Un fascista, un fantasma del pasado

Mientras escribía un texto sobre la buena costumbre de no hacer política con lo posible sino, en todo caso, con lo probable, he leído que la Policía había identificado al autor de la amenaza contra la ministra Reyes Maroto. El viernes llegó un sobre con una navaja al Ministerio de Industria. En el sobre había una navaja con manchas rojas –posiblemente sangre, llegaron a decir en los medios-, recortes de capturas de Twitter y palabras sin sentido. Y un par de detalles sin demasiada importancia: el nombre y la dirección de la persona que había enviado el sobre.
Esta mañana el sobre se fue de gira. Adriana Lastra, portavoz del Grupo Socialista en el Congreso y Vicesecretaria general del PSOE, detenía un momento el mitin de campaña. Un hombre se le acerca y le deja algo sobre el atril. Lastra se dirige a los asistentes. Rostro serio, tono solemne. «Me acaban de pasar una nota, y es que a todo delito de odio lo precede un discurso de odio«. ¿Será que la nota incluía ya la frase, como una galleta de la suerte, o le dio tiempo a reflexionar y a preparar un comentario durante esos pocos segundos? Continúa Lastra. «Me acaban de hacer llegar que nuestra compañera Reyes Maroto, la que será la vicepresidenta del Gobierno de Ángel Gabilondo, acaba de recibir una navaja ensangrentada como amenaza. Y desde aquí…»
Desde ahí lo que sucede es que el rostro serio y el tono solemne dejan paso a la arenga, a la agitación y al grito. Los brazos suben y bajan, el volumen se eleva, el tiempo retrocede y los asistentes también se levantan, como en el 36, que es el momento al que conducen últimamente todos los discursos del PSOE. Los 35 segundos de preocupación contenida dan paso a lo importante: al odio, a la mentira, al uso partidista de un hecho sobre el que no conocían más que lo que les era útil. Los asistentes, también Ángel Gabilondo, se ponen de pie para escuchar y aplaudir los dos minutos de Lastra. Porque eso es a lo que iban, y de eso iba la nota que le acababan de pasar.

«Y desde aquí:», continúa la mujer que lo es casi todo en el partido moderado, «¡NO VAIS A PASAR! ¡AL FASCISMO: NO VAIS A PASAR! ¡SE ACABÓ! ¡SE ACABÓ! ¡ESTO SÍ QUE VA DE DEMOCRACIA!»
Pero resulta que no iba de democracia, sino de psiquiatría El hombre que había enviado el sobre fue identificado después de ese mitin. O tal vez los medios informaron sobre la identificación sólo después de ese mitin. Parece lo mismo, pero es muy distinto.  El mitin se celebra el lunes por la mañana, el sobre se recibe en el Ministerio de Industria el viernes por la tarde. Un sobre, recordemos, que incluía la dirección y el nombre del remitente. Tres días para comprobar una dirección, o tres días para informar sobre la comprobación. El sobre del viernes no se hace público hasta el lunes, que es cuando vuelven las tertulias y los programas de actualidad. En uno de esos programas estaba hoy Yolanda Díaz, la ministra del Partido Comunista de España. Sonríe mucho y bien, eso sí. Somos un país con comunistas en el Gobierno, pero también con ministros que sonríen mucho y bien. Una cosa por la otra. El sobre se fue de gira esta mañana y le dio tiempo a hacer una parada en el plató de ‘Al Rojo Vivo’. El programa de actualidad política recogió el sobre e informó sobre él. Un corresponsal del programa dio todos los detalles que podía dar en ese momento. Pero la pasión por los hechos impidió a los españoles contemplar el hecho de la pasión. Por suerte Helena Resano, al frente de ‘La Sexta Noticias’, corrigió el error. Amplió la noticia. La llevó hasta su mismo centro. Lo primero que mostró el informativo de La Sexta fue la reacción de Yolanda Díaz cuando se narraban los hechos. ‘Al Rojo Vivo’ había dado la palabra al corresponsal, pero nos faltaba, como espectadores, la imagen de la ministra. El factor humano. “Éste era el momento. La emisión en directo del programa no estaba dando esta imagen de Yolanda Díaz que se va sobrecogiendo según escucha esos detalles de la amenaza”.
Nos faltaba también el detalle de que el remitente era una persona con esquizofrenia, pero claro; o esquizofrenia o fascismo. O prudencia o fascismo. Y eligieron fascismo, porque la campaña, como la decencia, se les escapa.

Podría haber sido fascismo, sí. Podría haber sido un fascista de verdad, solitario, irrelevante y tal vez peligroso. Podría haber sido un militante de Vox, del PP o incluso de Ciudadanos, que han sido partidos fascistas en función de las necesidades de los antifascistas. Podría haber sido una conspiración de los partidos «fascistas» para movilizar el voto de izquierdas, por qué no; la imaginación es más poderosa que la razón. Podría haber sido un antiguo militar sublevado, un ministro franquista, un fantasma del pasado. Podría haber sido cualquier cosa porque el terreno de lo posible es tan amplio como queramos.
El de lo probable es otra cosa. Lo probable nos frena, aunque sea un poco. Lo probable nos hace pensar en los hechos, en las razones, en la estadística. Lo posible en cambio nos permite arreglar una campaña que pinta mal. Lo probable sigue siendo especulación, sí, pero al menos no es sólo imaginación. Al menos no es Lastra.

Podría haber sido un fascista, un proveedor de sentido. Pero resulta que era sólo un hombre con problemas mentales. Cumplió su función, aunque no lo sepa. Y mañana Adriana Lastra estará con el moderado Gabilondo dando un mitin en algún lugar de Madrid. Para frenarlos a todos, porque no pasarán.

Programa político inmóvil, III

2- La educación pública como canal de distribución de las ideologías dominantes y como simulacro del logro académico.

Hasta ahora las propuestas educativas de los partidos del bloque alternativo -los partidos de derechas, del centro derecha, de la no izquierda o de la izquierda no nacionalista- han sido limitadas y muy poco ambiciosas. Se pueden resumir en:

  • Cheque escolar.
  • Defensa de la concertada.
  • La lengua vehicular entendida sólo como una cuestión de libertades y derechos.
  • Bilingüismo castellano/inglés.
  • Pin parental.
  • Tímida y efímera defensa de la reválida

Mientras tanto, la oferta declarada del bloque de la izquierda nacionalista se resume en una frase: «Por una educación pública de calidad». Y a esta idea contraponen otra del lado tenebroso, que en el fondo es lo de siempre: «La derecha odia la educación pública». Esto lo dicen constantemente los principales representantes de ese bloque. El último en hacerlo, Pablo Iglesias en un mitin por las elecciones madrileñas. Más allá de esta oferta declarada, ¿qué es lo que ofrece realmente el bloque de izquierda nacionalista respecto a la educación?

