Herenegun, 4

CAPÍTULO 4

Años 90.

Espíritu de Ermua. Miguel Ángel Blanco. Ortega Lara, liberado nueve días antes. Apenas unos segundos, sin detalles, sin declaraciones ni valoraciones (sólo aquélla imagen del episodio 2 fue “una imagen terrible”). Y sin nombres. Ni siquiera Bolinaga. Tampoco “Ortega vuelve a la cárcel”, el titular de Egin tras su liberación. Sí aparecieron mensajes de varios agentes y oficiales comentando una operación policial para reprimir una protesta obrera que terminó con varios muertos, en el episodio 2, pero esto no. Habla Totorika, sobre cómo le sorprendió ver en el ayuntamiento a alguien tan joven como Miguel Ángel Blanco. Habla con Fernando Lecumberri, concejal del PP en Ermua. A Totorika le sorprendió la rotundidad con la que Blanco llamó asesinos a los de ETA en el primer pleno sobre la banda al que asistió, era algo atípico. Imágenes de las manifestaciones que pidieron la liberación de Miguel Ángel Blanco. Imágenes de Totorika dando la noticia desde el balcón de que Blanco ha sido asesinado. Imágenes de personas lanzando gritos contra HB, imágenes de una Herriko incendiada, Totorika intentando apagar el incendio. Y eso es todo. En el asesinato de Miguel Ángel Blanco no hay lugar para García Gaztelu (Txapote), Irantzu Gallastegui o Geresta Mujika, sus asesinos directos. No se pregunta la narradora cómo fueron los momentos previos, qué tipo de persona hay que ser para poner a alguien en esa situación y asesinarlo. Y mucho menos se pregunta por los responsables indirectos, los que prepararon, justificaron y aprobaron el asesinato, también desde la política. No existe Ibon Muñoa, concejal de HB, condenado por prestar apoyo logístico a los etarras para que pudieran secuestrar y asesinar a Miguel Ángel Blanco. Muñoa prestó alojamiento y su coche para que los etarras pudieran llevar a cabo el secuestro y asesinato. Y era, Muñoa, concejal de HB. Todo esto, que explica simplemente mediante la mención, ni siquiera la descripción, no aparece. Jarrai—>HB—>ETA, o directamente Jarrai—>ETA, eran trayectorias frecuentes. Hubo muchos miembros de ETA que previamente habían sido miembros de HB, o que simultanearon las dos ocupaciones. Cuando esto no se explica, la realidad desaparece. Todo lo que venga después parecerá extraño. El “Todo es ETA” parecerá una obsesión, una estrategia ilegítima. Y lo parecerá porque la unidad didáctica ha decidido que ETA era únicamente un ente abstracto. Cómo van a incorporar las relaciones entre ETA y HB, entre ETA y las herriko tabernas, si ni siquiera han tenido la decencia de incorporar las relaciones entre ETA y las personas que constituían ETA. Si ni siquiera Txapote, Potros o Troitiño aparecen en la relación.

Mitin de HB en Anoeta, 1996. La narradora pasa a explicar Oldartzen, lo que se dio en llamar la estrategia de socialización del sufrimiento por parte de HB. Lo que pasa es que la narradora se refiere a ello como “la nueva estrategia política de Herri Batasuna, que apostaba por acumular fuerzas e intensificar la lucha en todos los frentes”. No se ve si hay o no comillas. Y desde luego no se dice “socialización del sufrimiento”.
Aumento de actos de violencia callejera, modificación del Código Penal, que “endureció las condenas contra la kale borroka, y consideró terroristas a los jóvenes que participaban en ella”. Es el Código Penal el que considera, decide considerar, terroristas a quienes participan en actos de “violencia callejera”. Es el Código Penal el que decide, con su capacidad de nombrar, otorgar a la “violencia callejera” una consideración que, hay que deducir, no era parte de su naturaleza. Porque lo que la narradora, y por tanto Jonan Fernández y el Gobierno vasco, están diciendo es que no había una vinculación real entre “los jóvenes” que quemaban cajeros o autobuses y ETA. Esa vinculación la puso el Código Penal, el Estado.  “Entre 1992 y 2007 más de 1500 jóvenes fueron fichados o detenidos por kale borroka, uno de cada cuatro era menor de edad”. De nuevo, “jóvenes”. Y frente a la pantalla, mirando y escuchando, estudiantes de 15 y 17 años. Imágenes de una paliza a un ertzaina de paisano en fiestas de Bilbao, tres años después intentaron quemar su coche. No hay nombres. Nada de “imagen terrible”, nada sobre la presencia permanente de ETA en las fiestas.

