Lo real en la ficción

Creo que es la segunda vez que escribo en el blog sobre una serie de televisión. La primera fue sobre Breaking Bad. Sobre la inmoralidad de su protagonista, Walter White, y creo que sobre la extrañeza ante la fascinación que despertaba en los espectadores. Imagino que si hubiera visto Narcos habría tenido la misma sensación.

El lunes se emitió el penúltimo capítulo de Juego de Tronos. La serie lleva dando tumbos desde hace una o dos temporadas, principalmente en cuanto a la lógica interna. Pero en este último capítulo han recuperado uno de los elementos principales de la serie y de los libros: el realismo. No pasan las cosas que deberían pasar, sino las que podrían pasar, las que probablemente pasarían. La compasión y la obligación de decir la verdad han supuesto una condena a muerte desde que decapitaron a Eddard Stark en la primera temporada. La inmoralidad y el utilitarismo han conducido al éxito desde que los Frey y los Lannister consumaran la Boda Roja. Esto es algo que incomoda, creo. Recuerdo perfectamente el andar haddockiano, imagino que con improperios mentales -era verano y estaba trabajando en una piscina, por suerte hacía malo y no había nadie-, después de leer el resultado del pacto Lannister/Frey. Pero oye, era lo que había. El mal triunfa a veces. Y para encontrar un refugio ficticio en el que esas cosas no pasaran ya estaba Marvel.

Avanzó la trama en los libros y la serie la llevó aún más lejos. Las intrigas políticas no eran sólo intrigas políticas. Por encima de quién ocuparía el trono rondaba la pregunta de si finalmente se haría justicia, aunque creo que pocos sabíamos a esas alturas qué supondría realmente que se hiciera justicia. Sólo quedaba esperar que los personajes “nobles” pudieran morir con su nobleza intacta o recuperada. Cada espectador habrá tenido su banda de nobles. Los que para unos han sido ejemplares para otros habrán sido un ejemplo de estupidez. Jon ha sido estúpido. Pero ha sido noble. Igual que su padre. Theon ha sido alguien moralmente despreciable, y se ha pasado buena parte de la serie intentando recuperar lo que tal vez nunca fue suyo. Al final consigue morir bien, que es, junto a vivir feliz, el otro gran objetivo del ser humano. Muchos otros personajes viven atados a sus demonios, algunos con una cuerda tan larga que parece que por fin se han librado de ellos. El Matarreyes, y también el Perro. Y por último está el grupo de los que han nacido para sembrar el mal. En la cima de ese grupo, como suele pasar en la realidad, se encuentra el personaje que fue presentado como caritativo, justo y con la misión de traer un nuevo mundo, a pesar de que en cada episodio daba muestras de que era -no sería, era- todo lo contrario. El mayor tirano de la serie no era Cersei, sino Daenerys. Esto es algo que resultaba evidente al menos desde que entra dispuesta a liberar las ciudades esclavistas, aunque pareciera lo contrario. Y era algo que se podía sospechar desde que decide integrarse en la sociedad dothraki y convertirlos en su tribu. ¿Cómo iba a construirse un mundo más justo a lomos de los asesinos más crueles del mundo?

La serie concedió un paréntesis. Las intrigas políticas, que en realidad eran también una intriga moral, se hicieron a un lado. Llegó la lucha entre el bien y el mal, sin grises. Primero en La batalla de los bastardos, y después en La larga noche. Aunque en este último caso ni siquiera se podía hablar del mal, puesto que el mal sólo puede ser humano. Era la lucha entre la humanidad y la muerte, sin metáfora. Y en esa lucha no hay dilemas morales ni traiciones, sólo épica.
Ganaron los buenos, aunque de la manera más chapucera posible. Fin.
Volvimos a la lucha entre humanos, y los personajes se comportaron como humanos, no como héroes que encarnaban las virtudes clásicas. La que pretendía ser una monarca compasiva se entregó por fin a sus instintos. Ese “por fin” que ha vuelto a salir es algo a lo que llevo dando vueltas desde ayer. Podría haber ocurrido de otra manera. La Fortaleza Roja destruida, algo más contenido. Pero por alguna razón esperaba que ocurriera lo que ocurrió. Esperaba en el sentido de que era lo que creía que iba a pasar pero también lo que quería que pasara. Y es algo que no sé si debería resultarme incómodo. Obviamente no quería que pasara porque me resultase un personaje simpático, más bien me parecía el personaje más odioso de toda la serie. Puede que esperase que pasara lo que pasó por el deseo de que no optasen por un final más o menos feliz que chocaría con las premisas de la serie. Pero también puede que quisiera que pasara eso para pronunciar mentalmente un “¿Lo veis? ¿Veis lo que pasa?”
En cualquier caso es absurdo. Es una serie de televisión.

