¿Guerra cultural?

Confieso que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, así que en principio esto debería darme algo de autoridad en la materia.
Como no he leído ningún paper, no sé cuáles son las definiciones más aceptadas de “guerra cultural”. Lo que sí sé es que es algo que se suele mencionar desde la derecha y el centro-derecha para referirse a lo que antes simplemente era “hacer política”.

De la guerra cultural se empieza a hablar, de hecho, cuando todo lo que no es izquierda nacionalista pretende reaccionar a años de políticas de izquierda nacionalista. La izquierda nacionalista, la única izquierda que en España tiene peso político, se ha dedicado durante décadas a lo que se esperaba de ella. Y hoy se pueden ver sus frutos en Cataluña y el País Vasco, pero también en Navarra y en Baleares, donde los brotes verdes destacan casi más que los frutos ya maduros de las dos primeras regiones. Siempre es un espectáculo contemplar el nacimiento de una nación; en este caso asistimos al nacimiento de dos, tres, cuatro naciones. Probablemente en unos años estarán a punto de organizarse en una confederación.
A lo que no se presta tanta atención, en cambio, es a la muerte. La muerte tiene algo, un no sé qué, que ahuyenta a los espectadores. Al menos en política. Pero para que puedan nacer dos, tres, cuatro naciones en España, tiene que haber algo que desaparezca. Ese algo es, por llamarlo de algún modo, la “nación nacional”. Porque si decimos la nación española corremos el riesgo de que los nacionalistas nos llamen nacionalistas. Resumen más aséptico: digamos España. Seamos aún más comedidos, asumiendo el riesgo de que nos llamen moderados o incluso separatistas: digamos Estado. Porque en este caso, y no en los titulares del Deia, sí procede. Para que puedan nacer dos, tres o cuatro naciones en diferentes regiones de España, tiene que retirarse el Estado, que es lo que mantiene lo común. Tiene que arraigar el mensaje de que lo común es ajeno. Sólo así pueden aceptarse discursos políticos que hablan de “lengua propia” en lugar de “lengua común”. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que la educación no debe ser un fin en sí mismo al que todos los alumnos han de dirigirse en igualdad de condiciones. Sólo con la desaparición del Estado es posible aceptar que mientras unos alumnos son conducidos hacia la educación, otros tienen que ser conducidos hasta Pamplona. Y eso cuando existen pamplonas a las que dirigirse.

Bueno, pues a esto mismo, a hablar de las construcciones nacionales en varias regiones de España, de las consecuencias para la ciudadanía común, de las mentiras y de las verdades omitidas en esas construcciones nacionales, hoy se le llama “guerra cultural”.
Lo curioso es que cuando el PSC en Cataluña, el PSOE de Baleares, el PSN o el PSE comenzaron a deshacer la nación española en esas cuatro regiones, nadie hablaba de “guerra cultural” por su parte. Porque lo que hacían era política. Legítimamente, además. E igual de legítimamente se debería hablar de política cuando hablamos de deshacer todos esos entramados nacionalistas que han ido germinando durante los últimos años y que comienzan a dar nuevos brotes en nuevas regiones.

Hablar de “guerra cultural” cuando se defiende desde la política algo tan normalito como la racionalidad, o cuando se rechazan los mensajes esencialistas de los nacionalismos; cuando se defiende el pragmatismo y el interés de los alumnos en la educación; cuando, en fin, se intenta elaborar un discurso propio frente a la política de un Gobierno formado por el PSOE actual y el Podemos de siempre, encarnados en Patxi López y Enrique Santiago, supone reconocer la incapacidad de hacer política en igualdad de condiciones.

Hablar de guerra cultural, eso sí, es terreno abonado para la épica. Todos podemos ser soldados en las guerras culturales, con la importante ventaja de que estas guerras no producen daños reales y sí ascensos. Pero la izquierda nacionalista no necesita soldados ambiciosos que destaquen en el campo de batalla. Los tiene, claro, pero no los necesita. Porque cuando hacen política, hacen política. Cuando quieren desarrollar la formación de los espíritus nacionales hacen lo que tienen que hacer: leyes. Y funciona. Y mientras lo hacen no hablan de guerra cultural. En todo caso, si quisiéramos buscar un símil bélico deberíamos hablar de guerra relámpago. Aunque una guerra relámpago un tanto extraña puesto que no hay sorpresa en ella. Si el enemigo es incapaz de defenderse no es por el impacto inicial y por la rapidez de los ataques, sino porque está a otras cosas. El avance es plácido, sereno. Da tiempo a admirar el paisaje y a escuchar las voces de los territorios. Y cuando alguien pretende recuperar el terreno o al menos trazar un mapa con la situación actual, sale lo de la guerra cultural.

