Las patrias vivas

Leo hoy unas declaraciones de María Chivite, presidenta del PSN, que recoge Emilia Landaluce en El Mundo. No se salen de lo que es el PS(x). No le gusta hablar de bloques, pero sí pone líneas rojas: no gobernarán ni con el PP ni con EH Bildu. Intenta salvar la equiparación tirando de motivos. Con los últimos no gobernará por motivos éticos, mientras que con los primeros no gobernará por motivos políticos.
No habla de bloques porque no quiere elegir entre constitucionalismo y nacionalismo. Porque no descarta gobernar con los nacionalistas de Geroa Bai, si aparece la oportunidad.
La política de Geroa Bai es oficializar Navarra como la cuarta provincia vasca, tal vez porque entienden que siempre fue la primera. Y el PSN no descarta entenderse con ellos, del mismo modo que el PSC, el PSE, el PS balear de Armengol o el propio PSOE de Sánchez se entienden con sus nacionalistas particulares, que en el último caso son todos.
Las líneas rojas del PSOE en cualquiera de sus formas no se entienden sin las líneas verdes. Las líneas verdes dejan pasar a Junqueras, a Puigdemont, a Torra, a Urkullu, a los de Més, y antes que nada a todos los socialistas que están en cualquiera de las formas del PSOE como podrían estar en cualquier partido nacionalista.

Mientras tanto, el secretario general del PP compartió esto en la noche del domingo, al parecer en respuesta a un programa de Salvados sobre España.

 

“España son tus costumbres y el idioma en el que hablas”. “Las montañas agrestes que te velan y te guardan”. “El limpio orgullo de la historia de la raza”. “La voluntad de ser español cada mañana”. “El Padre Nuestro que rezas por las mañanas y el rojo y gualda que pone ese nudo en tu garganta”.

Imagino que el secretario general del PP comparte ese poema porque comparte esa idea de España. No es muy diferente de la idea que cualquier nacionalista podría tener de su particular madre metafísica. Porque el nacionalismo no está en el sujeto, sino en el atributo.
¿España es el idioma en el que hablas? ¿Cómo no va a ser entonces Euskadi la tierra de los que hablan euskera? ¿Las montañas te velan y te guardan? ¿El orgullo de la historia de la raza? ¿La voluntad de ser español, como la voluntad de ser catalán, frente a aquéllos que no sienten el metafísico nudo en la garganta?

Se podrá decir que es sólo retórica, y que no estamos en 1914. Pero la retórica nunca es sólo retórica.
Ayer en Gara publicaban una entrevista a Arnaldo Otegi. En un momento de la entrevista, el líder de la coalición nacionalista/socialista decía que se congratulaba de ver “el pueblo vivo”. Hace unos días se celebró un acto de Vox en Vistalegre, el partido de “la España viva”.
Entre Otegi y Abascal – y Chivite, y García Egea- hay un abismo moral, porque el primero fue parte de quienes acababan con la vida de personas como Abascal precisamente por el hecho de no ser parte del pueblo. Ahí es donde se sitúa la línea roja. Después viene la política. Y en política parece que es imposible escapar de la retórica nacionalista. De las patrias vivas, de las montañas que nos guardan, de las sensibilidades, de las identidades, del triunfo de la voluntad, de la lengua culta que crea y piensa por ti.

Es el sujeto lo que configura los bloques, no los atributos.

 

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La noticia es sagrada

Un joven -podría ser una joven, y hay que decirlo, pero en esta breve ficción pondremos que es un joven- termina sus estudios de Bachillerato. Seguramente con mérito. Y decide embarcarse en la carrera del periodismo. Es una carrera larga, llena de aprendizajes y de dificultades. Una aventura. Y cuando esa aventura termina comienza la otra, la de verdad. La aventura del periodismo.

El joven ya es periodista. Se va abriendo hueco y pasa por varias redacciones. Conoce los sinsabores de la profesión. Tal vez, quién sabe, le asaltan las dudas. Pero puede que recuerde las grandes historias, las que dejan huella. Recuerda haber visto la indiferencia en una playa de Tarifa. Recuerda la aventura, literal, sin metáforas, dolorosamente humana, del padre que decidió hacer lo imposible para salvar la vida de su hija. Recuerda tantos otros casos en los que el periodismo se convirtió en Periodismo. Y sigue, porque la tarea lo merece, y él tiene que estar a la altura. Recuerda los mandamientos, como si hiciera falta. Como si la universidad no inoculase el suero de la verdad a todos y cada uno de ellos. Sigue abriéndose hueco, hasta que por fin se establece.

Y hace el periodismo. No sólo lo hace, sino que lo defiende. Porque los bárbaros siempre están a las puertas, y los diques contra la falsedad necesitan mantenimiento constante. El periodista sabe que tiene que arrimar el hombro, porque detrás de él están las personas, y porque sólo hace falta que las sombras venzan una vez para que se extinga la luz.
Sabe que esto no es sólo una cuestión de hechos, y que la objetividad es sólo la excusa de los cobardes. Sabe que la noticia es sagrada, sabe cuál es el templo, y quiénes son los sacerdotes.

Por eso el periodista no duda en tomar el arma cuando hay que defender el templo. No cualquier arma: la inteligencia, en forma de palabra. Él solo se lanza hacia las líneas enemigas, sin esperar a nadie, pero sabiendo que a su lado están otros como él. Y rompe el asedio, y hace retroceder a los bárbaros. Ha pasado antes y volverá a pasar, no es tan ingenuo como para pensar que la victoria es posible. Pero la noticia es sagrada, y no puede ser dejada a los buitres. No hoy, al menos.