Gregorio Ordóñez. “ETA lo mató de un disparo en la cabeza”. “Poco después, ETA dijo en una entrevista”. ETA mata, ETA dice, pero son personas concretas las que matan y dicen, y se sabe quiénes mataron, pero nunca aparecen en la unidad didáctica que pretende explicar lo que ocurrió a los alumnos de ESO y Bachillerato. No se sabe, es verdad, quiénes son los que decidieron profanar la tumba de Ordóñez una y otra vez, algo que tampoco se menciona en la unidad didáctica. “Errores y horrores que nunca deberían repetirse”, advertían Jonan Fernández y el Gobierno vasco al inicio, “Necesito saber qué ha ocurrido”, decía la narradora al comienzo. Al parecer, no necesita saber todo lo que ocurrió. No necesita ella, y por lo tanto no necesitan los alumnos.
Continúa con la cifra de políticos asesinados por ETA. Números, retratos rápidos. 8 segundos.

La narradora habla con una persona, en euskera. No se trata de Valentín Lasarte ni de García Gaztelu, Txapote, condenados por haber asesinado a Gregorio Ordóñez. Tampoco es Consuelo Ordóñez. Se trata de Carmen Guisasola, disidente de ETA, a la que la narradora pregunta por qué entró en ETA. “Por el ambiente que había, el franquismo nos tenía aterrorizados”. Cuenta también que en un determinado momento entendió que aquello no estaba bien, y que no debería haber ocurrido. La narradora le pregunta qué estrategia siguió ETA después de las fallidas negociaciones de Argel. Guisasola responde: “Lo que se llamó socialización del sufrimiento. Golpear a personas que tenían poco poder, personas que no tenían poder. Concejales, periodistas. Para extender todo el sufrimiento que se pudiera a toda la sociedad. Y después por otra parte se impuso a los jóvenes la estrategia de la lucha callejera”. Explica lo que fue aquello, lo que era ETA, sin eufemismos ni racionalizaciones. Describe lo que hizo con las palabras precisas. Esto es lo que más se acerca a eso que se llama arrepentimiento, que normalmente no es más que un engaño sostenido en un autoengaño. Quien ha formado parte de una banda terrorista, quien ha asesinado, como Guisasola, sólo tiene una opción: describir lo que hizo. No hace falta nada más. Desde luego no hace falta la valoración, que no supone nada más que concederse el perdón y concedernos la capacidad de comprender y perdonar, y lo que es peor, de desentrañar si su arrepentimiento es sincero. Hemos visto muchos ejemplos de esto. Es comprensible en quienes fueron víctimas, en las víctimas que buscan sentido a lo que pasó. Pero no en quienes tienen la función de ayudar a poner orden en el mundo mediante las palabras. Los periodistas, que deberían ser como una hoja en blanco, nunca como un escritor. Guisasola, en estos segundos, utiliza las palabras para describir la realidad. No para sobrevolarla, no para forzar una realidad que nunca podrá existir, la del “ojalá”, en la que podrían haber sido otros. Al limitarse a esto, quienes escuchan no tienen la tentación de elaborar un viscoso “yo te creo”. Quienes escuchan pueden limitarse a aprender, si no sabían. Poco. Seguramente Guisasola podría decir y hacer más. Pero al menos lo que dice no reduce, no distorsiona la realidad.
Aparece Argel, el proceso en Irlanda, etc.

Ahora presenta a Ardanza. Mencionan, ahora, el atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza, murieron 11 personas, 5 niñas, alguna imagen, una de ellas de una de las niñas, ninguna merece la valoración de la narradora, no hay “terrible” en esta ocasión. Rumores de ruido de sables, dice Ardanza, algo había que hacer, Pacto de Ajuria Enea. “Al final, y esto es lo triste, ETA ha perdido todos los trenes que los demócratas hemos ido poniendo en distintas estaciones”.

Elkarri, cómo no. “Nació para conseguir un acuerdo de paz”. “Consiguió por primera vez que HB y PSE participaran juntos en una manifestación por el diálogo”. Jonan Fernández, en su juventud. Bittor Aierdi explica qué es lo que querían hacer en Elkarri. Más Elkarri, grandes éxitos, dificultades, escepticismo. Viajaron a Irlanda, vuelve a salir Jonan Fernández. Música optimista. Es su programa, hay que entenderlo. Elkarri, que se dedicó exclusivamente a las buenas intenciones, empeño en el que no es posible el fracaso. Mesas de paz, mesas con víctimas “de violencias diferentes”. “El diálogo es la única salida”. El diálogo será el protagonista a partir de ahora, seguramente. “¿Por qué aquí no hubo un proceso que llevase a la paz, como sí ocurrió en Irlanda?”, pregunta la narradora al cofundador de Elkarri. Probablemente ahora viene el todos tenemos parte de culpa. “Yo creo que todo el mundo tiene que hacer una reflexión autocrítica… yo ahora no quiero señalar culpables, pero creo que todo hubiera ido mucho mejor si muchísimo antes se hubieran hecho muchas cosas que se han acabado haciendo después”. La claridad de Elkarri.

