El liberalismo era esto

 

pajares-garciaviejo

 

Ayer leí un artículo sorprendente sobre la gestión de la crisis del ébola. Éste. Y era sorprendente incluso en el modo de sorprender. Hemos podido leer textos de todo tipo estos últimos días. Algunos merecían la pena, la mayoría eran simples llamadas a la venganza y a la búsqueda de culpables antes de conocerse los hechos. Pero éste era sorprendente de un modo distinto. En él se afirmaba que fue un error traer a los misioneros afectados por el ébola, no por los riesgos de contagio en España, sino porque se había violado la libertad de esos misioneros. O algo así.

Sigue leyendo

Anuncios

Liberalismo y virtud

800px-Raffael_054

 

 

Hace ya unos años tuve un profesor de Metafísica peculiar. De los que no se olvidan fácilmente, para desgracia de los alumnos que no nos contábamos entre sus abnegados discípulos. Era de los que decían que había que despreciar a Apolo y reivindicar a Dionisos. La belleza, la claridad y el bien eran cosas burguesas, modernas, y en la época posmoderna lo que tocaba era apreciar la enfermedad, la muerte, la confusión y la fealdad. Y lo sórdido, lo oscuro, lo malo… Un día comentó que acababa de ver Alien, y claro, no cabía en sí de gozo. Alguien le recomendó Blade Runner, y cuando nos animó a comentarla en clase, se armó el belén. En su profundo análisis se le pasó mencionar la escena del ascensor, en la que Batty va al encuentro de su Dios/Padre para tener con él una charla no demasiado amistosa, y un alumno se la recordó. “¡Ah, no, no, por ahí no paso! ¡En mis clases no voy a aceptar que reivindiquéis el matar al padre!” Y siguió con una retahíla de frases entrecortadas y aspavientos, como si la mera mención del deicidio le hubiera convertido en un Haddock posmoderno. El chaval que osó mencionar la escena, por cierto, no levantó cabeza. Suspendió la asignatura una y otra vez, y al final tuvo que terminar la carrera en otra universidad.

Sigue leyendo

Liberalismo y pensamiento mágico

reagan

 

Entre los numerosos círculos liberales españoles es bastante frecuente encontrar argumentos muy pobres a la hora de abordar la cuestión del Estado, que podríamos condensar en la siguiente idea fuerza: el Estado es malo, y no sólo es malo sino que es el Gran Mal, enemigo de todos nosotros y cuya principal función es impedir que seamos libres. La personificación con tintes de novela fantástica, por cierto, lejos de ser accidental es un elemento básico de ese argumentario fallido. Desde esa premisa –el Estado es alguien, y es el Mal- se construyen los citados argumentos, que lógicamente no pueden sino mover a risa o lástima en un público neutral. Todo lo que toca el Estado es siempre y necesariamente malo, y por tanto cualquier política, independientemente de sus objetivos e incluso de sus resultados, será indeseable por el mero hecho de partir del Estado. Independientemente de sus resultados. He ahí la clave de la cuestión, porque se trata de un análisis apriorístico. Es decir, no puede haber una política de desarrollo de la industria, o de ayuda a los estudiantes con menos recursos, o de salud que sea al mismo tiempo eficaz y pública. Y si no puede haberla, ¿para qué molestarse en analizar casos concretos, o en comprobar si, por alguna razón, ha aparecido un cuervo rojo que refute la teoría?

Sigue leyendo

Los libertarios y el Estado de Israel

libertarioscontraisrael

 

Los libertarios, en mayor o menor grado, rechazan el Estado. Ese rechazo puede ir desde una sana desconfianza, reconociendo que en la mayoría de las ocasiones es un mal menor al que hay que poner límites, hasta la consideración maximalista de que el Estado es siempre y en todas las situaciones el mal mayor, y que la desaparición de cualquier Estado es una victoria digna de celebrar.

Israel es, entre otras cosas, un Estado. Es mucho más que eso, sobre todo para quienes lo sienten como propio. Pero es esencialmente un Estado. Y precisamente porque es un Estado, es la única garantía que permite seguir existiendo a quienes viven allí. Hay libertarios, como hemos mencionado antes, que consideran la desaparición de cualquier Estado una victoria. Da lo mismo qué tipo de Estado sea, la manera mediante la que desaparezca, y la situación a la que lleve esa desaparición. Poco importa, en el fondo, que esa desaparición suponga o no una mejora para quienes han vivido “sometidos” a su coacción. Cualquier victoria contra el Estado es motivo de alegría. Por eso hay libertarios que dan su apoyo  a grupos terroristas como ETA. Puede que sean pocos, pero los hay. ETA considera al Estado español su enemigo, y por lo tanto su lucha es compatible con la causa libertaria. Realmente cuando ETA dice “Estado español” se refiere a cocineros, periodistas, policías, jueces o profesores, y las acciones contra el Estado consisten en el asesinato de esos cocineros, periodistas, policías, jueces o profesores. Pero dicen que luchan contra el Estado y eso es suficiente. También hay, cómo no, libertarios antisemitas. El antisemitismo es un atributo transversal y atemporal, no entiende de ideologías ni de épocas, así que no es algo que pueda sorprender. No sería extraño por tanto que algunos libertarios vieran en Hamas un instrumento doblemente útil en la lucha contra el Estado. Israel, en este caso.