La noticia es sagrada. No hay más verdad que ésta, y él lo sabe. No deben tocar la noticia, porque no saben cómo funciona. Cómo iban a saberlo ellos, los que no estaban allí el día que cayó del cielo.

El combate es duro, pero recuerda las grandes historias. Recuerda los mandamientos. Y sigue.

La evolución de la noticia y el diseño inteligente

“Detenido por amenazar contra Pedro Sánchez un hombre que tenía un arsenal de armas”.

Así titula la noticia eldiario.es. Hace 7 horas el titular era distinto: “Detenido un experto tirador que anunció su intención de matar a Pedro Sánchez”.

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Lo que va de un titular a otro es lo que va de la publicación apresurada a la comprobación periodística. Por el camino se pierde el impacto, pero a cambio se llega a algo más parecido a la verdad, que por definición es incompatible con el adorno.

Otros medios también decidieron adornar la noticia, o decidieron no comprobar los detalles impactantes de la noticia.

El Mundo.

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El País.

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La Vanguardia.

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Tele 5.

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El Español, con detalles llamativos.

 

A la misma hora en la que esos medios titulaban de esa manera, El Periódico titulaba así, y explicaba esto:

 

La entrevista de Els Matins de TV3 ya llevaba un tiempo circulando.

La noticia sale de una exclusiva de Público firmada por Patricia López y Carlos Enrique Bayo. En la noticia, que es la fuente de las demás noticias, los dos periodistas se refieren al detenido como “francotirador” y como “lobo solitario”.
En el primer párrafo de la noticia, los periodistas de Público decían esto:

Además, es un tirador sobresaliente, el mejor de los del club del tiro olímpico del Vallés en el que practicaba y competía con éxito desde hacía muchos años, hasta convertirse en un experto en armamento; un francotirador avanzado capaz no sólo de modificar armas cortas o largas, sino incluso de construirlas.

La directora de Público, Ana Pardo de Vera, decía esto en El Programa de Ana Rosa cuando empezó a circular la noticia de Público, y antes de que comenzase a circular la noticia de Els Matins:

Era una persona muy entrenada que se preparaba en el club de tiro para matar a Pedro Sánchez. No sabemos cuándo lo iba a hacer, pero técnicamente lo tenía todo preparado.

El Periódico, como hemos visto, decía esto:

El presidente del Club de Tiro Terrassa, Manuel Moreno, donde era socio el hombre detenido ha cuestionado que fuera un “francotirador”.
En una entrevista de TV-3, ha definido al hombre como un “tirador mediocre, de cuarta categoría“, y ha dudado de que fuera un francotirador, porque disparaba con un arma de aire comprimido.

Es evidente que las dos descripciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo, y por lo tanto una de las dos noticias es falsa. Y por lo tanto alguien ha decidido mentir.
La noticia de TV3 procede de una entrevista al que dicen que es el presidente del club de tiro en el que practicaba el detenido. La noticia de Público, firmada por Patricia López y Carlos Enrique Bayo, procede de “una fuente cercana a la investigación”.

A las 9:24 de la mañana la cuenta de twitter de los Mossos decía esto:

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En la noticia de Público firmada por Patricia López y Carlos Enrique Bayo se afirmaba que la detención se había efectuado hacía tres semanas. Aun así, el tweet de los Mossos daba a entender que la detención se había producido hoy mismo, o al menos en las últimas horas.

Podemos, desde su cuenta oficial, decía esto a las 9:55:

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Pablo Echenique decía esto a las 9:27:

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Y Juan Carlos Monedero decía esto a las 9:52, mencionando a dos periodistas:

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El mismo Juan Carlos Monedero, a las 12:13, había escrito y compartido esto en Público, el medio en el que apareció la noticia:

 

Y esto otro, sobre periódicos que señalan objetivos y periódicos que se decía que señalaban objetivos:

 

El ojo, la complejidad del ojo, la historia de su evolución, es uno de los argumentos más conocidos para defender el diseño inteligente. No es posible que algo tan complejo se haya originado “al azar” -aunque en realidad no es así realmente, o al menos requeriría una explicación más larga-, y es mucho más probable que haya sido creado por alguien para cumplir algún propósito, así que ésta tiene que ser la explicación real.
Pero no es así. La explicación del diseño inteligente necesitaría a su vez de explicaciones aún más difíciles de justificar. Sabemos que el ojo no ha sido diseñado ni creado por alguien, aunque no sepamos explicar personalmente cómo surge.
Sabemos todo esto, pero se nos olvida frecuentemente. Sabemos que hay cosas sobre las que no podemos dar una explicación exacta, y sabemos que nuestra propia mente nos lleva a razonar mal. Es lo que pasa cuando decimos que tenemos ojos para poder ver, que razonamos mal, porque tendemos al “para”. Sencillamente, podemos ver porque tenemos ojos.
Del mismo modo (es un decir), la noticia, la complejidad de la noticia, la historia de su evolución a lo largo del día, es un argumento que se presta a especular con un diseño que intenta ser inteligente y que estaría detrás de la noticia. Es una posibilidad, sí. Pero no sé qué sentido tiene especular sobre las posibilidades cuando los hechos son interesantes en sí mismos y cuando hay autores conocidos que podrían ayudar a esclarecer los puntos extraños en esos hechos.

La noticia, por cierto, ya era lo suficientemente importante y grave sin necesidad de los excesos. Del mismo modo, los comentarios de Podemos son suficientemente importantes y graves en sí mismos. Pero somos lo que somos y tendemos a lo que tendemos. Y lo peor es que no hay un dios al que poder pedir explicaciones.

