Programa político inmóvil, II

Decíamos ayer: ¿Es posible constituir un bloque alternativo sin incluir ninguna de esas diez creencias, tampoco las implícitas? Es decir, ¿es posible combatir eficazmente esas ideas sin manipular ni mentir, sin relativismo ni dogmatismo, sin simplificar los problemas y sin vulgarizar el lenguaje y el pensamiento Y lo más importante, ¿es posible articular un discurso alternativo y no meramente negativo que pueda dar lugar a un nombre común para defender ideas y principios propios, sólidos e innegociables?

Hay un primer principio sin el que el resto de ideas sería una colección de promesas y declaraciones: estas ideas, por ser ideas esenciales, no pueden ser negociables. No pueden entregarse a cambio de posibles votos ni a cambio de una vida política y mediática más cómoda. Al mismo tiempo, no pueden tomarse como verdades ajenas, no pueden defenderse sin haber sido examinadas antes por quien las defienda. Esto es lo que significa “sin relativismo ni dogmatismo”.

Vamos con la primera idea del bloque de consenso, y con su posible respuesta.

1- Esencialismo cultural y territorios con derechos.

Frente a los esencialismos culturales y los territorios como sujetos de derechos habría que defender la idea de que el ciudadano es el único sujeto político. No existen “lenguas propias” sino ciudadanos que hablan unas lenguas u otras, y no existen “territorios históricos” sino unidades administrativas del Estado español. No se trata de defender, por ejemplo, el encaje de Cataluña en España, sino de defender a los ciudadanos españoles en Cataluña, País Vasco, Madrid o Valencia. Frente a los abusos de otros ciudadanos y también, si es preciso, frente a los abusos de las distintas unidades administrativas del Estado. Estos abusos van desde la negación de la escolarización en la lengua común, el castellano, hasta la negación de facto de las libertades y derechos políticos. En este último punto se incluyen tanto los actos de acoso contra actos públicos de los partidos ajenos al bloque como el intento de golpe de Estado que se produjo en Cataluña en 2017. Al ciudadano español que reside en Cataluña, País Vasco, Baleares o Navarra le asisten los mismos derechos y garantías que al ciudadano español que reside en Extremadura, Asturias. Andalucía o Madrid. Al ciudadano español que decide acudir a un acto político en León, en Cáceres o en Madrid le asisten los mismos derechos que a otro ciudadano español que decide acudir a un acto político en San Sebastián, en Vic o en Alsasua. Un ciudadano español que reside en León y asiste a un acto político en Alsasua es tan “invasor” como un ciudadano español que reside en Alsasua y asiste a un acto político en Alsasua. Esto es lo que dicen las leyes. Pero las leyes no se imponen ni se cumplen por el mero hecho de existir como leyes. Cuando las leyes, las libertades o los derechos son cuestionados sistemáticamente no sólo por ciudadanos concretos sino por instituciones del Estado y por representantes políticos, y cuando lo que se cuestiona en el fondo son los derechos de ciudadanos españoles, lo que debe defenderse no es sólo la ley sino la polis. Defender la polis hoy en España, defender la ciudad, lo público, es defender todos los territorios de España como territorios efectivamente españoles. Es decir, territorios donde rige la ley común, no “leyes privadas”. Si hay administraciones, políticos y ciudadanos vulnerando los derechos de otros ciudadanos, el primer deber de alguien que quiera participar en política frente a todas las ideas que mencionábamos antes es denunciar y combatir la idea de que los derechos no pertenecen a los ciudadanos sino a los territorios, y de que la cultura, el pueblo, no sólo existen como sujetos sino que han de defenderse a costa de los ciudadanos. Hay partidos españoles que defienden no la fragmentación de España, sino la desaparición, de facto y cuando convenga, de las leyes y de los derechos de todos los españoles. Combatir esas ideas y a esos partidos no es combatir el “separatismo”, sino combatir el nacionalismo. Es conveniente conocer las ideas y las palabras en juego antes de lanzarse a la política. La propuesta alternativa no puede ser la emotividad del entendimiento, la vacuidad del diálogo o la renuncia; la propuesta debe ser la defensa convencida y efectiva de lo común: del castellano como lengua común, del derecho a moverse libremente entre todos los territorios españoles, de la libertad para manifestarse políticamente. Y esta defensa no puede hacerse sólo desde las notas de prensa, los comunicados o las entrevistas; esta defensa ha de hacerse de manera efectiva y presencial. Si en determinadas regiones españolas existe un problema de libertades políticas, y si el bloque del consenso silencia, tolera o fomenta ese ambiente coactivo, la respuesta a esa idea, a ese ambiente y a esa defensa ha de ser firme y continuada. El ciudadano es el único sujeto político, y cualquier abuso de los nacionalistas y de sus compañeros de bloque ha de ser no sólo denunciado sino combatido políticamente.