Hablar de guerra cultural es no entender que en la izquierda nacionalista mandan Francina Armengol, Miquel Iceta, Idoia Mendia o María Chivite, que sus aliados son Podemos, Més, EH Bildu o ERC, y que al frente de las operaciones está Pedro Sánchez. Hablar de guerra cultural es no entender que la izquierda nacionalista, que además del problema moral de incorporar a los aliados que he mencionado puede permitirse el lujo de integrar a líderes como Carmen Calvo o Patxi López, lleva años de victorias no culturales, sino políticas.

Y así, hablando de guerras culturales, tenemos a alguien como Feijóo en Galicia. Y tenemos a no pocos dirigentes de la derecha o del centro-derecha quejándose por los votos que resta alguien como Cayetana Álvarez de Toledo. Y tenemos a un centro-derecha ya casi inexistente en el País Vasco. Y llamamos “mal menor” a que Ada Colau sea la alcaldesa de Barcelona. Y seguimos aceptando plácidamente la incuestionable legitimidad de nuestro Estado autonómico sin proponer ninguna corrección igualmente legítima a las evidentes injusticias que ha ido produciendo esa configuración, o que ha ido cultivando la izquierda nacionalista.

Si la guerra cultural es la manera mediante la que el centro-derecha pretende combatir el modelo que la izquierda nacionalista tiene para España, entonces han perdido antes de empezar. Porque lo que la izquierda nacionalista lleva años haciendo no es guerra cultural, sino política. Política desde una base ideológica -o varias- explícita, clara. Pero política. Así, es posible que lo que tenga que hacer el centro-derecha sea precisamente volver a hacer lo que se espera del centro-derecha: política. Claro que para poder hacer política no basta sólo con elaborar un presupuesto. Para poder presentar una alternativa a la izquierda nacionalista, es verdad, no basta con las leyes. Porque las victorias de la izquierda nacionalista son las leyes, pero esas leyes parten de y se dirigen a fortalecer una serie de ideas.


Mientras terminaba de escribir esto me he acordado de que no he leído ningún paper reciente sobre la guerra cultural, pero sí esto de Quintana Paz: ¿Qué queremos decir cuando decimos que estamos en una guerra cultural?

Y claro, tiene razón. Pero precisamente, lo que llamamos guerra cultural no es algo que sustituye a la política, sino las condiciones en las que al parecer el centro-derecha tiene que hacer hoy política. Y ese “hoy” es relativo: ¿acaso la condición del nacionalismo no ha sido siempre llevar lo político, la cuestión nacional, a todos los terrenos? Por eso, cuando se dice que lo que hay que hacer es presentar batalla en la guerra cultural, o al contrario, cuando se desprecian los principios diciendo que eso es guerra cultural y no va a ningún sitio, se olvida algo esencial: si la guerra cultural es un estado de cosas, si es el terreno en el que tiene que combatir cualquiera que quiera ofrecer una alternativa al nacionalismo, entonces no estamos hablando de un fenómeno nuevo. Otra cosa es que para no pocos dirigentes relevantes del centro-derecha el combate al nacionalismo sea no ya algo nuevo sino inédito.

La manifestación profunda

 

El 8 de marzo hubo en muchas ciudades de España manifestaciones que no deberían haberse celebrado. Pero no sólo pudieron celebrarse sino que el Gobierno, en lugar de recomendar prudencia, animó a que los ciudadanos asistieran. Sabíamos lo que estaba pasando en China, sabíamos lo que estaba pasando en Italia, y todavía hoy los que deberían haber protegido a los ciudadanos españoles siguen diciendo que celebrar actos multitudinarios en el comienzo de una pandemia no fue una mala idea.

Esas manifestaciones no deberían haberse celebrado, pero quienes se manifestaron no eran necesariamente malas personas, ni buscaban causar daño a otros ciudadanos españoles. Esas manifestaciones partían de muchas, muchísimas ideas equivocadas, partían de una premisa que sólo podían creer los ya convencidos, partían de un relato que cruzó la línea de la mentira, o de la posverdad, hace ya demasiado tiempo, y extrañamente contaron con el apoyo de prácticamente todos los partidos políticos.
Esas manifestaciones fueron criticadas por el riesgo que supusieron para la población española, con razón.