La moralización de la política

Esta mañana he leído el último relato que ha hecho ETA sobre ETA en Gara. El problema de haber cedido la historia de ETA no a los hechos sino a los relatos es que esto es un relato más, en competencia con otros. Esa cesión es obra del Gobierno vasco, mediante Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, y de Jonan Fernández.

En 2016, el Gobierno vasco presentaba en el Instituto las conclusiones de los grupos de trabajo formados en torno a la iniciativa Memoria Plaza, cuyo fin era “construir una memoria compartida y plural”.
Cito el último párrafo de la página en la que se resumieron las conclusiones:

Construcción de una memoria plural

Según los testimonios y las conclusiones extraídas de los grupos de trabajo, ha quedado patente que la memoria es poliédrica. En este sentido, es cometido de Gogora y de las instituciones en general, dar cauce a la participación plural en la configuración de la memoria de todas y todos. A juicio de la directora de Gogora, Aintzane Ezenarro, es necesario realizar una mirada mirada retrospectiva crítica para construir una convivencia más democrática basada en la empatía y el diálogo.

A partir de ahora, el objetivo será visibilizar y ampliar la iniciativa Memoria Plaza. La idea es divulgar estas memorias plurales y crear espacios para que quien quiera pueda dar su testimonio.

Jonan Fernández es el Secretario General de Derechos Humanos, Convivencia y Cooperación del Gobierno vasco. En noviembre de 2015 los medios recogieron unas declaraciones del responsable del Gobierno vasco en una jornada del Instituto Gogora. Entre ellas destacaban la siguiente: “no es posible un acuerdo completo de interpretación del pasado”. Fernández declaró que el Instituto Gogora debía gestionar “la memoria de acontecimientos traumáticos diferentes, con lecturas divergentes”. También defendió que la política pública sobre la memoria debía consistir en “promover un diálogo libre entre memorias cuya base sea el respeto al pluralismo”.

Ahora, si hay tiempo y ganas y si aún no se ha hecho, recomiendo leer el relato que ETA hace sobre ETA en las páginas de Gara.

Entre todo el relato, más allá de la mutilación de los hechos mediante el lenguaje, en la que colabora Gara, aparece este no-hecho: “ETA reconoce que nada de eso debió producirse jamás”. Este no-hecho quedará como hecho oficial, es decir, como una de esas lecturas divergentes con las que habrá que dialogar. Y es mentira. Basta con leer el documento de ETA que publica Gara.
Si fuera cierto, no sería compatible con esto.

Si fuera cierto debería haber llevado, al menos, a una concesiva al final de cada hazaña relatada: “aunque nada de esto debió producirse”.

Más cerca de la verdad está lo que colocan al final del segundo párrafo. La decisión fue, en la medida en que fuera una decisión real y no la consecuencia inevitable de su derrota, una cuestión estratégica. Esto no es compatible con la nota moral del “no debió producirse”.

Hay otro momento importante en el relato dentro del mar de relatos que defiende el Gobierno vasco. Es el que se refiere a Lemóniz como “la batalla que ganó el pueblo”. Hay que leer detenidamente lo que viene después del paréntesis.

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Lemóniz es el ejemplo perfecto de los efectos que ETA produjo en la sociedad. Estos efectos fueron principalmente, y en cierta medida siguen siendo, el miedo y la complicidad. Y estos efectos han configurado la política vasca desde que ETA comenzó a actuar.
Pero estos efectos no se explican en el relato de ETA en Gara. Y como en lugar de historia tendremos relatos, muchas personas creerán que Lemóniz fue una lucha ejemplar y una victoria del pueblo, en lugar de lo que en realidad fue.
Lemóniz fue, entre otras cosas, lo que cuenta aquí Leyre Iglesias. Fueron asesinatos, secuestros, amenazas, pero no únicamente eso. Porque todo eso tuvo unos efectos, que eran el objetivo real de ETA. El objetivo del terrorismo es siempre lo que el terrorismo genera en la sociedad, no los asesinatos. Éstos son los medios.
Los primeros asesinados fueron Andrés Guerra Pereda y Alberto Negro Viguera, dos trabajadores en la central. La información la dio Torre Altonaga, otro trabajador en la central.

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Después fue el turno de Ángel Baños Espada.

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Después, el secuestro y asesinato de José María Ryan Estrada.

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Y después, el asesinato de Ángel Pascual Múgica, el sustituto de José María Ryan. El hijo de Ángel Pascual Múgica resultó herido, y esto es algo en lo que no se suele reparar, porque no es el hecho principal. Pero el hecho es que todos los asesinatos dejaron familiares heridos.

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En el párrafo anterior se ve cómo son los efectos del terrorismo los que conducen a la “victoria popular”, que no es otra cosa que la derrota de la sociedad.
ETA asesinó a cinco personas en Lemóniz, pero los efectos fueron más allá. Las vidas que destrozó fueron muchas más.

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Éste era el método. No sólo el asesinato, no sólo la extorsión. También la presión psicológica constante, hasta conseguir la degradación de la víctima.

 

Un herido más:

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El último herido aparece en la entrada de Wikipedia sobre Lemóniz. En el nombre y en el orden de los episodios se manifiesta también la derrota de la sociedad (y) del conocimiento.

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El mero hecho de decir todo esto imagino que aviva el odio y genera crispación. Porque los hechos son rígidos, mientras que las memorias y los relatos son agradables y respetan a todas las partes. También a quienes asesinaron en Lemóniz, y a quienes ayudaron en la “victoria popular”. Y también, claro, a quienes compran el Gara, leen el parte de ETA y siguen con su vida, reafirmados en que aquello “no debió producirse jamás”, pero al mismo tiempo fue justo y necesario.

