Escribir sobre un mural

Escribir es un acto absurdo, como casi todos los actos. Si se trata de escritura no pagada, el acto es aún más absurdo. No es lo mismo que irrelevante; lanzar piedras contra la superficie del agua para ver cómo rebotan es lo más alejado del absurdo, precisamente porque se hace sin ninguna intención de transformación, de sentido. Lanzas la piedra y contemplas. La piedra, los rebotes y las ondulaciones en el agua son irrelevantes; en el acto de escribir, lo irrelevante es el propio autor, porque lo hace desde una falsa esperanza de sentido, aunque se presente disfrazada de vanidad.

La escritura sobre la escritura, la escritura consciente de su irrelevancia, es, además de absurda, falsa. Como si haciéndolo volviéramos al sentido, igual que aquello de que la única libertad es la de saberse determinado. Un poco de racionalización, un poco de autoconocimiento prestado y ya estamos libres del absurdo.
Triple salto: saber que la escritura que se sabe absurda es igualmente absurda. Y así hasta depurar el texto y mostrarlo como lo que siempre es, un bucle fisiológico, un tic en las manos.

Todo lo anterior es útil para lanzarse a escribir sobre algo tan aparentemente absurdo -en sentido coloquial- como un mural en un polideportivo de Ciudad Lineal. Porque es imposible sentarse ante el teclado, decir “Hoy voy a escribir sobre un mural en un polideportivo de Ciudad Lineal” y no sentir el ridículo devolviendo la mirada.

Hace unos días comenzó a aparecer en redes y prensa una polémica sobre un mural feminista. Como casi todo lo que hoy se adjetiva con la palabra “feminista”, el mural y sus defensores ya empezaban mintiendo. No era un mural feminista, si es que puede existir algo como un mural feminista. Era un mural en un polideportivo con rostros de mujeres y mensaje de autoayuda. “Las capacidades no dependen de tu género”. Imagino que incluyeron “género” porque con “sexo” no se atrevían, no fuera a ser que.
La mentira se extendió en las direcciones habituales. Primero, hacia dentro. Insistieron en que era un mural que pretendía convencer a las mujeres de sus capacidades, de que persiguieran sus sueños sin creerse los mensajes -éstos no ya falsos sino inexistentes- que continuamente las condenan a la derrota previa. Pero los rostros en el mural eran cuestionables también en ese aspecto. Más que mujeres que destacaron en su actividad gracias a sus capacidades eran mujeres que permitían destacar la actividad principal de quienes ordenaron y crearon el mural: el activismo. De ahí que apareciera Rigoberta Menchú y no Mary Shelley; Angela Davis y no Marie Curie; o Rosa Arauzo y no María Moliner. Es verdad que también aparecían Nina Simone, que efectivamente destacó en lo suyo, o Rosa Parks, la nota de consenso. Y junto a ellas, ‘Comandanta Ramona’, dirigente del EZLN, o Liudmila Pavlichenko, francotiradora del Ejército Rojo, que evidentemente destacó en la actividad de dar muerte.
Después la mentira se extendió hacia fuera. Cuestionar las mujeres que aparecían en el mural o el propio mural era parte de la campaña de la derecha por erradicar los derechos de las mujeres. Pero esa campaña no existe, y el mural era cuestionable por muchas razones.

En primer lugar, se dibuja sobre un polideportivo municipal. Y cuando se quiere hacer política sobre un edificio público, lo mínimo que se espera es que aquello que se representa sea universalizable y que no sea falso. Lo que hoy se llama “feminismo” en España es una mentira envuelta en una manipulación dentro de varios partidos políticos. Los mensajes contra la eliminación del mural son una buena muestra de ello. Todos venían a decir que frente al mural estaba la derecha, y que la derecha estaba contra el mural porque lo que querían borrar era la historia de las mujeres, e incluso a las propias mujeres. Esto no es un grito de dos o tres activistas pasionales; esto es lo que los dos partidos del Gobierno de España, Podemos y el PSOE, llevan años repitiendo en redes, medios y parlamentos: que la derecha española pretende la eliminación de las mujeres.

En segundo lugar: el mural es feo. Porque la ética es también estética, y está feo colocar en un mural pretendidamente feminista a una mujer que ha ido en las listas de uno de los partidos políticos que más empeño han puesto en la elaboración y la defensa del mural: Podemos. Rosa Arauzao, que seguramente es una bellísima persona y por encima de todo una mujer activista, no es María Moliner. Pero es que además es de Podemos.

En tercer lugar, un paréntesis: en Público escribieron una guía sobre las mujeres del mural y sobre la importancia del mismo. No mencionan este último punto, la militancia universal de una de las mujeres en la causa del partido Podemos. Esto es lo normal en Público. Lo que también es normal pero no tanto aceptable es que en la página web de RTVE, que no es Público sino pública, se omitiera igualmente la militancia de una de esas mujeres en la pieza militante que escribieron sobre la polémica.

Y en cuarto lugar, por terminar en algún punto: el mural es cuestionable porque eso es lo que se hace en una sociedad que al menos pretende ser sana y normal. Examinar lo que hacen los representantes, examinar el estado del espacio público e incluso el estado del propio Estado. Y en este caso el examen es claro: se trataba de un mural político, ideológico, partidista, sectario, falso, no de un “mural feminista”. Y plantear su eliminación, con o sin sustitución por otra performance gráfica sentimental más aceptable, era legítimo.

En todo el texto hablo en pasado del mural. No porque ya se haya eliminado, sino porque gracias a la intervención de Begoña Villacís, portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento de Madrid y Primera teniente de alcalde, el mural feminista se ha convertido en otra cosa. A partir de ayer, cuando Villacís decidió enmendar la decisión de su propio grupo en el distrito de Ciudad Lineal y mantener el mural, el mural ha pasado a ser un nuevo éxito del sectarismo, una nueva victoria de la tribu. Que por otra parte es lo que se pretendía desde el principio. Y lo que se suponía que venía a combatir ese partido.

“Prefiero que se quede el mural y pintar otros murales”, explicó la portavoz de Ciudadanos para cerrar la cuestión.
Déjelo, de verdad. Lance piedras a algún estanque si quiere, pero no diga que es política.

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