  • Diecisiete sistemas educativos y diecisiete inspecciones del Estado.
  • La supervivencia de las «lenguas propias» de las regiones nacionalistas como criterio fundamental de la educación, por encima del aprendizaje de los alumnos.
  • La calidad educativa entendida sólo como una cuestión de ratios y financiación.
  • Descrédito de la memoria, de la comprensión lectora y del análisis crítico.
  • El aula entendida como teatro para la representación de habilidades múltiples y para el desarrollo de las identidades también múltiples de los alumnos. La escuela como institución en la que se cultivan valores, afectos e identidades, y no sólo como institución en la que se transmite el conocimiento.
  • Resultados académicos desvinculados del aprendizaje real. Las notas como alimento para la autoestima, no como reflejo de lo aprendido. La promoción social como simulacro simbólico, no como el resultado de un buen proceso educativo

La pregunta ahora sería: «¿Qué podría y debería ofrecer un bloque alternativo?» Debería haber una pregunta, sí, pero debemos tener en cuenta cuál es el punto de partida. Actualmente, tanto la izquierda como la derecha contribuyen a que este modelo de escuela sea el único modelo existente. La única respuesta firme a esos principios pedagógicos viene de profesores que deciden exponer el gran simulacro al que llevamos años llamando educación.
Lo primero que deber hacer un bloque alternativo, por tanto, es nombrar, estudiar y denunciar los aspectos negativos del consenso. En este caso, del consenso educativo. Y sólo cuando tenga claro qué es lo que está mal en ese consenso, sólo cuando tenga claro por qué se trata de un modelo que perjudica al alumno, y especialmente a los alumnos de familias con menos recursos, podrá proponer un modelo alternativo. Este modelo alternativo podría comenzar a construirse alrededor de principios como los siguientes.

  • El alumno como sujeto universal del sistema educativo en todas las regiones de España. Fuera identidades particulares, fuera instrumentalización nacionalista de la educación y fuera la concepción del aula como teatro para la representación de afectos.
  • El profesor como sujeto entregado a las necesidades del alumno, no a sus deseos particulares, y como única autoridad en el aula.
  • El libro como registro de los hechos relevantes en cada materia, no como herramienta de las ideologías dominantes y de las particularidades regionales.
  • Un único sistema de oposición para todos los docentes españoles, una única prueba de selectividad para todos los alumnos españoles.
  • La Inspección del Estado como garantía de que se cumplen todas las condiciones que permiten un sistema educativo universal y en el que el único objetivo es el aprendizaje del alumno.
  • Todos estos principios en realidad se derivan de un primer principio, de una norma fundamental: la escuela es una institución en la que se transmite conocimiento.

¿Y cómo trataría este sistema educativo a la diversidad?
De la manera más progresista posible: diluyéndola en lo común cuando se trata de diversidad afectiva, sentimental o religiosa; y tratándola de modo que beneficie al alumno cuando se trata de diversidad en cuanto a las capacidades o a las necesidades, por encima de premisas ideológicas y voluntaristas.

Las diversidad derivada de ideologías, sentimientos, religiones o principios pedagógicos irracionales tendría cabida en el sistema educativo, sí. En el ámbito privado. Los padres que quieran para sus hijos una escuela ideologizada, o religiosa, o nacionalista, o segregada por sexo, o en la que se primen los sentimientos y las habilidades sociales sobre el conocimiento, siempre tendrán la posibilidad de matricularlos en escuelas privadas, y de asumir los costes que pudiera tener para sus hijos. Al margen de esas escuelas particulares se situaría la escuela pública. Una escuela que debe ser universal, común, neutral, elitista en cuanto a las expectativas y no en cuanto al acceso, realista, exigente, honesta, seria. Una escuela liberada de servidumbres políticas e ideológicas que forme, mediante el conocimiento, alumnos libres.

Variaciones Goldstein

En la izquierda institucional española triunfó hace ya demasiados años la concepción de la política como gestión del odio, que consiste tanto en su activación como en el fortalecimiento y la canalización del mismo. Saben que un correcto manejo del odio puede suponer para ellos una sucesión casi inevitable de victorias electorales y un paraguas eficaz ante las posibles críticas que pudiera suscitar su acción de gobierno. Si se gestiona correctamente es posible incluso eliminar el concepto mismo de oposición, o soñar con ello mientras se va preparando el terreno.
No es hipérbole:

Y ahora ustedes, y usted, que ha apoyado aquí… en contra, pero usted… pero usted ha pulsado el botón para apoyar la ley… o no apoyarla, pero es usted un parlamentario representante de esta Cámara y ahora se dedica a trabajar con ahínco en uno de los órganos de la Comisión Europea para desprestigiar a España. Usted, que tendría que estar defendiendo la ley que han respaldado la mayoría de los españoles, aunque estuviera en contra. Aunque estuviera en contra.

Estas palabras de difícil lectura pero de comprensión muy fácil en el vídeo (minuto 3:55), con sus énfasis, sus dedos acusadores y sus miradas, las pronunció hace pocos días en el Congreso la ministra de Educación. Isabel Celaá no es de EH Bildu, de la CUP, de ERC o de Podemos; Isabel Celaá fue portavoz del primer Gobierno de Sánchez, el de la moción de censura; fue también consejera de Educación en el Gobierno de López en el País Vasco; y actualmente es ministra de Educación en el segundo Gobierno de Sánchez. Cuando hablamos de la gestión del odio por parte de la izquierda española no nos referimos a partidos como Sortu o la CUP, y tampoco a ERC o a Podemos; hablamos del PSOE, que es el principal partido de la izquierda española, el principal partido del Gobierno y, sí, el partido que tiene como socios a todos esos otros partidos de izquierdas. Esto último, su asociación con el resto de compañeros de moción, no es lo verdaderamente relevante, a pesar de que es lo que más habitualmente se señala. Lo relevante es que quien pronuncia un discurso claramente totalitario en el Congreso de los Diputados es una ministra del PSOE. Y lo relevante es que esta parte de su discurso quedó enterrada por la incomparecencia de los habituales pero también porque todos nos fijamos en sus primeras palabras, aquellas que dirigió al diputado Matarí cuando éste habló de la educación especial.

