¿Son siquiera posibles las bandas terroristas de izquierdas?

Hace unos días Julio Lleonart, que fue diputado por UPyD y hoy es tertuliano en la radio y profesor en la universidad, un hombre con vocación de comunicador, dijo en tuiter que ETA no era de izquierdas. Eso no habría sido más que un comentario discutible, pero no se quedó ahí. Lo que dijo fue que ETA no sólo no era de izquierdas, sino que no podía serlo.
Dijo literalmente esto:

si eres un asesino, si eres un monstruo que pertenece a una banda armada responsable de centenares casi miles (y sin el casi) de atentados… la única ideología que profesas es el terrorismo.

Cuando otros tuiteros le respondieron, Lleonart, hombre con vocación de comunicador, cerró el debate. Bloqueó a muchos otros usuarios que le decían que su comentario no sólo no era cierto, sino que partía de un error enorme, de una premisa falsa.

Lo que dijo Lleonart, y lo que después dijeron otras personas más sensatas, es que ETA no podía tener ideología porque su única ideología era el terrorismo. Este pensamiento coelhiano queda muy bien en algunos programas de la radio, y no digamos en clases universitarias en las que el público es muy joven. El terrorismo no tiene ideología, El machismo mata más que el virus, Cuando deseas realmente algo el universo conspira para que lo consigas. Son frases cortas y rápidas que suelen dejar al público, especialmente si es joven y de pensamiento también rápido y corto, con la boca abierta. Pero tienen un punto flaco: son comprobables. Y cualquiera -¡qué insolencia!- puede comprobar qué hay de cierto en ellas.

En el caso que nos ocupa, la frase no es que ETA no fuera de izquierdas, sino que no podía serlo. Porque el terrorismo, en fin, era su única ideología. Esto no es que sea comprobable, es que es estúpido sin necesidad de comprobación, lo es a priori. Una banda terrorista elige un medio para hacer política, el terrorismo, pero elige también, previamente, uno o varios fines. Esto último es lo que le aporta ideología, no los medios. Si la banda terrorista no tuviera fines políticos, si no tuviera ideología, ¿para qué asesinaban y para qué se exponían a cárcel o a la posibilidad de morir preparando un atentado?

Hoy Gorka Maneiro continúa el debate en El Español. Lo explica de manera más didáctica, pero incurre en un error nuevo, o al menos en una incoherencia. El artículo en El Español amplía algo que dijo también en tuiter. Esto:

¿ETA era de izquierdas? No creo que sea definitorio de la izquierda o la derecha el asesinato de inocentes… Sabemos que los miembros de ETA asesinaron a empresarios y trabajadores, a jubilados y a parados, a mujeres y a niños. A gente inocente. Eran basura. Terroristas. Punto.

Es una idea parecida a la de Lleonart. No podía ser de izquierdas porque era terrorista. Ese “Punto” parece que niega la posibilidad de ser otra cosa. Pero resulta que sí puede ser otra cosa. Resulta que Maneiro afirma hoy en El Español que ETA sí tenía ideología, a pesar de ser una banda terrorista. ETA, dice Maneiro, “fue una banda terrorista de ideología nacionalista”.

Unos párrafos antes dice esto:

Sé que ETA se reivindicaba como socialista y de izquierdas. Pero también se reivindicaba como defensora de la democracia y trató sin reservas de acabar con ella. También decía defender a la clase trabajadora mientras asesinaba cruelmente a trabajadores con un tiro en la nuca o un coche bomba.

Sé que ETA quería imponernos un proyecto socialista y sé también que ETA asesinó a socialistas. Sé que la banda y sus servicios auxiliares se reivindicaban como feministas, y sé también que asesinó a mujeres y niñas. Sé que ETA decía defender a la juventud vasca y el euskera, y sé también que ETA expulsó a miles de jóvenes de su tierra y asesinó a euskalzales.

Lo extraño, lo incoherente, es que en lugar del categórico “ETA fue una banda terrorista de ideología nacionalista” no escriba un párrafo paralelo a los otros dos en los que cuestiona que fuera socialista, de izquierdas, feminista, euskalzale u obrerista. Algo como “Sé que ETA se reivindicaba como nacionalista, pero asesinó a nacionalistas”.
Por alguna razón acepta que pudiera ser nacionalista y terrorista, pero no que pudiera ser de izquierdas, socialista, obrerista, feminista, euskalzale y terrorista.

Y creo que acepta que pudiera ser nacionalista pero no lo otro porque lo otro se nos presenta siempre no sólo como bueno y deseable, sino como esencialmente bueno y deseable. Y porque en muchos de nosotros está presente la idea, consciente o inconsciente, de que no se puede asesinar en nombre de lo Bueno, lo Bello y lo Justo. Y sí, claro que se puede. De hecho esta idea de que nosotros estamos más allá de la brutalidad, de que nuestros valores no pueden conducir al asesinato, es una de las ideas más peligrosas que podemos darnos. Claro que se puede asesinar en nombre de lo Bueno, lo Bello y lo Justo. Precisamente en cuanto aparecen las mayúsculas aparece también la posibilidad del asesinato de masas. Las mayúsculas nos ofrecen la posibilidad de disfrazar nuestros asesinatos, de presentarlos como determinaciones históricas, daños colaterales o pequeños males necesarios para conseguir el Bien.

Se ha dicho a lo largo de este extraño debate iniciado por Lleonart que lo importante en ETA no es que fuera de izquierdas, sino que asesinaba. Y así es. Pero era de izquierdas. Y nacionalista. Igual que ha habido bandas terroristas ecologistas, o religiosas, o de derechas. Que haya gente que asesina en nombre de nuestras ideas y de nuestros valores no contamina esas ideas y valores. Lo que contamina nuestras ideas y valores, o mejor dicho, lo que nos contamina a nosotros, es pensar que estamos libres de cualquier posibilidad de contaminación, que nuestras ideas son puras y buenas, y que cualquiera que las comparta está a salvo de la posibilidad de convertirse en un asesino o en alguien que justifica el asesinato.

Lotófobos

Hablábamos la última vez de los lotófagos, de todos aquellos que viven en un combate sin tregua contra la memoria. Hay lotófagos en el ámbito educativo, como veíamos, pero es mucho más común encontrárselos en el ámbito de la política. Tanto más común cuanto más incómodo resulta el pasado que se quiere borrar o reescribir.
Ninguna región española tiene una historia reciente tan incómoda como la del País Vasco. Esto es así porque en ninguna región española ha habido un grupo terrorista activo durante más de cuatro décadas, y sobre todo porque ese grupo terrorista contó con el apoyo tácito y explícito de una buena parte de la sociedad vasca. Todavía hoy sobreviven los discursos legitimadores en el mismo espectro sociopolítico que justificaba y apoyaba el terrorismo, y todavía hoy perduran los efectos de todas esas décadas de violencia política unidireccional.

Por todo esto es incómodo el pasado reciente en el País Vasco, y por eso hay un empeño enorme en imponer una política de desmemoria, que irónicamente se aplica desde los departamentos de Memoria del Gobierno vasco.
La memoria es una facultad humana, y por lo tanto es falible. Puede además referirse a cosas distintas. Pero si hablamos de ‘memoria’ como capacidad para recordar el pasado y, sobre todo, como exposición de hechos, debemos partir de una premisa: hay memoria, o puede haberla, porque hay hechos objetivos. Los hechos existen independientemente de cómo los recordemos, e incluso independientemente de si los recordamos o no. La memoria por lo tanto no puede ser “poliédrica”, ni puede estar sujeta a la negociación. Una cosa es que los hechos produzcan sentimientos distintos en cada uno de nosotros, y otra cosa es que existan distintos hechos en función de las circunstancias de cada uno de nosotros.

La historia reciente produce sentimientos incómodos en muchos ciudadanos del País Vasco, sí. Esto ocurre porque muchos de esos ciudadanos apoyaron a una banda terrorista que hacía política mediante asesinatos, secuestros, amenazas y chantajes, y porque muchos otros nunca le dieron la importancia que tenía. Ocurre también porque ese hecho condujo necesariamente a otro, y porque este otro no es pasado sino presente: el mapa y el ambiente políticos que configuran hoy el País Vasco son precisamente el resultado buscado de esas más de cuatro décadas de violencia política. La banda terrorista ETA no era un grupo de asesinos nihilistas. No asesinaban por placer ni por la fascinación de hacerlo, no eran como los alumnos de Rupert Cadell en ‘La Soga’. Ni siquiera asesinaban para castigar a quienes consideraban enemigos del pueblo vasco; asesinaban para generar un efecto concreto en la sociedad vasca, para impedir que en la sociedad vasca pudieran operar personas que pusieran en peligro su proyecto político. Eran asesinos pragmáticos y racionales, no endemoniados. Asesinaban porque sabían que todo ello merecía la pena, porque producía efectos políticos y sociales que consideraban necesarios. Por eso es profundamente injusto y equivocado decir que “todo aquello no sirvió para nada”.