Ahora, Egin. El cierre. No antes, claro. No las coincidencias entre las señales en el periódico y los posteriores asesinatos de los señalados. No las reacciones en el periódico a los asesinatos, no los textos, por ejemplo, de Martin Garitano. No el “Ortega vuelve a la cárcel” ni “El Gobierno no se movió y ETA disparó contra el edil del PP”. Imágenes del cierre, incautaciones, Garzón. Egin sólo aparece cuando lo cierran, ésa es toda la relación del periódico con ETA que llegará a los alumnos. Porque los detalles deben ser sólo para el diablo, hay estudiantes observando. Garzón, el cierre. “Egin tenía entonces 210 trabajadores”. La justicia resolvió más tarde que Egin no tenía que haber sido cerrado, sin más detalles. La detención de la mesa nacional de HB, por “el mismo juez Garzón”, por si a los estudiantes se les enciende alguna luz, Egin no tenía que haber sido cerrado, y ahora detienen a la mesa de HB. Y de ahí al Pacto de Estella, o el acuerdo de Lizarra-Garazi, según dice la narradora. “Las intenciones eran buscar un proceso de paz como el de Irlanda”. Tregua de ETA, Aznar y el Movimiento Vasco de Liberación. La narradora habla ahora con Jone Goirizelaia. Le pregunta qué pensó ella, qué sintió, cuando ETA rompió la tregua. “Una grandísima frustración”, pero después cierta esperanza, porque si ha sido posible una vez puede ser posible más veces. Pero ha sido posible ¿qué, exactamente, Jone? Esto no lo pregunta la narradora. La narradora pregunta amablemente, con una sonrisa: “¿Por qué no condenasteis el atentado de ese militar, en Madrid?” “La izquierda abertzale lo que no ha hecho nunca es algo que el otro quiere que haga porque sí, porque le parezca mejor o peor al otro, a la otra parte. La izquierda abertzale lo que hace es lo que cree que es más conveniente en ese momento”. Fin de la interpelación a Goirizelaia. Fin de la petición de explicaciones a la izquierda abertzale. Y “ese militar”.

Lo siguiente es el documental “Viaje a la dispersión”, de la ETB, en 1998. El documental cuenta la situación de dos familiares de presos de ETA, sus viajes. “El miedo a los accidentes, a los controles de la Guardia Civil, a quedarse sin visita”. Sus miedos, sus sufrimientos. Es imposible un relato que contente a todos, se esfuerza siempre Jonan Fernández en aclarar. En cosas como ésta es donde mejor se ve la voluntad de Jonan Fernández, el relato que el Gobierno vasco quiere llevar ahora a las aulas.
La narradora explica la política de dispersión. “El objetivo declarado era romper la unidad del colectivo de presos, pero las consecuencias las sufrieron sus familiares”. Imágenes de niños, ahora sí. Éstos sí. “Ésta es Gurutze Yanci”, pasa a decir la narradora, vemos una foto de ella sonriente. Concejal de Herri Batasuna, fallecida después de ser detenida en un cuartel, marcas de golpes, infarto, le recetan jarabe para la tos. “Nunca se supo por qué fue detenida”. El hilo. Ahora el fin de la mili. Vídeo en el que se ve a un joven durante el servicio militar obligatorio. “Los objetores de conciencia no saben lo que se pierden. Esto es vida”. Por alguna razón vemos esa imagen de un joven que disfruta en el ejército. Rafa Sainz de Rozas explica la desobediencia civil, la insumisión. También por alguna razón deciden incluir esto. Pero no otras cosas que ocurrieron en los 90, cosas directamente relacionadas con ETA. “La lucha de los antimilitaristas”. Cuánta gente pudo cumplir condena por insumisión, pregunta la narradora. Unas 2.000 personas. El entrevistado explica que estaban en contra de todo tipo de militarización, venían de las luchas no violentas. “¿Y toda la sociedad compartía esa idea aquí?”, pregunta la narradora. “Naturalmente que no. Aquí había gente que justificaba una violencia y estaba en contra de la otra”. Una y la otra. ETA y el servicio militar. Una violencia, otra violencia. “Una sociedad azotada, dividida y atemorizada por la violencia”, decía la narradora, es decir, Jonan Fernández y el Gobierno vasco, al comienzo del primer episodio. El activista de la desobediencia civil intenta explicar por qué era una contradicción “estar en contra de una violencia y a favor de otra”, donde una sería ETA y otra el ejército, o al revés. “Lo que aportó el movimiento antimilitarista fue decir estamos en contra de la mili porque estamos en contra de la militarización, y estamos en contra de la violencia como medio para alcanzar fines políticos. Ese discurso es muy potente, y era muy potente en un momento en el que había gente que le parecía muy mal ETA pero que le parecía bien encarcelar a la gente por negarse a aprender a matar. Y había gente que le parecía muy mal encarcelar insumisos pero no tenía nada que decir ante los asesinatos de ETA”. Ni ETA ni la mili. La claridad moral de siempre.

