Diario de la normalidad, III

Acabo de terminar de escribir una “clase” para quienes hasta hace unas semanas eran mis alumnos. No les llegará, y probablemente no ha sido una buena idea. No sólo hay que aceptar que no eres Montaigne, también hay que aceptar que no eres ni siquiera profesor. Y que no es que lo que dices no sirva, sino que no hay nadie a quien le pueda servir.

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“¡Los límites, hay que conocer y aceptar los límites!”, solía decir en clase cuando aún había algo que decir. Bien, pues aquí están los límites.

 

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Llevamos sólo dos días de confinamiento obligado, aunque en casa habíamos empezado antes. Ayer mirábamos desde el balcón lo que pasaba en la calle. Pasaban coches, familias y paseantes. Nosotros sacamos una cerveza y unas patatas a la mesita del balcón, algo que sólo hacemos de vez en cuando en primavera y verano. No tenemos costumbre de salir a tomar algo los domingos, pero de repente había que escapar a la calle por un momento, aunque la calle la estuviéramos viendo desde casa.
Había gente paseando en contra de lo que ahora son obligaciones pero seguimos procesando como si fueran recomendaciones. Y sale el severo juez. Sin conocer motivos ni circunstancias de los acusados. Y con la excusa de la salud pública. Pero no nos engañemos -hay que conocer los límites-, se trata de algo más primario que el bien común. Espero que no nos entreguemos demasiado a ello, que seamos capaces de darnos cuenta de lo que hacemos estos días y de por qué lo hacemos.

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Ayer circuló un vídeo de una señora que grababa a unos que habían decidido hacer turismo en un pueblo de Huesca. Un pueblo en el que la mayor parte de los habitantes son personas mayores. No somos Montaigne, hemos dejado de ser profesor, y ni siquiera somos esa señora, que acabó mandándolos a su casa, con una buena razón.

 

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Comienzo a entrever hoy lo que puede ser esto en los próximos días. Sentado en el sofá viendo algo que ya no son noticias, conectado a lo que pasa en Twitter, abandonando obligaciones reales. La primera obligación es mantener al menos un asomo de orden. Más del que había antes de que empezase esto, porque esto va a ser largo, y porque aquel desorden siempre se corregía por las rutinas sociales.

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Muchos periodistas profesionales llevan varios días señalando dos cosas: que “ellos” son periodistas, y no, por ejemplo, Matthew Bennett, al que acusan de cobrar por dar información; y que todos -es decir, “ellos”- fueron incapaces de imaginar qué es lo que iba a pasar.

Otros, a veces los mismos, llevan varios días entregados a un tono de pretendida autoridad, solemne. Han abandonado la frivolidad y los intentos de rebajar la gravedad de lo real. Ahora creen que quienes les hicieron caso cuando describían erróneamente lo que pasaba también deben hacerles caso cuando dicen a quiénes tenemos que hacer caso. Y a quiénes no.

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También han salido los nacionalismos. Urkullu y Torra hicieron ayer lo que se esperaba de ellos. Lo que se espera de alguien no es lo que pensamos que debería hacer, sino lo que la experiencia nos dice que es más previsible. Lo que se espera de Torra y Urkullu es que hagan lo mismo que han venido haciendo durante los últimos años. Avanzar en su agenda más importante, que es alimentar una nación en construcción, a pesar de los costes. Costes que pagan los “suyos” y también los demás.
Y unido a esto: los mismos que desde sus púlpitos decían que había asuntos más importantes, que estábamos “hipnotizados por el coronavirus”, -esto es de Iñaki Gabilondo. Las obras nunca son impersonales. Y no sólo cuando esto pase, sino mientras pasa esto, habrá que seguir recordando quiénes son los autores de muchas obras- dirán estos días que tampoco se podía saber que los nacionalistas fueran a comportarse de esta manera.

Torra estaba ya en sus textos de antes de ser presidente. Estuvo después del proceso. Ha estado ahí desde siempre. Y antes que él estuvieron otros. Clara Ponsatí dejó ayer una muestra de lo que es ella, y Carles Puigdemont dejó una muestra de que son un “ellos”. Y algunos tienen claro qué son esos ellos, cuáles son sus ideas, cuál es el precio de esas ideas, desde hace mucho. Y a todos éstos se les decía que “no era para tanto”, que “no se podía saber” y que estaban “hipnotizados” por el nacionalismo.

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A mí me preocupa cómo saldremos de ésta, cuáles serán las consecuencias directas e indirectas. (Pienso en las consecuencias económicas como si fueran consecuencias indirectas, y es un error). No “cómo” en el sentido de qué tendremos que hacer para salir, sino en el sentido de qué quedará en nosotros después de esto, qué cambios habremos experimentado.

Espero que haya cambios profundos. Que quienes surfearon la crisis con frivolidades dejen de recibir atención, y que comiencen a recibir atención quienes han ido acertando no sólo en ésta sino en muchas de las crisis anteriores. Espero que para escuchar análisis dejemos de fijarnos en los altavoces de consignas y de memes. Tenemos gente que analiza muy bien la realidad, y sólo nos fijamos en expertos en comunicación que no entienden que lo más importante de la comunicación es que el mensaje coincida con la realidad.

Pero sinceramente, no tenemos demasiadas razones para pensar que se producirá ese cambio. Estamos “hechos” para ajustarnos a las circunstancias, para pasar página en algunas cuestiones, y para manejar los costes a corto plazo. Hemos vivido crisis de legitimidad más graves, y quienes nos condujeron a esas crisis pudieron seguir dedicados a su tarea, a pesar de todo.

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Ya se está preparando el terreno con un relato coordinado, que va desde el “no es el momento de las críticas” a las críticas a quienes poco han tenido que ver en la gestión de esta crisis.

Y los principales responsables de la gestión de esta crisis, que están en el Gobierno y en los medios, tendrán momentos de responsabilidad durante la crisis, aunque sea por probabilidad. Y nos quedaremos con eso, y no podremos hacer otra cosa que comprenderlo, non ridere, non lugere, neque detestari.

O tal vez se tratará de una profecía autocumplida. Tal vez los responsables de que nada cambie somos los que decimos que los cambios profundos son imposibles. Imagino que cada uno hace lo que puede según sus propias inclinaciones.

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