Diario de la normalidad, V

Tengo que librarme de dos advertencias razonables cada vez que me pongo a teclear. La primera es una que recogí aquí el primer día: no somos Montaigne. Alguno habrá, y también está Montano, que no es Montaigne pero es Montano. Pero el que teclea esto es Monsalvo, que alguna cosa es pero desde luego no es escritor.

La segunda se la leí hace tiempo a Arcadi Espada: es absurdo escribir sin cobrar. De ésta llevo librándome unos seis años, quién lo diría, y creo que hasta hoy no le he sido infiel a ese absurdo. No por principio sino porque esto no da para más.

Podría justificarme con el solemne Nulla dies sine linea, pero no es una obligación autoimpuesta. Simplemente tecleo porque la alternativa es peor.
Imagino que ocurre algo parecido en quienes salen a correr todos los días. Con una diferencia: al menos ellos no se graban para compartir después su rutina.

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Brevedad. A eso sí debo intentar ceñirme.

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La vergüenza es un mecanismo social impresionante. Si supiera más sobre ella creo que diría incluso fascinante. Pero con lo que todo el mundo sabe ya se puede aventurar que, como todo producto de la selección natural, merece que nos detengamos de vez en cuando para contemplarla.

La vergüenza hace que nos replanteemos nuestros actos. O incluso que nos quedemos en casa, que dejemos de importunar a los demás cuando somos merecedores de su reprobación. Como cualquier otro fenómeno social producto de la selección natural, tiene un lado siniestro. A veces se usa para contener comportamientos nobles, o al menos no perjudiciales.
Pensaba en algo que estamos viendo estos días. Entre el Gobierno que animó a acudir a varios actos multitudinarios con la crisis ya desatada y el ciudadano que no quiere complicaciones hay un intermediario: los prescriptores, el cuarto poder, el periodismo a todas horas, con gráficos y buenas palabras y ante todo tranquilidad, que ahora no toca. Y en este grupo, exactamente en este grupo, y estaría bien que tomasen conciencia de ello, están los académicos que decidieron hace tiempo servir a un fin más material que la verdad y el conocimiento. Algunos de ellos aparecían y seguirán apareciendo en la misma mesa que Cristina Almeida. No son distintos, por mucho que mencionen a otros académicos y por mucho que empleen conceptos elevados. Hace unas semanas habría dicho que son peores porque ellos sí saben; pero no. Sencillamente, son lo mismo. Académicos, periodistas y políticos retirados: las fuentes de información. Sobre ellos un Gobierno que vive de la mercadotecnia y de los eslóganes, y bajo ellos ciudadanos como el ya famoso señor que decía que el virus no existía.

 

 

La pregunta es: ¿por qué, días después de haber justificado lo injustificable y de haber razonado como si estuvieran bajo los efectos de una droga tribal, siguen justificando lo mismo y abriendo nuevos mercados, y por qué siguen razonando de la misma manera? ¿Por qué no opera la vergüenza en estos casos, a pesar de que todos sus actos, sus palabras y sus razonamientos se publican diariamente en las redes sociales?

Porque, se me ocurre, la vergüenza sólo opera cuando estamos solos. Para poder sentir vergüenza tenemos que estar solos ante nuestros actos, ante nuestra conciencia. Y los prescriptores con carnet nunca están solos. Han tejido, consciente o inconscientemente, una red de refuerzos que hacen imposible la autocrítica. Los periodistas, académicos, políticos elegidos: han llevado tan lejos el razonamiento indolente, la prescripción negligente y la mercancía defectuosa que nadie puede permitirse el lujo de acabar con la farsa. Ante cada error, un paso adelante. Porque si un día comenzaran a hacer balance de las cosas que dijeron y de las consecuencias de sus palabras, no sabrían cuándo podrían terminar.

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Hablábamos antes de las obras y de sus autores. Gabilondo, ya en marzo. “Hipnotizados por el coronavirus”.

 

Y Ana Isabel Díez. Periodista como Gabilondo y además presidenta de la Asociación de Periodistas Parlamentarios, y por tanto más relevante que Gabilondo. “Ese día nadie fue consciente del error”.
Siempre, siempre un paso adelante. Hacer este periodismo no es fácil. Es como andar en bici.

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