Todo esto ocurrió durante décadas, y todo aquello produjo efectos que probablemente durarán décadas. Pero incluso aunque no fuera así, incluso aunque la izquierda abertzale, el espectro social y político que legitimó a ETA, no fuera hoy la segunda fuerza política en el País Vasco, incluso si hubieran sido justamente barridos de las instituciones por los ciudadanos… incluso así sería necesario ocuparse de la memoria. Es decir, de los hechos.
No por respeto a las víctimas de la violencia política, ni por ese deseo utilitarista de que “no se vuelva a repetir”, tan extendido hoy, tan cómodo y tan falso; es necesario ocuparse de los hechos porque los hechos son. Y porque si no son los hechos quienes configuran nuestros recuerdos sino determinados agentes políticos y sociales, entonces no podremos decir que somos sujetos libres y autónomos. Si no aceptamos que los hechos son absolutos, que no dependen del ánimo del ser humano, entonces acabaremos aceptando el relativismo dogmático de los lotófagos. No hay equidistancia, término medio ni negociación posibles: la elección que se nos presenta es la de escoger entre el absoluto de los hechos o el dogmatismo del relato.

Cuando empecé a escribir sobre nuestro pasado reciente, hace ya algunos años, no me planteé su utilidad ni la motivación que había detrás. Escribía para mí, y escribía por lo que veía en una población tan pequeña como Galdácano. Lo hacía para recordarme que Xabier García Gaztelu ‘Txapote’, Jon Bienzobas Arretxe ‘Karaka’, Francisco Javier López Peña ‘Thierry’, Francisco Javier Martínez Izagirre ‘Javi de Usansolo’ o Kepa del Hoyo, homenajeados en las paredes de las calles y celebrados en público como héroes, no eran nada de eso, sino asesinos de ETA; y sólo porque empecé a escribir sobre ellos llegué a los nombres de Víctor Legorburu, Eloy García Cambra, Jesús Ildefonso García Vadillo o José Ortiz Verdú, que no murieron por causas misteriosas sino asesinados en Galdácano por compañeros de esos otros ilustres vecinos a quienes veía habitualmente. Si no hubiera sido por la necesidad de saber más sobre los asesinos esas cuatro víctimas de ETA, entre otras, habrían seguido siendo nombres desconocidos para mí, alguien que ha vivido en este pueblo más de treinta años. Y saber más sobre los asesinados, saber quiénes, dónde y cómo los asesinaron, debería ser el objetivo fundamental de todas las políticas de memoria. Aunque sea incómodo, y precisamente porque tendemos a evitar lo incómodo.

La semana pasada, el miércoles, asistí a la presentación de un proyecto noble y necesario. Se presentó en Bilbao el primer volumen de ‘Historia y memoria del terrorismo en el País Vasco’. Es el primero de tres volúmenes que irán apareciendo a lo largo de un año. En octubre se espera el segundo, y en marzo de 2022 el tercero y último. Lo relevante es que, además del libro, se ha creado un archivo con miles de documentos relacionados con los atentados terroristas que se han cometido en España desde 1968, cuando ETA asesina a José Antonio Pardines. El archivo cuenta con una carpeta para cada víctima, documentos con las reacciones en prensa después de cada atentado, las actas municipales con las deliberaciones y las resoluciones adoptadas cada vez que se cometía un atentado. Es una gran obra, pero es mucho más que eso. Es un proyecto puesto en marcha por el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo, por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda y por la Universidad del País Vasco, que parte del trabajo previo de personas como Florencio Domínguez, Gaizka Fernández o Raúl López Romo, y que va más allá de esta obra en tres volúmenes y del archivo: en los próximos meses se espera la apertura al público del Centro Memorial en Vitoria, que funcionará también como museo sobre el terrorismo. Será una instalación para mostrar precisamente lo que no debe olvidarse: quiénes fueron asesinados, secuestrados, amenazados; quiénes asesinaron, cómo asesinaron, dónde asesinaron.

Los comedores de loto vivían sin la incomodidad de saber quiénes eran y de dónde venían. No tenían vínculos ni con su familia, ni con su origen, ni con su pasado. Su reflejo en el agua no significaba nada, puesto que nunca habían sido nada. Aunque sí lo fueron, claro; simplemente no lo recordaban. La privación planificada de la memoria y la negación de los hechos, su disolución en un mundo en el que sólo puede haber relatos, sentimientos y subjetividades nos llevaría a una isla como la que describe Homero. Lo que ofrece el proyecto que hemos mencionado es justo lo contrario: la posibilidad de rechazar conscientemente el loto, de aceptar la incomodidad de los hechos, de reconocernos en nuestro reflejo. Y de contárselo a los viajeros con los que nos crucemos.

¿Los herederos de ETA?

Mertxe Aizpurua aseguró en la última reunión de la Junta de Portavoces del Congreso que su grupo no tolerará que sigan refiriéndose a ellos como los “herederos de ETA”. Su grupo es EH Bildu, cuyo coordinador general es Arnaldo Otegi. EH Bildu es una coalición política de partido único, se podría decir. Sortu fue desde su fundación el partido de verdad, el que recogía el testigo de Batasuna, y a ellos se unieron comparsas como Aralar, ya disuelto; Alternatiba, escisión de Ezker Batua-Berdeak, que a su vez fue una escisión de la sección vasca de Izquierda Unida; y Eusko Alkartasuna, marca histórica en el País Vasco que llevaba varios años sumida en la irrelevancia y que hoy, tras algunos años de lucha interna, parece que ha abrazado definitivamente su papel de comparsa.
Sortu es, por tanto, el partido que representa hoy a la izquierda abertzale en el País Vasco. Su secretario general es Arkaitz Rodríguez, quien tomó el relevo de Arnaldo Otegi en 2017.

Ambos, Rodríguez y Otegi, estuvieron en 2017 en Galdácano para honrar la memoria de Kepa del Hoyo, preso de ETA fallecido en la cárcel por un infarto mientras hacía deporte. El pueblo apareció ese 5 de agosto decorado con pancartas y carteles de agradecimiento a Del Hoyo y a todos los ‘gudaris’ que, como él, “lo dieron todo por el pueblo”. Kepa del Hoy dio, concretamente, información para que ETA asesinara en febrero de 1997 al policía Modesto Rico Pasarín. Recoger información de posibles objetivos era parte de sus tareas como miembro del Comando Vizcaya. Compañeros de la banda terrorista usaron la información que proporcionó Del Hoyo para colocar una bomba en el coche del policía. Cuando explotó la bomba su cuerpo salió despedido y chocó contra el muro de un colegio. Unos meses después el comando colocó otra bomba en el coche de otro policía, Daniel Villar. En este caso la bomba no hizo que saliera despedido del coche, sino que el coche comenzase a arder, con Daniel Villar en su interior. Kepa del Hoyo fue condenado como autor de ese asesinato.
Rodríguez y Otegi, representantes de la izquierda abertzale, cumplieron con su trabajo el 5 de agosto de 2017. Su presencia ese día en Galdácano no fue ocultada, ni fue incoherente. Acudieron a un acto en el que la izquierda abertzale quiso reivindicar la vida y obra, es decir, la vida y las muertes, del etarra Del Hoyo. El propio Rodríguez dio un discurso tras las palabras de Peru Del Hoyo, hijo del etarra fallecido. El secretario de Sortu dijo que “Se lo debemos a nuestros hijos, la paz y la libertad, la victoria”. Después una mujer, probablemente madre de algún preso, leyó los nombres de los etarras del pueblo que aún estaban en prisión. Jon Bienzobas Arretxe, Jon Crespo Ortega, Leire Etxeberria Simarro… Así hasta llegar al último: Xabier García Gaztelu, más conocido como Txapote. Quienes se habían reunido en la plaza, los representados de Otegi y Rodríguez, aplaudían mientras se leían los nombres.

