Diario de la normalidad, VI

A las 12:00 estaba terminando una entrada en el blog y he oído voces de los vecinos, que aún estaban en el salón pero pronto salieron al balcón. Una cacerola. La hija, adolescente de unos treinta años, decía “¡Escuchad, escuchad!”, o algo así.

Y cuando empecé a oír más cacerolas, no muchas pero serán más, me acordé de alguien que esta mañana me contaba que ayer le había llegado un mensaje por Whatsapp convocando a una cacerolada “para que Juan Carlos devuelva los 100 millones”.

Me equivoqué en mi juicio inmediato. Pensaba que sería cosa de cuatro imbéciles. Después de ver a los de momento cuatro literales que salieron en Galdácano, me asomé a Twitter. Y allí estaban, ya desde ayer. Maruja Torres, Izquierda Unida, la Ingobernable. Son los de siempre, son más de cuatro y acabarán adueñándose también de esto. Lo rentabilizarán otros, como suele pasar, pero es estúpido despreciar el alcance de estas cosas.

Lo que no puede sorprender es que pasen (pasen, je, siempre impersonal) cosas como éstas. Y desde luego no podremos sorprendernos cuando no sólo los aplausos vayan cediendo ante las cacerolas, sino cuando el objetivo de esas cacerolas pase de Juan Carlos I al rey de España, cuando se extienda a toda la monarquía y cuando, en fin, llegue a donde siempre llegan.
Al cuarto día de confinamiento las ganas de fiesta andan a empujones con el odio, y los aplausos en los balcones no permiten canalizarlo. Porque de eso se trata esto que estamos viendo: la gestión del odio. Curiosamente, quienes lo están gestionando no son los nuevos, que según los analistas de servicio público iban a llevarnos a una nueva época de miseria y tinieblas, sino los que llevan décadas amasándolo, gestionándolo, dándole forma. Los nuevos podrían haber hecho lo suyo. Podrían haber convocado una cacerolada contra el Gobierno, incluso contra “el feminismo”, contra los medios de comunicación. No lo han hecho. Aún nos queda mucho, y todo puede empeorar aún más. Pero no lo han hecho. No sé si por responsabilidad o por su irresponsabilidad el 8 de marzo. Pero la gente, alguna gente, no puede estarse quieta en casa sin odiar. Y los demagogos no pueden estarse quietos sin canalizar el odio de la gente. Cuatro días ha durado la farsa.

Hoy a las 21:00 hay convocada otra cacerolada coincidiendo (je) con el discurso del rey. Imagino que habrá mucha más gente en los balcones.

 

***

 

Mientras pensaba esto se me ocurría un experimento. Alguien saca una bandera de España en mi calle, en Galdácano, porque lo importante es que todos estemos unidos. Llegan las 21:00.
El experimento no consiste en hacerlo y comprobar qué pasa. El experimento consiste en pensarlo. Y en saber, automáticamente, a priori, que sería una irresponsabilidad.
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Otros piensan en poner el himno nacional. Eso no es un experimento, es otro a priori. Acabaría mal.

 

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Esta mañana leía sobre los criterios técnicos del Gobierno para dirigir la UME, y cómo la parada que iban a hacer ayer en el aeropuerto de Loiu, Vizcaya, fue anulada a última hora. Hoy en El Correo hablan de una llamada del Gobierno vasco al Gobierno para expresar su malestar por la presencia del ejército español en las calles vascas.
Estas pequeñas cosas en las que cada vez pensaremos menos, porque hay urgencias más inmediatas. Se aprovechan de esto.

 

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Leo en El Independiente que ha fallecido un guardia civil de 37 años, sin patologías previas.

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