Esta semana ha habido varias concentraciones en diferentes puntos de Madrid para protestar contra el Gobierno. Como en las del 8 de marzo, quienes se concentran estos días en Madrid no son necesariamente malas personas, ni buscan causar daño a otros ciudadanos españoles. Estas concentraciones tienen como premisa, imagino, la necesidad de que el Gobierno de España dimita por su gestión de la crisis. Como ocurre con casi todas las manifestaciones, el objetivo principal no es conseguir algo concreto, sino hacerse ver. Y lo que se está viendo es que muchos de los que criticaron las manifestaciones del 8 de marzo las criticaron no por el peligro que suponían, sino porque no estaban de acuerdo con lo que defendían. De la misma manera, muchos de quienes defendieron las manifestaciones del 8 de marzo no lo hicieron porque pensaran que la libertad de reunión era más importante que los riesgos de celebrar actos multitudinarios a las puertas de una pandemia, sino porque era su reunión, aunque los riesgos tuviéramos que asumirlos todos. Estas concentraciones en Madrid no deberían haberse celebrado y no deberían seguir celebrándose, principalmente por el riesgo que suponen para la población española.
Estas concentraciones han sido criticadas por el riesgo que suponen para la población española, con razón.

Algunos somos alérgicos a las manifestaciones, y casi a cualquier acto colectivo. Yo no habría asistido a ninguna de las dos, como tampoco he participado en ninguna de las caceroladas que se han celebrado durante el confinamiento. En las últimas décadas creo que sólo he asistido a tres concentraciones. Una en Alsasua, otra en Miravalles y la última en Bilbao. La primera se llevó a cabo tras la agresión que sufrieron dos guardias civiles y sus parejas por parte de varios jóvenes del pueblo. La segunda tras el homenaje que se celebró en Miravalles al etarra Josu Ternera. Y la tercera se celebró el 6 de diciembre, día de la Constitución, tras unas vallas que nos separaban de quienes preferirían que nos hubiéramos quedado en casa. En realidad las tres concentraciones se celebraron con protección policial. En todas ellas, especialmente en las dos primeras, hubo insultos e intentos de boicot. En todas ellas fuimos cuatro gatos, y creo que todos sabíamos que íbamos a ser cuatro gatos.
Como decía, esos tres actos fueron una excepción. No habría asistido ni a las del 8 de marzo ni a las de estos días en Madrid por alergia a los actos colectivos, por incompatibilidad con las formas y algunas de las ideas de fondo y porque en medio de una epidemia es una idea malísima celebrar actos de ese tipo.

Pero éstos no son los únicos actos públicos que se han celebrado en España durante la crisis.
Desde hace unos días, como en las de Madrid, se están celebrando actos en diferentes puntos del País Vasco y Navarra. En estos actos no se pide la dimisión del Gobierno ni se insiste en la necesidad de otorgar derechos que ya existen. Lo que se está celebrando estos días en diferentes puntos del País Vasco y Navarra son actos de solidaridad con Patxi Ruiz, una de las personas que asesinaron a Tomás Caballero, concejal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona.
Patxi Ruiz, asesino de ETA, decidió ponerse en huelga de hambre para protestar por su situación en la cárcel. Varios ciudadanos españoles se han concentrado estos días para manifestar la profundidad de su miseria moral y de nuestra enfermedad social. Su miseria moral consiste en solidarizarse públicamente con un asesino, como ya hiciera hace tiempo Antón Gómez-Reino, flamante diputado de Podemos en el Congreso y hombre fuerte del partido desde su fundación. Nuestra enfermedad social consiste en que dedicamos más tiempo a despreciar a los “cayetanos”, “fachas”, “progres” o “feminazis” de turno que a exponer, analizar, comentar, denunciar o señalar lo que varias personas defienden en las calles y plazas de Navarra y del País Vasco. En concreto, en este caso, a un asesino de ETA.


Y nuestra enfermedad social es lo que nos conduce a que los miserables morales, los que se manifiestan públicamente para apoyar y mostrar cariño a asesinos de ETA, son desde hace tiempo unos compañeros de gobiernos, manifestaciones, causas, fotos y cenas de Nochebuena totalmente normalizados. Algunos incluso llegan a ser diputados en el Congreso, sin que los partidos que los acogen tengan que responder por ello.
Son la auténtica España negra, la excepción que algunos han decidido normalizar, la lacra social que arrastramos desde hace décadas.

