¿Guerra cultural?

Confieso que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, así que en principio esto debería darme algo de autoridad en la materia.
Como no he leído ningún paper, no sé cuáles son las definiciones más aceptadas de “guerra cultural”. Lo que sí sé es que es algo que se suele mencionar desde la derecha y el centro-derecha para referirse a lo que antes simplemente era “hacer política”.

De la guerra cultural se empieza a hablar, de hecho, cuando todo lo que no es izquierda nacionalista pretende reaccionar a años de políticas de izquierda nacionalista. La izquierda nacionalista, la única izquierda que en España tiene peso político, se ha dedicado durante décadas a lo que se esperaba de ella. Y hoy se pueden ver sus frutos en Cataluña y el País Vasco, pero también en Navarra y en Baleares, donde los brotes verdes destacan casi más que los frutos ya maduros de las dos primeras regiones. Siempre es un espectáculo contemplar el nacimiento de una nación; en este caso asistimos al nacimiento de dos, tres, cuatro naciones. Probablemente en unos años estarán a punto de organizarse en una confederación.
A lo que no se presta tanta atención, en cambio, es a la muerte. La muerte tiene algo, un no sé qué, que ahuyenta a los espectadores. Al menos en política. Pero para que puedan nacer dos, tres, cuatro naciones en España, tiene que haber algo que desaparezca. Ese algo es, por llamarlo de algún modo, la “nación nacional”. Porque si decimos la nación española corremos el riesgo de que los nacionalistas nos llamen nacionalistas. Resumen más aséptico: digamos España. Seamos aún más comedidos, asumiendo el riesgo de que nos llamen moderados o incluso separatistas: digamos Estado. Porque en este caso, y no en los titulares del Deia, sí procede. Para que puedan nacer dos, tres o cuatro naciones en diferentes regiones de España, tiene que retirarse el Estado, que es lo que mantiene lo común. Tiene que arraigar el mensaje de que lo común es ajeno. Sólo así pueden aceptarse discursos políticos que hablan de “lengua propia” en lugar de “lengua común”. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que la educación no debe ser un fin en sí mismo al que todos los alumnos han de dirigirse en igualdad de condiciones. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que mientras unos alumnos son conducidos hacia la educación, otros tienen que ser conducidos hasta Pamplona. Y eso cuando existen pamplonas a las que dirigirse.

Bueno, pues a esto mismo, a hablar de las construcciones nacionales en varias regiones de España, de las consecuencias para la ciudadanía común, de las mentiras y de las verdades omitidas en esas construcciones nacionales, hoy se le llama “guerra cultural”.
Lo curioso es que cuando el PSC en Cataluña, el PSOE de Baleares, el PSN o el PSE comenzaron a deshacer la nación española en esas cuatro regiones, nadie hablaba de “guerra cultural” por su parte. Porque lo que hacían era política. Legítimamente, además. E igual de legítimamente se debería hablar de política cuando hablamos de deshacer todos esos entramados nacionalistas que han ido germinando durante los últimos años y que comienzan a dar nuevos brotes en nuevas regiones.

Hablar de “guerra cultural” cuando se defiende desde la política algo tan normalito como la racionalidad, o cuando se rechazan los mensajes esencialistas de los nacionalismos; cuando se defiende el pragmatismo y el interés de los alumnos en la educación; cuando, en fin, se intenta elaborar un discurso propio frente a la política de un Gobierno formado por el PSOE actual y el Podemos de siempre, encarnados en Patxi López y Enrique Santiago, supone reconocer la incapacidad de hacer política en igualdad de condiciones.