Es el PSOE quien lleva años manejando con profesionalidad el odio al enemigo político. El recurso constante a “la foto de Colón” -un acto político pacífico-, con todas sus variaciones, no es más que eso, una versión adaptada a los tiempos de los dos minutos de odio. Goldstein es ahora Abascal, pero cuando Abascal aún no era nadie ya lo eran Rajoy y Rivera. El mero hecho de nombrar “la foto de Colón” despierta odios perfectamente cultivados, y hace que se toleren o se ignoren palabras y actuaciones criminales o cómplices con el crimen. Creo que todos estaremos de acuerdo en que lanzar una piedra contra alguien, con la intención de herirlo, es un acto criminal. Y creo que incluso podríamos aceptar que lanzar una piedra contra alguien por sus ideas políticas es violencia política, planificada y racional, y que es un acto criminal que busca un fin político concreto. En lo que ya no hay coincidencia es en la universalidad del concepto. Ahí es donde se abre la brecha entre la izquierda institucional y el resto de los ciudadanos. En la izquierda ya es normal decir que lanzar piedras contra otras personas por sus ideas políticas es no un crimen sin matices, sino una “defensa frente al fascismo”, una “respuesta ciudadana” o “un compromiso con la democracia”. Todas estas cosas las han dicho personas de un partido que está en el Gobierno; e incluso personas que forman parte del Gobierno. Y todas estas cosas se pueden decir desde la izquierda institucional no sólo porque el PSOE se refiere a esos hechos como respuestas a provocaciones previas o extremismos alimentados por otros extremismos, sino también porque el PSOE se refiere sistemáticamente a la oposición como “el fascismo”. Y “al fascismo no se le discute, se le combate”.

Este ambiente asfixiante en el que la izquierda puede hacer política con normalidad y la oposición es expulsada violentamente del espacio público también con normalidad no es una posibilidad, no es lo que podría pasar si continúa la extraña “espiral” en línea recta. Este ambiente político es el gran triunfo de la izquierda española institucional. El escrache a Rosa Díez en la Complutense en 2010, los ataques contra los actos de Ciudadanos en Alsasua -Savater- o Rentería -Maite Pagazaurtundúa- y los ataques de ayer contra los asistentes a un acto de Vox son un continuo y son categoría, no anécdota. Y lo son porque previamente se ha instalado una versión alucinada de lo que hoy representa la derecha española. La izquierda institucional lleva años diciendo que la derecha quiere recortar derechos fundamentales porque sabe que sólo así, demonizando a la oposición, puede legitimar la patada en la puerta sin orden judicial cuando gobierna; lleva años diciendo que la derecha contamina las instituciones porque sólo así pueden convertir el CIS en una herramienta para movilizar el voto de la izquierda, y porque sólo así esto se puede constatar en la televisión pública sin que se genere escándalo; lleva años diciendo que el triunfo de la derecha significaría la implantación de la violencia, porque sabe que sólo así se puede normalizar la violencia política de los suyos, que no está en condicional; lleva años diciendo que la derecha no cree en la igualdad, pero es la izquierda la que defiende que la oposición no pueda hacer política en determinados territorios; la izquierda española, en fin, lleva años diciendo que la derecha alimenta el odio y la crispación por el mero hecho de existir, y cuando lo dicen son perfectamente conscientes de que eso, ese discurso concreto sobre su enemigo político, no es más que un odio perfectamente destilado.

La izquierda española institucional decidió hace años prescindir de la distinción schmittiana entre hostis e inimicus, igual que en su día decidió enterrar a Montesquieu. El adversario político, el rival privado, el objeto de sus odios y el que despierta sus más bajas pasiones está más allá de las puertas, y ha de ser tratado como enemigo público. Todos, desde Abascal a Savater, desde Ayuso a Álvarez de Toledo, de derechas o de izquierdas, son Emmanuel Goldstein. Con una diferencia: Goldstein probablemente no existía, mientras que las piedras que se lanzan en España golpean a personas reales. No debemos dejarnos llevar por la épica ni por las llamadas a la guerra: lo que hay detrás de esto no es una cruzada ideológica, sino el puro deseo de conseguir y conservar el poder. El PSOE, principal representante de la izquierda española, es hoy una maquinaria de gestión del odio al servicio de la voluntad de poder. No hacen la política que hacen porque odien a la derecha, sino que cultivan el odio a la derecha porque es la manera más eficaz de mantenerse en el poder y la manera más eficaz de desactivar cualquier crítica al autoritarismo en el que tan cómodamente se han instalado.

Muchos en la izquierda justifican y toleran todo esto porque sí se creen la cruzada, porque entienden y comparten la estrategia de fondo o porque temen que si lo denuncian acabarán también ellos convertidos en Goldstein. Muchos, pero no todos; la pregunta que hay que hacerse es cuántos votantes de izquierdas no están dispuestos a convertirse en bajos comisionados para la gestión del odio, cuántos están dispuestos a decir sin complejos que se sienten más cercanos a un simpatizante de algún partido de la oposición al que lanzan objetos que a un dirigente de izquierdas que quita hierro a las tuercas arrojadizas. Creo que es una pregunta fundamental, y de su respuesta dependerá que haya o no salida a este ambiente político.

«¡Vete al médico!»

La semana pasada, después de que Ayuso convocase elecciones, Aguado dijo esto: “Ha perdido la cabeza. No encuentro otra explicación”. Son cosas que se dicen, sí, y se han dicho muchas sobre la presidenta de la Comunidad de Madrid. Principalmente, como es lógico, desde la izquierda. Desde el juego con su nombre (“IDA”) hasta mensajes constantes y explícitos en los que se insinúa una salud mental deteriorada, con más o menos convencimiento. Y son cosas que han dicho desde el alcalde de Valladolid, Óscar Puente, hasta uno de los periodistas con más presencia pública en los medios, Antonio Maestre. La frase de Aguado encaja perfectamente en este ambiente, del mismo modo que la artillería electoral de Ciudadanos se ha apuntado a los mensajes que convierten a Ayuso en fascista, aunque sea por decir lo mismo que decían ellos cuando iban a Vic y a Rentería, al Orgullo y a la Pradera de San Isidro.

Desde hace días Aguado y Ciudadanos son parte de la España sana, divertida, moralmente superior y nada sectaria que puede bromear con la salud mental de Isabel Díaz Ayuso, con la muerte de Rita Barberá o con la vida de Santiago Abascal en el País Vasco. Los simpatizantes y dirigentes de los partidos de izquierdas en España saben que la salud mental, la muerte y la vida bajo el terror son campos fértiles para ejercitar la miseria política, y saben que no tienen consecuencias para ellos porque hay zapadores que se encargan de preparar el terreno en la televisión y en la radio. Desde La Ser, La Sexta o Movistar se ha jugueteado con todo eso y mucho más durante años. Hemos visto que se podía aplaudir a una mujer que asesina a su marido y a la mujer con la que éste le era infiel; hemos visto que se podía bromear con una diputada del Congreso, actual ministra y vicepresidenta del Gobierno, sobre el olor corporal de Santiago Abascal -”¿Huele a caballo?”- y sobre la necesidad de lavar la cabeza a un niño después de que su escolta le pasara la mano; hemos visto muchas cosas sobre demasiadas cosas serias que no generaban escándalo porque antes habían pasado por las terminales humorísticas del movimiento, y ahora estamos viendo que se puede llamar loca -y fascista- a una mujer sin que ardan las redes.