Cuando se intentan justificar expresiones como “los herederos de ETA” se suele mirar al pasado. Arnaldo Otegi, por ejemplo, fue miembro de ETA, y fue condenado por el secuestro de Luis Abaitua. Mertxe Aizpurua, la portavoz de EH Bildu que la semana pasada afirmaba que no iban a seguir tolerando esa expresión, no sólo fue redactora de Egin sino que fue condenada a un año de prisión por apología del terrorismo tras publicar en Punto y Hora una entrevista a José Manuel Alemán, que había sido parlamentario de Herri Batasuna y cuyo hermano José Javier había fallecido cuando manipulaba explosivos dentro de un coche. El hermano del entrevistado se había integrado en ETA, y en la revista Punto y Hora, dirigida por Aizpurua, se calificaba a José Javier como “gudari”; a él y a todos los “militantes de ETA caídos en la lucha por la liberación de Euskadi”. El ejemplar de esa semana –23 de septiembre de 1983, el número 320– llevaba en portada el Gudari Eguna, y unas páginas antes de la entrevista aparecía un editorial titulado “Gaurko gudariak”, los gudaris de hoy. En él la directora Mertxe Aizpurua reivindicaba no sólo la memoria de los gudaris, sino la necesidad de que siguieran derramando su sangre, pero especialmente la de sus enemigos, en “la guerra de Euskal Herria contra España”.

Sin duda es interesante el pasado, pero hay que distinguir entre el pasado y los discursos sobre el pasado. Los discursos sobre el pasado que se hacen hoy no son pasado, sino presente. El pasado de Arnaldo Otegi y Mertxe Aizpurua está ligado al terrorismo y a ETA, sí, pero eso no es lo relevante. Lo relevante es que su presente también, mediante sus actos, sus homenajes y sus discursos. Desde los envíos de cartas a presos que organiza Sortu hasta los mensajes de dirigentes de EH Bildu cada vez que un etarra sale de prisión, sin olvidar el mensaje de fondo cuando se pronuncian sobre la historia reciente del País Vasco, y sobre su papel en esa historia. Hace unos meses, en diciembre de 2020, la portavoz de EH Bildu pronunciaba estas palabras en el Congreso.

No tenemos duda de que por cada paso que demos recibiremos más ataques. Lleva décadas siendo así. Pretenden que desistamos, pretenden doblegarnos. Pues sinceramente les digo a estas fuerzas reaccionarias agazapadas en los poderes del Estado, a los jueces, a los militares, a los ultras, a los medios de comunicación del régimen, a ese régimen del 78, que no; que no conocen a la izquierda independentista vasca. Que no vamos a renunciar a nuestro camino hacia la justicia social, la paz y la libertad de nuestro pueblo por mucho que nos ataquen. Que vinimos aquí a frenarles, a sacarles de la ecuación política, y que en ello vamos a seguir, porque para su desgracia cada vez somo más y más decisivas. (…) Desistan, porque ni pudieron, ni podrán.


La palabra clave es “décadas”, y la idea clave es que “vinimos aquí a frenarles, a sacarles de la ecuación política”.

ETA desapareció. Esto no puede ser objeto de discusión. Pretender continuar hoy la denuncia de todo lo que hace la izquierda abertzale desde la premisa de que ETA aún existe, de que la izquierda abertzale está al servicio de ETA, es no haber entendido nada. No era ETA la que dirigía a la izquierda abertzale, sino que fue la izquierda abertzale la que creó a ETA, la que la apoyó y permitió que siguiera existiendo hasta que ya no fue necesaria. El objetivo de la izquierda abertzale era, efectivamente, sacar de la ecuación política a quienes consideraban enemigos de Euskal Herria. Tuvieron mucho éxito en esa tarea. A unos los sacaron en un féretro, otros se marcharon cuando aún podían decidir el medio de transporte y muchos más optaron por el silencio. ETA ya no existe, pero la lucha es la misma: sacar de la ecuación política a los enemigos de Euskal Herria. Hoy no necesitan enviar a un Del Hoyo o un Txapote porque saben que la fase del terror ya fue superada, dio sus frutos, configuró un mapa y un clima político propicios para la izquierda abertzale, y ahora basta con el acoso y las amenazas de baja intensidad para recordar quién manda y quién debe callar. A veces desde la calle, como cuando Sortu pide a sus fieles que “planten cara” en actos de partidos políticos como Ciudadanos, PP o Vox, y a veces desde los parlamentos, como cuando EH Bildu registró una proposición no de ley para que el Parlamento Vasco exigiera a los partidos políticos considerados extranjeros que no pisaran suelo vasco en la campaña para las elecciones generales de 2019.

No es el pasado de Otegi y Aizpurua lo que los retrata, sino el presente; no es lo que hicieron y dijeron, sino lo que aún hacen y dicen. Por eso cuando el secretario general de la UGT invita a Arnaldo Otegi a un congreso del sindicato y celebra su asistencia, o cuando el PSOE pone su firma junto a EH Bildu en unos presupuestos y en un “Manifiesto en favor de la democracia”, no es al pasado lejano donde debemos dirigir la mirada, sino al presente. Son «los herederos de ETA» porque han recibido los frutos de su trabajo, sí; a todos nos ha tocado una parte en esa herencia. Pero no son simplemente «los herederos de ETA».
Son mucho más que eso, son algo peor que eso.

No es el quién, es el qué

 

En octubre de 2020 se leyó en el Congreso la lista de las personas asesinadas por la organización terrorista ETA. Prácticamente todos los diputados decidieron permanecer sentados, algunos incluso miraban su móvil mientras sonaban los nombres, porque quien leyó la lista era Santiago Abascal, que antes de ser diputado de Vox fue un joven acosado y amenazado por la organización terrorista ETA.

Hoy en el Congreso una diputada de EH Bildu ha leído una lista con las mujeres asesinadas por sus parejas desde 2003. Mertxe Aizpurua antes de ser diputada fue editora del diario Egin, y hoy ha hablado desde el escaño que le ofrece el partido que dirige Arnaldo Otegi, condenado por trabajar para la organización terrorista ETA.
Prácticamente todos los que en octubre de 2020 decidieron quedarse sentados hoy han aplaudido la intervención de la diputada de EH Bildu.

Estos dos momentos no son dos hechos sino uno sólo, y así hay que entenderlo. Y hay un tercer y un cuarto hecho igualmente relevantes para llevar la reflexión hasta el fondo: nadie firmó, ni desde una organización ni desde un periódico, los asesinatos de las mujeres que hoy han sido recordadas en el Congreso; el partido en el que milita la diputada a la que hoy han aplaudido los mismos que antes miraron el móvil no sólo tiene como líder a alguien que firmó tácitamente más de 800 asesinatos, sino que aplaude a quienes cometieron esos asesinatos cuando salen de la cárcel.

Hay que llevar la reflexión hasta el fondo porque es ahí donde estamos como sociedad.

 

Hay un Otegi en mí

Otegi pertenece a un sector de Sortu dentro de un sector de Bildu, ha dicho alguien en tuiter.

Lo elevado es decir que lo que pasa en tuiter no tiene efectos en el mundo “real”, lo piense uno o no, y que ocuparse de tuiter es rebuscar en el basurero. Pero quien dice algo en tuiter, lo haya pensado o no, probablemente lo dirá también en otros canales. El clasificador de abertzales que nos ocupa tiene, además de tuiter, el canal que le ofrece eldiario.es. Es periodista. Y no es razonable pensar que su perfil de tuitero sea sólo un sector dentro del sector de periodista. Las ideas, que en realidad no suelen ser más que intuiciones adornadas, son siempre las mismas.

Toño Fraguas es ante todo persona, pero no anécdota. Representa una actitud compartida por muchas personas de izquierdas. Incapaces aún de asumir toda la propaganda de sus hermanos abertzales -«no sé qué frustraciones de malos perdedores del relato de una época violenta en Euskalherria felizmente concluida cinco años antes», escribía hace unas semanas otro periodista en Deia-, intentan reconducir el río hacia terrenos más amables. Es una tarea entre lo hercúleo y lo absurdo. Un espectáculo. Cientos de sísifos empeñados en empujar la roca colina arriba. Una roca falsa, de atrezzo, porque la roca real va a lo suyo, se encuentra a gusto en sus valles, contemplando los montes, sin internet, escribiendo cartas a mano a los presos de ETA.

Sortu, un sector dentro del corazón de un sector de los españoles de izquierdas, organizó hace unos meses un acto en Bilbao por “los presos”, que como sabemos son también un sector dentro de los presos en general. En ese acto Sortu incluyó un “Envío de cartas a presas y presos”.