Eso sí, no llevan palos de golf a las concentraciones, guardan la distancia de seguridad y siempre saludan.

Siete minutos de ruido

A las 20:00, en el bloque de la calle donde vivo, la calle principal de Galdácano, volvieron a salir para aplaudir a lo que sea que aplauden, algo que a estas alturas no está del todo claro. Dos minutos de aplausos.

Una hora después, a las 21:00, coincidiendo con el discurso del Rey, han salido de nuevo. No sé si los mismos que han salido una hora antes, pero desde luego más de los que han salido una hora antes.

Cacerolas, bocinas, música, silbatos, luces, algún grito. La mayoría de las ventanas y de los balcones estaban vacíos, pero daba igual, porque los dueños, los que arriman el hombro, los que están unidos, son ellos. A mi izquierda y a mi derecha, dos familias entregadas al ruido. En el bloque de enfrente, también varias familias, algunas de ellas con niños pequeños. Me he quedado mirando a una madre con un niño pequeño, al otro lado de la calle, sin saber por qué.

Siete minutos. Ése es el tiempo que han estado entregándose al ruido y a sus miserias, que ahora tenemos que soportar también los demás. Siete minutos en Galdácano, no sé cuántos en otros lugares, no sé en cuántos lugares.
Siete minutos de ruido contra alguien, el Rey, que no tiene nada que ver con esta crisis. Siete minutos de furia ridícula que al mediodía, en el primer turno, me produjo ira, y que ahora sólo me ha producido hastío.

Siete minutos pretendidamente espontáneos dirigidos por los buitres de siempre, con los objetivos de siempre, con la impunidad social de siempre. Siete minutos que nada tienen que ver con los casi 600 fallecidos en España, 40 de ellos en el País Vasco, a los que han escupido hoy.

Siete minutos observando a los vecinos y un enorme ejercicio de contención para no gritarles, a todos ellos, miserables y algo más.

Comisión de investigación

 

El día 8 de marzo de 2020 todos los partidos actuaron de manera irresponsable. Pero los partidos políticos no son el Gobierno. Ni siquiera los partidos del Gobierno son el Gobierno.
El Gobierno es el principal responsable de un país, o al menos así debe ser. En ocasiones se le atribuyen responsabilidades injustas. En ocasiones estalla una crisis realmente imprevisible.

 

No es el caso. En febrero ya eran numerosos los artículos que alertaban sobre la epidemia que  se estaba expandiendo. Antes del 8 de marzo ya teníamos los ejemplos de China y de Italia. Y a pesar de ello, el Gobierno no sólo no animó a que los ciudadanos fuéramos responsables sino que animó a que fuéramos irresponsables. Animaron y estuvieron en primera línea de la irresponsabilidad, en múltiples manifestaciones masivas organizadas en varias ciudades. Entre esas ciudades, Madrid.

 

Hay más responsables. Los intermediarios. Si España hubiera contado con un sistema periodístico sano, se podría haber evitado el efecto de las llamadas a la irresponsabilidad del Gobierno. Pero ese mismo día tuvimos a RTVE, la televisión pública de España, mostrando a un señor que negaba no sólo el riesgo, sino la misma existencia del virus. Esos días tuvimos a Cristina Almeida en La Sexta animando a que la gente hiciera como ella y asistiera a la manifestación, porque era más peligroso el virus del machismo. Tuvimos a Iñaki Gabilondo quejándose por la poca atención que recibirían asuntos mucho más importantes que el coronavirus, que nos tenía, literalmente, “hipnotizados”. Tuvimos incluso risas, tuvimos a expertos en comunicación -todos son sólo eso, éste es el gran problema- gestionando una crisis que nacía, tuvimos a gente que no sólo llamaba a la irresponsabilidad sino que decía, no sin datos sino contra los datos, que esto iba a ser sólo una gripe. Tuvimos incluso a un comunicador, que se pasea habitualmente por las tertulias de Tele5 y de La Sexta, diciendo que en abril ya nadie se acordaría del virus.