Hoy Errejón ha pronunciado en el Congreso un discurso sobre un tema serio e importante. Sobre varios, de hecho. Ha hablado sobre las cifras de suicidios en España y ha hablado sobre la salud mental de los españoles, que como era de esperar se ha visto afectada por las drásticas medidas que el Gobierno ha tomado para intentar controlar la enfermedad vírica. La oposición a Sánchez debería haber sido una de las más fáciles en la historia reciente de España. Denuncias, contraargumentos y argumentos innumerables deberían haber ocupado los debates, no para hacer oposición, sino porque eso es la oposición. En su lugar hemos tenido apaciguadores, y también guerrilleros que han sabido llenar el vacío. Unos han creído que la política era moderación sin batalla, y otros que la política era batalla sin moderación. Y entre la renuncia y el ardor guerrero se ha ido apartando a los pocos que realmente hacían una oposición eficaz; es decir, sin cesiones y sin aspavientos.

El discurso de Errejón ha sorprendido porque ha sido un discurso sobre problemas reales con los que es difícil hacer politiqueo partidista. Ha dado la cifra de suicidios diarios en España -10- y ha confesado que ha tenido que revisar la cifra porque la magnitud es terrible, y porque “en realidad uno, en el entorno, pues parece que no lo escucha”. No lo escucha, claro, si el entorno es La Resistencia, La Vida Moderna o Buenismo Bien, referentes políticos de su generación. Pero es un problema sobre el que algunos periodistas y psiquiatras llevan años alertando. Es un problema que tratan habitualmente Arcadi Espada, Juanjo Jambrina o Pablo Malo, por citar sólo a tres de los más conocidos. Y es un problema que se ha tratado varias veces en el Parlamento Europeo gracias a Teresa Giménez Barbat, que hacía una labor excepcional en Europa hasta que la ejecutiva de Ciudadanos -la anterior, no la de ahora- decidió apartarla.

Además del suicidio, Errejón ha hablado también sobre el deterioro de la salud mental de los españoles, y sobre la desatención general que pesa sobre ella. Esa desatención se traduce en que el cuidado de la salud mental es algo que se puede permitir con facilidad cualquiera que cuente con un seguro privado, pero es mucho más difícil para alguien que sólo pueda acudir a la sanidad pública, por lo que muchas veces lo acaba ignorando. La importancia de lo público ha sido la gran renuncia de la derecha española. La importancia de lo que realmente tiene de importante, no la versión gremial que ha reivindicado la izquierda en las últimas décadas. La respuesta a la manipulación en TVE es siempre “Cerremos TVE”; la respuesta a una educación pública mediocre y entregada a los nacionalistas ha sido siempre “Defendamos la concertada”, que en muchos casos ha aceptado y ofrecido la misma mediocridad y la misma instrumentalización nacionalista; y la respuesta hoy a un discurso importante de Íñigo Errejón ha sido “Vete al médico” por parte de un diputado del Partido Popular.


Y ésa es precisamente la cuestión. El hooligan del PP dice con desprecio algo que debería haber defendido con convicción. “Vete al médico”, porque es un asunto serio. En lugar de decírselo a los españoles pobres que no pueden permitirse un seguro privado se lo escupe a un diputado de Más Madrid, chapoteando en un lodo en el que los hooligans de izquierda hacen sincronizada y en el que los de derecha permiten que los mismos hooligans de la izquierda presuman de ejemplaridad entre insulto e insulto.

Hoy por la tarde volverán las bromas habituales sobre la salud mental de Isabel Díaz Ayuso, pero hasta entonces, hasta que los humoristas orgánicos -que también son los humoristas orgánicos de buena parte de los votantes de Errejón- vuelvan a marcar la línea que separa la ocurrencia simpática de la indecencia despreciable, veremos mensajes de merecida condena a las palabras del hooligan del PP. Se dirá, desde el otro lado, que es injusto, que estos “errores” se magnifican cuando los comete algún político desconocido de derechas y se ignoran cuando los comete cualquiera de los dirigentes conocidos de izquierdas. Y es cierto, claro; pero esto añade una razón más, innecesaria y utilitarista, a la razón principal por la que deberían evitarse estas respuestas: deberían evitarse porque están mal. Y lo que habría que pedir no es cuidado en las intervenciones, sino diputados que se preocupen de verdad por cuestiones tan serias como el suicidio, la salud mental o la educación. Para eso haría falta creer que la política social no es patrimonio exclusivo de la izquierda, que la preocupación por las vidas de los españoles pobres debe ser algo más que bajar impuestos, y que la política adulta no consiste simplemente en ignorar lo que dicen Quique Peinado, Henar Álvarez o Ignatius Farray, sino en conocer lo que dicen Marta Iglesias, Pablo Malo o Juanjo Jambrina.

Idealismo o materialismo

Ni la moción en Murcia se hace por dignidad democrática, sea lo que sea eso, ni el rechazo de Mónica García a la oferta de Iglesias es una victoria del feminismo. Mónica García y Errejón se resisten a aceptar la unidad con Iglesias porque saben que en Madrid son más fuertes. La resistencia de García no es la de las mujeres ante el autopercibido macho alfa, sino la de un político frente a otro que quiere moverle la silla. Exactamente lo mismo que ha ocurrido en Murcia, donde la lucha por la dignidad y contra la corrupción ha sido la excusa para justificar un cambio de sillas de momento fallido. En esto, más allá de las campañas de todos los partidos, anclados no al centro sino a su tiempo, se le da más importancia al discurso que a los hechos. El discurso vende una lucha aún no culminada por la igualdad entre hombres y mujeres. Los hechos muestran una igualdad real en la política. Mujeres y hombres traicionan y se resisten cuando ven que otros hombres y mujeres quieren quitarles la silla. No hay nada esencialmente distinto en la resistencia de Mónica y en la de Íñigo. La lucha ya fue, y es lo que ha permitido que en política el honor y la vergüenza, la firmeza y la cobardía, estén hoy asignados no por el sexo sino por el carácter.

En el otro lado de la Asamblea también ha triunfado la disyuntiva idealista. Del Socialismo o Libertad hemos pasado al Comunismo o Libertad, justo ahora que el primer eslogan cobraba cierto sentido. Se ha criticado el lenguaje guerracivilista como si fuera algo que acaban de inaugurar Iglesias y Ayuso. Nunca Sánchez, Sánchez siempre cae en el centro, a pesar de que es el continuador de Zapatero en el uso partidista de la Guerra Civil.
“Guerracivilista” es otra de esas palabras mágicas que hacen más fácil la escritura de una columna y la articulación de la propaganda externalizada. Permite igualar a alguien que llama fascista a cualquier persona de derechas y a alguien que llama comunista al secretario general del Partido Comunista de España, como si el insulto y la descripción fueran equiparables. Pero el caso es que los comunistas en España están en el Gobierno, y los fascistas en alguna plaza luciendo camisa, que es lo único a lo que pueden aspirar.