Eso fue hace unos meses. Ayer El Mundo publicaba una noticia de Fernando Lázaro. Según la información, Arnaldo Otegi ha enviado cartas a varios presos de ETA para invitarles aprofundizar” en su “participación en este hermoso proyecto”. EH Bildu se encuentra en un proceso de reestructuración y expansión de la marca, y quieren enfatizar el papel de los “bilkides” -afiliados, simpatizantes, socios-, cuya importancia es al menos tan grande como la de los cuatro partidos que componen la coalición. Un artículo de los estatutos resume qué es exactamente la coalición de la que hablamos:

EH Bildu es un sujeto político con forma de coalición, estructuras de partido y naturaleza de movimiento.

Esto simplifica las cosas. EH Bildu no es ni un partido ni una coalición, aunque sea todo eso. EH Bildu es un sujeto político y un movimiento, en el que los socios asumen y toman las decisiones.

Hay un párrafo especialmente interesante en la carta a la que se refiere El Mundo, tan interesante que voy a citarlo en su totalidad:

EH Bildu surgió con el objetivo de constituirse en la casa común de todas las soberanistas e independentistas de izquierdas de nuestro pueblo. Durante estos años hemos demostrado que esa casa tiene sólidos cimientos. Cada vez somos más las personas que nos identificamos con este proyecto.

Las negritas son mías. Las palabras, no.
Las palabras significan que EH Bildu es la casa común de Arnaldo Otegi, Arkaitz Rodríguez, Oskar Matute, Jon Iñarritu, Bea Ilardia, Pernando Barrena, Bel Pozueta, de las Brigadas de Desinfección Antifascista y, cómo no, también de “los presos” (de ETA). Cuando se habla de sectores dentro de Sortu, que a la vez es un sector dentro de Bildu, no se menciona algo básico: todos ellos comparten lo esencial del movimiento. Una lectura concreta del terrorismo de ETA -conflicto-, una actitud concreta hacia los presos de ETA -apoyo y cariño- y una concepción concreta del pluralismo político -españoles, aquí no sois bienvenidos-.

No es que Otegi pertenezca a un sector de Sortu dentro de un sector de Bildu, sino que Bildu es un sector de la izquierda española. Y dentro de la izquierda española hay gente que no duda en marcar distancias con los peores, los inasumibles, y gente que no puede contener el impulso de prepararles unas aceitunitas y la habitación de invitados.

Precisiones sobre ETA, el ambiente político en el País Vasco, el acercamiento, el «conflicto» y los «presos».

 

1. ETA ya no existe. 

No existe como organización terrorista, no dirige una organización política, no controla los movimientos políticos y sociales de la gente que justifica lo que fue y lo que hizo ETA.
Existen homenajes a etarras presos o fallecidos, hay dirigentes políticos que fueron condenados por pertenecer a ETA, hay presos de ETA en las cárceles a quienes mucha gente en el País Vasco trata como héroes, y sobre todo hay un partido político, EH Bildu, que sigue fomentando y organizando un culto civil a ETA y a sus miembros, condenados por crímenes muy graves contra la convivencia en general y contra personas concretas.

2. Los efectos de la labor terrorista de ETA aún existen.

Aún hay un miedo localizado a posicionarse políticamente en el País Vasco, aún hay coacciones sistemáticas contra aquellos a los que la izquierda abertzale considera invasores o no integrados cuando intentan hacer política en el País Vasco, y desde luego hay factores más profundos y complicados de mostrar que han configurado un ambiente social y político en el País Vasco muy beneficioso para los nacionalistas, especialmente para los nacionalistas de izquierdas, y muy perjudicial para los no nacionalistas, especialmente para los no nacionalistas de derechas. ETA no existe, pero sus efectos en la sociedad vasca son reales.

3. Puede haber violencia política en el País Vasco a pesar de que ETA ya no exista.

La hay. Desde insultos hasta acoso en actos públicos, pasando por lanzamiento de objetos a simpatizantes de determinados partidos políticos no reconocidos por la izquierda abertzale. La violencia política organizada en el País Vasco la sigue ejerciendo mayoritariamente, se podría decir que en exclusiva, la izquierda abertzale. Pero la izquierda abertzale, a pesar de que justifique lo que hizo ETA, no lo rechace, idolatre a los presos de la banda terrorista o pida la amnistía para ellos, no es ETA. Porque ETA ya no existe.

4. Hay que decir de lo que es, que es. Y de lo que no es, que no es.

Si ETA ya no existe, entonces atribuir a ETA, en presente, todos los males políticos que aún existen hoy en el País Vasco supone desviar la atención de esos males políticos, y permite que esas denuncias sean vistas como exageraciones, manipulaciones, invenciones, mentiras o engaños. Porque de hecho, esas denuncias concretas, si parten de la idea de que ETA aún existe, son exageraciones, manipulaciones, invenciones, mentiras o engaños. Y no hay que preguntarse si detrás de esas denuncias hay buenas o malas intenciones. Da lo mismo. El efecto del engaño en la descripción de la realidad es nefasto, y además la realidad no se ajusta al engaño. Si hay fenómenos graves que merecen ser denunciados, lo correcto es denunciarlos en sus términos justos y precisos. Sin eliminar pero también sin añadir nada. Por una cuestión de principios y, de manera secundaria, si es que es necesario, por una cuestión de utilidad. Ninguna denuncia que se apoye en mentiras o exageraciones, aunque sean bienintencionadas, va a tener éxito. Al menos las denuncias que no cuentan con un gran aparato mediático y político detrás.

5. El alejamiento no tiene justificación ni sentido si ETA ya no existe.

No tiene justificación porque su objetivo, igual que el de la dispersión, era dificultar la cohesión interna del colectivo de presos de ETA. Hoy existen presos de ETA, pero no existe ETA. Que ETA no exista no significa que los crímenes que han cometido individuos concretos que formaban parte de ETA hayan desaparecido. Por lo tanto, a los presos de ETA habría que tratarlos como a cualquier persona que haya participado en las actividades de una banda terrorista desaparecida. Asesinatos, secuestros, información para el asesinato. Cada uno de los presos de ETA tiene un historial concreto, además de un hecho compartido: todos y cada uno de ellos decidieron participar en una banda que cometió crímenes por motivaciones políticas. Reconocer que el alejamiento ya no tiene sentido no supone un premio, un beneficio o un privilegio para los presos de ETA. Al contrario, supone reconocer que el tratamiento a los presos de ETA no es excepcional ni vengativo; todos ellos merecen el tratamiento que debe recibir alguien que ha decidido participar en los atentados de una banda terrorista. Ni más ni menos.

6. La mayor parte de quienes hoy defienden el acercamiento no defiende solamente eso.

Sare, la principal organización en defensa del acercamiento y del fin de las “políticas penitenciarias de excepción” -la “solución definitiva a la cuestión de los presos”-, ha dejado claro en más de una ocasión que su objetivo es “vaciar las cárceles”. También lo han hecho en más de una ocasión los dirigentes de EH Bildu. Por lo tanto, quien pide junto a Sare y EH Bildu el fin del alejamiento y la dispersión para los presos de ETA no está pidiendo solamente eso. Está pidiendo que se trate a los presos de ETA de manera excepcional, que se les otorgue -ahora sí- un privilegio. El acercamiento es sólo el paso previo al objetivo final, la excarcelación temprana de todos los “presos vascos relacionados con el conflicto”. Después de varios años y de varias explicaciones de Sare y de EH Bildu es difícil pensar que en el País Vasco haya alguien que no sepa cuál es el objetivo de Sare y de EH Bildu respecto a los presos de ETA.

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7. No hubo conflicto, ni hubo dos bandos.

Hubo, durante varias décadas y en un país democrático, una banda terrorista que cometió asesinatos, secuestros y otros crímenes con el objetivo de amedrentar a una parte de la población para que se inhibiera de participar en política. En ese sentido, la banda terrorista tuvo éxito. Y contó con el apoyo de una parte importante de la población vasca y con un movimiento político que adoptó siglas distintas a lo largo de los años. Finalmente, la banda fue reducida a un estado casi absoluto de inoperatividad por el trabajo policial, y se disolvió hace algunos años. Frente a ellos estuvo el Estado, porque era su trabajo, y una parte de la sociedad civil, porque entendía que era su deber. Muchas de esas personas, del Estado y de la sociedad civil, fueron enterradas porque ETA siempre consideró el asesinato una herramienta política legítima. Hubo violencia del Estado contra los miembros de ETA, sí. La mayor parte de esa violencia fue legítima y necesaria. Redadas, arrestos, incautaciones, controles, vigilancia, respuestas a tiroteos, privación de libertad. Es el trato que cualquier Estado debe dispensar a quienes cometen o están dispuestos a cometer crímenes de extrema gravedad.