No es el quién, es el qué

 

En octubre de 2020 se leyó en el Congreso la lista de las personas asesinadas por la organización terrorista ETA. Prácticamente todos los diputados decidieron permanecer sentados, algunos incluso miraban su móvil mientras sonaban los nombres, porque quien leyó la lista era Santiago Abascal, que antes de ser diputado de Vox fue un joven acosado y amenazado por la organización terrorista ETA.

Hoy en el Congreso una diputada de EH Bildu ha leído una lista con las mujeres asesinadas por sus parejas desde 2003. Mertxe Aizpurua antes de ser diputada fue editora del diario Egin, y hoy ha hablado desde el escaño que le ofrece el partido que dirige Arnaldo Otegi, condenado por trabajar para la organización terrorista ETA.
Prácticamente todos los que en octubre de 2020 decidieron quedarse sentados hoy han aplaudido la intervención de la diputada de EH Bildu.

Estos dos momentos no son dos hechos sino uno sólo, y así hay que entenderlo. Y hay un tercer y un cuarto hecho igualmente relevantes para llevar la reflexión hasta el fondo: nadie firmó, ni desde una organización ni desde un periódico, los asesinatos de las mujeres que hoy han sido recordadas en el Congreso; el partido en el que milita la diputada a la que hoy han aplaudido los mismos que antes miraron el móvil no sólo tiene como líder a alguien que firmó tácitamente más de 800 asesinatos, sino que aplaude a quienes cometieron esos asesinatos cuando salen de la cárcel.

Hay que llevar la reflexión hasta el fondo porque es ahí donde estamos como sociedad.

 

Nuestros antifascistas

Lamenta hoy un tipo que escribe en Deia que en otros periódicos (“las profundidades cavernarias”, los llama) se hable mucho de la violencia de estos días en las calles, pero sobre todo lamenta que en los análisis sobre la violencia se incluyan referencias a la ‘kale borroka’. Le molesta porque esos análisis no aparecen en Deia, donde usaron palabras parecidas para referirse a las pintadas contra sedes del PNV o también para referirse a las agresiones contra la Ertzaintza en el marco de las restricciones por la pandemia, sino que aparecen en periódicos nacionales, y hasta ahí podíamos llegar. La mentalidad de los territorios con privilegios se acaba expandiendo hacia otros ámbitos.

Habla el gracioso oficial del Deia de las múltiples interpretaciones sobre las “grescas callejeras”, y es verdad que ha habido muchas y muy interesantes. Nadie ha salido a decir que son fruto de una pelea de bar, pero sí que son generadas por una “violencia estructural, invisible”. Esto lo insinúa una magistrada en activo; en activo en la política. Dice también que la violencia genera violencia y que la violencia es siempre más grave cuando la ejerce el Estado. Es muy interesante esta triple afirmación porque quien lo dice no es sólo magistrada, sino Delegada del Gobierno contra la Violencia de Género. Hay que preguntarse si parte de este mismo análisis para referirse a la violencia de su negociado. ¿La violencia de género es también fruto de una violencia previa? ¿De una violencia estructural, invisible? ¿El hombre que agrede o asesina a una mujer lo hace porque se siente víctima de una violencia previa que habría que aceptar sin pruebas? Y sobre todo, ¿la violencia del policía que detiene al agresor es más grave que la violencia del agresor? ¿La violencia del Estado contra el agresor genera más violencia?

Ha habido también interpretaciones epistemológicas: parecería que la violencia de estos días estaba vinculada a la extrema izquierda, pero en realidad los chavales “no saben ni lo que defienden”. Y es verdad, ha habido chavales que al ser preguntados no sabían ni quién era ese tal Hasél. Tomar esto como categoría es tan acertado como sustituir las pruebas diagnóstico en Educación por las encuestas a pie de calle a los alumnos de algún instituto. Sí, hay gente que ha salido a lanzar piedras, a volcar contenedores, a agredir a periodistas o a robar en tiendas sin saber muy bien por quién iba esta vez la revolución, pero el caso es que toda esta gente aparece siempre en actos con ciertos elementos comunes, y nunca en manifestaciones por la educación especial, por la educación en castellano o contra un golpe de Estado.

Estas dos interpretaciones son interesantes porque intentan eliminar la responsabilidad, o al menos la vinculación. Una sitúa la culpa en una violencia previa, estructural, invisible, y también en una violencia posterior, la del Estado. En el medio, el siempre certero medio, la violencia de los antifascistas. La otra sitúa la culpa en la ignorancia, no en el antifascismo. Y hay una tercera narración que tal vez no es más interesante, pero sí más divertida. Es la que en lugar de alejar o eliminar la responsabilidad la abraza con fuerza. Se lee estos días un argumento curioso como respuesta a quienes vinculan la violencia al movimiento antifascista: consiste en equiparar la agresión contra un fotógrafo al desembarco de Normandía. Los antifascistas de hoy serían los herederos de la 101 Aerotransportada; los que recorren las calles volcando y quemando contenedores, insultando a los vecinos, agrediendo a periodistas o lanzando objetos contra la policía serían el orgullo de los soldados que murieron defendiendo su posición en los bosques de las Ardenas ante la ofensiva del ejército alemán.