Comencé a dar vueltas a una entrada sobre la relación entre el libertarianismo y el Estado de Israel y mientras buscaba información me di de bruces con algo que me causó una sensación bastante desagradable, cercana al asco. Ya he dicho en unas cuantas ocasiones lo que pienso de la risa, el lamento o el desprecio a la hora de analizar las acciones humanas, pero en este caso es difícil limitarse al “sed intelligere” spinoziano. La editorial Innisfree, sobradamente conocida en el mundillo libertario, anunció en su página de Facebook la futura publicación de un libro en el que se recopilarán varios artículos con posiciones contrarias a Israel escritos por conocidos autores libertarios. No voy a entrar en la calidad de los escritos, ni en la relevancia de los autores. Me limitaré a la portada, que es la que encabeza esta entrada del blog. Identificar la bandera de Israel con la bandera nazi puede que no sorprenda a nadie a estas alturas, pero no deja de ser una vileza. Antonio Gala escribió ayer en El Mundo que comprende las razones por las que el pueblo judío ha sufrido tantas persecuciones a lo largo de su historia, y considera que esas razones están en el carácter judío. Llega a decir que “o son malos, o les envenenan.” Se apunta también a la socorrida equiparación entre Israel y los nazis, entre el conflicto en Gaza y la Shoá. Y termina con un glorioso “Yo no soy racista.” Del mismo modo, la editorial Innisfree considerará que equiparar el Estado de Israel con la Alemania nazi no es antisemita. Y no entraré en si lo es o no. Lo que es innegable es que denota, entre otras cosas, una profunda ignorancia, un desprecio por la Historia, y un ejercicio de frivolización vergonzoso.

En cualquier caso, el objetivo de esta entrada era ocuparse de las posibles posturas de los libertarios ante el Estado de Israel y el conflicto en Gaza, pero debido a la extensión tendré que reducirla a un simple comentario y dejar para más adelante un análisis con mayor profundidad. Ya hemos visto que para algunos la única opción defendible es aquella que consiste en criminalizar y negar el derecho de Israel a existir. El libertario que considera la desaparición del Estado el bien supremo, el fin último, defenderá que Israel, como Estado, es un instrumento de coacción. No se planteará la posibilidad de que la coacción pudiera aumentar precisamente, y hasta niveles dramáticos, en el caso de que Israel cediera a las presiones y dejase de defender a sus ciudadanos. Tal vez al libertario coherente le repugne, por ejemplo, el servicio militar obligatorio al que Israel “somete” a sus ciudadanos, y seguramente le parecería mucho más acorde a sus férreos e innegociables principios que se eliminase la obligatoriedad de prestar servicio en el Tzahal. Poco importa el hecho de que, en el momento en que Israel perdiera su capacidad de defenderse, sus enemigos lograrían al fin el objetivo que no se molestan en esconder: la aniquilación de todos los judíos de Israel.

Afortunadamente, ésta no es la única visión entre los libertarios. Steve Horwitz también se planteó esta cuestión en un artículo, y comentaba algo que merece especial atención: no es lo mismo ser anti-Estado que ser pro-libertad. Si ser libertario implica oponerse a todo Estado sin considerar cuestiones como las garantías, el respeto por los derechos individuales o las circunstancias geopolíticas de cada uno de esos Estados, y si supone apoyar a cualquier organización que pretenda destruir un Estado sin considerar los fines y los métodos de esa organización, entonces habrá que concluir que el libertarianismo es una opción exageradamente simplista dentro del espectro político. Creo que el libertarianismo maximalista está muy bien como ejercicio teórico, pero tiene un serio problema cuando se enfrenta con el principio de realidad. Al final, sus defensores tienen que optar entre dos posibles salidas. Ser absolutamente coherentes y defender posturas ridículas cuando se enfrentan a algunas cuestiones complejas del mundo real, o abandonar la pureza ideológica y analizar cada caso utilizando algo más que el marco teórico reconfortante pero limitado desde el que parten.

Personalmente me parece mucho más importante apoyar el derecho de Israel a defenderse que lo que digan Rothbard, Mises, Block o sus profetas sobre la pureza de una determinada adscripción política.

Democracia infinita, libertad absoluta

David_-_The_Death_of_Socrates

Casi todos los que nos interesamos por la política pasamos por una fase “absolutista”. El ideal político al que nos entregamos exige una defensa férrea de su pureza, o lo que es lo mismo, una negación suicida del principio de realidad. Todo lo que no pase el filtro es sencillamente inaceptable. Y si la alternativa a esta sociedad imperfecta no es real, tanto peor para lo real.

Ese filtro varía en función de las preferencias ideológicas. Si nos fijamos en lo que hasta hace poco se llamaba “liberalismo”, que ahora parece haberse fragmentado en cientos de adscripciones hiperdescriptivas, el filtro que marca la separación con la realidad es la libertad absoluta, entendida como ausencia de coacción. Esto significa que siempre, y en la medida de lo posible, son preferibles los acuerdos tomados de manera voluntaria entre todas las partes implicadas. Para quienes “en la medida de lo posible” es  sólo una vía al socialismo, no obstante, no hay nada que justifique la coacción. Ningún grado de coacción. Ni los ataques con drones a población civil, ni el policía de tráfico. Ni las subvenciones al cine minoritario, ni una cobertura sanitaria mínima. Todo aquello que tenga como base algún tipo de coacción es ilegítimo, y por lo tanto inaceptable. Y es inaceptable de manera absoluta, sin grados ni términos medios, sin transiciones y sin tener en cuenta las consecuencias o la viabilidad de esa sociedad pura e idealizada.

