Nada humano

Comentar de nuevo una serie por su dimensión política debe vencer una resistencia inicial: es un ejercicio estéril, porque se trata de una ficción. Es una pérdida de tiempo. No como el comentario diario, por profesionales de la escritura y por aficionados, sobre la política real, que también vemos en la televisión. Ese comentario, en redes sociales, blogs o columnas, se presenta como algo necesario. Algo que eleva. Pero no, hombre. Es el mismo tipo de comentario. Es el mismo tipo porque tampoco sirve para nada, y porque en el fondo no es un comentario sobre los otros, sino sobre nosotros mismos. Como ocurre siempre que nos ponemos a escribir. Así que en el fondo, muy en el fondo, no es menos ni más importante escribir sobre Sánchez que sobre Meñique; no es menos ni más importante comentar a Otegi que a un dothraki; a Iglesias que a Daenerys. Hay además un punto en el que la realidad y la ficción se unen: los otros comentaristas. Es decir, los espectadores. Escribimos sobre Otegi e Iglesias, y también sobre los otegis y los iglesias de la ficción, y al hacerlo nos comentamos a nosotros porque somos nosotros quienes establecemos los paralelismos. Y también escribimos sobre quienes aplauden a los dothrakis y a los daenerys. Escribimos sobre quienes aplauden o callan después de ver las caras de quienes han asesinado, en la ficción y en este conjunto de ficciones construidas con las que adornamos lo real. Y no hay un comentario que sea más importante que el otro, porque como quedó dicho, nada humano me es ajeno. Y nada más humano que comentar lo que hacen los otros para comentarse a uno mismo. Nuestra tarea vital es el humansplaining, que al mismo tiempo es la explicación no de lo humano sino de lo más particular, la forma en la que cada uno de nosotros elige ser humano.

Sobre el final de la ficción: probablemente pocos han quedado satisfechos. Habría que saber qué esperaba cada uno de este último capítulo. Coherencia, un anhelo horkheimeriano de justicia, espectáculo, sangre y fuego… El cierre fue contradictorio y previsible al mismo tiempo. ¿Por qué contradictorio? Comentamos como si lo que hubiéramos visto, que es sólo una pequeña parte de todo lo que pasa -en una ficción, sí-, constituyera todo lo que hay. Y en el fondo hay mucho más, y todo eso es inaccesible. Pretender que una acción humana es contradictoria es pensar que somos Dios.


El personaje principal es alguien que se llama Jon Nieve, y lo es porque la cámara lo sigue, y porque cuando la cámara lo sigue se comporta como nos gustaría comportarnos a nosotros. En la Batalla de los Bastardos pierde la razón y corre a salvar a su hermano, y se asfixia bajo una masa de humanos, demasiados humanos. En la batalla de Desembarco no pierde la brújula moral y observa con horror -a pesar de la inexpresividad del actor- cómo se comportan sus compañeros cuando caen las puertas y suenan las campanas. No sólo no se une al exterminio sino que intenta frenarlo. Incluso mata a un hombre de su ejército para salvar a una mujer de una ciudad extraña. El personaje es hasta ese momento la continuación del arquetipo que había encarnado su padre: el hombre -en genérico- desapasionado, capaz de controlar sus impulsos y de actuar siempre según el código ético universal. Pero a partir de ahí todo se desmorona. Finalmente, el protagonista no es hijo de su padre, ni en sentido biológico ni en el que importa, el simbólico. Eddard fue lo suficientemente noble, o estúpido, como para dejar que la preocupación por la vida de unos congéneres supusiera su sentencia de muerte. No creo que fuera la compasión sino más bien un excepcional sentido de lo justo. Jon, al final, es lo suficientemente estúpido y lo suficientemente mezquino como para ponerse al lado de quien ha masacrado a miles de personas sin necesidad. El mismo personaje que mata a un soldado de su ejército para evitar que asesine a un inocente posa ante el ejército de criminales de guerra junto a la jefa de los criminales. En ese momento nos acordamos de los guionistas y de las contradicciones, porque no es lo que esperábamos. Ésta es al menos la hipótesis optimista. La hipótesis no tan optimista es que probablemente nosotros, no sólo quienes desde el otro lado de la pantalla siguieron apoyando a la jefa de los criminales sino quienes esperábamos que el protagonista actuase correctamente, no habríamos llegado tan lejos; probablemente no habríamos sujetado el brazo de nuestro igual antes de que éste asesinara a un inocente.

Esto que comentábamos, la lealtad exacerbada hacia un humano, es lo que nos resulta incomprensible en el personaje. Porque el personaje siempre había sido leal no a la carne ni al Bien, sino al bien sin mayúsculas. Es decir, a la verdad y a la justicia también sin mayúsculas. Esto no es, como solemos pensar, una absurda lealtad a lo abstracto, a los principios por encima de lo humano. Es, precisamente, la única lealtad posible a lo humano. Lo humano siempre va acompañado de minúsculas. Cuando nos empeñamos en agrandar lo bueno mediante las mayúsculas lo que hacemos es colocar esas mismas mayúsculas a lo malo. No sólo eso. No es que el bien en mayúsculas engendre el mal en mayúsculas; es que el bien en mayúsculas es el mal en mayúsculas. El libertador promete la Justicia y la Libertad definitivas, y lo que es realmente definitivo es siempre la muerte.

El final es siempre el que es, y no podemos hacer nada por cambiarlo. En el caso de esta ficción, la Rueda, que se suponía origen de todos los males que caían sobre los campesinos, los taberneros y el resto de personajes de relleno, resultó ser simplemente la sucesión dinástica. Y se reían de la ingenuidad de Sam. Eliminada la sucesión dinástica todo se convierte en reencuentros amables, bromas y levedad. “Vuelve a preguntarme dentro de diez años”, contesta el que había sido gigante al protagonista.

Y el protagonista hace obligado lo que tenía que haber hecho por decisión propia: abandonar el reino y volver a su patria, que es el lugar simbólico en el que uno puede ser lo mejor a lo que puede aspirar. Su familia gobierna. Y su familia accede al pacto por el que lo condenan a volver a un muro que ya no existe y que ya no es necesario. La crueldad de la condena no reside en la vuelta al muro, que nunca fue castigo para quienes eran nobles, sino en que el muro ya no es nada. La Guardia de la Noche, que era el último refugio del deber, es ahora una hermandad del absurdo. La roca y la montaña, y la caída perpetua. Por eso el protagonista hace lo único que puede hacer: sin familia y sin propósito, marcha junto a los únicos compañeros que le quedan hacia el otro lado del muro.

Y a este lado queda como rey alguien que no es humano.

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