Todos esos análisis son dignos de análisis, todos son preocupantes, y todos insisten en no ver lo que está pasando. La violencia está ahí, y las banderas también. Ayer en Bilbao figuraban las de la amnistía para los “presos vascos” –en la cárcel por amar a su tierra-, la ikurriña, la de la URSS -tres-, la republicana con estrella roja y la de la Red Antifascista. Ayer en Bilbao volcaron contenedores, quemaron algunos de ellos, lanzaron objetos contra la policía y agredieron por la espalda a un fotógrafo. Ayer se escucharon gritos muy viejos, aunque le moleste al gracioso del Deia. “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”, “Pablo Hasél askatu” e incluso “Presoak kalera, amnistia osoa”. Se escuchó también “Euskal Herria, antifascista”.

Antifascista, sí. No vale salir con violencias estructurales, con ignorancia seleccionada o con películas. Los que estos días -estos años- salen a ocupar las calles, a quemar las calles y a intentar que los demás nos callemos son antifascistas. Aunque no haya fascismo, y aunque lo más probable es que en la Segunda Guerra Mundial no hubieran estado en el frente sino en manifestaciones contra la guerra imperialista de los americanos. Algunos, por afinidades patrióticas, es probable que incluso hubieran salido a defender el derecho a la supervivencia del pueblo alemán.
Son los antifascistas de la Cup, de Sortu, de Ernai y de Arran los que salen a quemar las calles. Y lo seguirán haciendo, porque sus mayores los animan, los justifican o los exculpan. Mientras los analistas de la moderación insisten en que suenen las alarmas por la ultraderecha, la extrema izquierda lleva años haciéndose con la legitimidad de la fuerza. Llevan años resistiéndose a las leyes, como les enseñan sus mayores, desde Torra a Colau; llevan años entrelazando política y agresión, como les enseñaron sus mayores, desde Otegi hasta quien hoy decide seguir militando en el partido de Otegi; llevan años “desinfectando” las calles de la presencia fascista, llamando “fascista” a gente como Savater, Pagazaurtundúa, Rivera, Abascal, Rajoy o un padre que pida educación en castellano para sus hijos; y llevan años escuchando cómo el partido de los mayores y de la moderación, el PSOE, insiste en que todos los anteriores agitan el odio cuando organizan un acto político en alguno de los territorios ganados por la violencia antifascista en lugar de aceptar en silencio su eliminación.

La violencia política en España no es nueva, sino que ha estado presente desde la Transición, con mayor o menor intensidad; no es difusa, sino que la usa la extrema izquierda, que en varias regiones es además nacionalista; y no es inocua, sino que ha tenido efectos políticos claros. Además de esto se pueden añadir otras cuestiones al análisis. Se puede reflexionar sobre la correlación entre violencia política y edad, o incluso sobre la posibilidad de que bajo los adoquines no esté la playa sino un desorden psicológico. Pero el caso es que los adoquines los lanzan los antifascistas, y esto es el hecho esencial. Nuestros antifascistas son hoy, entre otras muchas cosas, violentos. No son los únicos violentos, pero el antifascismo es uno de los pocos movimientos políticos en los que la violencia se tolera y se defiende sistemáticamente. Y esto ocurre porque en demasiados análisis «antifascismo» pesa más que «violencia».

Lo único bueno es que frente a ellos no hay fascistas sino tenderos, hosteleros, vecinos, concejales de partidos políticos pacíficos, periodistas, intelectuales, asociaciones cívicas o estudiantes más preocupados por poder ir a clase que por la conciencia de clase.
Lo malo es que en el medio están los de siempre.

Programa político inmóvil, I

El principal problema a la hora de pensar la política es la servidumbre del nombre. Primero nos decimos -o nos sentimos, o incluso nos dicen- de izquierdas, de derechas, de centro, constitucionalistas, progresistas, liberales o conservadores, y después ajustamos nuestras creencias a lo que creemos que prescriben esos marcos. Cuando debería ser al revés: primero pensamos sobre lo que creemos, podamos las creencias, marcamos las lindes y después, sólo después, le ponemos un nombre. Una marca que intente ser lo más fiel posible a ese conjunto de creencias, y que funcione como señal para quienes podrían compartir el fondo de esas creencias. Ésa es la única función del nombre. Quien no quiera atraer a otros con ideas parecidas, quien no quiera hacer política, no necesita un nombre. Y vivirá -pensará- mejor sin nombre. El nombre puede facilitar que se acerquen personas con ideas parecidas, pero si no se entiende que su importancia es secundaria, si se permite que sea el nombre quien controle las ideas, entonces la tendencia será la del alejamiento constante respecto a esas ideas propias con el objetivo de acercarse al mayor número posible de personas. No de que esas personas se acerquen, sino de acercarse a esas personas. Parece lo mismo, pero es justo lo contrario.