Así que Daenerys, la líder de los dothraki, la que asesina a Varys, la que vive obsesionada con recuperar una tierra en la que no ha vivido nunca, la que sólo contiene su deseo de aniquilar a sus enemigos cuando sus consejeros la convencen, resulta ser un tirano. Esto no puede generar sorpresa. Como tampoco puede sorprender que los Inmaculados y los dothraki se entreguen al asesinato en masa y la violación contra la gente de Desembarco después de que éstos se hayan rendido. ¿Sorprende que lo hagan también los norteños? Pues es posible. Porque Jon, que además de tonto es norteño, nunca haría eso. Pero es la excepción moral. A veces esas excepciones morales consiguen inspirar a un pueblo. Y a veces el pueblo mata a la excepción moral cuando intenta detener el horror.


Todo esto es por las dudas en torno a cuál es la función principal de la ficción. Describir el mundo como es, contar cómo debería ser o mentir sobre cómo podríamos llegar a ser. Descripción, prescripción o inspiración. Probablemente todo a la vez, en un complicado equilibrio.
El papel de la ficción, pero no sólo.

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Savater y la admiración

A mí me ha gustado siempre tener gente a la que admirar. Todos admiramos con la parte de admirable que hay en nosotros.

Esto decía Fernando Savater hace unos días en el curso sobre los valores de la Transición que organizó Miguel Ángel Quintana Paz en Valladolid.
Probablemente estaba citando a algún autor, pero mi memoria nunca fue gran cosa. O si lo fue, no lo recuerdo.

El caso es que al escucharle uno desearía que tuviera razón. Allí estaba Savater, y antes habían estado Arcadi Espada y Cayetana Álvarez de Toledo, y después estarían los jóvenes Andrea Mármol y Ferran Caballero, además del propio Miguel Ángel Quintana.

A mí también me ha gustado siempre tener gente a la que admirar, empezando por lo más cercano, por lo que tenía en casa. Pero creo que no se elige a quién se admira.
Afortunadamente a mí me dio por admirar a mis padres como ahora ocurre también, salvando las distancias, con los arriba citados. Podría haberme dado por admirar al Che Guevara o a Otegi, pero no fue el caso.

Lo que no sé es hasta qué punto estas decantaciones son una elección voluntaria y no algo mecánico. Estaría bien que Savater tuviera razón y que admirásemos con la parte de admirable que hay en nosotros. Algo parecido a lo dicen que dijo Borges sobre los libros que escribió y los que había leído. Pero me temo que lo que nos lleva a unos y no a otros es algo que no controlamos.

* * *

Hubo otras palabras de Savater que merecen atención. Dijo, también citando a alguien que no recuerdo, que la idea de que el intelectual siempre tiene que estar contra el poder es como la idea de que el hombre tiene que salir con paraguas aunque no llueva.

Esto que hoy me parece evidente me habría parecido estúpido hace quince años.
Pero sospecho que sería algo discutido y discutible en la arena.

* * *

Retomo la colaboración en El Subjetivo. Sobre la imposibilidad de que una institución tenga al mismo tiempo carácter prescriptivo y descriptivo. O bien debemos conformarnos con observar y describir usos y costumbres, o bien podemos aspirar a algo más. No sólo en el ámbito lingüístico. El artículo: Idos/iros.

Monólogo

El hilo en Twitter es el vicio dentro del vicio.
Se detecta que un tweet va a ser el primero de un hilo en cuanto se lee, sin necesidad de 1/n. Como supongo detectan la ola que aún no se ha manifestado aquéllos que pasan más horas dentro del agua que fuera de ella.

Es desde luego un vicio extraño, responderse a sí mismo a la vista de otros.
Es verdad que no se trata de una auténtica respuesta. Eso sería algo más serio que un vicio. Pero también es verdad que produce una sensación incómoda el hecho de repetir tres, cuatro o quince veces el “respondiendo a” uno mismo.