El peligro real para Madrid y para España no es que los comunistas lleguen al Gobierno, algo que ya ha pasado. Tampoco es que los comunistas pongan en marcha la revolución socialista, teniendo tantas hipotecas por pagar y tantas series por terminar. El peligro real es la persistente normalización de quienes ondean la bandera de la URSS, quienes cocinan con una sudadera de la RDA y quienes elogian públicamente a dictadores y asesinos como Fidel Castro o Ernesto Guevara. Es un peligro principalmente ético, filosófico, no político. Por eso lo que está amenazado, el otro lado de la disyuntiva, no es la libertad, sino la decencia, entendida como un mínimo decoro moral.
La lucha no es entre comunismo y libertad, demasiado idealista, ni entre el mal y el bien, demasiado maniquea. La lucha es entre quienes elogian a tiranos de izquierdas y quienes, sabiéndose imperfectos, se niegan a compartir bando con los que abrazan la perfección del mal. Y después, sí, las traiciones, las corrupciones o las mentiras habituales, porque eso es también la política que hacemos los humanos. Pero antes está lo otro, y es lo realmente importante.

Votar PSOE

Llevaban un tiempo jugueteando con la idea, pero desde ayer ya es oficialmente canon: Ayuso es la encarnación de Trump en España. La maquinaria de análisis neutros y siempre certeros está en unos niveles de producción nunca antes conocidos. El PSOE lanzó el doberman en el 96 y dejaron que correteara hasta que se cansó. Después vino “Aznar asesino”, que hoy sigue siendo moneda legal. Antes estas cosas se hacían con más cuidado, se hacían para que durasen, como las lavadoras. Tal vez por influencia inconsciente de alguna lectura secundaria sobre Marx, aquello de que el trabajador pone parte de lo que es en el producto. Ahora el producto dura un par de días, como mucho unas semanas. Del “fábrica de independentistas” se pasó a “agitadores del odio y la crispación” y de ahí a la extrema derecha y el fascismo. La primera hace años que no recibe actualizaciones, la segunda se dejó de usar en cuanto los señalados dejaron de ir a los sitios a los que les prohibían ir, y la tercera, esta sí, goza de extrema buena salud. En los últimos dos años hemos visto crecer eslóganes de todo tipo. Empezaron dando sus primeros gritos en las redes y hay que verlos ahora, en la universidad. La España ajena a la moción de Sánchez era ‘El cuento de la criada’, o incluso peor. El mismísimo David Simon certificó que estábamos de nuevo en 1937 y que esta vez los tuiteros no iban a pasar. Hace unos días supimos que hay un supremacismo madrileño secesionista, unas semanas antes nos enseñaron que también había un populismo de centro, y desde ayer, decíamos, Ayuso es como Trump.

Todas estas cosas nos las han enseñado los mismos que en el editorial Ayuso-Trump dicen que es peligroso banalizar el discurso. Los mismos que hace apenas unos meses alertaban sobre los peligros de la hipérbole se lanzaron después a equiparar cualquier amago de oposición con el asalto al Capitolio. Se podría decir que en esto sí hay una responsabilidad compartida, desde el momento en el que en muchos de los análisis sobre las elecciones catalanas se tiró también de la representación americana. Fue desconcertante ver cómo para señalar a quienes dieron un golpe de Estado en 2017 se metía con calzador la deslegitimación trumpiana. De repente el nacionalismo catalán no tenía sustancia y había que denunciarlo no por nacionalista, golpista o violento, sino porque se parecía a lo que pasaba en Estados Unidos, es decir, a Trump. Y si aceptamos que las calles ardiendo en Cataluña, que llevan ardiendo desde 2017 y que son fruto de una educación y de un ambiente político que echó raíces hace mucho más tiempo, son comparables con el asalto al Capitolio, entonces es normal que otros salgan con que Ayuso actúa como Trump cuando se adelanta a una moción de censura. Y así, puesto que Ayuso es como Trump, Ayuso es también como Torra, Borrás y Forcadell. O incluso peor.

La moción de censura, por cierto, es lo menos interesante de la semana. Es un intento por garantizar la supervivencia de algo que comparte nombre con lo que en otra época fue un partido político adulto, o que quería hacer política para adultos. De todo eso hoy sólo quedan muchas personas adultas y serias que siguen trabajando por los mismos principios, a pesar de todo, y otras que saben que los principios son cadenas que impiden el progreso. La moción de censura tenía vocación nacional, pero tal vez porque “nacional” es un concepto que hiere sensibilidades y los nuevos tiempos exigen no dejar ninguna sensibilidad atrás, se ha quedado en Murcia. Se suele dudar de la utilidad de los concursos de oratoria, pero es evidente que la tienen. Ponerse a defender una posición política y su contraria ante compañeros de clase o de partido prepara muy bien para La Vida Moderna. Un día estás defendiendo que regenerar es acabar con los privilegios territoriales, examinar en serio lo que pasa en la educación o denunciar los discursos sectarios en temas complejos, y al día siguiente a lo mejor toca defender que regenerar es, qué cosas, echarse en brazos del partido que lleva años garantizando todo lo anterior.

Hoy el editorial de El País se complementaba con un comentario de José María Izquierdo para La Ser. Votar a Ayuso es votar a Trump, decía el periódico, y “Votar PP es votar Vox”, añade la radio. Nos sale automáticamente el “y tú más”, y es comprensible, porque son muchos eslóganes en muy poco tiempo. “Si votar PP es votar Vox entonces votar PSOE es votar Bildu, ERC, Podemos”. Y hay parte de verdad en eso, igual que hay similitudes entre las calles de Cataluña y las de Estados Unidos, pero no hace justicia a la realidad: votar PSOE es sencillamente votar PSOE. Añadir a Iglesias, a Rufián o a Otegi a la respuesta es aceptar que lo único malo que ha hecho este PSOE es juntarse con partidos que le son ajenos. Pero es necesario entender que la asociación del PSOE con todos ellos no parte de un interés puramente egoísta por mantenerse en el poder, sino que se mantiene en el poder junto a ellos porque comparten un mismo proyecto. El PSOE no participó en el golpe de 2017, pero no cree que fuera un golpe, cree que todos fuimos culpables y cree que los indultos y el diálogo con los golpistas es lo correcto. El PSOE no afirma explícitamente que España es una democracia imperfecta, pero sí que cuando Iglesias dice eso lo hace por vocación de mejora, y también puso su firma en el ‘Manifiesto en favor de la democracia’ junto a Podemos, Junts, ERC, la CUP o EH Bildu. Y el PSOE no participa en los homenajes a etarras, pero sí se ha dejado ver en alguna cena con el líder de los que hacen los homenajes, y se siente mucho más cómodo con ellos que con quienes aún los sufren.