Al otro lado del espectro político, en las izquierdas, no hay un filtro único. Además de la libertad, a la que no se confiere tanta importancia, también se consideran fundamentales cuestiones como la igualdad absoluta -que se puede entender de cientos de maneras- y algo que últimamente está viviendo tiempos gloriosos: el democratismo, o los procesos democráticos entendidos como fuente única y necesaria del Bien. Democracia en todo y para todo, continuamente. Y si no hay democracia, no vale. Un principio que, tomado de manera absoluta, al igual que ocurre con la ausencia de coacción, lleva a situaciones absurdas. Hoy lo vemos en dos casos, uno general y otro particular. Empezando por este último, hay que hablar de nuevo de Podemos. El partido que se presentó como regenerador de la democracia y que prometió listas abiertas y asamblearismo como parte de esa regeneración, inicia su proceso de institucionalización mediante el único mecanismo que no conduce al suicidio político: lista cerrada y proceso sólo formalmente democrático. Cualquier otra opción significaría perderse en un interminable proceso infinitamente autorreferencial. ¿Quién y cómo decide qué hay que votar? ¿Cómo se desarrollará la votación? ¿Cómo se desarrollará la votación para decidir cómo se desarrolla la votación?

Algo similar, a nivel general, se está desarrollando desde hace tiempo en torno al modelo de Estado. “¿Por qué monarquía, si muchos de nosotros no estábamos ahí para firmar la Constitución de 1978?” La forma de Estado, al parecer, es uno de los principales problemas de España. Da lo mismo que sea uno de los aspectos que no deberían estar sujetos a cambios constantes. “Esto es una democracia, y en democracia se vota todo.” Da lo mismo que existan unos mecanismos necesariamente rígidos para cambios de tanto calado, y que esos cambios deban pasar por el Congreso. Y da lo mismo que el criterio de votar todo cada cierto tiempo, incluido lo básico, conduzca a la inoperancia y, lo que es peor, al ridículo. Decir que hay gente que no votó en el ’78 tiene sentido, claro. Pero también tiene sentido convocar un referéndum cada cinco años, por aquello de que algunos pueden haber cambiado de opinión, y porque los que tenían 13 años no quieren cargar con las “opresoras cadenas de un régimen que no han elegido.” Para evitar estas situaciones, se podría convocar un referéndum para determinar cada cuánto habría que votar la forma de Estado. Cinco años, diez, veinte, lo que sea. Claro que algunos podrían cuestionar que los resultados de ese referéndum fueran inamovibles. El referéndum para regular la convocatoria de referendos sería otra opresora cadena que no debería obligar a quienes no participaron en el proceso. ¿Cada cuánto tiempo votamos para decidir cada cuánto hay que votar cada cuánto votamos? Y así hasta el infinito.

A algunos nos parece desastroso este fundamentalismo democrático. Pero también hemos de considerar las consecuencias de las exigencias innegociables de libertad absoluta propias de un liberalismo autodestructivamente purista. Es posible que todo aquello que proceda de la coacción sea ilegítimo, y que, si nos ponemos a bucear en la historia, todo proceda de algunas coacciones primitivas. La concentración de riqueza, la organización social, las instituciones. Pues bien, a esto habría que responder: “¿Y qué?” No un “¿Y qué?” absoluto, pero sí uno que permita que sigamos funcionando como sociedad y que nos ocupemos de las coacciones, las injusticias y las desigualdades realmente importantes.

El libre mercado y los valores morales

 

Hace unos cuantos años tenía muy claro que el sistema de libre mercado debía ser defendido, en primer lugar, porque era el único éticamente justificable. Y sólo en segundo lugar, de manera complementaria, por sus consecuencias positivas para la sociedad. Estaba muy claro que, al tomar como base la ausencia de coacción y las interacciones voluntarias entre los individuos, era moralmente superior a sus alternativas. Pensar sólo en las consecuencias me parecía ceder ante el mezquino utilitarismo, una defensa innecesariamente débil de la libertad como principio rector de la organización social.

Hoy ya no puedo defender ese enfoque. Tanto los valores morales como el libre mercado son útiles. Y organizarse en torno a ellos es la mejor manera de manejar los conflictos. Punto. No puedo ir más allá, porque no creo que existan unos valores universales que deban ser respetados más allá de la consideración que hagamos de ellos en función de su utilidad. No matar, no robar, o no obligar a nadie a hacer algo que no quiere, son normas muy útiles, y por eso son fácilmente universalizables. Pero de esa utilidad no se puede extraer ninguna obligación moral. No son válidas en sí mismas. Tampoco el hecho de que todos los seres humanos compartan una cierta predisposición a reaccionar negativamente ante los abusos convierte los abusos en algo moralmente malo.

