el presidente del Gobierno contestó a Rufián en el Congreso. Esto, por sí sólo, ya es lamentable. Rufián había afirmado en el pleno que España tenía a varios políticos catalanes “secuestrados” en Estremera, y que el PSC había robado la alcaldía de Badalona. Pero Sánchez llevó aún más lejos las palabras de Rufián. Las llevó más lejos porque su respuesta consistió en decir que “las cosas han cambiado, y ustedes no tienen enfrente a un Gobierno que va a utilizar el agravio territorial para arañar ningún voto en el conjunto del país, y que en consecuencia tendemos la mano para ese diálogo abierto, sincero y directo que se necesita entre el Gobierno de España y el Govern de la Generalitat del cual ustedes forman parte. Ojalá a partir del próximo 9 de julio podamos emprender un camino que restañe muchas de las heridas que durante estos últimos seis años, como consecuencia de la falta de criterio y de estrategia del anterior Gobierno, pues ha causado la fractura social que existe ahora mismo en Cataluña“. Y las llevó más lejos porque Rufián es Rufián, y Sánchez es el presidente del Gobierno.

Hoy leemos que Torra ha aprovechado una nueva invitación de alguna institución internacionalizadora para hacer los aspavientos habituales. Su séquito abucheó a Morenés cuando éste se atrevió a calificar la propaganda de Torra: mentiras. Torra se levantó, y sus acompañantes vociferaron, porque no están acostumbrados a que la cultura haya de someterse a la tiranía de la comprobación. Y lo de Torra era cultura. En eso consistía la invitación, al fin y al cabo. El Folklife Festival, del Smithsonian, regala a Torra diez días para que dé a conocer la cultura catalana. Y la cultura catalana oficial, hoy, se limita a articular “presos políticos”, “exiliados” y “represión contra Cataluña”. La cultura catalana es hoy, en resumen, una fantástica colección de mentiras. Desde el integrador “un solo pueblo” a las acusaciones contra España y su Gobierno.
Si Morenés no hubiera intervenido, Torra habría podido mentir plácidamente, arropado por una institución cultural.

Esa misma institución cultural invitó hace dos años a “los vascos”. [¿Hay algo en la cultura popular que no sea mentira? ¿Es falsable la folklife?]
En esta página web se anunciaba el evento y se mostraban algunas de las actividades. La organización contaba con el apoyo del Gobierno vasco y de las tres diputaciones, puesto que, como decían en esa web, la ocasión es única y singular y la cultura y el País de los Vascos difícilmente podrán disponer por mucho tiempo de un escaparate tan excepcional para dar a conocer su pasado, presente y futuro.

Éstas eran algunas de las secciones en las que se daban a conocer los hechos diferenciales de los auténticos vascos.

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También había una sección dedicada al cine vasco. Una película había sido elegida para acompañar una charla de un abogado vasco-americano, Mark Bieter, sobre la historia reciente del País Vasco.
La película era Asier ETA biok. Si la tradujéramos al castellano, sería Asier y yo. Pero no sería una buena traducción, porque la película se llama Asier ETA biok y no Asier eta biok.
Ese “ETA” remite primeramente a la banda terrorista. Pero también remite a una práctica habitual entre simpatizantes de ETA. En las comunicaciones escritas informales -Whatsapp, por ejemplo-, no es extraño que para decir “y” en euskera se escriba “ETA” en lugar de “eta”.
Así que la conjunción del título de la película remite a la banda terrorista y a una manera autóctona de relacionarse con la banda terrorista.

carteleta

La película intenta, entre otras cosas, hacer entender a los amigos del autor en Madrid cómo es posible tener un amigo etarra, y qué puede llevar a alguien a integrarse en ETA. En algunas de las noticias sobre la película, en medios como El Mundo o El País, se habla de “conflicto vasco” y de “compromiso político” -para referirse al amigo que entra en ETA-, del afecto como elemento central de la película y de cómo, a pesar de “que a algún sector del público le resultará intolerable”, el objetivo de la película es “que se hable del asunto, que se dialogue sobre un conflicto traumático y la tensa gestión de un cambio de estrategia”.

En la misma crítica de El País se señala una de las escenas principales de la película: un homenaje a un etarra en el que se lanzan vivas a ETA.

Esto es lo que se eligió en la sección de cine vasco en Washington, en el Folklife Festival, hace un par de años. Con el apoyo del Gobierno y las diputaciones vascas, y bajo el paraguas de la cultura, que suele gotear siempre por el mismo lado.

Hay otra escena destacada en el artículo de El País. El amigo esboza una especie de pregunta amagada, porque el respeto es lo primero, al etarra: si participó en algún asesinato (“delitos de sangre”). El etarra contesta: “¿Acaso importa?”.

Y tienen, culturalmente, razón.

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