La única ventaja es que, al contrario de lo que ocurre en las conversaciones de verdad, quien recibe la respuesta nunca se ofende.

Lo peor que lleváis dentro

Una reacción común tras un atentado de la magnitud -y la cercanía- del cometido ayer en Niza es decir que este tipo de ataques “sacan lo peor que llevamos dentro”.

Lo peor que llevamos dentro es la precipitación visceral. Y comienzo a pensar que una de las maneras en las que se manifiesta lo peor que llevamos dentro es precisamente la urgencia en señalar lo peor que llevan dentro los demás. Los demás son muchos. Desde aquéllos en los que lo peor se manifiesta independientemente de los tiempos, en frío y en caliente, hasta aquéllos que no siempre son -que no siempre somos- capaces de ceñirse al sed intelligere de Spinoza.

Poner en las redes sociales una bandera del país atacado, o un himno, o un simple mensaje de pésame, es solamente un gesto. De la misma manera que es solamente un gesto señalar la inutilidad de la bandera del país atacado, el himno o un simple mensaje de pésame en la lucha contra el terrorismo. Son gestos dirigidos a nosotros mismos. Y son gestos, de alguna manera, desde el piloto automático. Cada uno tiene el suyo. Y creo que los gestos del segundo tipo, los que señalan, además de inútiles son dañinos. Para aquéllos contra quienes lanzamos nuestra impotencia, porque no la merecen, y para nosotros mismos, porque nos envilece.

Seguramente es conveniente señalar la ignorancia voluntaria y la maldad -si es que consideramos que son dos cosas distintas- en los actos de los demás. Pero es necesario detenerse justo ahí y no llevar más allá esa necesidad de señalar. Si acaso habría que llevarla más acá, hasta nosotros mismos, para que no nos convirtamos en un tribunal de gestos.

(Nosotros, yo)


Lo último en The Objective, sobre el pucherazo electoral.

Las fuentes de la noticia

Un tuit con enlace a una noticia de Venezuela. Varios jóvenes allanaron una casa el 7 de mayo, ataron y golpearon a los residentes y cuando se disponían a escapar se encontraron con una multitud de vecinos. Uno de ellos se había dado cuenta de lo que ocurría, movilizó al resto y se puso en marcha la turba. Dos de los jóvenes -“el Maikel” y “el Pike”, según la noticia- fueron conducidos a un descampado. Los vecinos* los ataron a un poste y comenzaron a golpearlos. Finalmente, los rociaron con gasoil y los quemaron vivos.

Antes de terminar de leer la noticia se activa el piloto automático. Las consecuencias del desprecio a la ley, los efectos de la justicia popular. Pero el piloto automático no es fiable. Tampoco la noticia. La fuente es un portal, elmismopais.com. La fuente en realidad se limita a copiar la noticia de otro portal: laiguana.tv. No sé nada sobre ellos. La noticia cita la verdadera fuente: “De acuerdo con información del ‘Diario de Guayana'”. Hago una búsqueda rápida, no encuentro nada. Por un momento espero que el Diario de Guayana no exista. Tendría la seguridad de que la noticia era falsa. Pero no es así. Existe. Y efectivamente, dio la noticia. La escribe Julio Alexander Moya. Evidentemente no sé quién es, como tampoco conocía el Diario de Guayana.

Los jóvenes, dice también el Diario, eran Alexander de Jesús Guillén Ortega y Maikel Ramírez. 16 y 15 años. Me resulta imposible hablar de ellos. Imposible y demasiado fácil. No sé cómo se contrastan estas noticias. Lo de las tres fuentes es demasiado ingenuo. ¿Qué fuentes? Mejor una fiable. No la hay. Sólo el Diario de Guayana. Y dos chicos muertos. Y el problema de la mediación. No habría conocido nada de eso sin el Diario de Guayana. Y el Diario de Guayana no es nada. Justamente lo que la prudencia exige decir: nada.

* ¿Cambia algo si en lugar de ‘los vecinos’ elijo decir ‘la multitud’? Cambia todo. En el primer caso hay sujeto. En el segundo, no. Eliminar el sujeto es el crimen que debe evitar quien relata el crimen.


