Idealismo o materialismo

Ni la moción en Murcia se hace por dignidad democrática, sea lo que sea eso, ni el rechazo de Mónica García a la oferta de Iglesias es una victoria del feminismo. Mónica García y Errejón se resisten a aceptar la unidad con Iglesias porque saben que en Madrid son más fuertes. La resistencia de García no es la de las mujeres ante el autopercibido macho alfa, sino la de un político frente a otro que quiere moverle la silla. Exactamente lo mismo que ha ocurrido en Murcia, donde la lucha por la dignidad y contra la corrupción ha sido la excusa para justificar un cambio de sillas de momento fallido. En esto, más allá de las campañas de todos los partidos, anclados no al centro sino a su tiempo, se le da más importancia al discurso que a los hechos. El discurso vende una lucha aún no culminada por la igualdad entre hombres y mujeres. Los hechos muestran una igualdad real en la política. Mujeres y hombres traicionan y se resisten cuando ven que otros hombres y mujeres quieren quitarles la silla. No hay nada esencialmente distinto en la resistencia de Mónica y en la de Íñigo. La lucha ya fue, y es lo que ha permitido que en política el honor y la vergüenza, la firmeza y la cobardía, estén hoy asignados no por el sexo sino por el carácter.

En el otro lado de la Asamblea también ha triunfado la disyuntiva idealista. Del Socialismo o Libertad hemos pasado al Comunismo o Libertad, justo ahora que el primer eslogan cobraba cierto sentido. Se ha criticado el lenguaje guerracivilista como si fuera algo que acaban de inaugurar Iglesias y Ayuso. Nunca Sánchez, Sánchez siempre cae en el centro, a pesar de que es el continuador de Zapatero en el uso partidista de la Guerra Civil.
“Guerracivilista” es otra de esas palabras mágicas que hacen más fácil la escritura de una columna y la articulación de la propaganda externalizada. Permite igualar a alguien que llama fascista a cualquier persona de derechas y a alguien que llama comunista al secretario general del Partido Comunista de España, como si el insulto y la descripción fueran equiparables. Pero el caso es que los comunistas en España están en el Gobierno, y los fascistas en alguna plaza luciendo camisa, que es lo único a lo que pueden aspirar.

El peligro real para Madrid y para España no es que los comunistas lleguen al Gobierno, algo que ya ha pasado. Tampoco es que los comunistas pongan en marcha la revolución socialista, teniendo tantas hipotecas por pagar y tantas series por terminar. El peligro real es la persistente normalización de quienes ondean la bandera de la URSS, quienes cocinan con una sudadera de la RDA y quienes elogian públicamente a dictadores y asesinos como Fidel Castro o Ernesto Guevara. Es un peligro principalmente ético, filosófico, no político. Por eso lo que está amenazado, el otro lado de la disyuntiva, no es la libertad, sino la decencia, entendida como un mínimo decoro moral.
La lucha no es entre comunismo y libertad, demasiado idealista, ni entre el mal y el bien, demasiado maniquea. La lucha es entre quienes elogian a tiranos de izquierdas y quienes, sabiéndose imperfectos, se niegan a compartir bando con los que abrazan la perfección del mal. Y después, sí, las traiciones, las corrupciones o las mentiras habituales, porque eso es también la política que hacemos los humanos. Pero antes está lo otro, y es lo realmente importante.

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