Luego si no hay acciones moralmente buenas o malas, tampoco el libre mercado es moralmente superior a otros sistemas basados en la coacción. Sí puede presumir, y no es poca cosa, de que permite aumentar la prosperidad en mayor medida que ningún otro sistema, y de que es más favorable a la interacción pacífica entre los individuos. Además, a pesar de que las normas por las que nos regimos no sean nada más que convenciones, podemos decir que existen de hecho, y que las adoptamos porque nos convienen. Por eso, pese a que el libre mercado no sea moralmente superior, sí podemos decir que es el único sistema compatible con esas normas morales que todos, en mayor o menor grado, aceptamos. Si según nuestras normas no está bien tomar coactivamente el dinero de otros, o prohibir a dos personas implicarse en un intercambio voluntario de ideas, bienes o servicios, entonces sólo hay un sistema realmente respetuoso con ese marco normativo. Todos los demás parten de la coacción.

Ahora bien, ya hemos dicho que esto no significa que el libre mercado sea objetivamente, moralmente superior a otros sistemas, puesto que esas normas son válidas en cuanto son útiles. ¿No podría haber casos en los que la coacción fuera útil? ¿No podría ser más útil, en el plano formal, hacer pequeñas excepciones a esas normas generales? Es muy fácil pensar en contraargumentos a ese categórico “robar está mal”. El clásico ejercicio mental del padre que no puede comprar un medicamento para su hijo y lo roba de una farmacia, por ejemplo. Pero hay que reconocer que también es fácil pensar que si no aceptamos que el respeto a la libertad individual deba ser categórico, no podríamos oponernos a que en una región la mayoría de sus habitantes decidieran expropiar a unos pocos para repartirlo entre los demás.

¿Y por qué deberíamos oponernos? Rawls diría que deberíamos hacerlo porque “te puede tocar a ti”… siempre y cuando aceptases el juego mental del velo de la ignorancia. Pero eso no es un argumento válido, entre otras razones, porque ese velo no es más que una imagen que jamás se da en el mundo real. ¿Hay entonces alguna razón real para oponerse a casos tan extremos, más allá de los intereses de cada uno? ¿Hay algo objetivamente repugnante en el hecho de hacer sufrir a otros, más allá de los “gustos morales” de cada uno? ¿Hay, en fin, ética más allá de la estética?

Para responder a esas cuestiones sería útil saber cómo adoptamos los valores morales por los que nos conducimos. Una opción es decir que nosotros elegimos nuestros valores y creencias. Es la opción que defiende el genial profesor de la GMU Bryan Caplan:

I move now to my substantive notion of free will.  I claim that we
choose a large number of things.  To begin with, we choose our beliefs.

La cuestión es que incluso en el caso de que eligiésemos nuestros valores, no podríamos decir por qué unos valores serían superiores a otros. De cualquier manera, este enfoque no parece ser demasiado acertado. Si realmente eligiésemos nuestros valores, podríamos cambiarlos en cualquier momento. Ahora mismo, por ejemplo. Y el caso es que, por más que lo intento, no consigo convencerme de que matar, robar o coaccionar a otra persona esté bien. Creo que son acciones malas e injustificables, y no puedo pensar otra cosa. De hecho, si ya es difícil defender que cuando decido ver True Detective en lugar de Sálvame, o cuando elijo tomar el café sin azúcar, se esté produciendo realmente una decisión en lugar de una reacción a determinados afectos previos, ¿cómo va a ser posible defender que somos nosotros los que mandamos en nuestras creencias? Más bien son las creencias, como los gustos, las que mandan en nosotros. Y más que adquirirlas tras un proceso de deliberación racional, podríamos decir que las adoptamos -o “nos adoptan”- en función de cómo se acomodan en todo el entramado de creencias y gustos previos que nos han ido conformando como personas.

Es decir, segunda opción: no hay ningún proceso de elección racional detrás de nuestros valores. Se podría hablar, en un pequeño y perverso homenaje a Caplan, del Mito del agente moral racional. Nuestros juicios morales son fruto de una serie de predisposiciones genéticas y de lecturas y modelos que han podido reafirmar o debilitar esas predisposiciones. Y tan importante son las predisposiciones, sospecho, como los modelos. Al fin y al cabo, si tengo una exigencia moral elevada no es tanto por las lecturas de Ética como por el ejemplo de mis padres, de Atticus Finch y de algunas películas de John Ford.

Afortunadamente -aunque probablemente no sea cuestión de fortuna, sino de evolución- muchos seres humanos comparten una predisposición a considerar buenas y malas ciertas cuestiones fundamentales. Pero, como ya hemos dicho antes, eso no implica que esos valores estén en un plano trascendental, ni en el mundo de las Ideas ni en la propia Razón. Por lo tanto, volviendo al comienzo, no creo que el libre mercado deba ser defendido por su superioridad moral, aunque a mí me parezca preferible la libertad a la coacción. Sí debe ser defendido por su mayor utilidad. Entre otras razones, porque exige mucho menos de quienes estén convencidos. Convencer a alguien de que para conseguir sus fines es mucho mejor otro medio es bastante más fácil que convencerle de que cambie sus fines.

Tampoco hay que olvidar que habrá ocasiones en las que la defensa de esos valores morales se haga necesaria, más allá de vanos ejercicios intelectuales, para salvaguardar la integridad individual. En esos momentos de nada servirá intentar apelar a la razón. Al fin y al cabo no fue el ilustrado y razonable Ransom Stoddard quien libró a Shinbone  del cruel Liberty Valance, sino Tom Doniphon.