Para terminar: la política es, antes que nada, una cuestión moral. La política, y la ciudadanía, es antes que nada las barreras morales que hay que levantar. La política puede ser gestión técnica y desapasionada en algunas sociedades; no en la nuestra.
No creo que haya más importante en política que levantar y defender las barreras morales que nos sitúan frente a los que asesinaron en Lemóniz, frente a los que colaboraron, frente a los que lo defienden y frente a los que compran ese relato. Todo lo demás es importante o muy importante. Pero esto es esencial, y deberían entenderlo todos los partidos y, especialmente, todos nosotros. En este nosotros deberíamos estar todos los que no pertenecemos a ese “nosotros” que significa Gara.

La gestión del odio

Lo primero que oyó una buena parte de los asistentes al acto de ayer en Alsasua fue “españoles hijos de puta”. Lo dije ayer, me repito, pero es que aún resuena. Y resuena entre otras razones por el eco, que necesita cierto vacío.

Resuena porque fue considerado sólo un insulto más, o una muestra más del justo enfado del pueblo, si nos situamos al otro lado del espectro moral.
Y resuena porque basta con cambiar “españoles” por “rumanos” o “moros” para comprobar que en este caso, y sólo en este caso, no se comprueba lo que hay en el lado del grito. Si un domingo cualquiera un grupo de personas, unidas por unos vínculos políticos concretos, se descolgara con un “rumanos hijos de puta” o un “moros hijos de puta” ya tendríamos los calificativos preparados. Ya tendríamos, y esto es importante, la barrera moral levantada, y ya estaríamos del lado de quienes reciben el insulto. O, al menos, no estaríamos al lado de quienes los profieren.

Pero ayer un grupo de vecinos de Alsasua, entendiendo Alsasua como Euskal Herria, se organizó para recibir a personas que habían decidido mostrar su apoyo a quienes sufren el odio diariamente en ese pueblo, entendiendo ese pueblo como Euskal Herria, con estiércol, silbidos, insultos y el “españoles hijos de puta” del inicio.

El foco se había puesto ya días antes en los que fueron recibidos con esos insultos. Eran ellos el objeto de la crítica, y no los que se habían organizado para tomar ilegítimamente el control de la frontera. Hoy, después del recibimiento, después de que el acto consistiera en los discursos de Beatriz Sánchez, de Fernando Savater y de Albert Rivera, siguen poniendo el foco en los insultados. Como dicen quienes sitúan el foco en ese punto, hoy ya no están en Alsasua quienes se presentaron ayer en el pueblo. Los vecinos que sufren el odio diariamente, o que se esconden y se niegan para no tener que sufrirlo, se quedan allí, solos. Pero sólo se ha hablado de ellos, que eran el objeto del acto, para intentar ensuciar el acto. Una vez usado el argumento se ha seguido con que el motivo del acto era aumentar la crispación y avivar el odio.

El odio, ese odio, no necesita visitantes para ser alimentado. Ese odio es parte de la naturaleza de quienes se entregan a él. Ese odio no se enseña, desgraciadamente. Si fuera así, podría desenseñarse, o evitarse en primer lugar. Ese odio pertenece al carácter de quien lo canaliza, aunque requiera también de un entorno. Ese odio es un impulso enraizado en la naturaleza de muchas personas. De quienes gritaban ayer “españoles hijos de puta”, pero también de quienes gritan “moros (o rumanos, o gitanos) hijos de puta”. O “madridistas (culés, pericos) hijos de puta”. Y también, claro, en quienes gritan “maricones hijos de puta”.
No es bueno confundirse en esto. El odio es algo físico, previo a la bandera y a los colores con los que después se envuelve. Así que no es la ideología concreta de los vecinos que ayer se organizaron para insultar lo que los convierte en bárbaros, sino su incapacidad para gestionar el odio. Y esa incapacidad para gestionar el odio los inhabilita para el diálogo, y nos debería habilitar para levantar una barrera moral y dejarlos a ellos, no a los que sufren ese odio, al otro lado.

Esas personas, y las que gritan las otras cosas que se han mencionado, gritan mucho. E intentan que quienes prefieren hablar puedan hablar. Cuando esas personas viven en una ciudad como Madrid, o Valencia, o Bilbao, su influencia es limitada. Pero cuando viven en pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, la cosa se complica. Se complica para quienes trabajan en la Guardia Civil, o son concejales de un partido que no simpatiza con ellos, o simplemente compran todos los días un periódico distinto al Gara o al Deia.
Estas personas pueden hablar libremente, votar a quien quieran y leer el periódico que prefieran. Pero saben a lo que se exponen. Porque el odio no se alimenta cuando una figura relevante acude a uno de esos pueblos. Lo que hace el odio cuando ocurre eso es mostrarse ante los medios de comunicación. Si no hay figuras políticas relevantes y medios para recogerlo, el odio sigue ahí, del mismo modo que el árbol cae aunque no haya nadie para verlo. Y quienes sufren ese odio son las pocas personas que deciden no someterse a él, ni como participantes ni como autosecuestrados. En pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, lo cómodo es intentar pasar desapercibido. Porque los otros gritan mucho, y te puedes encontrar con que un día te gritan a ti por la calle, mientras paseas con tus hijos, o después de comprar el periódico. Y eso es algo bastante desagradable. Te puedes encontrar, además, con cosas aún más desagradables, porque los que gritan mucho suelen actuar en grupo y en los grupos se activan ciertos mecanismos, y porque suelen ser insistentes en sus muestras de odio. Así que lo cómodo y lo prudente es intentar no hacer ruido y esconder las señas que te identifican como objetivo.
Un pequeño paréntesis: cambiemos Leiza, Hernani, Elorrio y Alsasua por cualquier otro pueblo pequeño de España, cambiemos el insulto proferido y pensemos en una persona que tiene que soportar algo como “maricón” cuando pasea con su pareja, o cuando pasea solo.