¿Qué creencias son éstas? Lo más apropiado, una vez reconocida la inutilidad y la servidumbre de la posición espacial izquierda-derecha, es situar cuáles son las creencias dominantes que no se aceptan, y evidenciar las propias a partir de esa negación. Son creencias que no se aceptan racionalmente, pero son rechazadas racionalmente sólo después de que sean intuitivamente rechazadas. También en esto es importante entender y reconocer la cronología. Primero va la intuición, y después la razón justifica o matiza esa intuición. Todo proceso de conversión es un proceso dirigido por la pasión, no por la razón. No es por la razón, el análisis o la reflexión que nos acercamos a Atticus Finch o al padre Barry, sino por el afecto. Por algo que existe en nosotros pero no por nosotros. Estaría bien que fuera al revés -o no, tendría implicaciones muy desagradables-, pero no es así. Por eso un programa político serio ha de ser antes que nada un programa ético. Y por tanto, ha de ser en primer lugar individual y sólo después colectivo.
Aquí van las creencias dominantes, sin ningún orden concreto, frente a las que se mostrarán las propias.

1- Esencialismo cultural y territorios con derechos.

2- La educación pública como canal de distribución de las ideologías dominantes y como simulacro del logro académico.

3- La primacía de la voluntad frente a los límites en política. El número y la fuerza en la calle legitiman la acción.

4- La mentira como moneda aceptada y la negación de los hechos incómodos. La defensa dogmática de ficciones particulares.

5- Los murales políticos en el espacio público. El rechazo a esos murales como motivo para la expulsión del espacio público.

6- La cesión como principal solución a los conflictos.

7- Los indultos y la amnistía para criminales con convicciones políticas. El reparto de culpas entre criminales, víctimas y ciudadanos.

8- La simplificación de problemas e ideas complejos, la vulgarización del lenguaje y del pensamiento.

9- El voluntarismo y el pensamiento mágico, la sociedad perfecta como producto necesario de una voluntad política con el poder suficiente. La posibilidad de erradicar el mal de manera absoluta y definitiva, y la afirmación de que si pervive el mal, aunque sea en una porción mínima, es porque alguien quiere y lo permite.

10- La fragmentación de los españoles en pequeñas naciones, la eliminación deliberada de lo común.

Éstas son las creencias que producen rechazo, intuitiva y racionalmente. Ninguna de esas diez creencias es hoy en España una creencia minoritaria. Son creencias en torno a las que se agrupan varios partidos políticos. Algunos las comparten todas, otros aceptan una parte de ellas y no rechazan las otras. Son creencias que forman bloques políticos. Que forman, de hecho, un bloque político. Ese bloque político no se forma por su integración en un único nombre, sino que funciona como bloque a pesar de que adopte nombres distintos. Y lo más importante, opera como un bloque tanto si se reconoce como bloque como si no. Opera como un bloque porque, además de legislar desde la base de esas creencias, las va convirtiendo en el único consenso democrático. De las diez creencias, sólo dos son implícitas; el resto se explicitan sin ningún problema, y son quienes no las comparten los que tienen que disfrazar o moderar sus propias creencias para no verse fuera del consenso.

¿Por qué esas creencias se han convertido en el consenso, a pesar de no ser ni pretender ser universales? Porque han conseguido constituirse en bloque -constituir un bloque-, y porque fuera de esos marcos no se ha conseguido dar una respuesta positiva, sólida y convincente a esas creencias. Porque fuera de esos marcos el consenso es que la gestión es suficiente para vencer políticamente, que el nombre precede y sustituye a las ideas y principios, y que la mejor manera de no contaminar de ideología el espacio público es no tener o no mostrar ideas propias.

La cuestión es la siguiente: ¿es posible una refundación, como se lleva diciendo varios días, de eso que está al otro lado de las creencias mencionadas? ¿Es suficiente el rechazo a esas creencias para constituir un bloque alternativo? ¿Es posible constituir un bloque alternativo sin incluir ninguna de esas diez creencias, tampoco las implícitas? Y lo más importante, ¿es posible articular un discurso alternativo y no meramente negativo que pueda dar lugar a un nombre común para defender ideas y principios propios, sólidos e innegociables?

115 diputados y un proyecto compartido

“Cataluña, una sociedad partida en dos”, leíamos hasta no hace mucho. Una sociedad fracturada, polarizada, agrupada en torno a dos bloques irreconciliables. No sé si alguna vez esto fue cierto, pero ya no. Nunca se sabe cuáles son las razones por las que los ciudadanos votan lo que votan, pero sí sabemos qué es lo que producen esos votos. La sociedad catalana son los 115 diputados de ERC, JxCat, la CUP, la marca catalana de Podemos y el PSC. 115 diputados de los 135 que conforman el Parlamento. Una mayoría innegable para un proyecto innegablemente compartido.