 

doniphon

 

 

OBRAS MENCIONADAS:

A Theory of Justice

The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies

El Hombre Que Mató A Liberty Valance [DVD]

 

Los enemigos de la libertad

A veces leo que hay personas al parecer muy preocupadas por los enemigos de la Libertad. O tal vez habría que decir Enemigos, para darle más empaque. A mí me producen tanto miedo como los enemigos del Bien, los enemigos de la Justicia o incluso los enemigos de los X-Men. Sencillamente, no existen.

Quicksilver_Hermandad_mutantes_diabolicos

Imaginarse a uno mismo en una cruzada contra esos feroces enemigos es tan productivo como imaginarse combatiendo en la última batalla contra el franquismo por el mero hecho de firmar en change.org una petición para retirar no sé qué cuadros en un Ayuntamiento. Los molinos que son gigantes, vamos. Pero debe de ser tan gratificante pensar que aún quedan grandes batallas en las que participar… El Bien contra el Mal, la Alianza Rebelde contra el Imperio, libertarios contra liberticidas. Sí, han oído bien, liberticidas. Personas ávidas de poder, alérgicas al inextinguible fulgor de la Libertad. Comen cachorros de gato y derechos fundamentales. Si te encuentras con uno, Rand no lo quiera, muéstrale una imagen de Ama-gi y saldrá corriendo. Y cuidado, porque siempre están cerca. Desde el político más intervencionista al alcalde del último pueblo de España; desde el agente de tráfico al ciudadano que paga sus impuestos o vota a un partido. Todos son agentes del Gran Mal. Incluso tú podrías ser uno de ellos…

la_invasion_de_los_ultracuerpos_1978_4

Lógicamente, nadie con un mínimo de inteligencia puede hablar en serio de los supuestos “Enemigos de la Libertad” sin sentir cierto sonrojo intelectual. No hay una agrupación de villanos con el objetivo vital de erradicar la libertad de la faz de la Tierra. En el fondo es una nueva formulación del clásico relato mitológico sobre el antiguo Mal que retorna para aniquilar la Luz y hacer que vuelvan las Tinieblas. En el origen, todo era Oscuridad. Los Enemigos de la Libertad anhelan volver a esos tiempos, y no hay una finalidad en sus acciones, salvo evitar que seamos libres. Quieren quitarnos las armas, impedir que consumamos cocaína, e incluso pretenden obligarnos a pagar impuestos para financiar la sanidad pública. Pero no hacen todo eso simplemente porque piensen que así se logra evitar un mal mayor en la sociedad, no. La realidad es que disfrutan elaborando legislaciones liberticidas. Un discurso maximalista y lisérgico, por cierto, que también causa furor en las filas del Mal.

Quieren acabar con todo

¿Entonces, qué pasa? ¿Estoy diciendo que hay que defender la prohibición y los impuestos? ¿Me he vuelto socialdemócrata? ¿¿¡¡Soy, acaso, uno de esos liberticidas!!?? Tendría que comprobarlo, pero creo que no. Lo que sí estoy diciendo es que puede haber razones para no apoyar la libre venta de todo tipo de drogas y armas o para defender las patentes, sin necesidad de abrazar la causa liberticida. El propio término “liberticida” es absurdo. Se podrá argumentar que, de acuerdo, puede ser un tanto exagerado, pero al menos no es tan rematadamente estúpido como el de “austericida”. Y además puede ser útil…

Y aquí es precisamente donde encuentro el mayor problema. No en el hecho de que una mentira o una exageración pueda ser útil. Al fin y al cabo, es posible que en política haya que ser un poco Underwood, como decían en un artículo reciente en The Freeman. (Por eso tal vez sea mejor alejarse de ella, aunque eso es otra historia) Lo que discuto no es la moralidad de esas caracterizaciones exageradas, sino precisamente su utilidad real. No estoy demasiado seguro de que mediante discursos maximalistas de todo o nada se vaya a conseguir convencer a nadie. A decir verdad, ni siquiera creo que con un discurso más ajustado a la realidad se puedan conseguir grandes cosas. Pero al menos sí se evitaría cometer el tremendo error de reducir el campo de acción a un absurdo libertarios contra liberticidas. Tremendo error, entre otras razones, porque en ese caso sería mejor irse a la Luna. Si pagar impuestos, defender la utilidad de la policía o estar a favor de la sanidad pública nos acerca un poco más a Hitler y a Stalin, entonces nos quedan dos telediarios.

Como dijo aquella vez el famoso, probablemente inexistente y críptico poeta, inventor, héroe, semidiós libertario William Z. Bankleshift: “Cuidado, insensatos, pues no son pocos quienes se han convertido en enemigos de la libertad precisamente por combatir a los Enemigos de la Libertad.”

 

DISCLAIMER: Cuando digo todo esto, por si hace falta explicitarlo, no estoy pensando en los discursos más o menos entusiastas en defensa de la libertad. Eso es cuestión de carácter. Estoy pensando en algunos discursos simples, maniqueos, maximalistas y pseudorreligiosos a los que en ocasiones tengo la fortuna de acudir en calidad de mero espectador. No estoy diciendo tampoco que no haya lugares en los que se combata, en cierto sentido, por la libertad, a pesar de que también aquí sería más acertado hablar de más libertad. Venezuela es el caso que hay que citar hoy en día. Lo que digo es que no todos los Gobiernos son tiránicos, que cien policías intentando contener una turba de salvajes no es lo mismo que la brutal represión que se está viviendo en Venezuela, y que no ser capaz de elaborar un discurso que distinga entre esas situaciones es hacer un flaco favor a la causa, por buena que ésta sea.