Juan Mari Jauregi, que tuvo que abandonar el País Vasco por las amenazas de ETA y que finalmente fue asesinado. Habla Maixabel Lasa, la viuda de Jauregi, su trabajo por la convivencia, desterrar el odio, directora de la Oficina de Víctimas del Gobierno vasco, etc. Y de la experiencia de familiares con presos de ETA, la necesidad de las segundas oportunidades para todos los presos de ETA, las conversaciones, lo bien que se sintió cuando ella participó en una. “Y con Ibon Etxezarreta ya he tenido más relación”, éste sí con nombre. Faltan los otros dos, faltan las condenas. En su lugar, el arreglo floral. Maixabel Lasa, sobre Etxezarreta, uno de los asesinos de su marido: “Y luego además el año pasado apareció en el homenaje a Juan Mari en Legorreta. Entonces venía con trece claveles rojos y uno blanco. Y me dijo mira Maixabel, los trece claveles rojos simbolizan los trece años anteriores míos y el blanco significa este año que vengo a acompañarte y a recordar a Juan Mari”.

Esta entrega acaba así. Los 90 acaban así. Ni una sola referencia a la librería Lagun, a los ataques que recibió ya en los 80, y que se recrudecieron en los 90, ninguna a referencia María Teresa Castells, dueña de la librería y casada con José Ramón Recalde, ni a las pintadas contra éste que aparecían en la librería, hasta que finalmente un miembro de ETA le disparó en la calle, atentado del que afortunadamente salió con vida. No se menciona cómo tuvieron que cerrar la librería en la Parte Vieja de San Sebastián y abrirla en otra zona, aunque en el primer episodio sí hubo un espacio considerable para las iniciativas culturales vascas. Nada, no existió Lagun, no forma parte de “lo que ocurrió”, de eso que la narradora necesitaba comprender. Ni una sola referencia a Basta Ya, creada en 1999. Ni una sola referencia a Rentería, a los asesinatos de los concejales José Luis Caso y de Manuel Zamarreño, en fila, primero uno y después sus sustituto. Tampoco aparece Kepa del Hoyo, el etarra que falleció en la cárcel en 2017, condenado por dos asesinatos cometidos en los años 90, y cuya muerte motivó la aparición de pintadas y carteles en su honor y una gran manifestación de la izquierda abertzale, para despedirlo con honores. No hay tiempo para todo, aunque sí lo ha habido para el movimiento a favor de la insumisión. No hay más nombres, no hay imágenes de Txapote, De Juana, Josu Ternera. ETA mataba y decía en abstracto, siempre. Eso será lo que aprenderán los alumnos de ESO y Bachillerato.

El cuarto episodio abarca los años 90. Éstos son los minutos que se dedican a cada una de las escenas:

Miguel Ángel Blanco, Ermua, tensión HB: 3:10
Ortega Lara: 14 segundos.
Oldartzen, HB, atentados, kale borroka: 1:24
Gregorio Ordóñez: 39 segundos.
Políticos asesinados por ETA: 8 segundos.
Carmen Guisasola: 2:47
Ardanza, Ajuria Enea: 1:44
Elkarri: 1:54
Egin, detención mesa HB, tregua, Goirizelaia: 3:03
“Viaje a la dispersión”, Gurutze Yanci, insumisos: 3:31
Juan Mari Jauregi, Maixabel Lasa: 3:32
Basta Ya, Lagun: 0 segundos.
José Luis Caso, Manuel Zamarreño, Rentería: 0 segundos.
Portadas y artículos de Egin tras asesinatos: 0 segundos.
Valentín Lasarte, Txapote, De Juana Chaos, Josu Ternera: 0 segundos.

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