Hecho el paréntesis volvamos al caso, pero mantengámoslo en la recámara por si el caso no es suficiente. El caso es que la convivencia en esos pueblos la marcan los que gritan. Si no gritan hay que decir que la convivencia es buena, y para que no griten basta con que quienes intentan llevar una vida normal, una vida que molesta a los que gritan, lleven su vida normal pero en casa, sin provocaciones. Ya sabemos quiénes son en el caso de Alsasua, pero miremos en la recámara, porque es posible que nosotros, que no odiamos, tengamos otro tipo de prejuicios, tal vez más refinados. Todas esas personas no hacen nada para alimentar el odio. Simplemente, intentan vivir con normalidad. Pero esa normalidad es vista como ofensiva por quienes gritan mucho, y como gritan mucho condenan a esas personas a una normalidad de sustitución, en la que tienen que asumir que la condición para esa normalidad mermada es que no vivan con auténtica normalidad.
A esto lo podemos llamar convivencia.

Y claro, esta convivencia se rompe cuando quienes viven bajo ese yugo dicen basta ya, o cuando los medios aparecen y comienzan a contar qué es lo que se esconde bajo eso que solemos llamar “convivencia”. Y los que gritan comienzan a gritar más, y a lanzar cosas, y a ensuciar el pueblo, porque ven su territorio moral en peligro. No es que los medios recojan el despertar del odio, no es que las visitas despierten el odio. El odio lo llevan dentro. Y ese odio no se vence con libros, ni con diálogo, ni con cesiones. La batalla contra ese odio es siempre individual, y no depende de la razón sino de las pasiones. Así que no podemos pretender derrotarlo -el de los demás-, porque no es nuestra tarea. Lo que sí es nuestra tarea es defender a quienes sufren ese odio, o al menos intentar mirar bajo al alfombra de la convivencia. Por respeto a quienes lo sufren y también por respeto a nosotros mismos, si nos consideramos ciudadanos.

Pero hay personas que se empeñan en levantar la barrera moral no en función de los actos sino de las ideas, fingidas o reales. Los actos de ayer dividieron a los participantes en bárbaros y ciudadanos, en unos que insultaban y otros que intentaban hablar. Podríamos entrar también en las ideas, y podríamos entrar incluso en el ethos. De un lado estaban los que defienden a los agresores de Alsasua e incluso, al parecer, Josu Zabarte, alguien que no necesita presentación. Del otro, Beatriz Sánchez, que sufrió con cinco años el atentado de la casa cuartel de Zaragoza, y Fernando Savater, alguien que tampoco necesita presentación. También Albert Rivera, que cerró el acto, y también Ortega Lara, que asistió sin discurso.

A todos ellos se refirió el PSOE, de la mano del portavoz Ander Gil, como aquéllos que nunca tuvieron que mirar bajo su coche y aquéllos que no tuvieron que despedir a un compañero en un funeral. Se lo decía a Albert Rivera, pero también a Savater y a la hija de un guardia civil y a Ortega Lara. También dijo que fueron a Alsasua a avivar el odio y no a fomentar la convivencia. Hoy ha dicho algo parecido el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y hace días dijo algo parecido Sortu en un comunicado.

Lo dije ayer, me repito, pero es que sigue resonando. En parte por la sensación de eco, por lo poco que parecen impactar actitudes como las de Ander Gil y del PSOE en ocasiones en las que la barrera moral debería situarse firmemente y sin vacilaciones frente a los bárbaros.

Campanas en Alsasua

Ayer el alcalde de Alsasua y los medios de comunicación que no crispan insistían en el carácter acogedor y hospitalario del pueblo. Hoy, lo primero que han oído las personas que asistían al acto de España Ciudadana ha sido “Españoles hijos de puta”, coreado con insistencia por algunos de los vecinos del pueblo. Ése ha sido el comité de bienvenida.
Antes de eso, durante la noche, otros vecinos del acogedor y hospitalario pueblo habían dejado una montaña de estiércol en la plaza en la que se iba a celebrar el acto.
Hubo otros cánticos. Los de siempre. El “zuek, faxistak, zarete terroristak” (vosotros, fascistas, sois los terroristas) y el “que se vayan de una puta vez”.

Cuando comenzó el acto, las campanas de la iglesia, a escasos metros de la plaza, comenzaron a sonar. En ese momento había empezado a hablar Beatriz Sánchez.
Beatriz Sánchez cumplía cinco años el día que ETA cometió un atentado en la casa cuartel de Zaragoza, en 1987. Mediante el coche bomba la banda terrorista asesinó ese día a once personas. Beatriz Sánchez y su familia sobrevivieron, por fortuna. Hoy acudió a Alsasua para contar cómo vivió ese día y los que siguieron, pero no pudo hacerlo en condiciones. Las campanas de la iglesia hacían imposible escuchar lo que decía. Al final del discurso, Beatriz Sánchez pidió un minuto de silencio por las víctimas de ese atentado, cuyos nombres comenzó a leer. Fue imposible escuchar la mayoría de ellos. Finalmente, quien o quienes tocaban las campanas desde el interior de la iglesia pararon. Habían cumplido su parte como vecinos del pueblo. Habían mostrado el rechazo y el enfado que recogía parte de la prensa. Habían impedido que una víctima de ETA, una hija de un guardia civil, pudiera dar un discurso en la plaza del pueblo en el que dos años antes fueron agredidos dos guardias civiles y sus parejas por un grupo de chavales de Alsasua, por otros vecinos del pueblo. Los vecinos de Alsasua piden desde entonces que se deje en paz al pueblo, Utzi Altsasu bakean. Pero lo único que se ha hecho con Alsasua es contar lo que pasó esa noche de 2016. La agresión la cometieron vecinos del pueblo, y vecinos del pueblo los arroparon. La agresión se cometió en un contexto de odio a la Guardia Civil, el mismo contexto en el que ETA colocó el coche bomba en Zaragoza que estuvo cerca de acabar con la vida de Beatriz Sánchez y de su familia. Mientras los vecinos y algunos medios insisten en el carácter hospitalario del pueblo y en la demonización mediática, los hechos son las campañas de odio, la agresión, el “españoles hijos de puta”, las campanas para silenciar los discursos y el “dejadnos en paz”.