La muerte de Dios y el envilecimiento de lo Absoluto

marxist-pantheon

Cuando Dios muere, otras mayúsculas ocupan su lugar. Y Dios ha muerto ya muchas veces. Se podría decir que la primera muerte ocurre en 1789, y a partir de ahí jamás se recupera del todo. Las primeras mayúsculas son Revolución, Libertad-Fraternidad-Igualdad, Razón, Estado… Terror. Albiac levanta acta en su Diccionario de adioses. La naturaleza aborrece el vacío, y el hombre la ausencia de lo Absoluto.

No es necesariamente verdadero que la muerte de Dios tenga como consecuencia la disolución de los valores morales universales, como tampoco que su presencia sea garantía de esos mismos valores. Pero lo que sí es verdad es que los tres grandes terrores en la historia reciente de la humanidad – el surgido de 1789, el comunismo y el nazismo- aparecen precisamente cuando Dios agoniza. Dos de esos terrores, además, se jactan de haber matado a Dios para poner en su lugar al Hombre. Pero el deicidio no configura un nuevo orden. Se trata, simplemente, de una usurpación. Los rituales, los nombres, el santoral, todo muta para adaptarse al nuevo credo. Enseguida aparecen los herejes, y cómo no, la Inquisición. Y las justificaciones. Todo lo que se hace en nombre de lo sagrado es justo y necesario. Cambiarlo todo…

También el Misterio tiene su papel. El conocimiento racional, con el tiempo, da paso a una negación deliberada de la explicación y aparece el dogma, lo sobrenatural. Y no sólo opera en los mencionados totalitarismos conscientemente deicidas, sino incluso en nuestro querido liberalismo. La mano invisible, las fuerzas del mercado, el orden espontáneo, mal entendidos, son el sustituto de la Divina Providencia. Nada de esto podría entenderse sin la promesa de un paraíso, claro. Una cosa es no creer en Dios, y otra muy distinta aceptar que no hay nada más que átomos. El paraíso en la tierra comunista es inviable, pero el día en que triunfemos, el día en que el Estado desaparezca, el progreso será imparable. Llegaremos todos a la Quebrada de Galt, donde habrá oro y bitcoins . Al fin y al cabo, Libertad es Prosperidad. También tenemos nuestra dosis de profetas, mesías, herejes e infieles. Y el empeño por conseguir una menor dependencia del Estado es en no pocas ocasiones convertido en Cruzada. Hay que vivir con ello.

Decía que hay mayúsculas para todos los gustos, y evidentemente algunas son peores que otras. Siempre es preferible la Libertad frente al Pueblo, por ejemplo. Pero también es preferible la libertad en lugar de la Libertad. Es posible que esta tendencia a las mayúsculas sea una vez más fruto de nuestros genes. Y éstos, a su vez, de la evolución. Puede que la creencia en lo Absoluto, en los paraísos, en la existencia de un fin y un diseño más allá de todo lo que nos acontece, haya hecho más fácil la supervivencia de la especie humana. Puede que por ello nos sea difícil escapar realmente de la ilusión religiosa, especialmente cuando hemos “escapado” de Dios. Necesitamos causas, sentido, esperanza… y miedo. Y si Dios no provee, que lo haga la Política. Al fin y al cabo, como decía Chesterton, Lo malo de que los hombres hayan dejado de creer en Dios no es que ya no crean en nada, sino que están dispuestos a creer en cualquier cosa. Aunque, bueno, en realidad Chesterton nunca dijo eso. Pero tampoco importa demasiado.

OBRAS MENCIONADAS:

Diccionario de adioses

 

La vida sin axiomas

La vida sería mucho más fácil si contásemos con unos cuantos axiomas para movernos por el mundo. Ya sabes, esas cosas que te evitan tener que razonar demasiado tus convicciones. Antes, qué tiempos, bastaba con recurrir a Dios en cualquiera de sus manifestaciones. Ahora, para defender la libertad, algunos tienen a Hoppe, Rothbard, o Ayn Rand. Y claro, no es lo mismo. Se podrá decir lo que se quiera sobre Dios, pero como argumento de autoridad no tenía precio.

Para defender el libre mercado, la asociación voluntaria o el respeto a la vida como marco en el que desarrollarse y perseguir los fines de cada uno, basta con fijarse en la Historia. Si se quiere y se tiene tiempo, se puede incluso razonar que son preferibles desde la teoría económica. Al final, todo se reduce a mostrar que su alternativa -el mercado intervenido, la asociación forzosa o la situación de guerra constante- no es deseable. A lo largo de la Historia, las sociedades que han optado por la libertad han prosperado, mientras que aquellas que la han rechazado se han estancado o han desaparecido. Es tan sencillo como eso.

Pero, en realidad, no es tan sencillo. Bien sea por falta de información, por intereses personales concretos, o porque al final somos mucho menos racionales de lo que creemos, hay quienes prefieren la coacción a la libertad. No así, en general, claro. No tiene sentido defender la libertad o la coacción de manera abstracta, y nadie lo hace realmente. Siempre hay que ir a los casos concretos. Y ahí es donde comienzan los problemas. ¿Cómo no va a defender un taxista que se regule -es decir, que se prohíba- una iniciativa como Uber? ¿Cómo no va a estar en contra un profesor de que se suprima su asignatura de los planes de estudio?  ¿Cómo no vamos a estar en contra, en fin, de que nos quiten nuestros p̶r̶i̶v̶i̶l̶e̶g̶i̶o̶s̶ “derechos”?