El proyecto no es la independencia, el eje que por alguna razón marca los análisis. La independencia fue una posibilidad sólo desde 2017, y fue posible porque durante años hubo un proyecto previo, sólido, que fue echando raíces. Ese proyecto fue y sigue siendo el nacionalismo. Un nacionalismo abiertamente esencialista, explícitamente excluyente, sin límites, de izquierdas y de derechas, en el gobierno y en la oposición, en el que la voluntad es siempre medio y fin para la política. Un nacionalismo absoluto que tiene su acontecimiento fundacional en la expulsión de miles de profesores castellanoparlantes en los años 80 y que ha continuado su programa desde entonces, en los medios, en las escuelas, en la prensa, en las ferias culturales. El proceso independentista iniciado en 2017 no es el proyecto que sustituye a aquel otro, sino una de sus consecuencias posibles.

La sociedad catalana decidió asustarse sólo cuando la independencia fue una posibilidad, y ha decidido aceptar que el nacionalismo siga su curso. Pareció que en 2017 reaccionaba por fin, pero no fue eso, no fue eso. 2017 sólo supuso una tímida reacción contra un golpe de Estado. Las palabras clave son “tímida” y “golpe de Estado”. Aquello ya debió darnos una pista. Ni en el momento más grave para la democracia en décadas hubo un castigo electoral a la altura de lo que la razón dictaba. Los nacionalistas, ahora golpistas, volvieron a gobernar.
Ayer los partidos que comparten el proyecto nacionalista para Cataluña ganaron de nuevo, tanto las elecciones como el gobierno. Ganó el PSC de los indultos y el reencuentro, el partido que ya ha pasado página de “aquello que ocurrió” en 2017, el partido que reparte culpas entre quienes asaltaron el Parlamento y quienes combatieron el golpe desde dentro. El proyecto no es la independencia, decíamos, sino el nacionalismo. Y el PSC es el partido que durante todos estos años ha permitido el desarrollo de ese proyecto. Gobernó con la ERC de Carod Rovira en 2003, sumándose así al empeño, y cuando quedaba fuera del gobierno se limitaba a explicar por qué todas las denuncias sobre la imposición nacionalista eran exageradas. Ni siquiera el golpe de 2017 le apartó de esa actitud, pues allí donde pudo formó gobierno con ERC y con JxCat. De ahí que el momento decisivo de la campaña electoral fuera el compromiso suscrito entre todos los partidos abiertamente nacionalistas para no pactar con el PSC, y no el compromiso del PSC para no pactar con ellos, que sí habría sido sorprendente.

Cataluña es desde ayer una sociedad aún más entregada al nacionalismo. Carme Forcadell, Laura Borràs, Oriol Junqueras, Carles Puigdemont, la Asamblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural, los chicos y chicas de la CUP o Toni Albà no han engañado a nadie. No han escondido nada; ni siquiera a Otegi. Y “frente a ellos” Salvador Illa, que ofrece reencuentro y desmemoria y ofrecerá indultos. Y en lugar de Toni Albà Jordi Évole, que se enteró hace cuatro días -miente, claro- de que en Cataluña llaman “colonos” incluso a los que nacen en Cornellà. Y junto al PSC los comunes de Ada Colau. Ayer Jéssica Albiach se alegraba porque en el Parlamento hay una mayoría de izquierdas. Es la mayoría de izquierdas que promueve la exclusión del castellanoparlante, la imposición lingüística, la cultura esencialista y el triunfo de la voluntad, algo que la izquierda “no nacionalista” acepta siempre que lo haga la izquierda. Si lo hace sólo la derecha entonces, y sólo entonces, es xenofobia.

En política un bloque es una agrupación de fuerzas que comparten un proyecto común. En Cataluña hay sólo un bloque, compuesto por 115 diputados. El proyecto no es la independencia, sino la perpetuación del nacionalismo. Alrededor de ese proyecto conviven planteamientos y propuestas distintas. Unos proponen un nuevo golpe de Estado, otros diálogo y pactos sólo con los golpistas; unos proponen amnistía para quienes organizaron el golpe de 2017, otros indultos; unos proponen que la voluntad se sitúe siempre por encima de la ley, otros que hay que obedecer sólo las leyes que consideren justas; unos se abrazan a Otegi, otros también.
Los 20 diputados restantes del Parlamento de Cataluña se reparten entre tres partidos. Uno de ellos tenía al mejor candidato de todos y consiguió tres escaños; otro partía de 36 diputados y se quedó en 6, después de una campaña difícilmente comprensible; y el último, con 11 diputados, es un partido más preocupado por el globalismo que por el nacionalismo.
Después de décadas de nacionalismo y después de un golpe de Estado fallido, los catalanes han elegido mayoritariamente seguir avanzando en la autodestrucción nacional. Y conviene no engañarse ni en el cómo ni en el cuánto: han elegido nacionalismo conscientemente, y suman 115 diputados.


