Salud de las lenguas y conductividad

Hace unas semanas me llamaron para una sustitución en una ikastola de Vizcaya. Las ikastolas son centros educativos concertados, normalmente cooperativas, nacidos con el objetivo de transmitir la cultura vasca y una enseñanza en euskera.
Era una sustitución corta y creía necesario poner a prueba el nivel de competencia lingüística en euskera que acreditaba el título. Un título que recibí hará ya un par de años, y una lengua que no he vuelto a usar desde entonces. Así que el nivel de competencia en esa lengua no puede ser otro que el que es.

El nivel del centro me sorprendió gratamente. No porque tuviera expectativas muy bajas al tratarse de una ikastola, sino porque se trataba de un centro educativo concertado del País Vasco. He conocido bastantes. En una de las salas de profesores había un recorte de periódico sobre Inger Enkvist y otro con una entrevista a Alberto Royo, y no me pareció ver ninguno sobre inteligencias múltiples, sobre las maravillas de la educación finlandesa o sobre las elecciones sindicales. No había visto algo parecido en todos los años que llevo dando clase.

El nivel de euskera, sencillamente, no era el adecuado para poder dar clase como hay que dar clase. Para dar clase en condiciones hay que saber bien lo que vas a explicar y hay que saber que lo sabes, porque si no en lugar de dar clase lo máximo a lo que puedes aspirar es a que no se note que no sabes. Y si no dominas el idioma a la perfección la confianza se resiente, porque es tan importante saber bien lo que vas a explicar como saber explicarlo bien.
Así que una persona que no usa el euskera para nada, y hay muchas personas que no lo usan nunca en el País Vasco, también profesores, no podrá emplear el euskera eficazmente, a pesar de que lo acredite un título oficial.

Ésta es la primera evidencia. La segunda es puramente empírica, y no la había conocido hasta que trabajé en una ikastola. No es sólo que yo, nacido en el País Vasco y con padres nacidos en otras partes de España, no hable habitualmente en euskera; es que los alumnos de esa ikastola, con al menos un padre euskaldun y matriculados en una ikastola precisamente para que puedan “vivir en euskera”, recurren mayoritariamente al castellano en todas las ocasiones menos una: cuando tienen que contestar al profesor. Los escuché en los recreos, en los pasillos, en los intercambios de clase, en el aula cuando perdían el tiempo y en el aula cuando trabajaban. Escuché a alumnos desde ESO hasta 2º de Bachillerato. Y los escuché durante varios días. Pues bien, lo que se escuchaba en la mayoría de esas conversaciones era el castellano.
Esto podría no ser indicativo de nada. Simplemente una preferencia un tanto sorprendente. Pero sí había algo que habría que tener en cuenta, algo que no era nuevo: algunos alumnos, no la mayoría pero sí un número importante, escribían en castellano las respuestas de un trabajo de investigación y después las traducían a euskera, porque les costaba mucho más hacerlo directamente en euskera.

Esto ocurría en un centro educativo en el que los alumnos están acostumbrados al euskera, en el que al menos uno de los padres es euskaldun. Lo llamativo no es que los alumnos se comuniquen normalmente en castellano, sino que algunos tengan problemas para pensar y escribir directamente en euskera. No es muy difícil imaginar que esa dificultad es mucho mayor en centros en los que los alumnos son mayoritariamente castellanoparlantes, en los que apenas tienen contacto con el euskera. Si algunos alumnos de una ikastola reconocían no ser capaces de pensar y escribir directamente en euskera –no sin costes, no sin que se resienta la calidad de su trabajo-, no tiene sentido que se pida eso mismo a alumnos que tienen el castellano como lengua materna y lengua exclusiva de uso.

Los costes son la clave del asunto, lo que permitiría tener un debate racional sobre la política lingüística en el sistema educativo. Pero estos costes no son unos costes normales. No aparecen reflejados en papeles ni en hojas de cálculo. Así que estos costes, salvo que alguien decidiera hacer un estudio serio, sólo se pueden intuir o deducir.
No parece una deducción alocada:

  • si el dominio de la lengua en que se enseña y se aprende afecta a la enseñanza y al aprendizaje;
  • y si se enseña y se aprende en una lengua que no se domina;
  • entonces probablemente se estará enseñando y aprendiendo con dificultades, con costes, con un resultado que no es el mejor.


Creo que los costes concretos no se pueden mostrar, porque para eso tendríamos que recurrir a estudios serios. Y no hay estudios, o al menos no los conozco, sobre los costes del uso del euskera en el sistema educativo vasco.

Y creo que sólo hay dos respuestas a todo esto, a los costes y a que no haya estudios sobre los costes. O bien se piensa que en realidad la lengua en la que se estudia no afecta al proceso de enseñanza y aprendizaje; o bien se piensa que lo que se enseña y lo que se aprende no es tan importante.
Lo primero parece difícil de razonar. Lo segundo debería llevar a una concepción radicalmente distinta del sistema educativo. Porque si lo que se enseña y lo que se aprende, sean contenidos o competencias, no es tan importante, ¿por qué nos empeñamos en enseñar cosas concretas? ¿Por qué damos tanta importancia a las evaluaciones, a los exámenes, incluso a las pruebas diagnóstico o a los informes PISA?
Respecto a lo primero, si realmente el dominio de la lengua no afecta al proceso de enseñanza y aprendizaje, que es un proceso bastante más complejo que los procesos comunicativos diarios, ¿por qué se exige un perfil lingüístico tan costoso como el C1 para poder dar clase? ¿No cabría esperar buenos resultados de un profesor de Science que no domina el inglés, o de unos alumnos que apenas entienden lo que dice el profesor?