 

Pasó el 8 de marzo. Y todos ellos siguieron pasando por expertos. Y siguieron pasando por los platós de televisión y por las tribunas de los periódicos. Pasó el 8 de marzo y hoy, 18 de marzo, diez días después, con más de 13.000 casos y más de 500 fallecidos en España, el presidente del Gobierno anuncia en el Congreso, para cuando pase la crisis, una comisión de investigación sobre nuestra sanidad pública. Después de que, tras un par de días de desconcierto, todas las plataformas mediáticas al servicio del progreso, desde RTVE a El País, hubieran comenzado a señalar a los recortes de la derecha como los principales responsables del impacto de esta epidemia. Después de tres días de aplausos en los balcones a, en teoría los sanitarios. Después de que ya hayan dejado claro que también, también esos aplausos están contaminados por la agenda política. Esos aplausos, que de momento son aplausos a la sanidad pública, acabarán siendo cacerolas contra los gobiernos de los recortes.


Antes del 8 de marzo, como va publicando la prensa, el Gobierno decidió no hacer caso a varios informes que recomendaban tomar medidas. El 8 de marzo todos los partidos actuaron de manera irresponsable. Pero aún no se ha inventado el mecanismo legal para que el responsable político de una crisis sanitaria sea la oposición. Aún.
Mientras tanto, los responsables cuentan con los medios y con el Congreso. Después de que cualquier ciudadano haya podido ver cómo el Gobierno desoyó las advertencias, primero, llamó a la irresponsabilidad, segundo, y pasó varios días en estado de shock, tercero, lanzando a sus académicos a comenzar la batalla del relato, después de todo eso, hoy Pedro Sánchez anuncia una comisión de investigación sobre el estado de la salud pública.

Estamos asistiendo al “Pásalo” definitivo. Al “¿Aznar de rositas?” más refinado. Estamos asistiendo a un momento histórico. El Gobierno ha decidido que el principal responsable de cualquier crisis será a partir de ahora la oposición.


Cuando estaba a punto de terminar la última frase he empezado a oír voces y alguna cacerola. Luego más. Y me he acordado de algo que me han comentado hoy en tuiter. Un whatsapp que circuló ayer. “Miércoles 18 de marzo cacerolada a las 12 de la mañana para que Juan Carlos I done los 100 millones saudíes a la sanidad pública. Reto viral, por favor. Reenvíalo!”.

 

Y así ha sido. Cacerolas en la calle principal y en el parque. Alguna bocina. Uno que gritaba “Lapurrak!”, que significa “Ladrones”. Pocas, de momento. Mañana probablemente serán más.

 

No es momento para las críticas. Pero sí es momento para anunciar comisiones de investigación sobre los recortes y para caceroladas. Por ahora, contra Juan Carlos I. Con el paso de los días todo irá reconduciéndose hacia el objetivo apropiado, espontáneamente bien dirigido.

Una vez más.

Adultas por encima de todo

Hace unos días Pablo Iglesias y Pablo Echenique se refirieron a un análisis que exponía las deficiencias técnicas que lastraban el anteproyecto de ley de libertad sexual, elaborado por los responsables del Ministerio de Igualdad. “En las excusas técnicas hay mucho machista frustrado”, dijo Iglesias. “Parece que cuando se plantea un avance en los derechos de las mujeres haya quien esté deseando que venga un machote a decir: ‘Déjame, que yo te explico cómo hay que hacer las cosas“, dijo Echenique.

Iglesias y Echenique dijeron eso porque la responsable última de haber presentado un anteproyecto de ley con deficiencias técnicas de todo tipo -también ideológicas, claro, pero eso ya es otra cuestión- fue una mujer. Irene Montero.

Ayer el Partido Popular presentó su vídeo de campaña para el 8-M, que es en sí mismo otra campaña. El lema del vídeo del PP es el siguiente: ‘Mujer, por encima de todo’.

En el vídeo aparecen varias dirigentes del PP refiriéndose a otras mujeres. En positivo, obviamente. Por ejemplo, Cayetana Álvarez de Toledo habla bien de Inés Arrimadas. Habla bien en doble sentido: “Si tuviera que destacar una virtud de Inés Arrimadas puramente femenina no podría destacar lo más importante de ella. Porque la valentía no es un atributo exclusivamente femenino sino de todas las personas, independientemente de cualquier consideración identitaria. E Inés Arrimadas yo creo que por encima de cualquier otra cosa es una mujer valiente. Una persona valiente”. 

En el vídeo aparece además Elvira Rodríguez hablando bien de Nadia Calviño, Ana Pastor hablando bien de Gloria Elizo o Isabel Díaz Ayuso hablando bien de Ana Oramas.
Y también Andrea Levy hablando bien de Ada Colau. Y Ana Beltrán hablando bien de Irene Montero. Y Cuca Gamarra hablando bien de Nuria Marín.