Ayer Pilar Rahola fue invitada por TVE para comentar la jornada electoral. Convendrá no engañarse cuando haya que volver a reflexionar tras las siguientes elecciones.


Los murales sectarios en el espacio público, los indultos y la amnistía, la cesión como solución a los problemas, la arbitrariedad, el esencialismo cultural, la educación al servicio del nacionalismo, la mentira, la negación de los hechos incómodos, el triunfo de la voluntad. Eso es lo que hay al otro lado. No debería ser difícil dar con un mensaje positivo que no suene ni vacío ni inflamado. Y después -sólo después- ponerle nombre.

Patriotismo, o del ejercicio de la virtud

Siempre es complicado escribir sobre un concepto abstracto y sin definición compartida. Desde hace algunas semanas es frecuente en la conversación pública española toparse con uno de estos conceptos, patriotismo, y con una definición concreta. “El patriotismo es la declaración de la renta”. “El patriotismo es meramente una liquidación honesta del IRPF”. Hace algunos años el patriotismo era la sanidad pública, porque en aquellos momentos la campaña política iba por ahí. Ahora la campaña política tiene como protagonistas a Andorra, a los impuestos y a los youtubers. Y para traer de vuelta a quienes deciden irse y tributar en otro país, o para avergonzarlos, algunos influencers de la generación anterior apelan al patriotismo. Pero es una apelación circular. Paga tus impuestos aquí -normalmente se evita poner nombre a ese “aquí”-, por patriotismo. ¿Y qué es patriotismo? Pagar tus impuestos aquí.
Como argumento no parece muy convincente.

Ayer Miguel Ángel Quintana Paz publicaba un artículo sobre la cuestión, y dejaba algunas ideas y preguntas interesantes. Partía de una idea difícilmente discutible: patriotismo no es pagar impuestos. Es difícilmente discutible porque para el hecho de pagar impuestos ya tenemos un concepto más apropiado, que es fiscalidad. Tampoco es, continuaba, la adhesión consciente a un marco legal, lo que se denomina patriotismo constitucional. Hablaba después de la virtud del patriotismo, y esto es lo que más me interesa. Si con algo tiene relación el patriotismo no es con el dinero o con las leyes, sino con la virtud. Y puede ser interesante darle la vuelta a la relación.

Así, no es que el patriotismo sea una virtud, sino que el patriotismo consiste en el ejercicio de la virtud. Es complicado escribir sobre conceptos abstractos y sin definición compartida, decía al comienzo, y acabo de añadir virtud a patriotismo. Puesto que a partir de aquí puede complicarse demasiado la exposición, voy a seguir con una anécdota.

Mientras leía el texto de Quintana Paz he recordado un fragmento que aparece en El hombre eterno, de Chesterton. En el último capítulo de la primera parte Chesterton se detiene en Homero y Virgilio, en la Guerra de Troya, en Aquiles y en Héctor. Héctor es el héroe derrotado, pero también el héroe universal: “Todo tipo de gente consideraba como el más alto grado de nobleza poder justificar su descendencia del mismísimo Héctor. Nadie parece haber deseado descender de Aquiles”. Hace unos años tuve la suerte de impartir Cultura Clásica en un colegio de Gijón, y los alumnos leyeron La Odisea y, al menos, vieron la película sobre Troya. Los comentarios que entregaron coincidían en esa valoración: el héroe real era Héctor, no Aquiles. Aunque perdiera, o porque perdió, diría Chesterton. Héctor es el ejemplo clásico de patriotismo, y esto lo sabe cualquiera que haya pasado por La Ilíada, incluso aunque nunca haya pronunciado la palabra “patriotismo”. 

Héctor no sólo defiende su hogar -la casa de su padre, y de su hermano, y de su mujer y su hijo, y de sus compatriotas-, sino que lo hace sin trampas, con clemencia, compasión y honor. Por necesidad, no por divertimento ni por una idea agresiva de la patria. Defiende la casa de su padre, y al hacerlo no ensucia la casa de sus enemigos, como sí hace Aquiles después de matar al héroe troyano. Se ofrece a combatir por su patria, que es tanto un concepto abstracto como personas concretas, sabiendo que probablemente le costará la vida. Esa decisión de defender Troya es en sí misma un acto que parte de la virtud, pero no es suficiente; también hay virtud en la manera en la que desempeña esa tarea.