Con mucho retraso, lo último en El Subjetivo: Hic sunt dracones

17.999 € en una camiseta

 

Hace unos minutos he leído esta entrada del blog de Tsevan Rabtan. Es necesario leerla para seguir el post, así que procedan, si no lo han hecho ya.

Después de leer la entrada he vuelto sobre un pensamiento recurrente durante los últimos días. El discurso de Podemos -no sólo- no es un discurso racional. Con “discurso” me refiero a todo el arsenal mediático del partido. Declaraciones, quejas, consignas, gestos, excusas, incluso tonos. Es un discurso que no está pensado para convencer racionalmente, sino para reconfortar emocionalmente. Es un discurso que combate no contra otro discurso, sino contra el propio hecho de discutir. Anula la necesidad de convencer, apela a la necesidad de pertenencia. No busca el cuestionamiento de ciertas posiciones, propias y ajenas, sino la adhesión emocional al mensaje. El mensaje ya no articula ideas, sino que genera identidades. No es un medio para expresar ideas, sino para expresar identidades.
Así, cualquier intento de entablar batalla dialéctica está condenado al fracaso. No hay campo de batalla, sencillamente. No es que manejen mejor el discurso; es que no hay discurso.

Este “no hay discurso” tiene además doble significado.
Por una parte, como hemos comentado, el de Podemos no es un discurso racional, sino un conjunto de gestos y expresiones recurrentes. Esto no quiere decir, no obstante, que no tengan ideas u objetivos. Simplemente consideran que la afectiva es la vía más eficaz para ganar adhesiones que les permitan conseguir sus objetivos.
Por otra parte, como dice hoy Jorge Bustos, no ha habido un intento serio de ofrecer una alternativa sólida al mensaje acuático de Podemos. Desde luego, no en el partido que ha gobernado España estos últimos cuatro años.

Después de leer la entrada de T. Rabtan me he imaginado, no sé por qué, una camiseta con la cifra a la que se alude: 17.999€. Es la cifra mediante la que Manuela Carmena ha conseguido colocar un contrato a dedo sin necesidad de abrirlo a los procedimientos habituales en los contratos municipales. Es legal, pero es una artimaña. Y además va en contra de lo que llevaban en el punto sobre contratos públicos de su programa.
Pero no pasa nada, porque todo esto, la entrada original y cualquier cosa que se diga, no funciona.
Una camiseta, en cambio, es otra cosa.

Es una estupidez. Del mismo modo que sería una estupidez una campaña consistente en imprimir y repartir papelitos con esa cifra, o crear una consigna corta y directa. Es una estupidez porque no diría nada del hecho. Su fin sería extender rápidamente un mensaje, y seguramente lo conseguiría. Pero sería un mensaje vacío. Aquí sí, por fin, podría plantearse un combate. Mensaje vacío contra mensaje vacío. Si caló el “We are the 99%” ¿por qué no podría calar el “17.999€”? ¿Por qué no podría triunfar un meme sobre la sustitución de un dedo por otro? Ver y compartir, ver y compartir. TT en Twitter, miles de likes en Facebook. Una legión de activistas.

Personalmente, creo que no triunfaría. Pero además, aunque triunfase, supondría una derrota. La cuestión no es aceptar la inutilidad del discurso racional y comenzar a combatir con sus armas, sino conseguir que el discurso racional vuelva a ser eficaz.
Obviamente, no sé cómo se consigue eso. Pero estoy convencido de que aceptar la derrota de la racionalidad no puede conducir a nada bueno.

Hay otra idea recurrente estos días. Es posible que esto último sea en realidad otra cosa. Que en el fondo me importe más la convicción de “no ser como ellos” que el triunfo en el combate político. Que el combate no sea político, sino personal. Que el enemigo no sea el populismo, sino la posibilidad de caer en el populismo.

Podría ser. No tengo ni idea.

Intuición y observación

Hace unos días estábamos viendo una serie en casa. El apocalipsis zombie se ha producido, y un grupo de supervivientes llega a un enclave que parece ser el último refugio de la civilización. Después de cuatro temporadas es evidente que la cosa va a acabar mal. Pero la cuestión es que el enclave sí parece civilizado. Se supone que otros miembros del grupo han llegado antes, pero no los vemos. Uno de los líderes de la comunidad les muestra el refugio. Parece gente normal, y si hubieran querido matarlos ya lo habrían hecho. Y entonces llega esta escena.

