Diario de la normalidad, IX

 

Más de 55.000 contagiados, más de 4.000 fallecidos. Sólo en las últimas 24 horas han fallecido 655 personas. Esto se presenta hoy como un dato relativamente positivo: el día anterior fueron 738.
Ayer coincidió que estaba Fernando Simón cuando encendimos la tv. Llevaba varios días más o menos desconectado, sin ver tertulias ni telediarios y sin entrar en tuiter. Todas las impresiones de los primeros días habían ido perdiendo intensidad a medida que aumentaba la costumbre de verlas todos los días, la inercia. Y volvió a presentarse una de ellas como si fuera nueva: el mismo experto que dijo que en España sólo habría algunos casos, el mismo que no quiso recomendar a la gente que no acudiera a las manifestaciones promovidas por el Gobierno el 8 de marzo, anunciaba ayer casi 50.000 casos y más de 3.000 fallecidos. El mismo. La misma persona. No entiendo cómo no se queda en su casa al menos lo que queda de crisis, abrumado. No entiendo que las negligencias sostenidas, la ignorancia culpable en puestos de responsabilidad tan alta, no lleven a la desaparición de la vida pública. No a la destitución, sino a la dimisión, a una dimisión también interior, cuyo reflejo inmediato, pragmático, el cese en su actividad, sea tan sólo una consecuencia secundaria.

 

Hoy aparece en La Marea un texto que viene a decir que las manifestaciones del 8m no dieron lugar a un aumento significativo en los contagios por coronavirus. De hecho, viene a decir que la curva de nuevos casos creció más lentamente en los días en los que se supone que habrían aparecido los casos producidos en torno al 8m.

Hay dos cosas interesantes en relación a este artículo.

 

En primer lugar, “la ciencia”. Quien más sabe lo que es la ciencia suele resistirse a hablar de “la ciencia”, especialmente cuando ese “la ciencia” toma la función de sujeto en una oración. No existe “la ciencia”. Existe, en todo caso, y sin entrar en tecnicismos, la actitud científica. Y existen los científicos. La actitud científica se da en personas que no son científicos, y hay científicos muy alejados de la actitud científica.

Iba a decir que, evidentemente, hay muchísimas personas mucho más preparadas que yo para hablar sobre la ciencia, pero esto no pretende ser un artículo sobre qué es la ciencia. Y además algunas de esas personas más preparadas están haciendo estos días un abnegado ejercicio de exposición para mostrar cómo puede haber científicos -o divulgadores científicos- muy, muy alejados de la actitud científica. Así que seguimos.

La actitud científica puede resumirse, y es centrarse sólo en una de sus partes, en ser muy cuidadoso con los experimentos, los análisis, los datos y los razonamientos. En ser muy consciente de los sesgos, especialmente de los nuestros. Y en comprobar todo muchas veces, especialmente si coincide con nuestras ideas previas y si nos parece que es contraintuitivo o difícil de explicar.
Cuando explicaba hace unas semanas en 2º de Bachillerato el racionalismo y el empirismo, y cómo este último llevaba al escepticismo, mientras que en el primero se desarrolla una actitud dogmática, y cómo se supone que la actitud científica nos lleva a conclusiones mucho menos firmes que que las que se dan en otros campos del conocimiento, cómo nos lleva a ser más humildes en cuanto a lo que podemos saber y en cuanto a la seguridad en lo que creemos saber, en definitiva, cómo la ciencia ofrece menos certezas que la filosofía y la religión, aunque parezca contradictorio; bien, cuando explicaba todo eso, en clase había sorpresa y ceños fruncidos, “pero qué dice éste, cómo va a ser la ciencia menos firme y cómo va a ofrecer menos certezas que la filosofía y la religión, ¡si la ciencia es superior!”.

Es complicado hacer entender que si la ciencia es superior lo es precisamente porque es más humilde, porque desconfía más de la capacidad intelectual del ser humano, porque tiene más mecanismos de control, porque no pretende encontrar una verdad definitiva, porque ninguna de las aseveraciones más aceptadas en la ciencia puede estar libre de revisión y de crítica.