El PSOE no es el centro entre dos extremos, sino el partido que más empeño ha puesto en la destrucción de la educación española, tanto en lo que tiene de educación como en lo que tiene de española; es el partido que más empeño ha puesto en expulsar a la derecha del consenso democrático que ellos mismos dictan, y el partido que con más regocijo ha aplaudido la expulsión sin metáforas de la derecha -todo lo que molesta ya es ‘derecha’- en territorios como el País Vasco o Cataluña; y es el partido que más empeño ha puesto en politizar instituciones como TVE, convertidas en correas de transmisión de los eslóganes partidistas más zafios.
La respuesta a esos eslóganes zafios no debería ser otra que un eslogan corto, verdadero, honesto, tautológico: votar PSOE es votar PSOE. Sería injusto que nos olvidásemos de todo lo que ha hecho un partido con tanta historia, y de todo lo que aún puede hacer.

Las armas y las letras

Llevaba dos o tres días en plena desconexión de la actualidad. La tercera en un año. Ésta ha durado poco porque parece que estamos en los inicios de una nueva moción de censura contra la derecha. La anterior la desalojó del Gobierno de España, la actual pretende desalojarla de varios gobiernos municipales y autonómicos y la tercera se produjo hace ya tiempo, aunque aún no terminamos de verla. Es la que la desalojó de su centro, de sus ideas y de sus principios para ponerla en el interminable camino al centro, que es simplemente otra manera de referirse al PSOE. Esta última moción es tan compleja y sofisticada que la ha llevado a cabo la propia derecha como reacción al papel que el bloque de nacionalistas e izquierdas colocó en su espejo. Esta moción autoinfligida parte de dos memes. Primero, el meme de la foto de Colón, que no es necesario explicar. Segundo, el meme de Casado frente al espejo. La genialidad de los estrategas del PSOE consistió en escribir “Vox el que lo lea” en el espejo de Casado. Y Casado decidió que no iba a caer en una trampa tan bien tejida. En lugar de arrancar el papel y examinarse frente al espejo decidió que jamás sería Vox, algo que en buena parte había sido no hace tanto tiempo. Vox era el PP y el PP era Vox hasta que el PP dejó de ser el PP. Y así, Vox decidió que había un hueco por representar en el electorado de la derecha, y añadió cuatro o cinco extras peligrosos o absurdos que permitieran diferenciar su marca de lo que hasta entonces habían sido. Casado, el principal representante de la derecha, decidió que no iba a ser Vox. Y como la gestión deja poco tiempo para la reflexión, como examinarse y pensar qué ideas merece la pena defender era un trabajo lleno de minas, decidió que las ideas –las ideas propias– eran señal de voxismo.
Así fue como Cuca Gamarra, la creadora de la campaña ‘Mujer, por encima de todo’, sustituyó en el PP a Álvarez de Toledo.

Pero no es de esto de lo que se habla hoy. Hoy se habla de la “traición” de Ciudadanos, con el dramatismo que todo lo impregna y al que ya nos hemos acostumbrado. Ciudadanos hoy se está limitando a hacer política de la misma manera que el PP hace política. Cuando no hay exámenes ni ideas la política sólo puede consistir en determinar quién maneja unos presupuestos, y la regeneración no puede consistir en nada que no sea cambiar las sillas de quienes manejan los presupuestos. Hoy, justo hoy, muchos simpatizantes de Ciudadanos han descubierto con escándalo que el PP llevaba un cuarto de siglo gobernando en Murcia, apenas dos años después de apoyar que Ciudadanos formase parte de un nuevo gobierno del PP en Murcia. Hoy muchos simpatizantes de Ciudadanos han descubierto que el PSOE, el partido desde el que los insultaron en Alsasua o en el Orgullo, es un partido con el que se puede aspirar a regenerar España, con el que se puede anclar España al centro. O sea, al PSOE. Por eso funcionan tan bien estos simulacros de pensamiento, porque en el fondo no son más que tautologías.

Hoy se habla de todo esto, y la semana pasada se habló de dos historias que me llamaron la atención y no quise comentar. La primera fue la escenificación de la “derrota del terrorismo”, orquestada por el Gobierno de Sánchez en representación del Estado. El presidente de España mandó retirar una gran lona blanca bajo la que habían colocado armas de ETA y del Grapo, después una apisonadora pasó sobre ellas y finalmente Sánchez pronunció un discurso en el que destacó la necesidad de “luchar contra la desmemoria”. Hizo y dijo eso porque sabía que a la semana siguiente ya nadie se acordaría de todo eso, y porque la gran lona blanca lo mismo se descubre que puede volver a cubrir cuando haya que estampar la firma junto a EH Bildu. A la escenificación no acudió la oposición, ni la presidenta de la Comunidad de Madrid ni representantes de asociaciones de víctimas del terrorismo, salvo la AVT, pero sí estaba Idoia Mendia, que se refirió al acto como “un gesto simbólico que constituye un paso más en la construcción de la memoria y la convivencia”. A Idoia Mendia le escribieron en el espejo “Haréis y diréis cosas que nos helarán la sangre” y en lugar de arrancar el papel lo hizo suyo y aceptó escenificar una cena de Nochebuena con Arnaldo Otegi, porque sabía que aunque años después siguiéramos acordándonos daría igual, y porque sabe que una foto sin un buen marco no se tiene en pie.
La otra historia que casi me saca de mi desconexión fueron unas palabras de Margarita Robles. En un acto de Estado, esta vez en agradecimiento a los protagonistas de la Transición en el aniversario del 23F, la ministra del PSOE se refirió a Santiago Carrillo como representante de una izquierda que entendió “que un país no se construye desde la descalificación, la intolerancia y el creerse superior a los demás”. Lo dijo por su papel en el golpe de Estado y en la Transición, pero hay algo terrible en el hecho de leer esas palabras referidas a alguien como Carrillo. Es terrible porque el papel de Santiago Carrillo en la Transición y en el golpe fue simbólico, gestual, una representación, mientras que el papel de Santiago Carrillo en la Guerra Civil tuvo consecuencias directas y definitivas para muchas personas que fueron consideradas enemigos de la izquierda. Frente a la izquierda de Santiago Carrillo existió gente como Melchor Rodríguez, un anarquista que entendió que una república no se puede salvar desde los asesinatos de presos. Y lo entendió porque por encima de su ideal político situó unos principios éticos inamovibles.

Hoy en España el PSOE reivindica a Carrillo o a Largo Caballero, los partidos nacionalistas catalanes reivindican un golpe de Estado y Podemos ensalza habitualmente y sin complejos a dictadores de izquierdas. Frente a ese bloque debería haber otro que reivindicase la firmeza de Melchor Rodríguez y las dudas de Unamuno, que denunciase los asesinatos políticos y los golpes de Estado -los de antes, pero sobre todo los de después de la Transición- y que entendiera que la regeneración en España no puede consistir sólo ni principalmente en denunciar corruptelas en las administraciones locales.
En teoría no debería ser difícil en un país que presume tanto de leer a Chaves Nogales, pero probablemente muchos de esos lectores le acusarían hoy de generar crispación y de alimentar el odio.