En ese “dejadnos en paz” se encierra todo lo que va a pasar en los pueblos en los que lo primero fue siempre defender a quienes consideraron que el terrorismo era una forma de lucha política legítima. Ese “dejadnos en paz” es un mecanismo de defensa, porque no debe de ser cómodo escuchar lo que provocó la lucha de aquéllos a los que defienden.

Después de Beatriz Sánchez habló Savater. El de Savater fue un discurso contra el terruño particular de cada uno. El terruño es en el mejor de los casos materia, y en el peor de los casos metafísica. Y cada uno tiene los suyos. Las leyes son otra cosa. Las leyes son frías y comunes, y no incitan a la adhesión colectiva, al afecto o al énfasis. Su discurso fue contra las tribus particulares, contra las identidades colectivas y en defensa de la ciudadanía. La fría y objetiva ciudadanía, en la que lo que importa no son las muestras de los símbolos comunes y los cánticos sino la responsabilidad diaria y cotidiana del ciudadano, que se sabe sometido, junto con el resto de los conciudadanos, a unas leyes. Y que sabe que goza de ciertos derechos y libertades precisamente porque él y el resto de los ciudadanos están sometidos a esas leyes. Esa responsabilidad del ciudadano es individual. Es poca cosa, en cierto sentido. No hay lugar para la épica ni para la catarsis. A pesar de eso, o precisamente por eso, es lo único que hace falta para que la sociedad pueda ser una especie de república virtuosa. Es el ciudadano el que pone el listón moral de una sociedad, con las cosas que hace y con las cosas que se niega a hacer. Decir eso hoy, en Alsasua, tiene un significado mayor del que probablemente se le ha dado.

Cuando Savater terminó de hablar, su discurso fue celebrado con el “yo soy español, español”.
No quiero ser injusto. Minutos antes los vecinos del pueblo habían recibido a los asistentes con “españoles hijos de puta”. Pero fue un momento extraño.
Creo que Savater tiene razón. Pero la razón es fría, sin épica ni énfasis. No concita adhesiones colectivas ni muestras de afecto. Es como debe ser. Y al mismo tiempo, está condenada al fracaso. Estamos condenados al fracaso -a ese fracaso- porque la naturaleza humana no tiende a la razón. Tiende precisamente a la tribu, a la identidad colectiva. No son necesariamente malas, ni son el motivo por el que los vecinos de Alsasua gritaban “hijos de puta”, pero desde luego no tienen un fácil encaje en la idea de ciudadanía defendida por Savater. Se puede optar por una cosa o por la otra. Se puede optar por defender una cierta idea de identidad nacional abierta, integradora y no supremacista, con sus muestras de afecto patriótico, sus símbolos y sus relatos metafísicos. Y se puede optar por defender una ciudadanía cuyos pilares sean las leyes, unos mínimos morales compartidos y la responsabilidad particular de cada ciudadano en la defensa cotidiana, sin énfasis y sin aspavientos, de esos pilares. Decía que me gusta esta idea de la ciudadanía, es la que defiendo. Pero me temo que no tiene ni tendrá demasiado éxito, porque supone algo parecido a la antipolítica.

Los vecinos de Alsasua gritaban “españoles hijos de puta” porque ven fascismo en todo aquello que no sea su tribu. Su tribu es la de los aplausos para Portu y Sarasola, la de los recibimientos a etarras y la de la espiral de silencio en los pueblos del País Vasco y Navarra. Y es, en este caso concreto, la del afecto hacia los que agredieron a los guardias civiles y sus parejas. Por eso quienes insisten en recordar que aquello fue una agresión motivada por el odio y quienes defienden a los agredidos son necesariamente fascistas e hijos de puta, en su particular visión del mundo.
Junto a esto, vuelve el mensaje de que al fascismo no se le discute sino que se le destruye. Y ya tenemos el contexto.
No cabe hacerse ilusiones; tampoco el antifascismo se cura leyendo.

El cierre lo pone el PSOE.
Ander Gil, el portavoz en el Senado, se refiere al acto de Alsasua con dos tuits. En uno habla de las tres derechas que van a Alsasua a avivar el conflicto y no a fomentar la convivencia, y de una derecha “aznarizada” que viene con dos dobermann de la mano. En el otro dice esto:

Y fueron a agitar el odio a Alsasua los que nunca tuvieron q mirar por la mañana bajo su coche, los q nunca despidieron a un compañero en un funeral. Nada se construye desde el odio. No teneis proyecto de convivencia para unir a los españoles. Solo vivis de los conflictos

Esto es lo que elige el portavoz del PSOE en el Senado para referirse al acto de hoy en Alsasua, en el que han hablado Beatriz Sánchez, Fernando Savater y Albert Rivera, y en el que ellos y los asistentes han sido recibidos con estiércol, con gritos de “hijos de puta” y con campanas y silbidos durante los discursos.