 

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Nos miramos, no decimos nada, y se confirma la sospecha: la cosa va a acabar mal. Lo interesante del asunto es que los dos llegamos a la misma conclusión por vías muy distintas. Paramos el capítulo.

– ¿Te has fijado?

– Sí. Son caníbales.

La cuestión es que ella se ha fijado en los detalles. Hay efectos personales del grupo que había llegado previamente, del que aún no sabíamos nada. Una ballesta, una chaqueta, un uniforme con refuerzo, repartidos entre varios miembros de la comunidad. Tengo que retroceder la escena para darme cuenta, y estoy seguro de que se me escapan dos o tres.
En cambio, yo digo “son caníbales”, y ya. Convencido. No hay ninguna evidencia. La mujer de la escena está sirviendo un guiso*, y uno de los miembros de la comunidad les acerca un plato. De alguna manera, la cara de la mujer y el hecho de que esté guisando algo hacen que se me presente la idea. Son caníbales. Y no es una sospecha.

Mediante la observación ella sabe que algo va mal. Los otros personajes habían llegado al refugio, y no se habrían desprendido de esos objetos voluntariamente. Los han matado o los tienen secuestrados. No hay otra explicación. Bueno, en realidad hay muchísimas explicaciones, pero ésta parece la más probable. Así que ese “sabe” tiene que ser manejado con precaución. Como todo el conocimiento humano, por otra parte.

Mediante la intuición… bien, en primer lugar, ¿qué es eso a lo que llamamos “intuición”? La definición común es muy vaga. Una idea que se nos presenta. ¿Que se nos presenta cómo? El concepto da pie a la introducción de elementos espiritualistas. “Una revelación”. Pero esa idea, como todas las demás, no nos llega del aire. No nos llega gracias a una Inteligencia infinita, sea ésta externa o interna. No es algo que captamos directamente. Ha de ser necesariamente el producto de una serie de ideas e impresiones previas. De la experiencia, al fin y al cabo. Y sé que estoy manejando estos conceptos de manera muy imprecisa. La idea que se nos presenta súbitamente, la intuición, es producto de nuestra mente. Desconozco qué es lo que sucede ahí dentro. Pero sé que no es azar -nada lo es-, y que no se explica mediante el recurso a lo espiritual.

Así que, de algún modo, experiencias previas me llevan a pensar que esas personas son caníbales. No ha habido nada que lo indique claramente. Es sólo un guiso, es sólo un plato, y es sólo una señora removiendo el guiso. ¿Qué es lo que conecta los puntos? No he conocido muchos caníbales en mi vida -salgo poco del pueblo- así que lo más probable es que la experiencia previa provenga de la ficción. No recuerdo ninguna otra serie, ni cómic ni novela en la que ocurriera algo parecido. Pero ahí está lo curioso del asunto. No hace falta. Ese proceso no es consciente, no sabemos cómo se conectan los puntos. No distinguimos cuáles son las experiencias que conectan con lo que estamos viendo en un momento concreto. Pero la conexión se da, independientemente de que la veamos. O mejor dicho, la conexión se da, y el hecho de que no la veamos es lo que hace que llamemos a eso “intuición”.

Evidentemente, la intuición no es un conocimiento fiable. Tal vez ni siquiera se pueda decir que sea conocimiento. Pero la utilizamos a diario. O partimos de ella. Tenemos, por ejemplo, “intuiciones filosóficas“. Creemos en el libre albedrío o por el contrario somos deterministas. Podemos leer al respecto, incluso textos que presenten evidencias en contra de nuestra intuición. Pero difícilmente la cambiaremos.

En cualquier caso, nos estamos metiendo en aguas profundas y yo sólo quería hablar de esa escena. Acerté. Eran caníbales. Pero no lo sabía. Otras veces, mientras vemos una película, digo “ése, ése es el asesino”. Sí, formo parte de ese colectivo de seres molestos. O suelto la frase que van a decir. Suelo acertar. Pero seguramente tendrá que ver con estructuras que se repiten en la mayoría de los guiones, así que no serviría de nada en la vida real.

En resumen: si el apocalipsis zombie se produjera, haría bien en confiar en la observación.


 

* No era un guiso, sino una barbacoa.