Cabe una tercera opción, que consiste en abandonar la racionalidad y entregarse a la metáfora. Todo lo que se hace en educación partiría de una consideración: la salud de la lengua. La lengua, el euskera, moriría lentamente si no se impusiera en el sistema educativo. La lengua sería capaz no sólo de morir sino de sufrir, y cuando se miden los niveles de conocimiento y uso del euskera en realidad no estaríamos haciendo sociología sino medicina. Estaríamos manejando el termómetro y la analítica, estaríamos tratando a un paciente y estaríamos recetando medicamentos.
No me gustan las metáforas, pero imagino que el debate meramente racional puede ser más áspero. Así que propongo emplear otra: la conductividad. La electricidad no se transmite con la misma eficacia a través del oro, de la plata o del cobre. Y desde luego es muy difícil que se transmita eficazmente a través de la piedra, incluso aunque se trate una piedra milenaria. Así que habría que preguntarse qué tipo de circuito eléctrico queremos construir, y para esto es necesario plantearse qué es lo que esperamos de ese circuito. Sólo así podremos valorar la eficacia del circuito, la importancia de la conductividad.

Pero como decía, no me gustan las metáforas.

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1 comentario

  1. Muchas gracias por toda la información y análisis que realizas en tu blog.

    Estoy contigo en la defensa de un análisis real de los costes de la “normalización” del euskera. De las tres opciones que planteas como explicación, creo que algo de la segunda puede ocurrir (un estudiante puede prosperar económicamente en la vida independientemente de si aprendió bien geografía, matemáticas, historia, etc.) pero lo que explica todo el asunto es la salud de la lengua, una metáfora a la que se tienen que supeditar todos los ciudadanos y es incuestionable, al parecer. Es como si el euskera fuese un dios cuyo voto equivale a 3 millones de votos humanos, por tanto no importa qué pueda decidir una mayoría democrática vasca, porque ‘la salud del euskera’ siempre valdrá más.

    Ante eso creo que hay que construir otra metáfora que es el dios de la libertad de las personas. Si el euskera se hablase menos, el dios del euskera se erosiona, pero por otra parte si la gente no puede hacer lo que le viene más en gana el dios de la libertad también se erosiona, ¿eh?.

    Mucha gente se inhibe de hacer lo que más le conviene, porque si perteneces a una familia y a todo un entorno social monolingüe a efectos prácticos, no veo cómo te puede convenir que el idioma vehicular cambie a uno que ni dominas, en muchos casos ni tienes pensado aprender, y que en el resto del mundo no sirve para nada. Son muchos factores que confluyen para que esa dinámica ocurra, como la metáfora del euskera como paciente que sufre y siente, y algo que a mi siempre me ha parecido insólito, que es que una pareja de Zamora y Cáceres (por ejemplo) se establezcan en Bilbao, tengan hijos aquí, por tanto vascos, y estos hijos pasan a sentirse parte y sucesores de una estirpe milenaria, tras haber consumido cualquier producto de los que se hacen para este fin, como el documental ‘una historia de Vasconia’ de ETB.

    Puedo entender esa obsesión y disposición a pagar un coste de alguien con 8 apellidos vascos, pero ¿y el que viene de Zamora y Cáceres? ¿Por qué paga ese coste?

    Esa obsesión de la identidad vasca y la primacía del euskera es tan insana como innecesaria. Si entendemos que lo realmente vasco son los usos y costumbres del siglo XIX (la ropa y danzas tradicionales, la gastronomía, txalaparta, txistularis, trikitixa, el frontón,..) que no se molesten que todo eso ya se ha muerto. Ningún bilbaino del siglo XIX que fuese transportado a 2019 reconocería como propio nada de la cultura actual. Ni la música, ni ropa, ni mucha comida (pizza, hamburguesas, sushi,..), actividades de ocio, forma de relacionarse, y no hablemos de libertades sociales, que dos personas del mismo sexo puedan besarse en la calle o casarse. Nada de lo que hoy caracteriza a un vasco es algo típicamente (históricamente) vasco. Por tanto, lo vasco es lo que los vascos acordemos que es lo vasco en cada momento del tiempo y eso puede ser cualquier cosa.

    Personalmente, a mi no me interesa el cambio al euskera como idioma vehicular, yo soy de Las Arenas, del 74, toda mi familia y entorno era monolingüe, solo estudiábamos modelo A. Hoy en día trabajo en proyectos europeos y el mercado laboral lo que me exige es mayor dominio del inglés del que ya tengo. No me puedo plantear invertir en euskera unos años de mi vida, máxime si cuando lo deje de estudiar voy a empezar a dejar de usarlo, y vuelta a empezar. Mi voto es para otro modelo, en que toda familia que solo quiera estudiar en modelo A tenga la posibilidad de hacerlo, en que se den facilidades para el estudio de euskera a todo aquel que quiera, pero asumiendo un papel secundario detrás del castellano, lo contrario no tiene sentido para mí.

    Y como decía, si se pone todo el mundo de acuerdo lo vasco no muere, sea cual sea el acuerdo, simplemente ese estado de cosas es lo que es ser un vasco moderno. O qué, ¿acaso alguien pone el grito en el cielo por todas las otras consecuencias de la globalización? Un abertxale cualquiera hoy en día viste pantalones pitillo, modelo slim para más señas, comprado en zara, está en su sala amueblada en Ikea, viendo en Netflix la última serie ambientada en Brooklyn, usa su smartphone surcoreano para escuchar la lista semanal de Spotify y ver los resultados del futbol (deporte mundial que solo tiene 100 años de antigüedad) y maldice, no solo porque su equipo ha perdido, sino porque ni va a misa ni cree en Dios (algo muy poco vasco hace 100 años). En fin, ya pilláis la idea, que la razón que se impone en todos los otros ordenes de la vida no se hace en lo lingüístico.

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