La libertad se defiende muy bien en el plano abstracto, pero no tanto en las cuestiones mundanas. Nadie quiere ser esclavo, pero un poco de coacción, sobre todo si creo que me beneficia, es saludable. Nadie quiere que se le prohíba disponer de su riqueza, pero siempre se pueden hacer pequeñas excepciones, sobre todo si sólo afectan a los demás. Nadie quiere pagar por cosas que no va a usar, pero… en fin, creo que se ha captado la idea. ¿Por qué, entonces, es preferible la libertad en todas esas pequeñas cuestiones? ¿Lo es realmente?

Como decía al principio, hay dos maneras de responder. La primera consiste en no salir de lo abstracto, en plantear cualquier problema corriente en términos absolutos. No puedes pedir que prohíban Uber, o la apertura en domingos, o la entrada de un gran centro comercial en tu localidad, porque estarías ejerciendo la agresión, estarías atentando contra la propiedad de otros, y eso, amigo, es sagrado. La propiedad es sagrada. No se suele expresar así, pero es la idea de fondo. Así que ya está, asunto resuelto y que pase el siguiente. Ah, ¿que no estás de acuerdo? Lee a Hoppe, hombre. Ignorante. ¿Que lo has leído y no te convence? Entonces es que no lo has entendido, y además eres un socialista.

El problema de esta vía, además de su poca eficacia, es que parte de premisas falsas. No existe el almuerzo gratis, pero tampoco la Ley Natural. No es verdadero que la agresión sea objetivamente mala, igual que no es verdadero que la libertad sea objetivamente buena. Sí es verdad, en cambio, que la mayor parte de los seres humanos coinciden en juzgar como malos y buenos un amplio conjunto de acciones. Pero no es que coincidan porque sean objetivamente verdaderos, sino que decimos que son verdaderos porque coincidimos en esa valoración subjetiva. Y hay buenas razones para que coincidamos. Al fin y al cabo, las sociedades que posibilitaron el surgimiento de instituciones que defendían la vida, la libertad y la propiedad permitieron que sus miembros tuvieran más probabilidades de sobrevivir y prosperar.

De ahí parte, precisamente, la segunda vía. La libertad ha de ser defendida, sencillamente, porque permite que las sociedades resuelvan los conflictos y prosperen de manera más eficaz que su alternativa. Pero hemos ascendido de nuevo al mundo de las ideas, a los conceptos abstractos. ¿Qué pasa cuando volvemos a los casos concretos? ¿Siempre, en todos los casos, es preferible la libertad a un poco de coacción? Siendo honestos, no podemos afirmar rotundamente que así sea, habrá que estudiar cada caso. Aunque me atrevería a decir que en la gran mayoría, a largo plazo, y teniendo en cuenta las consecuencias imprevistas, sí, será preferible la libertad a la coacción. Y lo será por sus consecuencias, no por ningún principio apriorístico.

En cualquier caso estos son mis principios, amable lector, gracias por llegar hasta aquí. Si ya pensaba algo parecido, el texto no habrá servido nada más que para, en el mejor de los casos, reafirmar sus convicciones. Si pensaba algo diferente, seguirá en sus trece, como es natural.  Al fin y al cabo todos somos esclavos de nuestros afectos, por mucho que pretendamos invertir esa relación llamándolos razones.

El conocimiento verdadero del bien y del mal no puede reprimir ningún afecto en la medida en que ese conocimiento es verdadero, sino sólo en la medida en que es considerado él mismo como un afecto.

Ética demostrada según el orden geométrico, Parte cuarta, Proposición XIV

Baruch Spinoza

El P-Lib, el liberalismo y los liberales.

Soy liberal, y a pesar de ello, no creo que el principal objetivo en política sea hacer que todo el mundo conozca a Hayek y Mises y conseguir aplicar un programa enteramente liberal.

Soy liberal, como ya se puede adivinar por el nombre del blog, pero también soy, entre otras muchas cosas, realista. Por eso me resulta insuficiente definirme como liberal, porque es una manera de simplificar y reducir todas las opiniones que cada uno tiene sobre diversos aspectos del mundo, de dar por sentadas algunas cuestiones que ni mucho menos son inherentes al hecho de ser liberal.

Decía que no creo que el principal objetivo –en política, insisto- deba ser convertir España en un país de liberales. Podría decir, como Borges, que ojalá algún día merezcamos no tener gobiernos. Pero estamos en política, y los deseos hay que dejarlos al margen. Hay que partir de lo que somos, no de lo que deberíamos ser. Y lo que somos está muy lejos de una sociedad liberal. Por eso mismo, apoyaré cualquier medida de cualquier partido que implique una mayor autonomía de los ciudadanos. Y hay muchas medidas en las que se podría estar trabajando ahora mismo, sin necesidad de declararse estrictamente liberal.

Si un partido propone y lucha por que los hijos puedan ser escolarizados en la lengua que decidan los padres y acaba con el deseo de muchos Gobiernos de transformar la sociedad mediante la lengua, tendrá mi apoyo. Y en estos momentos, me parece más importante que reducir los impuestos, lo siento.