Hablar de guerra cultural, eso sí, es terreno abonado para la épica. Todos podemos ser soldados en las guerras culturales, con la importante ventaja de que estas guerras no producen daños reales y sí ascensos. Pero la izquierda nacionalista no necesita soldados ambiciosos que destaquen en el campo de batalla. Los tiene, claro, pero no los necesita. Porque cuando hacen política, hacen política. Cuando quieren desarrollar la formación de los espíritus nacionales hacen lo que tienen que hacer: leyes. Y funciona. Y mientras lo hacen no hablan de guerra cultural. En todo caso, si quisiéramos buscar un símil bélico deberíamos hablar de guerra relámpago. Aunque una guerra relámpago un tanto extraña puesto que no hay sorpresa en ella. Si el enemigo es incapaz de defenderse no es por el impacto inicial y por la rapidez de los ataques, sino porque está a otras cosas. El avance es plácido, sereno. Da tiempo a admirar el paisaje y a escuchar las voces de los territorios. Y cuando alguien pretende recuperar el terreno o al menos trazar un mapa con la situación actual, sale lo de la guerra cultural.

Hablar de guerra cultural es no entender que en la izquierda nacionalista mandan Francina Armengol, Miquel Iceta, Idoia Mendia o María Chivite, que sus aliados son Podemos, Més, EH Bildu o ERC, y que al frente de las operaciones está Pedro Sánchez. Hablar de guerra cultural es no entender que la izquierda nacionalista, que además del problema moral de incorporar a los aliados que he mencionado puede permitirse el lujo de integrar a líderes como Carmen Calvo o Patxi López, lleva años de victorias no culturales, sino políticas.

Y así, hablando de guerras culturales, tenemos a alguien como Feijóo en Galicia. Y tenemos a no pocos dirigentes de la derecha o del centro-derecha quejándose por los votos que resta alguien como Cayetana Álvarez de Toledo. Y tenemos a un centro-derecha ya casi inexistente en el País Vasco. Y llamamos “mal menor” a que Ada Colau sea la alcaldesa de Barcelona. Y seguimos aceptando plácidamente la incuestionable legitimidad de nuestro Estado autonómico sin proponer ninguna corrección igualmente legítima a las evidentes injusticias que ha ido produciendo esa configuración, o que ha ido cultivando la izquierda nacionalista.

Si la guerra cultural es la manera mediante la que el centro-derecha pretende combatir el modelo que la izquierda nacionalista tiene para España, entonces han perdido antes de empezar. Porque lo que la izquierda nacionalista lleva años haciendo no es guerra cultural, sino política. Política desde una base ideológica -o varias- explícita, clara. Pero política. Así, es posible que lo que tenga que hacer el centro-derecha sea precisamente volver a hacer lo que se espera del centro-derecha: política. Claro que para poder hacer política no basta sólo con elaborar un presupuesto. Para poder presentar una alternativa a la izquierda nacionalista, es verdad, no basta con las leyes. Porque las victorias de la izquierda nacionalista son las leyes, pero esas leyes parten de y se dirigen a fortalecer una serie de ideas.


Mientras terminaba de escribir esto me he acordado de que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, pero sí esto de Quintana Paz: ¿Qué queremos decir cuando decimos que estamos en una guerra cultural?

Y claro, tiene razón. Pero precisamente, lo que llamamos guerra cultural no es algo que sustituye a la política, sino las condiciones en las que al parecer el centro-derecha tiene que hacer hoy política. Y ese “hoy” es relativo: ¿acaso la condición del nacionalismo no ha sido siempre llevar lo político, la cuestión nacional, a todos los terrenos? Por eso, cuando se dice que lo que hay que hacer es presentar batalla en la guerra cultural, o al contrario, cuando se desprecian los principios diciendo que eso es guerra cultural y no va a ningún sitio, se olvida algo esencial: si la guerra cultural es un estado de cosas, si es el terreno en el que tiene que combatir cualquiera que quiera ofrecer una alternativa al nacionalismo, entonces no estamos hablando de un fenómeno nuevo. Otra cosa es que para no pocos dirigentes relevantes del centro-derecha el combate al nacionalismo sea no ya algo nuevo sino inédito.

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