Programa político inmóvil, II

Decíamos ayer: ¿Es posible constituir un bloque alternativo sin incluir ninguna de esas diez creencias, tampoco las implícitas? Es decir, ¿es posible combatir eficazmente esas ideas sin manipular ni mentir, sin relativismo ni dogmatismo, sin simplificar los problemas y sin vulgarizar el lenguaje y el pensamiento Y lo más importante, ¿es posible articular un discurso alternativo y no meramente negativo que pueda dar lugar a un nombre común para defender ideas y principios propios, sólidos e innegociables?

Hay un primer principio sin el que el resto de ideas sería una colección de promesas y declaraciones: estas ideas, por ser ideas esenciales, no pueden ser negociables. No pueden entregarse a cambio de posibles votos ni a cambio de una vida política y mediática más cómoda. Al mismo tiempo, no pueden tomarse como verdades ajenas, no pueden defenderse sin haber sido examinadas antes por quien las defienda. Esto es lo que significa “sin relativismo ni dogmatismo”.

Vamos con la primera idea del bloque de consenso, y con su posible respuesta.

1- Esencialismo cultural y territorios con derechos.

Frente a los esencialismos culturales y los territorios como sujetos de derechos habría que defender la idea de que el ciudadano es el único sujeto político. No existen “lenguas propias” sino ciudadanos que hablan unas lenguas u otras, y no existen “territorios históricos” sino unidades administrativas del Estado español. No se trata de defender, por ejemplo, el encaje de Cataluña en España, sino de defender a los ciudadanos españoles en Cataluña, País Vasco, Madrid o Valencia. Frente a los abusos de otros ciudadanos y también, si es preciso, frente a los abusos de las distintas unidades administrativas del Estado. Estos abusos van desde la negación de la escolarización en la lengua común, el castellano, hasta la negación de facto de las libertades y derechos políticos. En este último punto se incluyen tanto los actos de acoso contra actos públicos de los partidos ajenos al bloque como el intento de golpe de Estado que se produjo en Cataluña en 2017. Al ciudadano español que reside en Cataluña, País Vasco, Baleares o Navarra le asisten los mismos derechos y garantías que al ciudadano español que reside en Extremadura, Asturias. Andalucía o Madrid. Al ciudadano español que decide acudir a un acto político en León, en Cáceres o en Madrid le asisten los mismos derechos que a otro ciudadano español que decide acudir a un acto político en San Sebastián, en Vic o en Alsasua. Un ciudadano español que reside en León y asiste a un acto político en Alsasua es tan “invasor” como un ciudadano español que reside en Alsasua y asiste a un acto político en Alsasua. Esto es lo que dicen las leyes. Pero las leyes no se imponen ni se cumplen por el mero hecho de existir como leyes. Cuando las leyes, las libertades o los derechos son cuestionados sistemáticamente no sólo por ciudadanos concretos sino por instituciones del Estado y por representantes políticos, y cuando lo que se cuestiona en el fondo son los derechos de ciudadanos españoles, lo que debe defenderse no es sólo la ley sino la polis. Defender la polis hoy en España, defender la ciudad, lo público, es defender todos los territorios de España como territorios efectivamente españoles. Es decir, territorios donde rige la ley común, no “leyes privadas”. Si hay administraciones, políticos y ciudadanos vulnerando los derechos de otros ciudadanos, el primer deber de alguien que quiera participar en política frente a todas las ideas que mencionábamos antes es denunciar y combatir la idea de que los derechos no pertenecen a los ciudadanos sino a los territorios, y de que la cultura, el pueblo, no sólo existen como sujetos sino que han de defenderse a costa de los ciudadanos. Hay partidos españoles que defienden no la fragmentación de España, sino la desaparición, de facto y cuando convenga, de las leyes y de los derechos de todos los españoles. Combatir esas ideas y a esos partidos no es combatir el “separatismo”, sino combatir el nacionalismo. Es conveniente conocer las ideas y las palabras en juego antes de lanzarse a la política. La propuesta alternativa no puede ser la emotividad del entendimiento, la vacuidad del diálogo o la renuncia; la propuesta debe ser la defensa convencida y efectiva de lo común: del castellano como lengua común, del derecho a moverse libremente entre todos los territorios españoles, de la libertad para manifestarse políticamente. Y esta defensa no puede hacerse sólo desde las notas de prensa, los comunicados o las entrevistas; esta defensa ha de hacerse de manera efectiva y presencial. Si en determinadas regiones españolas existe un problema de libertades políticas, y si el bloque del consenso silencia, tolera o fomenta ese ambiente coactivo, la respuesta a esa idea, a ese ambiente y a esa defensa ha de ser firme y continuada. El ciudadano es el único sujeto político, y cualquier abuso de los nacionalistas y de sus compañeros de bloque ha de ser no sólo denunciado sino combatido políticamente.

No es el quién, es el qué

 

En octubre de 2020 se leyó en el Congreso la lista de las personas asesinadas por la organización terrorista ETA. Prácticamente todos los diputados decidieron permanecer sentados, algunos incluso miraban su móvil mientras sonaban los nombres, porque quien leyó la lista era Santiago Abascal, que antes de ser diputado de Vox fue un joven acosado y amenazado por la organización terrorista ETA.

Hoy en el Congreso una diputada de EH Bildu ha leído una lista con las mujeres asesinadas por sus parejas desde 2003. Mertxe Aizpurua antes de ser diputada fue editora del diario Egin, y hoy ha hablado desde el escaño que le ofrece el partido que dirige Arnaldo Otegi, condenado por trabajar para la organización terrorista ETA.
Prácticamente todos los que en octubre de 2020 decidieron quedarse sentados hoy han aplaudido la intervención de la diputada de EH Bildu.

Estos dos momentos no son dos hechos sino uno sólo, y así hay que entenderlo. Y hay un tercer y un cuarto hecho igualmente relevantes para llevar la reflexión hasta el fondo: nadie firmó, ni desde una organización ni desde un periódico, los asesinatos de las mujeres que hoy han sido recordadas en el Congreso; el partido en el que milita la diputada a la que hoy han aplaudido los mismos que antes miraron el móvil no sólo tiene como líder a alguien que firmó tácitamente más de 800 asesinatos, sino que aplaude a quienes cometieron esos asesinatos cuando salen de la cárcel.

Hay que llevar la reflexión hasta el fondo porque es ahí donde estamos como sociedad.

