Variaciones Goldstein

En la izquierda institucional española triunfó hace ya demasiados años la concepción de la política como gestión del odio, que consiste tanto en su activación como en el fortalecimiento y la canalización del mismo. Saben que un correcto manejo del odio puede suponer para ellos una sucesión casi inevitable de victorias electorales y un paraguas eficaz ante las posibles críticas que pudiera suscitar su acción de gobierno. Si se gestiona correctamente es posible incluso eliminar el concepto mismo de oposición, o soñar con ello mientras se va preparando el terreno.
No es hipérbole:

Y ahora ustedes, y usted, que ha apoyado aquí… en contra, pero usted… pero usted ha pulsado el botón para apoyar la ley… o no apoyarla, pero es usted un parlamentario representante de esta Cámara y ahora se dedica a trabajar con ahínco en uno de los órganos de la Comisión Europea para desprestigiar a España. Usted, que tendría que estar defendiendo la ley que han respaldado la mayoría de los españoles, aunque estuviera en contra. Aunque estuviera en contra.

Estas palabras de difícil lectura pero de comprensión muy fácil en el vídeo (minuto 3:55), con sus énfasis, sus dedos acusadores y sus miradas, las pronunció hace pocos días en el Congreso la ministra de Educación. Isabel Celaá no es de EH Bildu, de la CUP, de ERC o de Podemos; Isabel Celaá fue portavoz del primer Gobierno de Sánchez, el de la moción de censura; fue también consejera de Educación en el Gobierno de López en el País Vasco; y actualmente es ministra de Educación en el segundo Gobierno de Sánchez. Cuando hablamos de la gestión del odio por parte de la izquierda española no nos referimos a partidos como Sortu o la CUP, y tampoco a ERC o a Podemos; hablamos del PSOE, que es el principal partido de la izquierda española, el principal partido del Gobierno y, sí, el partido que tiene como socios a todos esos otros partidos de izquierdas. Esto último, su asociación con el resto de compañeros de moción, no es lo verdaderamente relevante, a pesar de que es lo que más habitualmente se señala. Lo relevante es que quien pronuncia un discurso claramente totalitario en el Congreso de los Diputados es una ministra del PSOE. Y lo relevante es que esta parte de su discurso quedó enterrada por la incomparecencia de los habituales pero también porque todos nos fijamos en sus primeras palabras, aquellas que dirigió al diputado Matarí cuando éste habló de la educación especial.

Es el PSOE quien lleva años manejando con profesionalidad el odio al enemigo político. El recurso constante a “la foto de Colón” -un acto político pacífico-, con todas sus variaciones, no es más que eso, una versión adaptada a los tiempos de los dos minutos de odio. Goldstein es ahora Abascal, pero cuando Abascal aún no era nadie ya lo eran Rajoy y Rivera. El mero hecho de nombrar “la foto de Colón” despierta odios perfectamente cultivados, y hace que se toleren o se ignoren palabras y actuaciones criminales o cómplices con el crimen. Creo que todos estaremos de acuerdo en que lanzar una piedra contra alguien, con la intención de herirlo, es un acto criminal. Y creo que incluso podríamos aceptar que lanzar una piedra contra alguien por sus ideas políticas es violencia política, planificada y racional, y que es un acto criminal que busca un fin político concreto. En lo que ya no hay coincidencia es en la universalidad del concepto. Ahí es donde se abre la brecha entre la izquierda institucional y el resto de los ciudadanos. En la izquierda ya es normal decir que lanzar piedras contra otras personas por sus ideas políticas es no un crimen sin matices, sino una “defensa frente al fascismo”, una “respuesta ciudadana” o “un compromiso con la democracia”. Todas estas cosas las han dicho personas de un partido que está en el Gobierno; e incluso personas que forman parte del Gobierno. Y todas estas cosas se pueden decir desde la izquierda institucional no sólo porque el PSOE se refiere a esos hechos como respuestas a provocaciones previas o extremismos alimentados por otros extremismos, sino también porque el PSOE se refiere sistemáticamente a la oposición como “el fascismo”. Y “al fascismo no se le discute, se le combate”.

Este ambiente asfixiante en el que la izquierda puede hacer política con normalidad y la oposición es expulsada violentamente del espacio público también con normalidad no es una posibilidad, no es lo que podría pasar si continúa la extraña “espiral” en línea recta. Este ambiente político es el gran triunfo de la izquierda española institucional. El escrache a Rosa Díez en la Complutense en 2010, los ataques contra los actos de Ciudadanos en Alsasua -Savater- o Rentería -Maite Pagazaurtundúa- y los ataques de ayer contra los asistentes a un acto de Vox son un continuo y son categoría, no anécdota. Y lo son porque previamente se ha instalado una versión alucinada de lo que hoy representa la derecha española. La izquierda institucional lleva años diciendo que la derecha quiere recortar derechos fundamentales porque sabe que sólo así, demonizando a la oposición, puede legitimar la patada en la puerta sin orden judicial cuando gobierna; lleva años diciendo que la derecha contamina las instituciones porque sólo así pueden convertir el CIS en una herramienta para movilizar el voto de la izquierda, y porque sólo así esto se puede constatar en la televisión pública sin que se genere escándalo; lleva años diciendo que el triunfo de la derecha significaría la implantación de la violencia, porque sabe que sólo así se puede normalizar la violencia política de los suyos, que no está en condicional; lleva años diciendo que la derecha no cree en la igualdad, pero es la izquierda la que defiende que la oposición no pueda hacer política en determinados territorios; la izquierda española, en fin, lleva años diciendo que la derecha alimenta el odio y la crispación por el mero hecho de existir, y cuando lo dicen son perfectamente conscientes de que eso, ese discurso concreto sobre su enemigo político, no es más que un odio perfectamente destilado.

La izquierda española institucional decidió hace años prescindir de la distinción schmittiana entre hostis e inimicus, igual que en su día decidió enterrar a Montesquieu. El adversario político, el rival privado, el objeto de sus odios y el que despierta sus más bajas pasiones está más allá de las puertas, y ha de ser tratado como enemigo público. Todos, desde Abascal a Savater, desde Ayuso a Álvarez de Toledo, de derechas o de izquierdas, son Emmanuel Goldstein. Con una diferencia: Goldstein probablemente no existía, mientras que las piedras que se lanzan en España golpean a personas reales. No debemos dejarnos llevar por la épica ni por las llamadas a la guerra: lo que hay detrás de esto no es una cruzada ideológica, sino el puro deseo de conseguir y conservar el poder. El PSOE, principal representante de la izquierda española, es hoy una maquinaria de gestión del odio al servicio de la voluntad de poder. No hacen la política que hacen porque odien a la derecha, sino que cultivan el odio a la derecha porque es la manera más eficaz de mantenerse en el poder y la manera más eficaz de desactivar cualquier crítica al autoritarismo en el que tan cómodamente se han instalado.

Muchos en la izquierda justifican y toleran todo esto porque sí se creen la cruzada, porque entienden y comparten la estrategia de fondo o porque temen que si lo denuncian acabarán también ellos convertidos en Goldstein. Muchos, pero no todos; la pregunta que hay que hacerse es cuántos votantes de izquierdas no están dispuestos a convertirse en bajos comisionados para la gestión del odio, cuántos están dispuestos a decir sin complejos que se sienten más cercanos a un simpatizante de algún partido de la oposición al que lanzan objetos que a un dirigente de izquierdas que quita hierro a las tuercas arrojadizas. Creo que es una pregunta fundamental, y de su respuesta dependerá que haya o no salida a este ambiente político.

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