Imagino que el mensaje que quieren transmitir es que, por encima de las diferencias políticas, todas ellas son mujeres. Y que todas ellas son personas, imagino. Y que se puede decir algo bueno sobre todas ellas. Pero esto es lo que se podría esperar de algún taller de empoderamiento, no de un partido político. Es lo que cabría esperar, tal vez, en el grupo de mediación de un colegio, compuesto por alumnos. No en un partido político. Ni siquiera en un partido político que decide participar en algo como el 8-M.

En un partido político, y en general en la política, cabe esperar un discurso que vaya más allá de la seducción, la empatía, la sororidad y otros conceptos vacíos. Un discurso que trate a los ciudadanos y a los políticos como adultos. También, y no sería necesario especificarlo, a las mujeres. Especialmente si se trata de un discurso que pretende ser feminista.

Porque en eso consiste, creo, lo que muchos tenemos en mente cuando hablamos del feminismo. En tratar de la misma manera a los hombres y a las mujeres. En esperar y exigir lo mismo de ellos. En no dar menos valor a alguien por el hecho de ser mujer; tampoco más.
Considerar de la misma manera a Ada Colau y a Inés Arrimadas o a Nuria Marín y a Nadia Calviño porque son “mujeres por encima de todo” es una afrenta a Inés Arrimadas y a Nadia Calviño. Y posiblemente a todas las mujeres que no quieren ser “mujeres por encima de todo”, sino educadas, honradas, trabajadoras, inteligentes, competentes, valientes. Y que saben que si alguien es maleducado, deshonesto, vago, ignorante, incompetente y cobarde, lo de menos es que sea hombre o mujer.

Irene Montero, como ministra, no es una mujer por encima de todo. Es una adulta con responsabilidades por encima de todo. Quienes exigen un tratamiento distinto para ella como ministra por el hecho de que es una mujer, curiosamente, lo exigen en nombre del feminismo.
Por eso esta campaña del Partido Popular es un error, además de una oportunidad perdida. Porque no se trata de defender que una mujer pueda ser ministra. No es necesario. Lo necesario, lo oportuno, sería defender que una mujer ministra no es una víctima en potencia, y que no debe ser tratada de manera distinta por el hecho de ser mujer.

Una campaña realmente feminista, si es que por “feminismo” entendemos lo que se supone que todos entendemos, habría sido “Adultas por encima de todo”. O incluso “Adultos”, si se hubieran sentido con la convicción necesaria.
En su lugar el Partido Popular presenta esto. Tal vez porque Cuca Gamarra, cuando tiene que definirse en el vídeo de la campaña que ella ha dirigido, se define como “una mujer de su tiempo”. Y esto es lo que presenta el Partido Popular, exactamente. Una campaña feminista de su tiempo.

***

Ayer después de verlo me venían varios nombres de mujeres en el Congreso, y en la política en general. Marian Beitialarrangoitia. Mertxe Aizpurua. Laura Borràs. Carme Forcadell. Mujeres que han concebido la política como un señalamiento constante de los otros. Y de las otras. Mujeres que han centrado su carrera política en trazar la línea que divide el ellos y el nosotros. Que han llamado a actuar contra ellos. Y contra ellas. Que han considerado que su pueblo no estaba formado por ciudadanos, sino por ciudadanos que eran vascos por encima de todo, o catalanes por encima de todo. Así que, ¿mujeres por encima de todo? No, hombre. Esas mujeres tienen más en común con Quim Torra y con Arnaldo Otegi que con Inés Arrimadas y Maite Pagazaurtundua. 

***

Ayer le daba vueltas también al tono de la campaña. Las tarjetitas, el lado humano, el florecimiento de las emociones. Y me acordaba de Évole, los pactómetros, el estilo desenfadado de cierta cadena de televisión.
Pero probablemente es sólo una impresión.

Con mano izquierda

Leo hoy que cuatro personalidades políticas del País Vasco han escrito un manifiesto en torno al futuro de la izquierda vasca. El manifiesto, o la carta, se ha publicado en Gara. Y el lugar en el que debe aglutinarse la izquierda vasca, según estas cuatro personalidades, es EH Bildu.

Las cuatro personalidades son las siguientes:

Gemma Zabaleta, exconsejera (Empleo y Asuntos Sociales) socialista en el Gobierno de Patxi López. Gobierno que fue posible gracias al apoyo del PP vasco, habría que recordar.