Una parte menor de esa violencia del Estado fue ilegítima. Torturas, secuestros y asesinatos de personas correcta o incorrectamente identificadas como miembros de ETA. Da igual que esas identificaciones se ajustaran o no a la realidad; en ningún caso está justificado el uso de la violencia ilegítima por parte del Estado.
Esa violencia ilegítima, que supuso sólo una parte de la violencia contra ETA, se produjo desde un grupo terrorista, los GAL, creado y financiado bajo un Gobierno del PSOE. Sus principales responsables, o al menos los responsables que fueron condenados, cumplieron condenas breves. 


Cuando el Estado y la sociedad civil combaten legítimamente a una banda terrorista no hay conflicto, sino aplicación de las leyes y de la virtud cívica. En un país democrático el conflicto político se desarrolla principalmente en los parlamentos, y sus agentes principales no son asesinos ni mercenarios, sino activistas o líderes sociales y políticos.
Lo que hubo en el País Vasco durante muchas décadas fue un empeño sostenido e intenso de una banda terrorista por eliminar a una gran parte de la población de la vida pública, mediante la eliminación directa de una parte significativa y destacada de la población. Y este empeño sangriento tuvo el apoyo de una parte también significativa y destacada de la población vasca. Muchos de quienes apoyaron ese empeño son los que hoy saldrán a pedir “derechos humanos” y el fin de las políticas penitenciarias de excepción para los que cometieron asesinatos políticos, y gritarán durante las manifestaciones que todos esos asesinos salgan de la cárcel, como si además de ETA también hubieran dejado de existir sus crímenes.

«Pasó lo que pasó»

En diciembre de 2020, hace unas semanas, el diario Berria publicó una entrevista a Josu Urrutikoetxea. En mayo de 2019 hubo un acto en Miravalles (Ugao), el pueblo de Josu Urrutikoetxea. Fue un acto pequeño. Para denunciar el culto en pueblos como Miravalles a personas como Urrutikoetxea, para homenajear a las víctimas o para hacer campaña política. Las tres son opciones compatibles, las tres son opciones no sólo legítimas sino necesarias. En el acto Maite Pagazaurtundua pidió un minuto de silencio por las víctimas de Josu Ternera y de sus compañeros de banda. La sirena que nos había acompañado desde que llegamos siguió sonando, los insultos se escuchaban de manera aún más clara. Hay víctimas y víctimas. Gestos y gestos. Tal vez algún chaval del equipo de fútbol más cercano a Miravalles hincara la rodilla en algún partido hace unos meses porque some lives matter más que otras, sobre todo si esas víctimas están lejos y si recordarlas nos regala una gratificación social y no una incomodidad también social. Días antes del acto, vecinos de Miravalles reunidos en asamblea popular decidieron escribir y repartir un pasquín en el que se pedía al resto de los vecinos y a los comerciantes que bajaran sus persianas en señal de rechazo a quienes venían a “alterar la paz y la convivencia” del pueblo. Al finalizar el acto, a modo de remate, la «Brigada de Desinfección Antifascista» de Sortu apareció para limpiar el suelo que habíamos pisado. Andoni Ortuzar denunció la barbaridad que suponía «estigmatizar a un pueblo entero por una persona que nació allí», y añadió que «Ugao es un pueblo sano».

En el recorrido hasta el frontón en el que se desarrolló el acto se vieron numerosas pegatinas con la cara de Urrutikoetxea acompañada de dos frases cortas: “Maite zaitugu” y “Josu askatu”. “Te queremos” y “Libertad para Josu”.

Buena parte de la prensa y de los partidos políticos regionales y nacionales cuestionaron la oportunidad del acto. Las pegatinas, los insultos, la sirena o la asamblea popular lo tomaban por tanto como algo normal, liviano. La convivencia que había que salvaguardar era justamente esa. Era justamente eso. Porque todo eso no es nada más que la cara B de una convivencia que consiste en callar y en no mirar, y en dejar que los que empapelan las calles de sus pueblos -de nuestros pueblos- con las caras de Urrutikoetxea, García Gaztelu o Bienzobas sigan haciéndolo sin denuncias y sin campañas que expongan lo que hacen y lo que son.

Vamos con la entrevista a Urrutikoetxea en Berria, el único medio en euskera medianamente relevante en el País Vasco. Me centraré en tres o cuatro párrafos.

1. 

11 lagun hil zituen ETAk han; bost haur. Zer eragiten dizu horrek? Orain desberdin ikusten al da?

Distantziatik beti gauzak beste era batera ikusten dira. Biolentzia sekula ez da, nire irudiz, helburua izan erakundearentzat, erakunde politiko bat zelako, borroka armatua egiten zuena, baina tresna politiko bezala. Bortxa erabiltzea ez da sekula helburu bat. Erabiltzen duenak badaki —eta, kasu honetan, etsaiak ere bai— kalteak egon daitezkeela, eta erakundea beti saiatu zen albo kalte horiek ekiditen. Eta hori oso zaila da. Bueltaezinezko kalteak larriak dira denentzat. Ni betidanik kezkatu nau horrek, eta hori sentitu dut barru-barruan. Eta bigarrenik, kuartelei buruz ari garenez, erakundeak 1980ko hamarkadan behin baino gehiagotan argi utzi zuen ez zituela soilik eurak [guardia zibilak] helburutzat hartuko, baita kuartelak ere, horrek suposatzen zuenarekin. Gertatu zen gertatu zena eta inork nahi ez zuena.

Traducción:
(Están hablando sobre el atentado contra la casa cuartel de Zaragoza).

ETA mató allí a 11 personas; cinco de ellas niños. ¿Qué te provoca eso? ¿Hoy se ve de otra manera?

Desde la distancia las cosas siempre se ven de otra manera. La violencia nunca ha sido, en mi opinión, el objetivo de la organización, porque era una organización política, que hacía la lucha armada, pero como una herramienta política. Usar la violencia nunca ha sido un objetivo. El que la usa sabe -y, en este caso, los enemigos también- que puede haber daños, y la organización siempre ha intentado evitar esos daños colaterales. Y eso es muy difícil. Los daños irreversibles son graves para todos. A mí siempre me ha preocupado eso, y lo llevo muy dentro de mí. Y en segundo lugar, ya que estamos hablando sobre los cuarteles, la organización en la década de los 80 dejó claro en más de una ocasión que no los tendría sólo a ellos como objetivos, sino también a los cuarteles, con todo lo que ello implica. Pasó lo que pasó y lo que nadie quería.

2.

Jende batek esan izan du orduan hasi zela ETArekiko babes sozialaren galera bizkortzen, hildakoak zibilak ere izaten zirelako.

Jendeak baino gehiago, mundu mediatikoan erabiltzen den argudioetako bat da hori. Erakundea aspaldi desagertuko zen, baldin eta ez balitu izan Euskal Herrian eta kanpoan elkartasuna, laguntza eta inplikazioa. Segituan ateratzen dituzte bateria guztiak terrorismo esaten diotenaren inguruan. Terrorismo hitza zaku handi bat da, non zernahi sar daitekeen. Inork ez du erabili estatuak bezainbeste.

Traducción: 
(Están hablando sobre el “salto” que da ETA en los 80, los coches bomba, para provocar “daños colaterales”).

Hay gente que dice que fue en ese momento cuando la pérdida de apoyo social a ETA se aceleró, porque los muertos también eran civiles.

Más que la gente, eso es uno de los argumentos que se usan en el mundo mediático. La organización habría desaparecido hace mucho tiempo si no hubiera tenido, en Euskal Herria y en el exterior, solidaridad, ayuda e implicación. Enseguida sacan todas las baterías contra lo que llaman “terrorismo”. La palabra “terrorismo” es un saco grande, en el que se puede meter cualquier cosa. Nadie la ha usado tanto como el Estado.

3. 

ETAk 774 pertsona hil zituen, hark 2018an aitortu zuenez.