Huelga de estudiantes

 

La semana pasada me llamó uno de los alumnos de particulares para preguntar si podía venir un poco antes. No tenía que ir al colegio. Le pregunté por qué y me dijo que había huelga. De los profesores, pensé. Extraño, pero en fin. No, no, de los alumnos. ¿Y cómo es eso? No sé, contra una ley o algo. ¿La ley Wert? Sí, creo que sí.

Es decir, los alumnos de Bachillerato convocan una huelga contra una reforma educativa y el colegio lo permite. Pero el problema de verdad no es que el colegio lo permita. Al fin y al cabo, cuando ocurre algo así hay que sospechar que la autoridad del centro es prácticamente inexistente. El problema es que a los alumnos de un colegio se les ocurra convocar una huelga. Contra una reforma educativa o contra la pesca del atún rojo. Y la pregunta es qué es lo que habrán estado haciendo en ese centro -o qué habrán dejado de hacer- para que los alumnos pierdan un día de clase por ese motivo.

Como curiosidad, podría hacerse una encuesta entre los profesores de Filosofía de Bachillerato. Al fin y al cabo son unos de los principales perjudicados por la reforma. ¿Ha hablado de la reforma en clase? ¿Ha explicado las razones y los puntos principales de la reforma? ¿Ha mencionado la situación en la que queda la asignatura de Historia de la Filosofía? ¿Ha animado a sus alumnos a protestar? ¿Les ha contado que ellos también salen perjudicados? ¿Cómo valora el hecho de que alumnos de Bachillerato convoquen una huelga? ¿Considera que ese hecho indica que son alumnos con pensamiento crítico?

De todas maneras, como decía el otro día Arcadi Espada, hay progreso. Antes había estupidez y maldad. Ahora sólo hay estupidez.

PS: Por cierto, ese mismo día el alumno, de 4º ESO, me contó que tenía que leer un libro para clase de Lengua. “Campos de fresas”, de Jordi Sierra i Fabra. Que lean lo que sea, pero que lean. Y si lo que leen viene con fichas de trabajo corregidas, mucho mejor.

Contrafácticos

 

El otro día me dio un ataque de contrafácticos. Media hora pensando qué lugar visitaría primero en el caso de que me tocase la lotería que no juego. Nueva York, Canadá, Irlanda, Inglaterra. Esto de los contrafácticos hay que abordarlo con seriedad, de lo contrario no merece la pena. No es una simple ensoñación. Hay que hacer cálculos, pensar en cómo cambian esos lugares dependiendo de la estación, cosas así. Al final creo que elegí Nueva York, acababa de ver una foto aérea de Central Park en otoño. Me quedé mucho más tranquilo.

Ayer vi una encuesta que había compartido @mtscano. What do philosophers believe? Se trataba de mostrar cómo se declaraban algunos miembros de facultades de Filosofía -de países de tradición analítica, eso sí- respecto a algunas de las cuestiones clásicas de la disciplina y a otras más modernas. Por ejemplo, un 71,1% cree que hay conocimiento a priori, casi el 60% de los encuestados es compatibilista en términos de libre albedrío, el 50% cree en la verdad como correspondencia y un 68,2% accionaría la palanca en el dilema del tranvía. La encuesta era muy interesante, y enseguida pensé que podría usarla en clase, con los alumnos de 1º de Bachillerato. Hablaría de ella al día siguiente. Mirad, esto es lo que piensan los filósofos hoy. Porque todavía hay filósofos, y todavía piensan. Después de unos minutos pensé que sería una muy buena manera de organizar el curso. Lanzar alguna pregunta el primer día, enseñar la encuesta, explicar algunas de las cuestiones prestando atención a los porcentajes.

El contrafáctico de los domingos. Si este año estuviera dando clase hablaría de esto. Comenzaría preguntando a algún alumno ¿Quién eres? De ahí pasaría a hablar del problema de la identidad. Había empezado a ver The Walking Dead esa misma semana, y me acordé de una escena del capítulo seis, el final de la primera temporada. Cuando Jenner, el científico del CDC, les muestra las conexiones sinápticas de un cerebro y les explica que ahí está lo que somos, sea lo que sea. Los recuerdos, las experiencias, todo eso. Después, la actividad cerebral cesa. Y vuelve al de unos minutos, pero sin ese “lo que somos”. La actividad cerebral se reduce al mínimo, el sujeto se ha convertido en zombie y funciona mediante impulsos. No hay pensamiento, no hay identidad. Me apunté todo lo que haría en un papel, preparé el primer día de clase, visualicé cómo haría las preguntas. Qué es realmente ese “lo que somos”, qué implicaciones tiene el hecho de que se trate de algo físico. No era la primera vez, claro. Lo he hecho tantas veces que se ha convertido en un género. “Las clases que habría dado”. Hablaría de esto, explicaría esto, preguntaría esto. No en futuro simple, sino en condicional. Igual que con la lotería a la que no juego.