Javier Madrazo, también exconsejero (Vivienda y Asuntos Sociales) del Gobierno vasco, pero no el de López sino el de Ibarretxe. Fue coordinador general de Ezker Batua-Berdeak, la Izquierda Unida con hecho diferencial, hasta que los hechos diferenciales de dos corrientes internas hicieron que la agrupación de corrientes y escisiones varias se escindiera en dos nuevas corrientes, dando lugar a Ezker Anitza, hoy integrada en Elkarrekin Podemos, y a Ezkerra Berdeak. 

Daniel Arranz, que fue gobernador de Vizcaya durante la última legislatura de Felipe González.

Y Manuel Díaz de Rábago, que fue presidente de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco. En 2010 el blog del periodista Javier Ortiz recogía unas palabras que el juez pronunció en una entrevista publicada en una revista jurídica, Res Publica. Las palabras eran éstas, la negrita es mía.

P.- ¿Qué opina sobre el caso Egunkaria?

R.- Voy a responder a la gallega: ETA y el modo en que el Estado le da respuesta provocan en mí, en estos últimos años, cierta incertidumbre sobre qué puede sucederme primero: que ETA me asesine o que el Estado me acuse de formar parte de sus estructuras. Revela, a mi juicio, el desvarío de ambos en el logro de sus objetivos, bajo la perversa regla de que “todo vale”.

Ésos son los cuatro autores de la carta publicada en Gara.

En la carta hablan de una anomalía democrática que padecemos en el País Vasco, relacionada con EH Bildu. De manera nada sorprendente, con la anomalía no se refieren precisamente a EH Bildu, sino al hecho de que toda la izquierda vasca no esté unida en torno a EH Bildu para ofrecer “las respuestas que necesita la Euskadi del futuro”. 

Los autores de la carta dicen compartir varios puntos de vista. Algunos de ellos son éstos:

“hay que recuperar la pedagogía en la política, (…), el respeto, la idea de que los proyectos políticos que se defienden no son contra los demás sino a favor de las personas que conforman nuestra sociedad o la recuperación de los espacios perdidos en una democracia menguante”.

Y por eso piden que la izquierda vasca se reagrupe en torno a EH Bildu.
Pero EH Bildu es la coalición que integra a Sortu, el partido que en definitiva marca el ritmo de la coalición. Y Sortu es el partido que hace menos de un año, en abril de 2019, llamaba a “plantar cara” a Abascal, Rivera y Casado, cuando participaron en diversos actos de sus partidos en el País Vasco, en el marco de las elecciones generales de abril. “No son bienvenidos”, añadía Sortu en un tuit.

 

Sortu es también el partido que animaba a participar en las Brigadas de Desinfección Antifascista cuando esos partidos se atrevían a pisar suelo vasco. 

 

Y EH Bildu, directamente, es la coalición que en septiembre del año pasado, pensando en las generales de noviembre, registró una proposición en el Parlamento vasco para que esta cámara invitase a “los partidos políticos que apenas tienen apoyo social, político e institucional en Euskal Herria que no utilicen durante la campaña electoral el territorio vasco con el objetivo de obtener votos fuera de aquí”.
En realidad, como se puede ver en la imagen que compartió en su día Borja Sémper, EH Bildu no pretendía que el Parlamento vasco “invitase” a esos partidos a no tocar suelo vasco, sino que se lo exigiera. “Invite” fue la palabra que Pedro Gorospe decidió usar en su crónica en El País para referirse a la propuesta de EH Bildu.

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Que los proyectos políticos que se defiendan no sean contra los demás y recuperar los espacios perdidos en una democracia menguante, decían los autores en la carta. Y en lugar de pedir que la izquierda vasca denuncie a quienes siempre han defendido su proyecto político contra los demás, con pistolas o con amenazas y acoso, a quienes han intentado eliminar el espacio político de quienes se oponían a su proyecto, y a quienes se han especializado en menguar la democracia en el País Vasco, en lugar de eso, piden que la izquierda vasca se reagrupe en torno a ellos, en torno a EH Bildu.

La carta sigue. Dice esto:

“Apostamos por una izquierda vasca, (…), que tenga voluntad de crear alianzas estratégicas de pensamiento y acción con todos aquellos partidos, organizaciones y personas que se reconozcan de izquierdas y por tanto que luchan por cambiar tantas injusticias como hay. Que genere confianza y practique el diálogo frente al insulto, la humildad frente a la prepotencia”.