Bortxa tresna gisa erabiltzen delarik, guk bezala tresna politiko gisa helburu politikoak lortzeko, zoritxarrez atzeraezinak diren ondorioak ekartzen ditu. Behin Langraizko espetxetik [EAEko] parlamentura nindoala ertzainen kotxe batean, esan nion ertzain bati: «Zer uste duzu, gatilloa zapaltzen duenak plazer hartzen duela ala?». Hori pentsatzen badu, oker dago. Kontua da bortxa erabiltzean, nahiz eta helburua garbi izan, latza dela ondorio hori, eta hori betidanik sentitu dut.

Traducción:

ETA mató a 774 personas, tal y como reconoció en 2018.

El uso de la violencia como herramienta, como nosotros, para conseguir objetivos políticos, por desgracia trae consecuencias irreversibles. Una vez que iba desde la cárcel de Langraiz (Nanclares) al Parlamento [vasco] en el coche de la Ertzaintza, le dije a un ertzaina: «¿Qué crees, que el que aprieta el gatillo lo disfruta? ». Si piensa eso, está equivocado. La cuestión es que al usar la violencia, aunque el objetivo sea limpio (claro), la consecuencia es grave, y eso lo he sentido así desde siempre.

4. 

Nahikoa nazio kontzientzia ba al dago?

Gure geroa egingo dugu poliki-poliki, horrek ez nau kezkatzen. Kezkatzen nauena euskararen egoera da, euskararen erabilera. Denon ardura da, baina, batez ere, gazteena, haiek datozelako atzetik. Zeberion frankismoan kanpotik zetozenek ere euskaraz jakiten bukatzen zuten, baina 2002an hara bilkura batera joan nintzenean, eskolatik jolasera atera ziren haurrak gazteleraz hasi zirela ikusi nuen. Noski ikusten dela gogo bat nazioa eraikitzeko, baina eraikitzea praktika bat da.

Traducción:

¿Hay suficiente conciencia nacional?

Construiremos nuestro futuro poco a poco, eso no me preocupa. Lo que me preocupa es la situación del euskera, el uso del euskera. Es responsabilidad de todos, pero, sobre todo, de los jóvenes, porque ellos son los que vienen detrás. En Zeberio, durante el franquismo, también los que venían de fuera terminaban sabiendo euskera, pero cuando en 2002 fui allí a una reunión, vi que los niños que salían de la escuela a jugar empezaban a hablar en castellano. Claro que se ve que hay ganas de construir una nación, pero construir es una práctica.

Cuatro párrafos que ponen en contexto la reacción comunicativa que se produjo en mayo de 2019 en Miravalles, el pueblo de quien da esas respuestas en una entrevista. La asamblea popular, el pasquín con instrucciones a los vecinos, la performance en el pasillo de la vergüenza y en los puntos de control, la sirena y los insultos. Y especialmente, entre todas esas palabras y todas esas frases, ponen en contexto el “Maite zaitugu”, “Te queremos”.

Ponen en contexto un “Te queremos” dirigido a quien dice que en los 80 ya habían dejado claro que el objetivo no eran sólo los guardias civiles sino los cuarteles, con todo lo que implicaba. En el caso al que se refiere, lo que implicaba fueron cinco niños, que se cuentan por separado y se destacan porque lo de los guardias civiles era otra cosa, claro. Y también pone en contexto las reacciones habituales en buena parte de la prensa, el culto a la convivencia al que se han entregado no pocos políticos y periodistas. Una convivencia que incluye, hay que recordarlo, el culto al terrorista.

Ponen en contexto todo eso, pero nada de eso es algo nuevo. Ni el contexto, ni las palabras ni los hechos de Ternera, ni el culto a la convivencia. Y a pesar de todo seguimos perdiendo el tiempo traduciendo y comentando todo esto. Tal vez porque en los últimos tiempos se ha producido un fenómeno que sí podría ser nuevo, al menos en un sector sociopolítico de España: hablar de las “distintas sensibilidades” en el entorno de la izquierda abertzale, que son los que ofrecían solidaridad, ayuda e implicación y los que ahora ofrecen aplausos, cariño y relato. Lo que ahora está de moda es hablar de las sensibilidades en EH Bildu, la izquierda abertzale política. Tal vez después de esta entrevista comencemos a leer que en ETA también había distintas sensibilidades. O quién sabe si el mensaje se lanza definitivamente hacia su última fase, hacia la sensibilidad del etarra: el que apretaba el gatillo no disfrutaba.

Y así todo estará perdonado.

«En esta vida hay que ir de frente»


Oskar Matute es un hombre abnegado. No hay en España alguien como él, capaz de traicionar los principios más firmes que le presumen sus fans por el partido en el que milita desde hace años. Oskar Matute, como sabemos, milita en EH Bildu, agrupación que en el fondo consiste en Sortu y un par de campanitas. En lo esencial Bildu y Sortu son lo mismo, no hace falta centrarse en la matriz más franca. Bildu y Sortu son la agrupación y el partido político que celebran las excarcelaciones de etarras, que organizan homenajes a los etarras, que niegan que esos etarras fueran asesinos políticos -sustituyen “asesinos” por “presos” como si ya hubieran sido presos antes de poner las bombas y de apretar los gatillos- y que piden la liberación inmediata de todos los etarras. Son la agrupación y el partido que organizaron un acto multitudinario en Galdácano por el fallecimiento en prisión de Kepa del Hoyo, condenado por los asesinatos mediante bomba lapa de Daniel Villar y Modesto Rico Pasarín. La agrupación en la que Oskar Matute milita sin aparentes incomodidades es también la de Bea Ilardia, hasta no hace mucho concejal de EH Bildu en Galdácano. Bea Ilardia escribió un tweet tras la salida de prisión de Tomi Madina, condenado también por pertenencia a ETA. En el tweet se veía a Tomi Madina retirar su placa de la herriko taberna. A su derecha estaba la placa de Jon Bienzobas, y a su izquierda la de Xabier García Gaztelu, ‘Txapote’. Y sobre todos ellos, el mensaje de la compañera del abnegado Matute: Uno menos y en Galdácano aún echamos en falta a otros doce. ¡Bienvenido, Tomi! 
También escribió un tweet Iñigo HernandoEste domingo tendremos de nuevo en Galdácano a Tomi. Seguiremos trabajando hasta que todos los demás estén en casa.


Tomi Madina hoy se dedica a hacer de guía en visitas oficiales sobre memoria histórica lejana en el pueblo, pero el Ayuntamiento debería aprovechar su conocimiento y organizar también, de vez en cuando, alguna visita sobre memoria histórica reciente. Hay suficientes hitos de importancia en Galdácano, y Tomi Madina conoce de primera mano cómo se ejecutaban esos hitos. Tomi Madina también aparece en un vídeo de EH Bildu (0:43) junto a Iñigo Hernando y Bea Ilardia.

Bea Ilardia es hoy la portavoz en las Juntas Generales de Vizcaya del partido en el que milita Oskar Matute.  Iñigo Hernando es hoy el alcalde de Galdácano por el partido en el que milita Oskar Matute. Y Oskar Matute, el abnegado Oskar Matute, al que los simpatizantes tal vez no demasiado convencidos de la historia y la decencia de ese partido suelen presentar como caballito blanco de la paz y la no violencia, dijo ayer en el Congreso, dirigiéndose a las “derechas extremas”, lo siguiente:

“En esta vida hay que ir de frente”.
Es tan abnegado el bueno de Oskar Matute, hombre de firmes principios contra la violencia, que sacrifica todos esos principios y valores por su partido. Por un partido en el que gente como Bea Ilardia puede llegar a portavoz de las Juntas Generales, y gente como Iñigo Hernando puede llegar a alcalde. Por un partido cuyos dirigentes organizan homenajes a asesinos como Kepa del Hoyo. Asesinos que solían ir por la espalda, claro. Agazapados esperando a que su víctima de ese día, su “fascista”, mostrase la nuca o se subiera a su coche, solo o con su familia. Detalles que tampoco parecen incomodar al seguro que también humanista Matute.
Es tan abnegado Oskar Matute que no sólo sacrifica diariamente sus principios pacifistas por un partido que tiene como referentes a los asesinos de más de 800 personas, sino que además sacrifica periódicamente sus principios democráticos por un partido que organiza actos de repudio y coacción contra otros partidos o asociaciones a las que Matute llama “derecha extrema”. Es un demócrata tan convencido, tan crítico, tan excepcional, que mientras él combate al “fascismo” en el Congreso, sus compañeros de partido organizan actos de repudio contra los asistentes a actos cívicos en pueblos del País Vasco como Rentería y Miravalles. Y no es un sacrificio coyuntural, un tragarse algunas pequeñas molestias a cambio de un bien mayor: el bien mayor para su partido sería que todos los asesinos de ETA salieran de la cárcel. El bien mayor por el que trabaja el partido de Oskar Matute es ver a Txapote abrazado a Bienzobas, a todos los txapotes y bienzobas de los pueblos del País Vasco, en público, rodeados y jaleados por cientos de personas. Nunca lo han escondido. Y por eso trabaja también el pacifista Oskar Matute. Por la victoria póstuma de ETA, por la escenificación de una victoria que no ocurrió como deseaban pero que dejó algunos efectos deseables para ellos. Trabajan para que quienes se dedicaron durante décadas a conformar mediante el asesinato y el exilio forzado una Euskal Herria nacionalista y de izquierdas, sólo nacionalista y sólo de izquierdas, puedan presumir de haberlo conseguido mañana mismo, sobre las tumbas de quienes asesinaron y por la televisión de quienes ya no viven aquí.