Educar para la guerra

 

Educar para la paz es absurdo. Vivir en paz no es demasiado difícil. Lo difícil es asumir la guerra. Lo difícil es asumir que te pueden matar a ti, a tus padres, a tu hermano, en cualquier momento. Es difícil, y precisamente por eso hay que insistir en ello. Es difícil especialmente cuando se es niño. Cuando aún no se es adulto. Por eso es absurdo educar para la paz y es necesario educar para la guerra. No para hacer creer que la guerra es buena ni para despertar el ardor guerrero, sino para que entiendan que a veces es inevitable. Para que entiendan que hay personas con las que no se puede dialogar. Que sólo hay dos opciones: dejarse matar o hacerles frente. Que la opción de mirar hacia otro lado, enterrar la cabeza, sólo es una manera de retrasar la primera.

Hemos convertido la enseñanza en una guardería perpetua. Ahora se vuelve a plantear la extensión de la obligatoriedad de la educación hasta los 18 años. Las tesis pedagógicas dominantes en España no es que sean anticientíficas, es que son contrarias a la realidad. Una persona de 15, 16 ó 17 años no es un niño. Y no es conveniente tratarlo como tal. A una persona de 15, 16 ó 17 años hay que prepararla para el mundo real. Hay que prepararla para que pueda enfrentarse a la certeza de la muerte y a la posibilidad del horror. Hace menos de un año vieron cómo los trabajadores de Charlie Hebdo eran masacrados. Puede que sepan que hubo personas asesinadas en el secuestro del supermercado judío. Y policías, claro. Algunos, con 15, 16 ó 17 años, vieron decapitaciones. O cómo unos prisioneros eran quemados vivos. Tal vez no sea necesario ver todo eso. Pero es necesario comprenderlo. Con 15, 16 ó 17 años. Porque después puede ser demasiado tarde, y puede que acaben apoyando minutos de silencio por terroristas abatidos. Antes, cuando sí son niños, tal vez sea necesario adaptar el mensaje. Seguramente sea conveniente no arrojarlos de golpe a la comprensión del horror.

Por eso es necesario educar para la guerra, y hacerlo bien, porque es lo real. Es lo difícil. Es lo que cuesta nombrar. Como la muerte. De eso se ha ocupado tradicionalmente la filosofía. Tal vez sea la única función que le queda, no a la filosofía, sino a la Filosofía. A la asignatura. Tal vez lo único que aporta la Filosofía en la escuela, su auténtica función, aquello que ninguna otra asignatura puede hacer, es esto mismo. Nombrar lo innombrable, decir lo indecible. Lo real. Y nombrarlo y decirlo no para buscar consuelo, sino para entenderlo.

Tal vez sea la única asignatura que puede desprenderse de la pedagogía infantilizadora. Tal vez sea la única asignatura en la que se puede mirar al alumno como si no fuera un niño, en la que se le puede decir que cerrar los ojos muy fuerte, o esconderse bajo las sábanas, no hace que se vayan los monstruos. Que el bien no siempre triunfa, y que el Horror no es sólo un momento de la Historia. Claro que también es posible lo contrario. Es posible que no aporte ninguna diferencia, que trate a los alumnos de 15, 16 ó 17 años como a niños, que en Ética y en Filosofía se enseñe que lo único que hace falta para erradicar el mal es hablar con él, y que las velas son más fuertes que las balas.

Educar para la guerra, hoy, es enseñar cómo es el mundo. No hacerlo es condenar a los alumnos a dibujar las últimas vacaciones después de un atentado, arroparles bien, cerrarles los ojos. Pero estos monstruos son reales, y es mejor conocerlos cuanto antes.

(Viene, de alguna manera, de aquí)