Es el ciudadano, con las cosas que hace y con las que se niega a hacer.

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Frenar al fascismo, II

El fascismo es un hecho histórico, vinculado por tanto a un tiempo y a un lugar.
Pero somos dados a buscar similitudes en lo distinto, porque puede ser útil reconocer el peligro antes de que se imponga.
En España hemos recurrido a la palabra “fascismo” para referirnos a unos métodos que en realidad son transversales. La amenaza violenta, el acoso, la intimidación a la prensa o el asesinato no son exclusivos del fenómeno histórico del fascismo.
En España el fascismo, entendido como la utilización sistemática de esos comportamientos políticos, anidó en grupos nacionalistas de extrema izquierda.
Habría sido más fácil y tal vez más preciso referirse a estos grupos -ETA, Terra Lliure- como eso: nacionalistas de extrema izquierda. Pero se escogió el fascismo. Así sea.

Fascismo, decíamos. Y frenar al fascismo, decían hace unos días.
Quienes decían esto tienen una oportunidad de oro para demostrar su compromiso la semana que viene. El 4 de noviembre la plataforma España Ciudadana celebrará un acto en Alsasua para defender la labor de los servidores públicos. En concreto, la labor de la Guardia Civil. Y aún más en concreto, la de los dos guardias civiles que fueron agredidos por un grupo de jóvenes del pueblo cuando osaron entrar en un bar con sus respectivas parejas en las fiestas de la localidad navarra. El grupo de jóvenes agredió a los guardias civiles y a sus parejas porque se trataba de guardias civiles, y porque en el País Vasco y en Navarra el fascismo, es una forma de hablar, se impuso y se mantuvo durante muchos años. El fascismo, pongámoslo así, anidaba tanto en ETA como en lo que se llamaba y se llama la izquierda abertzale. El fascismo estaba tanto en quien disparaba contra un periodista como en el periódico que señalaba a un político desafecto. Tanto en quien secuestraba como en quien dejaba una carta amenazante en el buzón. Y tanto en quien asesinaba a un guardia civil como en quienes pretenden -presente- impedir que unas personas, por el hecho de ser guardias civiles, puedan llevar una vida normal en su pueblo.

Quienes han despertado recientemente de su letargo antifascista tienen una oportunidad inmejorable para sumarse a la lucha contra el fascismo que otros llevan un tiempo cargando sobre sus hombros. Hay además un incentivo interesante: Vox, el partido nacionalista y populista que los despertó, acudirá al acto en Alsasua. Los antifascistas durmientes alertaron sobre el peligro de que Vox creciera gracias a la presencia en los medios. El acto en Alsasua será por tanto una oportunidad para ellos, porque no se espera la presencia de un gran número de fuerzas políticas. El llamamiento de los antifascistas a no hablar de Vox podría redirigirse estratégicamente en esta ocasión: que no hable sólo Vox. Así, la presencia de este partido no destacaría tanto.
Esto tendría un coste para los antifascistas, claro: tendrían que manifestarse públicamente contra el fascismo realmente existente.

La lucha contra el fascismo está llena de estas contradicciones y de peajes. Qué le vamos a hacer.

“Aquella desgraciada noche fatídica”

Cada día estoy más convencido de que la primera señal de la mentira en el periodismo son los adjetivos. El periodismo consiste en contar hechos, y el periodismo bien hecho exige que aquéllos se cuenten lo más fielmente posible. Esa fidelidad no se debe a una causa ni a los lectores, sino a los hechos. El periodista cuenta los hechos, y el lector reacciona de una manera o de otra. Presentar los hechos de una manera alternativa para intentar llevar esa reacción a donde uno quiere es mentir. Salvo que se haga sin pretensión de veracidad; eso es lo que llamamos ficción.

¿Para qué sirve el adjetivo en un texto periodístico? En ocasiones, sí, para describir con más precisión un hecho. “Lluvia fina” y “lluvia torrencial” son hechos distintos.
Pero también puede servir para añadir connotaciones a un hecho. Connotaciones que pasan de la mente del periodista a la mente del lector. Connotaciones que en realidad son añadidos que no pertenecen ni pueden pertenecer al terreno de los hechos. El adjetivo en esos casos no describe el hecho sino que lo valora. Si compartimos la idea de que la realidad es algo externo al sujeto, entonces la descripción de un hecho es, con todos los matices epistemológicos que queramos, algo objetivo. En cambio, la valoración de un hecho no dice nada sobre el hecho, sino sobre el sujeto que valora ese hecho. Cuando esa valoración va en la sección de Opinión es hasta cierto punto comprensible. Si el artículo está plagado de adjetivos y apenas hay referencias objetivas, será simplemente una opinión en sentido literal, platónico. El problema, por llamarlo de algún modo, es que un texto con enfoque valorativo sea presentado como noticia.

Es el caso de un texto que aparece hoy en Deia, en la sección de Política. Se trata de un texto sobre el “caso Altsasu”. El “caso Altsasu” se refiere a unos hechos que ocurrieron en la localidad navarra de Alsasua en octubre del año 2016. La sentencia sobre el caso, recurrida, establece que un grupo de personas agredió a dos agentes de la Guardia Civil y a sus respectivas parejas cuando los cuatro se encontraban por la noche en un bar, que la agresión se cometió por motivos ideológicos y que se daba el agravante de odio.

El segundo párrafo del texto publicado en Deia comienza así:

Todo comenzó hace dos años, el 15 de octubre de 2016, en la madrugada de ferias de Altsasu. Lo que muchos entendían como una pelea de bar entre unos jóvenes con dos guardias civiles y sus parejas, pronto se transformó judicialmente tras las presiones judiciales y gubernamentales en “acto terrorista”, con una repercusión mediática que causó temor en la villa.