Ayer, tras la lectura en el Congreso de la lista de víctimas de ETA, ésos que ya “no pertenecen al futuro que los vascos y las vascas tienen por delante”, como minutos antes dijo también en el Congreso su compañera de partido Mertxe Aizpurua refiriéndose a aquéllos a los que ahora no pueden amenazar con la desaparición física, el íntegro Matute finalizó su intervención de respuesta con un par de chascarrillos. Es lo suyo. De su inteligencia y decencia no suelen presumir sus fans, así que no podemos presumir que también las sacrifique constantemente. En eso, al menos, puede desplegar su naturaleza completa.
Tras la lectura de la lista de asesinados por ETA, a cuyos militantes y dirigentes el partido de Oskar Matute adora como si fueran luchadores por la libertad, a Oskar Matute no le temblaron las piernas. Salió a la tribuna como quien sale a tomar potes a la herriko, con los autores de esos asesinatos a sus espaldas. No le temblaron las piernas porque imagino que lee a sus palmeros y se cree los principios que esos palmeros le atribuyen.

Los principios de alguien que milita en un partido político se van desgastando desde el primer día que se acerca a la sede. Esto es natural. Lo de Oskar Matute es otra cosa. Oskar Matute decidió hace mucho que su casa política estaba en la izquierda abertzale. Comparte mesa y mantel con Arnaldo Otegi. Con  Mertxe Aizpurua, cuya contribución más importante a la democracia en España fue que trabajó como editora en Egin. Con Pernando Barrena. Con Bea Ilardia. Y con todos los miembros de la sociedad vasca que consideran héroes a los peores miembros de la sociedad vasca. A gente como Txapote, Bienzobas, Ibon Muñoa o Josu Ternera.
Muchos creen que hablar de esto es hablar del pasado. Veámoslo.
Bea Ilardia e Iñigo Hernando sobre Tomi Madina: 2016. Actos por Kepa del Hoyo: 2017 y 2018. Bienvenida y “Free Them All” de Bildu y Sortu a Ibon Muñoa, antiguo concejal de Herri Batasuna y colaborador en el asesinato de Miguel Ángel Blanco: 11 de octubre de 2020; hace menos de dos semanas.
Y éstos son sólo algunos de los muchos casos en los que el partido del abnegado Matute se revuelca en la sangre de otros.


Oskar Matute se atreve a decir a personas que jamás han participado en un asesinato o en un secuestro, que jamás han entendido la política como una persecución física a otros ciudadanos, que se quiten el disfraz de demócratas.
Lo de Oskar Matute no es ni siquiera un disfraz. Son dos etiquetas mal puestas, dos pegatinas manchadas, gastadas y llenas de pelos, que apenas se sostienen sobre su camisa.

La UGT, el terrorismo y la memoria

Pepe Álvarez es el secretario general de la UGT. UGT es una confederación sindical constituida en 1888, progresista, comprometida, reivindicativa, democrática e independiente, dicen en su biografía de Twitter. Y en Twitter recogían el viernes unas palabras de su secretario general: “También le quiero decir al señor Abascal que debería recordar lo que pasó en el País Vasco, el ahora es de los que está marcando, el apunta y sus cachorros disparan, hoy contra la estatua de #LargoCaballero y mañana veremos contra qué

Viene a decir, apoyándose en la memoria -omitida, blanda, líquida- de lo que pasó en el País Vasco, que vandalizar una estatua de Largo Caballero, un tipo que lleva muerto casi tres cuartos de siglo, es equiparable a lo que pasó en el País Vasco. Lo que pasó en el País Vasco viene a ser, fuera del lenguaje propio de la UGT de Pepe Álvarez, terrorismo. Había gente que marcaba, gente que apuntaba y gente que disparaba. A personas, no a estatuas. De eso Largo Caballero podría dar una lección, un master, un seminario. Incluso un curso de formación. Entrar en esos detalles sería interesante, pero a mí me interesa más recordar algo mucho más reciente.

Desde hace varios años Sare organiza en enero una manifestación “por los presos”. Una manifestación en la que todos los años se cantan cosas como “Presos a la calle, amnistía completa”. Y una organización que declara abiertamente que su objetivo respecto a los “presos políticos” es la amnistía, vaciar las cárceles, y que hasta que no estén vacías “estaremos ante una resolución del conflicto inconclusa”.
El “conflicto” es la manera que Joseba Azkarraga elige para referirse a ese “lo que pasó en el País Vasco” de Pepe Álvarez. Pepe Álvarez es el secretario general de UGT, decíamos, mientras que Joseba Azkarraga nació en Salvatierra y fue diputado en el Congreso por el PNV y EA; senador también por PNV. Miembro de la Ejecutiva Nacional de EA; y Consejero de Justicia, Trabajo y Seguridad Social en la etapa de Juan José Ibarretxe como presidente del Gobierno vasco. Y desde hace varios años, portavoz y principal promotor de Sare.

Bien, pues al menos desde 2019 la UGT de Pepe Álvarez, que decía el viernes que había que recordar lo que pasó en el País Vasco, participa en la manifestación anual de Sare. Esa manifestación en la que se pide la amnistía para todos los presos de ETA, para todos los que se dedicaron a marcar, apuntar y disparar no contra estatuas ni contra personas muertas desde hace casi un siglo, sino contra personas que aún estaban vivas.
Pepe Álvarez es el representante perfecto de la memoria histórica sectaria que en España se pretende convertir en dogma. Una memoria histórica que consiste en borrar todo lo que incomoda a sus promotores y en atribuir a quienes no forman parte de su bloque los crímenes de sus padres, de sus abuelos o más habitualmente de gente con la que no tienen ninguna relación. Es el representante perfecto porque no se queda ahí y va un paso más allá. Pepe Álvarez es como el activista de izquierdas que recurre constantemente al “Israel está haciendo con los palestinos lo mismo que los nazis hicieron con los judíos”; y luego además va a una manifestación por la excarcelación de los dirigentes nazis. Un arquetipo difícilmente imaginable, pero que existe. Porque es eso lo que hace, salvando las distancias, cuando le dice a alguien que ha vivido desde joven amenazado por ETA que recuerde “lo que pasó en el País Vasco”, y cuando le acusa de marcar, apuntar y mandar a disparar a sus cachorros mientras la delegación en el País Vasco de su confederación sindical progresista, comprometida y democrática acude desde hace al menos dos años a una manifestación en la que se pide la amnistía de gente como la que asesinó a tres guardias civiles en Salvatierra.

Eso es lo que hace Pepe Álvarez, y puede hacerlo porque en España hoy va quedando cada vez menos memoria sin adulterar y menos registro sin autocorrector.

ACTUALIZACIÓN

Menos de medio año después, la UGT ha ido aún más allá. Ya no es que participe con normalidad en las marchas por los presos de ETA, sino que ha invitado a Otegi al XIII congreso que la sección vasca del sindicato ha celebrado en Vitoria. Y no sólo lo ha invitado sino que sus afiliados lo han aplaudido cuando han leído su nombre, y su secretario general ha defendido que esto es una lección para el resto de España, que debería aprender de la sociedad vasca.


El texto de esta semana en The Last Journo, sobre los tipos de democracia que hoy se pueden defender en España. No es hipérbole, es aritmética.

Del asesino considerado como uno de los artistas del pueblo

Todo etarra es un creador. Todo etarra, desde el más desconocido hasta el más famoso, forma parte de una gran obra colectiva. Una obra que se fue creando durante muchos años, una obra que contó con muchos mecenas, muchos promotores, muchos expertos en arte que regalaron buenas críticas, muchos periodistas que sirvieron de inspiración cuando había que elegir nuevos trazos y, sobre todo, con un público entregado.