 

Nuestros antifascistas

Lamenta hoy un tipo que escribe en Deia que en otros periódicos (“las profundidades cavernarias”, los llama) se hable mucho de la violencia de estos días en las calles, pero sobre todo lamenta que en los análisis sobre la violencia se incluyan referencias a la ‘kale borroka’. Le molesta porque esos análisis no aparecen en Deia, donde usaron palabras parecidas para referirse a las pintadas contra sedes del PNV o también para referirse a las agresiones contra la Ertzaintza en el marco de las restricciones por la pandemia, sino que aparecen en periódicos nacionales, y hasta ahí podíamos llegar. La mentalidad de los territorios con privilegios se acaba expandiendo hacia otros ámbitos.

Habla el gracioso oficial del Deia de las múltiples interpretaciones sobre las “grescas callejeras”, y es verdad que ha habido muchas y muy interesantes. Nadie ha salido a decir que son fruto de una pelea de bar, pero sí que son generadas por una “violencia estructural, invisible”. Esto lo insinúa una magistrada en activo; en activo en la política. Dice también que la violencia genera violencia y que la violencia es siempre más grave cuando la ejerce el Estado. Es muy interesante esta triple afirmación porque quien lo dice no es sólo magistrada, sino Delegada del Gobierno contra la Violencia de Género. Hay que preguntarse si parte de este mismo análisis para referirse a la violencia de su negociado. ¿La violencia de género es también fruto de una violencia previa? ¿De una violencia estructural, invisible? ¿El hombre que agrede o asesina a una mujer lo hace porque se siente víctima de una violencia previa que habría que aceptar sin pruebas? Y sobre todo, ¿la violencia del policía que detiene al agresor es más grave que la violencia del agresor? ¿La violencia del Estado contra el agresor genera más violencia?

Ha habido también interpretaciones epistemológicas: parecería que la violencia de estos días estaba vinculada a la extrema izquierda, pero en realidad los chavales “no saben ni lo que defienden”. Y es verdad, ha habido chavales que al ser preguntados no sabían ni quién era ese tal Hasél. Tomar esto como categoría es tan acertado como sustituir las pruebas diagnóstico en Educación por las encuestas a pie de calle a los alumnos de algún instituto. Sí, hay gente que ha salido a lanzar piedras, a volcar contenedores, a agredir a periodistas o a robar en tiendas sin saber muy bien por quién iba esta vez la revolución, pero el caso es que toda esta gente aparece siempre en actos con ciertos elementos comunes, y nunca en manifestaciones por la educación especial, por la educación en castellano o contra un golpe de Estado.

Estas dos interpretaciones son interesantes porque intentan eliminar la responsabilidad, o al menos la vinculación. Una sitúa la culpa en una violencia previa, estructural, invisible, y también en una violencia posterior, la del Estado. En el medio, el siempre certero medio, la violencia de los antifascistas. La otra sitúa la culpa en la ignorancia, no en el antifascismo. Y hay una tercera narración que tal vez no es más interesante, pero sí más divertida. Es la que en lugar de alejar o eliminar la responsabilidad la abraza con fuerza. Se lee estos días un argumento curioso como respuesta a quienes vinculan la violencia al movimiento antifascista: consiste en equiparar la agresión contra un fotógrafo al desembarco de Normandía. Los antifascistas de hoy serían los herederos de la 101 Aerotransportada; los que recorren las calles volcando y quemando contenedores, insultando a los vecinos, agrediendo a periodistas o lanzando objetos contra la policía serían el orgullo de los soldados que murieron defendiendo su posición en los bosques de las Ardenas ante la ofensiva del ejército alemán.

Todos esos análisis son dignos de análisis, todos son preocupantes, y todos insisten en no ver lo que está pasando. La violencia está ahí, y las banderas también. Ayer en Bilbao figuraban las de la amnistía para los “presos vascos” –en la cárcel por amar a su tierra-, la ikurriña, la de la URSS -tres-, la republicana con estrella roja y la de la Red Antifascista. Ayer en Bilbao volcaron contenedores, quemaron algunos de ellos, lanzaron objetos contra la policía y agredieron por la espalda a un fotógrafo. Ayer se escucharon gritos muy viejos, aunque le moleste al gracioso del Deia. “Vosotros, fascistas, sois los terroristas”, “Pablo Hasél askatu” e incluso “Presoak kalera, amnistia osoa”. Se escuchó también “Euskal Herria, antifascista”.

Antifascista, sí. No vale salir con violencias estructurales, con ignorancia seleccionada o con películas. Los que estos días -estos años- salen a ocupar las calles, a quemar las calles y a intentar que los demás nos callemos son antifascistas. Aunque no haya fascismo, y aunque lo más probable es que en la Segunda Guerra Mundial no hubieran estado en el frente sino en manifestaciones contra la guerra imperialista de los americanos. Algunos, por afinidades patrióticas, es probable que incluso hubieran salido a defender el derecho a la supervivencia del pueblo alemán.
Son los antifascistas de la Cup, de Sortu, de Ernai y de Arran los que salen a quemar las calles. Y lo seguirán haciendo, porque sus mayores los animan, los justifican o los exculpan. Mientras los analistas de la moderación insisten en que suenen las alarmas por la ultraderecha, la extrema izquierda lleva años haciéndose con la legitimidad de la fuerza. Llevan años resistiéndose a las leyes, como les enseñan sus mayores, desde Torra a Colau; llevan años entrelazando política y agresión, como les enseñaron sus mayores, desde Otegi hasta quien hoy decide seguir militando en el partido de Otegi; llevan años “desinfectando” las calles de la presencia fascista, llamando “fascista” a gente como Savater, Pagazaurtundúa, Rivera, Abascal, Rajoy o un padre que pida educación en castellano para sus hijos; y llevan años escuchando cómo el partido de los mayores y de la moderación, el PSOE, insiste en que todos los anteriores agitan el odio cuando organizan un acto político en alguno de los territorios ganados por la violencia antifascista en lugar de aceptar en silencio su eliminación.

La violencia política en España no es nueva, sino que ha estado presente desde la Transición, con mayor o menor intensidad; no es difusa, sino que la usa la extrema izquierda, que en varias regiones es además nacionalista; y no es inocua, sino que ha tenido efectos políticos claros. Además de esto se pueden añadir otras cuestiones al análisis. Se puede reflexionar sobre la correlación entre violencia política y edad, o incluso sobre la posibilidad de que bajo los adoquines no esté la playa sino un desorden psicológico. Pero el caso es que los adoquines los lanzan los antifascistas, y esto es el hecho esencial. Nuestros antifascistas son hoy, entre otras muchas cosas, violentos. No son los únicos violentos, pero el antifascismo es uno de los pocos movimientos políticos en los que la violencia se tolera y se defiende sistemáticamente. Y esto ocurre porque en demasiados análisis «antifascismo» pesa más que «violencia».

Lo único bueno es que frente a ellos no hay fascistas sino tenderos, hosteleros, vecinos, concejales de partidos políticos pacíficos, periodistas, intelectuales, asociaciones cívicas o estudiantes más preocupados por poder ir a clase que por la conciencia de clase.
Lo malo es que en el medio están los de siempre.