«¡Vete al médico!»

La semana pasada, después de que Ayuso convocase elecciones, Aguado dijo esto: “Ha perdido la cabeza. No encuentro otra explicación”. Son cosas que se dicen, sí, y se han dicho muchas sobre la presidenta de la Comunidad de Madrid. Principalmente, como es lógico, desde la izquierda. Desde el juego con su nombre (“IDA”) hasta mensajes constantes y explícitos en los que se insinúa una salud mental deteriorada, con más o menos convencimiento. Y son cosas que han dicho desde el alcalde de Valladolid, Óscar Puente, hasta uno de los periodistas con más presencia pública en los medios, Antonio Maestre. La frase de Aguado encaja perfectamente en este ambiente, del mismo modo que la artillería electoral de Ciudadanos se ha apuntado a los mensajes que convierten a Ayuso en fascista, aunque sea por decir lo mismo que decían ellos cuando iban a Vic y a Rentería, al Orgullo y a la Pradera de San Isidro.

Desde hace días Aguado y Ciudadanos son parte de la España sana, divertida, moralmente superior y nada sectaria que puede bromear con la salud mental de Isabel Díaz Ayuso, con la muerte de Rita Barberá o con la vida de Santiago Abascal en el País Vasco. Los simpatizantes y dirigentes de los partidos de izquierdas en España saben que la salud mental, la muerte y la vida bajo el terror son campos fértiles para ejercitar la miseria política, y saben que no tienen consecuencias para ellos porque hay zapadores que se encargan de preparar el terreno en la televisión y en la radio. Desde La Ser, La Sexta o Movistar se ha jugueteado con todo eso y mucho más durante años. Hemos visto que se podía aplaudir a una mujer que asesina a su marido y a la mujer con la que éste le era infiel; hemos visto que se podía bromear con una diputada del Congreso, actual ministra y vicepresidenta del Gobierno, sobre el olor corporal de Santiago Abascal -”¿Huele a caballo?”- y sobre la necesidad de lavar la cabeza a un niño después de que su escolta le pasara la mano; hemos visto muchas cosas sobre demasiadas cosas serias que no generaban escándalo porque antes habían pasado por las terminales humorísticas del movimiento, y ahora estamos viendo que se puede llamar loca -y fascista- a una mujer sin que ardan las redes.

Hoy Errejón ha pronunciado en el Congreso un discurso sobre un tema serio e importante. Sobre varios, de hecho. Ha hablado sobre las cifras de suicidios en España y ha hablado sobre la salud mental de los españoles, que como era de esperar se ha visto afectada por las drásticas medidas que el Gobierno ha tomado para intentar controlar la enfermedad vírica. La oposición a Sánchez debería haber sido una de las más fáciles en la historia reciente de España. Denuncias, contraargumentos y argumentos innumerables deberían haber ocupado los debates, no para hacer oposición, sino porque eso es la oposición. En su lugar hemos tenido apaciguadores, y también guerrilleros que han sabido llenar el vacío. Unos han creído que la política era moderación sin batalla, y otros que la política era batalla sin moderación. Y entre la renuncia y el ardor guerrero se ha ido apartando a los pocos que realmente hacían una oposición eficaz; es decir, sin cesiones y sin aspavientos.

El discurso de Errejón ha sorprendido porque ha sido un discurso sobre problemas reales con los que es difícil hacer politiqueo partidista. Ha dado la cifra de suicidios diarios en España -10- y ha confesado que ha tenido que revisar la cifra porque la magnitud es terrible, y porque “en realidad uno, en el entorno, pues parece que no lo escucha”. No lo escucha, claro, si el entorno es La Resistencia, La Vida Moderna o Buenismo Bien, referentes políticos de su generación. Pero es un problema sobre el que algunos periodistas y psiquiatras llevan años alertando. Es un problema que tratan habitualmente Arcadi Espada, Juanjo Jambrina o Pablo Malo, por citar sólo a tres de los más conocidos. Y es un problema que se ha tratado varias veces en el Parlamento Europeo gracias a Teresa Giménez Barbat, que hacía una labor excepcional en Europa hasta que la ejecutiva de Ciudadanos -la anterior, no la de ahora- decidió apartarla.