Todo etarra, desde el chaval que escribía una carta amenazante hasta el adulto que colocaba una bomba o soltaba varios disparos por la espalda, forma parte de una gran obra colectiva. Es la obra de un colectivo, ETA, pero no hay que olvidar que todos los colectivos artísticos están formados por artistas individuales.

El lienzo de esa gran obra fue España. El País Vasco, sí, pero también Madrid, Cataluña, Aragón, Andalucía, Navarra. El tejido social de España, especialmente del País Vasco, cambió para siempre gracias a la obra colectiva de ETA. Las obras no mostraban el horror, eran el terror. A pesar de eso, la reacción fue dispar: había un público que sentía y padecía ese terror y un público que sentía admiración, aprecio o simpatía por los artistas y su obra.
El lienzo fue España y el tejido social acabó por romperse. Muchas personas, los que no formaban parte del público entregado, los que se atrevían a abuchear al artista, a escribir críticas negativas o simplemente los que no aplaudían la gran obra, acabaron pagando el precio. La clave de esta gran obra fue precisamente que el precio no lo pagó el público sino unos actores involuntarios, convertidos en actores por la voluntad de todos y cada uno de los que formaron parte de ese colectivo artístico llamado Euskadi Ta Askatasuna.
Algunos pagaron el precio final, otros simplemente tuvieron que irse. Y muchos, muchísimos, tuvieron que esconderse. Son los que se sentaron en la última fila mientras los entregados aplaudían y vociferaban. Unos porque no pudieron abandonar la sala de exposiciones, otros porque decidieron quedarse para no reconocer su derrota, y otros, en fin, la inercia de tantos años y tantos vínculos creados. Entre ellos, el vínculo del nacimiento y de los padres que no nacieron aquí pero decidieron vivir aquí.

El tejido social se rompió cuando entendimos que la ciudad, la polis, no era para nosotros. Cuando entendimos que la polis, o al menos la calle, era de los artistas y de su público. Que en cualquier momento podías verte dentro de esa gran obra, como en uno de esos espectáculos en los que el humorista interactúa con el público. Sólo que en esta obra el público no se reía contigo sino de ti. En esta obra si tenías la mala suerte de que te eligieran sufrías escarnio, acoso, humillaciones, amenazas. O secuestro, golpes, balas, bomba. La elección no dependía del azar. Dependía de cómo entendieras el papel que tenías que representar en la obra. Público entregado, mecenas, crítico de reseñas favorables, guía de nuevos trazos y nuevos caminos, promotor; público de la última fila; o antagonista. No había más opciones. El tejido social se rompió porque los antagonistas, que en este caso eran los héroes, se fueron rompiendo. Los fueron rompiendo. Rompieron a José Luis Caso y a Manuel Zamarreño. Ese acto transcurrió en Rentería. Eran dos ciudadanos normales que asumieron la carga de representar a otros ciudadanos normales en un pueblo gobernado por el mal. Primero asesinaron a José Luis Caso, después a Manuel Zamarreño, que había decidido coger el testigo.
Rompieron a muchas personas, y con ellos se fue rompiendo el espíritu de quienes no eligieron la entrega total. Vieron lo que podía pasar y se alejaron de la obra, aunque siguieron formando parte de la obra. Sabían que seguían formando parte de la obra porque a veces el público entregado se volvía para decirles “shhhh”, silencio, a pesar de que nunca volvieron a abrir la boca. El tejido social se rompió, entre otros lugares, en Rentería. Cómo no iba a romperse después de que rompieran a José Luis Caso y a Manuel Zamarreño.

O a Rafael San Sebastián. O a Francisco Tomás y Valiente.
Ambos asesinados de tres disparos.

Todo etarra, decíamos, es un creador. Todo etarra forma parte de una gran obra colectiva. Todos son responsables de lo que hicieron como colectivo. Todos son responsables de los asesinatos de Rafael San Sebastián y Francisco Tomás y Valiente. Pero fue Jon Bienzobas quien apretó el gatillo. Fue Jon Bienzobas quien entró en una cafetería para asesinar a Rafael San Sebastián, fue Jon Bienzobas quien entró en un despacho de la Universidad Autónoma de Madrid para asesinar a Francisco Tomás y Valiente.

Y es Jon Bienzobas quien esta semana expone su obra en una sala de la Casa de Cultura de Galdácano. El Ayuntamiento de Galdácano, gobernado por EH Bildu, Podemos y dos plataformas vecinales, decidió ceder una sala de la Casa de Cultura para que todos los ciudadanos pudiéramos apreciar el valor de las creaciones del etarra Bienzobas; el valor de las creaciones artísticas, no de su faceta más interesante, la de creador terrorista.


Lo primero que puede ver cualquier vecino que acuda a la exposición es un cartel en el que se explica quién es el autor: 

compromiso

Jon Bienzobas Arretxe nació en 1969 en el barrio de Aperribai de Galdakao. Su compromiso político le llevó desde muy joven fuera de nuestro pueblo, y el 30 de septiembre de 1999 fue detenido en Francia y posteriormente encarcelado.

Desde muy joven, con 21 años. Fuera de nuestro pueblo, cuando huyó de una operación policial. Su compromiso político, los tres disparos mediante los que asesinó a Rafael San Sebastián Flechoso. Esto, omitiendo lo que viene después de las comas, es lo que ve cualquier persona que acuda a la exposición alojada en la Casa de Cultura de Galdácano.

Cualquiera de las personas mayores que el martes pasearon por la sala. Cualquiera de las parejas jóvenes que el martes pasearon por la sala. Cualquiera de los muchos niños a los que sus padres decidieron llevar el martes a la sala de la Casa de Cultura.
Una mujer le dijo a su esposo que “Otegi también pintaba, y muy bien”. Los críticos de arte. Otro señor mayor preguntó a la responsable de la exposición si no había un fondo, algo donde dar dinero, imagino que para el artista Bienzobas. Los mecenas. Otro joven le decía a la responsable que estuvieran tranquilos. “Si los que no están tranquilos son ellos”, respondió. 

Las peticiones para que el Ayuntamiento clausure la obra van aumentando. Se ha sumado incluso el Gobierno vasco, en manos del PNV y del PSE. Su portavoz ha dicho este martes que no se puede dar “cobertura pública” a una exposición como ésta, porque se puede entender como una ofensa a las víctimas. Pero el propio pueblo que acoge la obra, Galdácano, estaba en manos del PNV y del PSE cuando se permitía que el público entregado colocase una mesa con mantel y cubiertos en medio de la calle principal para los etarras condenados, sus fotos, en Nochebuena y en Nochevieja, durante varios años. Galdácano estaba en manos del PNV y del PSE cuando no se hizo nada, cuando se permitió que desde la mañana hasta la noche las fotos de Krutxaga, Crespo, García Gaztelu (Txapote) o Bienzobas ocupasen la calle principal mientras los demás celebrábamos la Navidad.

Que el Ayuntamiento de Galdácano -en manos de EH Bildu, Podemos y dos plataformas de vecinos- haya permitido una exposición de las obras artísticas del etarra Bienzobas no es una anomalía. Que acudan vecinos de Galdácano a elogiar la calidad artística de las obras de Bienzobas no es una anomalía. Es precisamente la normalidad que vivimos en pueblos como Galdácano y en el País Vasco. Es la normalidad que se instauró después de que el colectivo ETA destruyera el tejido social. Es lo que queda después de la gran performance de la izquierda abertzale. El colectivo desapareció, se reintegró en una compañía de teatro. Pero sus efectos perduran. La obra perdura. Y la obra seguirá abierta. No hay cura, por cambiar de metáfora. Lo que sí hay es salida. Lo que se puede hacer es algo tan sencillo como levantarse y abandonar la sala. Y, si aún quedan ganas, programar. Programar otras exposiciones, con las grandes obras de todos los que formaron parte de quienes integraron el colectivo ETA. Las obras reales, las obras con las que se comprometieron. Los asesinatos, los secuestros, las amenazas. Programar en todas las salas que hoy están ocupadas por las obras artísticas y por los amigos de gente como Bienzobas. Esperar a que salgan y reservar las salas. Recuperar lo que nos convierte a todos en ciudadanos.

Ésa es la única salida: entrar en las salas, no para derribar las obras de los etarras sino para exhibirlas.