Y es complicado hacer entender, ya cuando somos mayores, que ese “porque” en realidad hay que cambiarlo por un “cuando”. La ciencia es superior sólo “cuando”. Y si no, entonces no es más que un juguete en manos de quienes pretenden imponer unas conclusiones particulares, al margen de cualquier mecanismo de control. O mejor dicho, para avanzar en ciertos mecanismos de control, sociales en este caso.

La ciencia de ese artículo venía a decir que las manifestaciones del 8m no contribuyeron significativamente al aumento de contagios posteriores, tirando de datos y gráficos. La ciencia de un artículo aún por publicar podría decir que el confinamiento ha contribuido significativamente al aumento de los contagios, tirando también de datos y gráficos.

 

Decía que era interesante por dos cuestiones. La segunda es que, al parecer, el autor del artículo es falso. O mejor dicho, el nombre del autor del artículo es falso. Todo lo que se escribe tiene autor, y desde luego todo lo que se publica tiene autor.
Se ha dicho que, puesto que el autor es inventado, conviene no hacerle caso. Al contrario. Es un buen ejercicio para analizar un texto con menos condicionantes. Si no sabemos quién es el autor, al menos nos libraremos de que el “quién” condicione nuestro análisis. Tampoco debemos ser demasiado ingenuos. Hay un quién, que no es quién lo escribe sino quién lo publica y quiénes lo elogian. Así que debemos evitar cometer el error de pensar que nuestro análisis está libre de cualquier condicionante.

Pero teniendo todo esto en cuenta es un texto que se puede analizar. No lo voy a hacer aquí, porque ya lo he hecho en otro sitio, con más o menos acierto, y porque no es cuestión de repetirse.
También se ha dicho que no hay que entrar en su juego, que es una cortina de humo para desviar la atención. Por suerte o por desgracia me pierdo en el gran juego político de las cortinas de humo, de los kingmakers, de los trileros en la sombra. Y como en realidad no podemos saber qué es lo que pretenden los supuestos genios de la manipulación y de la gestión de los temas de opinión, actúo como si no existieran. Resulta que el Gobierno compró unos tests rápidos para detectar coronavirus a una empresa sin licencia, y resulta que la fiabilidad de esos tests es muy baja. Y el artículo de hoy, por el autor fake en La marea, podría ser una estrategia del genio de la comunicación del PSOE para desviar la atención.

Pues bueno, podría ser. Pero como no lo sé, y como la noticia sobre los tests rápidos falsos ya aparece en los periódicos, prefiero pensar que es compatible fijarse en el artículo fake y en los tests fake.
Se podría incluso aprovechar para escribir algo cohesionado sobre la mentira en tiempos del virus. La mentira a veces no requiere de un genio que la considere algo instrumental. La mentira, muchas veces, es un mecanismo psicológico para librarnos de nuestro reflejo en el espejo. O una manera de ganarse el pan. O simplemente el pan que echamos a los patos. Así que después de establecer que el autor es falso y que los tests son falsos, el paso siguiente es preguntarnos qué dice el artículo, y qué dice del Gobierno el hecho de que los tests que han comprado sean falsos.

***

El otro día volvimos a ver Guerra Mundial Z. Creo que la primera vez me debí de dormir, porque casi no recordaba nada. No me acordaba por ejemplo de lo del “tenth man”, el tipo que tiene que disentir cuando hay unanimidad en un análisis, aunque considere improbable el análisis divergente. También vimos, por primera vez, Chernobyl, en la que Legasov, Shcherbina o incluso Khomyuk, personaje ficticio, hacían esa función. Aunque en ese caso no lo hicieron por si el consenso resultaba falso, sino porque sabían que el consenso era una red de mentiras. Con consecuencias reales. Volviendo a WWZ, tampoco recordaba el final, bastante precipitado y previsible aunque interesante.
Pero lo que realmente me interesó de WWZ no fue algo que no recordaba sino algo que no sabía. Me sonaba la cara del capitán de la base de Corea del Sur, así que miré en IMDb. Resulta que era el de Rubicon, una serie que vio A. y que parecía buena pero se canceló tras la primera temporada. Pero no fue eso lo que me sorprendió: resulta que el intrépido capitán de la base de Corea del Sur está interpretado por James Badge Dale, el actor que interpretó a uno de los personajes más interesantes de El señor de las moscas: Simon.

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