Además de en Chesterton y en Héctor pensaba en otras dos obras de ficción. La primera comparte con La Ilíada el escenario bélico. Se trata de ‘1917’, la película de Sam Mendes. En ella un joven soldado salva a un batallón de 1.600 hombres. Lo hace solo, porque su compañero muere en la misión, y lo hace porque su compañero consideró un deber especial salvar a su hermano, que era parte de ese batallón. La misión es casi imposible, prácticamente suicida. Pero finalmente llega a su destino, entrega el mensaje y salva a buena parte del batallón. Entre ellos el hermano de su amigo, de quien se despide así: “He was a good man, always telling funny stories. He saved my life”. “Thank you, Will”, responde el hermano. Se dan la mano, el joven soldado se vuelve tranquilo hacia un árbol, se sienta junto a él. Mira las fotos de sus hijas y la de su mujer, que le había dejado escrito ‘Come back to us’. Y descansa.
El viaje de William Schofield, el joven soldado, no habría sido posible sin el sentimiento de un vínculo que lo unía a otros. A su mujer y a sus hijas, sí, pero también a su compañero Tom Blake. Y al hermano de éste, a quien no conocía. Y a los otros 1.599 soldados del batallón, cada uno de ellos con sus padres, sus mujeres, sus hijos o sus hermanos. Y a los soldados agotados, unos críos, que escuchan en el bosque al soldado que canta “I Am A Poor Wayfaring Stranger”. Y tal vez, al final del todo, al Padre del que habla la canción y a la tierra que está más allá, en la que volverá a encontrarse con sus seres queridos.

El deber hacia los otros, el sacrificio, la certeza de que hay un lugar del que parte y al que quiere volver, la conciencia de que puede perder y de que en la derrota puede perderlo todo; y la seguridad de que el sacrificio es lo correcto, no necesariamente porque espera una vida mejor cuando ésta acabe, sino porque cree que esta vida hay que vivirla de acuerdo a un código. Todo eso está en Héctor, en ‘1917’ y en el fondo de eso a lo que llamamos patriotismo.

Es fácil entender qué es el patriotismo en el escenario de una guerra, especialmente si el escenario se muestra en una obra de ficción. Los mencionados Héctor y William Schofield, Eugene Roe (el médico de ‘Hermanos de Sangre’) o incluso el coronel Dax de ‘Senderos de Gloria’. Pero el patriotismo no se da sólo en la guerra. Si fuera así, hoy no tendría utilidad ni podría existir en nuestra sociedad. El patriotismo es la conciencia de un vínculo que nos une a nuestros compatriotas, y el reconocimiento de un deber hacia ellos derivado de ese vínculo. Un deber, no una obligación. Los impuestos y las leyes son obligaciones, y aquí estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de algo que se ve una película de 1962, la segunda referencia de ficción.

En Matar a un ruiseñor Atticus Finch defiende a un ciudadano negro desde la ley, pero por encima del espíritu de ciertas leyes, y desde luego por encima de la moral común. Lo defiende y pierde, ante la ley y ante la moral. La ley condena a Tom Robinson, su defendido, y la moral lo asesina cuando iba a ser trasladado a la cárcel después del juicio. Antes, tras el alegato de Atticus Finch, el reverendo Sykes le dice a Jean Louise (Scout), la hija del abogado, que se levante. No porque su padre haya vencido, sino precisamente cuando su padre es derrotado. “Your father’s passing”, la hija se pone en pie. Atticus Finch no se sacrifica durante el juicio, pero sí se pone en peligro en una escena anterior, cuando decide defender a Tom Robinson también frente a la turba, en la calle. Sus hijos ven cómo actúa su padre y aprenden. Crecen sin saber definir patriotismo, pero cuando se encuentran con Boo Radley, un pobre hombre de quien se contaban historias horribles y falsas, un hombre extraño, humillado, encerrado y maltratado por su propio padre, lo reconocen como suyo y lo acogen. En ese reconocimiento, y en la amabilidad con la que lo acogen, se encuentra el germen del patriotismo. Boo Radley no es un pariente, pero es un vecino; y los hijos de Atticus no están obligados a ayudarle, pero lo hacen.

El patriotismo, según lo que vamos diciendo,  no se da sólo en contextos bélicos, no parte de ciertas obligaciones ni consiste simplemente en defender al país o a la bandera. Terminaré con esto último, que es tal vez el elemento más complicado, y me apoyaré en una última referencia de ficción: ‘El Ala Oeste’.

En la serie de Aaron Sorkin aparece frecuentemente la cuestión de los impuestos. También, de manera más o menos explícita, el patriotismo. Quien haya visto la serie podría pensar en una escena de The Midterms, un episodio de la segunda temporada, como ejemplo. Pero esa escena es precisamente un buen ejemplo de lo que no es patriotismo. El equipo del presidente Bartlet comparte unas cervezas en las escaleras del apartamento de Josh, ayudante del jefe de personal, tras unas elecciones de medio mandato en las que, a pesar de que hayan costado millones de dólares, no se ha movido ni un escaño. “¿Qué sentido tiene un gobierno que pone todo su empeño en proteger incluso a los ciudadanos que intentan destruirlo?”, se pregunta Josh. “God bless America”, responde Toby Ziegler, el jefe de comunicación. Y después responde lo mismo el resto de miembros del equipo, uno por uno. No se ven las barras y estrellas, pero están ahí. La mano en el pecho, el himno y el sentimentalismo. Ésta es la imagen que suele venirnos a la mente cuando pensamos en el concepto patriotismo. Pero no es eso. O al menos no es lo que entiendo por patriotismo. El episodio en el que pensaba, y que creo que muestra a la perfección lo que es en realidad patriotismo, es el décimo de la primera temporada: ‘In Excelsis Deo’. 

