Nuestros antifascistas

Lamenta hoy un tipo que escribe en Deia que en otros periódicos (“las profundidades cavernarias”, los llama) se hable mucho de la violencia de estos días en las calles, pero sobre todo lamenta que en los análisis sobre la violencia se incluyan referencias a la ‘kale borroka’. Le molesta porque esos análisis no aparecen en Deia, donde usaron palabras parecidas para referirse a las pintadas contra sedes del PNV o también para referirse a las agresiones contra la Ertzaintza en el marco de las restricciones por la pandemia, sino que aparecen en periódicos nacionales, y hasta ahí podíamos llegar. La mentalidad de los territorios con privilegios se acaba expandiendo hacia otros ámbitos.

Habla el gracioso oficial del Deia de las múltiples interpretaciones sobre las “grescas callejeras”, y es verdad que ha habido muchas y muy interesantes. Nadie ha salido a decir que son fruto de una pelea de bar, pero sí que son generadas por una “violencia estructural, invisible”. Esto lo insinúa una magistrada en activo; en activo en la política. Dice también que la violencia genera violencia y que la violencia es siempre más grave cuando la ejerce el Estado. Es muy interesante esta triple afirmación porque quien lo dice no es sólo magistrada, sino Delegada del Gobierno contra la Violencia de Género. Hay que preguntarse si parte de este mismo análisis para referirse a la violencia de su negociado. ¿La violencia de género es también fruto de una violencia previa? ¿De una violencia estructural, invisible? ¿El hombre que agrede o asesina a una mujer lo hace porque se siente víctima de una violencia previa que habría que aceptar sin pruebas? Y sobre todo, ¿la violencia del policía que detiene al agresor es más grave que la violencia del agresor? ¿La violencia del Estado contra el agresor genera más violencia?

Ha habido también interpretaciones epistemológicas: parecería que la violencia de estos días estaba vinculada a la extrema izquierda, pero en realidad los chavales “no saben ni lo que defienden”. Y es verdad, ha habido chavales que al ser preguntados no sabían ni quién era ese tal Hasél. Tomar esto como categoría es tan acertado como sustituir las pruebas diagnóstico en Educación por las encuestas a pie de calle a los alumnos de algún instituto. Sí, hay gente que ha salido a lanzar piedras, a volcar contenedores, a agredir a periodistas o a robar en tiendas sin saber muy bien por quién iba esta vez la revolución, pero el caso es que toda esta gente aparece siempre en actos con ciertos elementos comunes, y nunca en manifestaciones por la educación especial, por la educación en castellano o contra un golpe de Estado.

Estas dos interpretaciones son interesantes porque intentan eliminar la responsabilidad, o al menos la vinculación. Una sitúa la culpa en una violencia previa, estructural, invisible, y también en una violencia posterior, la del Estado. En el medio, el siempre certero medio, la violencia de los antifascistas. La otra sitúa la culpa en la ignorancia, no en el antifascismo. Y hay una tercera narración que tal vez no es más interesante, pero sí más divertida. Es la que en lugar de alejar o eliminar la responsabilidad la abraza con fuerza. Se lee estos días un argumento curioso como respuesta a quienes vinculan la violencia al movimiento antifascista: consiste en equiparar la agresión contra un fotógrafo al desembarco de Normandía. Los antifascistas de hoy serían los herederos de la 101 Aerotransportada; los que recorren las calles volcando y quemando contenedores, insultando a los vecinos, agrediendo a periodistas o lanzando objetos contra la policía serían el orgullo de los soldados que murieron defendiendo su posición en los bosques de las Ardenas ante la ofensiva del ejército alemán.

Todos esos análisis son dignos de análisis, todos son preocupantes, y todos insisten en no ver lo que está pasando. La violencia está ahí, y las banderas también. Ayer en Bilbao figuraban las de la amnistía para los “presos vascos” –en la cárcel por amar a su tierra-, la ikurriña, la de la URSS -tres-, la republicana con estrella roja y la de la Red Antifascista. Ayer en Bilbao volcaron contenedores, quemaron algunos de ellos, lanzaron objetos contra la policía y agredieron por la espalda a un fotógrafo. Ayer se escucharon gritos muy viejos, aunque le moleste al gracioso del Deia. “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”, “Pablo Hasél askatu” e incluso “Presoak kalera, amnistia osoa”. Se escuchó también “Euskal Herria, antifascista”.

Antifascista, sí. No vale salir con violencias estructurales, con ignorancia seleccionada o con películas. Los que estos días -estos años- salen a ocupar las calles, a quemar las calles y a intentar que los demás nos callemos son antifascistas. Aunque no haya fascismo, y aunque lo más probable es que en la Segunda Guerra Mundial no hubieran estado en el frente sino en manifestaciones contra la guerra imperialista de los americanos. Algunos, por afinidades patrióticas, es probable que incluso hubieran salido a defender el derecho a la supervivencia del pueblo alemán.
Son los antifascistas de la Cup, de Sortu, de Ernai y de Arran los que salen a quemar las calles. Y lo seguirán haciendo, porque sus mayores los animan, los justifican o los exculpan. Mientras los analistas de la moderación insisten en que suenen las alarmas por la ultraderecha, la extrema izquierda lleva años haciéndose con la legitimidad de la fuerza. Llevan años resistiéndose a las leyes, como les enseñan sus mayores, desde Torra a Colau; llevan años entrelazando política y agresión, como les enseñaron sus mayores, desde Otegi hasta quien hoy decide seguir militando en el partido de Otegi; llevan años “desinfectando” las calles de la presencia fascista, llamando “fascista” a gente como Savater, Pagazaurtundúa, Rivera, Abascal, Rajoy o un padre que pida educación en castellano para sus hijos; y llevan años escuchando cómo el partido de los mayores y de la moderación, el PSOE, insiste en que todos los anteriores agitan el odio cuando organizan un acto político en alguno de los territorios ganados por la violencia antifascista en lugar de aceptar en silencio su eliminación.

La violencia política en España no es nueva, sino que ha estado presente desde la Transición, con mayor o menor intensidad; no es difusa, sino que la usa la extrema izquierda, que en varias regiones es además nacionalista; y no es inocua, sino que ha tenido efectos políticos claros. Además de esto se pueden añadir otras cuestiones al análisis. Se puede reflexionar sobre la correlación entre violencia política y edad, o incluso sobre la posibilidad de que bajo los adoquines no esté la playa sino un desorden psicológico. Pero el caso es que los adoquines los lanzan los antifascistas, y esto es el hecho esencial. Nuestros antifascistas son hoy, entre otras muchas cosas, violentos. No son los únicos violentos, pero el antifascismo es uno de los pocos movimientos políticos en los que la violencia se tolera y se defiende sistemáticamente. Y esto ocurre porque en demasiados análisis “antifascismo” pesa más que “violencia”.

Lo único bueno es que frente a ellos no hay fascistas sino tenderos, hosteleros, vecinos, concejales de partidos políticos pacíficos, periodistas, intelectuales, asociaciones cívicas o estudiantes más preocupados por poder ir a clase que por la conciencia de clase.
Lo malo es que en el medio están los de siempre.

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