La primera señal de la mentira en el periodismo, decía al principio, son los adjetivos. Lo que he destacado en negrita pertenece a ese mismo empeño por presentar una versión adulterada -diluida o cargada- de los hechos, que es lo que significa “mentira” en la esfera del periodismo.

Para ver un ejemplo del uso de los adjetivos en el periodismo de relato hay que ir al párrafo 6.

Estos dos años también han sido de una gran ola de solidaridad que se transformó en tsunami, con movilizaciones no conocidas en Navarra. Este movimiento comenzó en Altsasu, cuando unos días después de aquella desgraciada noche fatídica, el 22 de octubre, unas 2.000 personas salieron a la calle en Altsasu para apoyar a los jóvenes y denunciar la imagen distorsionada que se estaba trasladando de Altsasu en los medios.

Es una combinación ciertamente novedosa. ¿Hace falta escribir así en una noticia? Si el objetivo del texto es recordar el caso cuando se cumplen dos años de las agresiones, ¿por qué se emplea ese tono de relato literario? Y sobre todo, ¿por qué el doble exceso que acompaña a aquella noche?

En realidad estas preguntas, como de fin de capítulo en un serial de misterio, son bastante estúpidas. Y es probable que la convicción de la que hablo al principio, como casi todas las convicciones, sea también un exceso.
¿Existe la palabra “autoanotación”?

Periodismo de raza

Hoy en Deia han publicado la siguiente carta al director: La etnia vasca.

He tenido que leer la carta varias veces para asegurarme de que no era una broma, y he tenido que fijarme en la dirección de la página para asegurarme de que no había llegado de alguna manera a la de un grupo supremacista.

Así que sí, después de las comprobaciones, efectivamente es una carta que han publicado hoy en el diario Deia.
Es una carta que hay que leer, una o varias veces.
Es una carta que no creo que necesite más palabras que las que forman la propia carta. Está todo ahí.

Sólo una pequeña reflexión. No es el contenido de la carta, producto de la mente de un ciudadano anónimo, lo que produce malestar. Es el hecho de que la carta la publique un periódico de los que se venden en las panaderías, no en algún sótano clandestino. Y también la sospecha de que ningún otro periódico dedicará un minuto a la carta y al diario que la publica.

Frenar al fascismo

Durante años, incluso durante aquellos años, una parte importante del periodismo en España recordaba con frecuencia que el voto era siempre legítimo, que debían respetarse las elecciones de todos los votantes y que todos los partidos eran, en cuanto a organizaciones políticas, igual de aceptables. Cuando repetían eso lo hacían para defender la presencia de un partido concreto, porque sólo se discutía la presencia en la política española de ese partido.

Esa parte del periodismo repetía que ese partido representaba una sensibilidad determinada. Y que sus votantes no podían quedarse fuera de la representación política.
Pero ese partido, que tuvo varios nombres, no era un partido más. Al fin y al cabo, ninguno de los otros partidos era el brazo político de una banda terrorista.
Ese partido representaba la sensibilidad de quienes ayudaron en la supervivencia de ETA, la de quienes colaboraron con sus secuestros y asesinatos, aunque fuera con los votos, y la de quienes eliminaron a votantes y concejales de otros partidos, mediante bombas y balas o simplemente mediante la posibilidad de la bomba y la bala.

Una parte del periodismo en España, con más o menos intensidad, defendió que también ellos debían ser parte del juego político, que lo importante era que todos se sintieran representados. También los que se dedicaban sistemáticamente a impedir la condición esencial de la representación, que es el mantenimiento de la vida. Ese partido ha tenido varios nombres, decíamos, y hoy gobierna en Rentería. Sus votantes allí sí están representados, y una parte aún más importante del periodismo celebra que ya no exista la banda terrorista de la que formaban parte.
La banda terrorista asesinó a finales de los noventa, en menos de un año, a dos concejales de otro partido político. Primero a uno, después a quien los sustituyó. Ese partido político hoy no cuenta con ningún concejal en ese pueblo. Sus votantes, esa sensibilidad, no están representados.

Una parte del periodismo jamás intentó explicar por qué estaba mal no sólo lo que hacía ese partido, sino votar a ese partido. No entendió que al votante a veces había que ponerlo frente a las consecuencias de su voto. No entendió que era posible votar mal, que votar podía ser parte del mal, y que lo que había que hacer con quien formaba parte del mal, aunque fuera por respeto, era decírselo a la cara. Mirándolo a los ojos, dirían hoy.

Otra parte del periodismo, o tal vez la misma, acaba de despertar en España. Se han activado los resortes y se han afilado los lápices. Un partido poco presentable ha reunido a 10.000 simpatizantes en Vistalegre. Es un partido con propuestas que van de lo ridículo a lo peligroso. Un partido populista, demagogo, nacionalista y con una retórica inflamada. Y en respuesta a esos 10.000 simpatizantes, algunos periodistas ya están hablando de cómo frenar al fascismo. No de cómo informar sobre el fascismo, imaginado, exagerado o realmente existente, sino de cómo frenarlo. Porque hay sensibilidades políticas que no deben tener representación, y porque los votantes también deben ser objeto de la crítica.

Sería interesante comprobar qué dijeron en su día sobre la sensibilidad de la izquierda abertzale. Qué estrategias desarrollaron, qué líneas trazaron y qué resortes se activaron.
Sería interesante porque todas las sensibilidades del periodismo son igual de legítimas. Pero, como ocurre con el voto, a veces es conveniente mostrar las consecuencias de nuestras elecciones.