Al inicio del episodio Toby llega a un parque, cerca del Monumento a los Veteranos de la Guerra de Corea. La policía ha llamado a su oficina y le ha pedido que se acerque al lugar. Hay un oficial, y tumbado en un banco el cadáver de una persona. La policía había llamado a Toby porque entre las pertenencias de la persona fallecida estaba una tarjeta de visita con su nombre. Al cabo de unos segundos se da cuenta de que el abrigo que llevaba el fallecido había sido suyo, antes de donarlo. La tarjeta estaba en el abrigo, y el abrigo acabó protegiendo a Walter Hufnagle, aunque no fue suficiente; murió en un banco público, debido al frío.

La tarjeta de visita no supone ninguna obligación, pero despierta en Toby la conciencia de un vínculo, y de un deber posterior. En realidad no la despierta sino que la reanima; si no hubiera existido previamente esa conciencia, el abrigo no habría acabado en posesión de Walter Hufnagle, sino en la basura. La escena clave llega hacia el final del episodio. Toby organiza un funeral para el fallecido, veterano de la Guerra de Corea, e intenta encontrar a algún pariente cercano. Encuentra al hermano, George Hufnagle, que también vive en la calle. Se presenta, se acerca a él y le comunica el fallecimiento de su hermano. Una escena parecida a la del final de ‘1917’, aunque en otro contexto. Le explica la situación, aunque al hombre le cuesta entenderlo. Le explica lo del abrigo. Aparece un compañero de George. “¿Quieres recuperar tu abrigo?”. Toby continúa. Walter era un veterano de guerra, le dieron una medalla, mucha gente fue herida en la guerra. “¿Estuvo usted allí?”, le pregunta George. “No”, responde Toby. “Me preguntaba si alguien había contactado con usted”. George le explica que la noche anterior había sido muy fría, que él durmió en el albergue y que seguramente no hubo una cama libre para su hermano. Toby lo asimila como puede, le dice que lo siente y se dispone a marcharse. Ya ha hecho suficiente. Ha hecho más de lo que estaba obligado a hacer. Pero vuelve. “I’m sorry, this is absolutely none of my business”, pero claro, claro que es asunto suyo. Walter tiene derecho a un funeral, merece incluso una guardia de honor, y decide encargarse él mismo de organizarlo y de recoger a su hermano para que pueda asistir. Antes de irse le da al compañero de George todo el dinero que lleva encima. “No, hombre, es todo su dinero”. “Está bien así”, responde Toby. “No vive por aquí, lo necesita para el autobús”. “No hace falta, gracias”. El compañero de George insiste en que acepte al menos lo necesario para el viaje. Toby finalmente coge un billete que no necesita. Y le da las gracias.
Toby Ziegler no tiene ninguna obligación real hacia Walter Hufnagle o su hermano, pero siente que tiene un deber hacia ellos. Podría haberse marchado después de comunicarle a George el fallecimiento de su hermano. Podría haberse marchado después de hablar con el policía en el parque. Y podría haberse marchado mucho antes de donar su abrigo. Al fin y al cabo ya cumplía todas sus obligaciones, y pagaba sus impuestos. Pero decide quedarse y acompañar a una persona a la que no conoce.

¿Queremos convencer a nuestros jóvenes de la importancia del patriotismo? Bien. No los insultemos exigiéndoles sólo el pago de impuestos. Hablémosles del deber, no de las obligaciones. Del sacrificio, no de las carreteras. Y de los vínculos que nos unen. No nos conformemos con que sean contribuyentes, ofrezcámosles la posibilidad de ser algo mucho mejor, de ennoblecerse.

El patriotismo no es pagar impuestos, ni defender lo público, ni tener hijos; no es racionalidad fría ni sentimiento febril. Es una pasión desinteresada y útil, ficticia y real al mismo tiempo. El patriotismo consiste en reconocer lo que nos une a los otros, en acompañar a los otros en la medida en que nos sea humanamente posible, especialmente a quienes han tenido peor suerte que nosotros; consiste en entender no que todos somos hermanos, sino que todos sabemos lo que significa un hermano, o un padre, o un hijo, y que lo que nos une a ellos no es una obligación sino un deber que surge de lo más profundo de nosotros, o de algo que está por encima de nosotros. El patriotismo así entendido no es ni un estado que se alcanza, ni un símbolo que se exhibe ni un sentimiento que se grita sino un empeño continuo por mejorarnos entre los demás y para los demás. Un vínculo que conduce a un deber y un deber que genera un vínculo.

Las leyes y los impuestos son otra cosa. Necesarios; pero otra cosa.