Además del suicidio, Errejón ha hablado también sobre el deterioro de la salud mental de los españoles, y sobre la desatención general que pesa sobre ella. Esa desatención se traduce en que el cuidado de la salud mental es algo que se puede permitir con facilidad cualquiera que cuente con un seguro privado, pero es mucho más difícil para alguien que sólo pueda acudir a la sanidad pública, por lo que muchas veces lo acaba ignorando. La importancia de lo público ha sido la gran renuncia de la derecha española. La importancia de lo que realmente tiene de importante, no la versión gremial que ha reivindicado la izquierda en las últimas décadas. La respuesta a la manipulación en TVE es siempre “Cerremos TVE”; la respuesta a una educación pública mediocre y entregada a los nacionalistas ha sido siempre “Defendamos la concertada”, que en muchos casos ha aceptado y ofrecido la misma mediocridad y la misma instrumentalización nacionalista; y la respuesta hoy a un discurso importante de Íñigo Errejón ha sido “Vete al médico” por parte de un diputado del Partido Popular.


Y ésa es precisamente la cuestión. El hooligan del PP dice con desprecio algo que debería haber defendido con convicción. “Vete al médico”, porque es un asunto serio. En lugar de decírselo a los españoles pobres que no pueden permitirse un seguro privado se lo escupe a un diputado de Más Madrid, chapoteando en un lodo en el que los hooligans de izquierda hacen sincronizada y en el que los de derecha permiten que los mismos hooligans de la izquierda presuman de ejemplaridad entre insulto e insulto.

Hoy por la tarde volverán las bromas habituales sobre la salud mental de Isabel Díaz Ayuso, pero hasta entonces, hasta que los humoristas orgánicos -que también son los humoristas orgánicos de buena parte de los votantes de Errejón- vuelvan a marcar la línea que separa la ocurrencia simpática de la indecencia despreciable, veremos mensajes de merecida condena a las palabras del hooligan del PP. Se dirá, desde el otro lado, que es injusto, que estos “errores” se magnifican cuando los comete algún político desconocido de derechas y se ignoran cuando los comete cualquiera de los dirigentes conocidos de izquierdas. Y es cierto, claro; pero esto añade una razón más, innecesaria y utilitarista, a la razón principal por la que deberían evitarse estas respuestas: deberían evitarse porque están mal. Y lo que habría que pedir no es cuidado en las intervenciones, sino diputados que se preocupen de verdad por cuestiones tan serias como el suicidio, la salud mental o la educación. Para eso haría falta creer que la política social no es patrimonio exclusivo de la izquierda, que la preocupación por las vidas de los españoles pobres debe ser algo más que bajar impuestos, y que la política adulta no consiste simplemente en ignorar lo que dicen Quique Peinado, Henar Álvarez o Ignatius Farray, sino en conocer lo que dicen Marta Iglesias, Pablo Malo o Juanjo Jambrina.

Un comentario sobre “«¡Vete al médico!»

  1. Tengo 52 años. Mi hermano 57, es esquizofrénico. Tuvo su primer brote e los 24 años, yo tenía 19. Tardaron unos 9 años en hacer un diagnóstico correcto en el sistema público, y 15 en dar con un tratamiento mínimamente eficaz. Este hecho amargó la vida de mi padre, casi arrasó la de mi madre y me marcó a mí con dureza. El abandono de la » izquierda»; la antipsiquiatria, y la excusa utilitarista; los costes, de la » derecha» nos han jodido a base de bien a los españoles pobres que hemos tenido estos casos en la familia. A Errejón le ha sonado la flauta. Al pueblo llano, nos seguirán dando por el culo.

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