Si otro partido incluye en su programa medidas para reducir el gasto público, las subvenciones o los impuestos, lo celebraré. Y no me hace falta que planteen la eliminación total de las subvenciones ni la destrucción del Estado. Como decía antes, es posible que sea liberal, aunque algunos seguramente ya lo están poniendo en duda, pero también soy realista.

¿Y a qué viene todo esto?

Como los lectores avispados ya sospecharán, viene a cuento de algunas reacciones que se han podido observar en torno al P-Lib, el partido liberal español.

En primer lugar, siendo coherente con lo que he dicho antes, debería parecerme perfecto que hubiera un partido estrictamente liberal en España. Y hasta cierto punto así es. Pero hay varias razones por las que mi confianza en el P-Lib es moderada.

En primer lugar, porque como liberal, desconfío de la política, o al menos de los partidos. ¿Como liberal? No sé si será exagerado. Pero desconfío. Y creo que algo parecido les ocurre a muchas personas que se definen o que son definidas como liberales. Y no, no estoy hablando de los ancaps, que comen aparte.

En segundo lugar, porque ya he dicho antes que no debemos confundir el deseo con la realidad. Un partido puede ser estricta, homogénea y ortodoxamente liberal. No estoy seguro de que sea algo necesariamente bueno, pero no voy a entrar en eso ahora. Un partido puede ser todo eso, y aun así, es probable que no aporte nada a la lucha por reducir el peso del Estado. Porque en política no sólo hace falta contar con buenas ideas, sino que hay que conseguir influencia, poder. Y para ello, entre otras cosas, es necesario saber vender esas ideas. Parece mentira que un partido que defiende el mercado no se dé cuenta de que la política es un mercado más, donde los votantes son compradores potenciales a los que hay que cuidar.

Como decía al principio, lo que me importa es que el país en el que vivo sea cada vez un poco menos intervencionista, que se den pequeños pasos hacia una mayor autonomía del individuo. Plantear una transformación a marchas forzadas me recuerda demasiado a las utopías –o distopías- de otras épocas. Y si hay algo que el liberalismo no se puede permitir, ni en la práctica ni en la teoría, es el utopismo.

En tercer lugar, y esto es más reciente, no puedo confiar en un partido que fomenta actitudes dogmáticas, acríticas y sectarias, y que parece necesitar autoafirmarse como grupo constantemente. Tal vez esté siendo injusto con ese “fomenta”. Pero, o es eso, o es que no presta la atención necesaria a lo que ocurre en el ágora de nuestro tiempo. Y cualquiera de las dos posibilidades es decepcionante.

La respuesta a estos planteamientos, en varias ocasiones, ha sido “pues vota a otro partido con el que te sientas más identificado”. Seguramente no se puede generalizar a partir de experiencias personales, pero creo que no me equivoco si digo que no se trata de algo que me haya pasado sólo a mí. Y si quienes ahora mismo llevan las riendas del P-Lib no se dan cuenta de que en afirmaciones de ese tipo radican buena parte de las explicaciones a la escasa relevancia del partido en estos años, entonces el P-Lib no sólo no será una alternativa realmente liberal, sino que no será ni siquiera alternativa. Si no se hace un esfuerzo por convencer a quienes, partiendo del liberalismo, cuestionan algunas estrategias o actitudes dentro del P-Lib, o simplemente destacan estrategias o actitudes positivas en otros partidos, no podemos esperar demasiado cuando toque convencer a quienes nunca han leído a Hayek o no se definirían como liberales. Que deben de ser el 99%

Por último, decía al principio que al definirnos como liberales estamos dando por sentadas demasiadas cuestiones que no son inherentes al hecho de ser liberal.

Yo creo, entre otras muchas cosas, que la familia es la principal institución social, la que debe encargarse de proteger a los individuos. Jamás pediré que el Estado la proteja, y mucho menos que la defina. Al contrario, sé que es precisamente la confianza en el Estado lo que hace daño a esa institución.

También creo que el consumo de sustancias como la cocaína, la heroína o incluso la marihuana, es peligroso. Y en mi entorno, actúo según esa creencia. Pero no creo que el Estado deba encargarse de hacer ese trabajo por mí, y mucho menos que deba prohibirlas.

Y por último, aunque podría continuar durante horas, no creo que el aborto sea una simple cuestión de derechos de propiedad. Creo que es un asunto demasiado serio por sus implicaciones y demasiado complejo como para reducirlo a un derecho de la mujer.

Seguramente después de haber leído mi opinión en estos tres temas, muchos liberales están empezando a pensar que en realidad soy un conservador camuflado, tal vez temeroso de decirlo en público. Y es posible que tengan razón, al menos en parte. En cuanto a lo de conservador, no en cuanto a lo de camuflado. Del mismo modo que hay liberales cristianos, no rechazo que pueda haber liberales conservadores. Pero eso es un tema que dejaré para otra ocasión.

Lo que no podemos pretender es que para ser liberal haya que compartir una visión particular del mundo, más allá del simple “no utilices el Estado para imponer tu visión del mundo a quienes no piensan como tú”. Claro que, si nos ponemos estrictos, ése es precisamente el objetivo de cualquier partido político. Incluyendo al P-Lib. Aunque también es otro tema para otra ocasión.