Aparco lo de las personas de izquierdas que, por tanto, luchan por cambiar las injusticias en el País Vasco, que daría para una entrada algo más larga, y me quedo en lo del diálogo frente al insulto. Me acuerdo de Mari Carmen Sánchez Sequeros, la única concejal del PP en Galdácano durante la anterior legislatura. Y de las palabras con las que un grupo de encapuchados la recibió antes de entrar a un pleno en el ayuntamiento. “Asesina” e “Hija de Franco”. Esta acción se produjo después de que EH Bildu lanzase una moción de apoyo a un joven del pueblo que sufrió un accidente cuando iba a visitar a un preso de ETA. En respuesta a la moción, la edil del PP afirmó, negando palabras recogidas en la moción, que no se trataba de un preso político. Esto hizo que una parte de los asistentes se pusiera de pie, y que uno de ellos la llamase “asesina”, “fascista” y “cerda”, a lo que añadió “Mírame a la cara y quédate con mi cara”.

Me acuerdo de que en 2018, en Vitoria, una multitud de personas con ikurriñas y arrano beltzas se dedicó a gritar “Españoles, hijos de puta” a una persona que había decidido colgar la bandera de España en su balcón para celebrar el Día de la Hispanidad.
Y me acuerdo también de que “Españoles, hijos de puta” fue uno de los gritos con los que la izquierda abertzale recibió a los asistentes a los actos de Ciudadanos en Rentería y Alsasua.

 

Pero de esto no se acuerdan los cuatro autores de la carta que se publicó ayer en Gara. O sí. Normalmente conocen todas estas cosas, pero deciden no tenerlas en cuenta. Y así, piden que la izquierda justa y luminosa, la izquierda vasca, que practica el diálogo frente al insulto, se reagrupe en torno a los que llaman “cerda” a una concejal del PP y en torno a los que gritan “Españoles, hijos de puta” a los españoles que viven en el País Vasco o que visitan determinados lugares del País Vasco y Navarra.

La carta sigue. Los autores quieren “no olvidar el pasado para aprender de él”. Y piden que la izquierda vasca, la que lucha contra las injusticias, se reagrupe en torno a gente como Bea Ilardia, concejal de EH Bildu en Galdácano -junto a Mari Carmen Sánchez Sequeros- que publicó un tuit de bienvenida al etarra Tomi Madina cuando salió de la cárcel, y que en el mismo tuit quería recordar también a los otros etarras del pueblo que aún seguían en la cárcel, como Txapote o Bienzobas.

 

Los autores de la carta quieren que la izquierda vasca se sume a un proyecto ambicioso y de futuro, que supere la “anomalía democrática” que vivimos aquí, y quieren que ese proyecto lo lidere EH Bildu, coalición cuyos dirigentes realizan homenajes sistemáticamente a miembros de ETA, como cuando Sortu decide decorar el pueblo de Galdácano con imágenes de Kepa del Hoyo o “Thierry”, o como cuando los vecinos de Miravalles deciden decorar sus calles con fotos de Josu Ternera para recibir a los asistentes a un acto de Ciudadanos.

 

Esto es lo que quiere gente como Gemma Zabaleta y Javier Madrazo, la unión de facto de toda la izquierda vasca para corregir la anomalía democrática del País Vasco, que no sería EH Bildu sino los partidos que están en las antípodas, en fines y medios, de EH Bildu.


Es sin duda un proyecto ambicioso. Pero si redujeran un poco su ambición y sus prisas se conformarían, por el momento, con la cesión sistemática de la izquierda vasca a todos los postulados y proyectos del nacionalismo vasco, que es lo que han venido haciendo los otros actores de nuestra particular anomalía: el PSE y Podemos. Si tuvieran más mano izquierda, que es la expresión que usan para terminar su carta, Gemma Zabaleta, Javier Madrazo y los otros dos autores tendrían libre la otra mano para brindar en Nochebuena con el coordinador general de EH Bildu, Arnaldo Otegi, como ya hicieron los líderes del PSE y de Podemos Euskadi.

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Greta Sánchez

O Pedro Thunberg. Es un título estúpido para una idea: muchos análisis sobre estos fenómenos no se centran en lo importante, el qué, sino en lo accesorio, el por qué.

Comencemos con la joven activista climática. La cuestión más problemática en torno a Greta Thunberg es que es una adolescente que los adultos pretenden que sirva como modelo de acción para otros adolescentes. Lo problemático no es tanto lo que dice, si está más o menos equivocada, sino la idea de que los adolescentes deben recibir positivamente el mensaje de una adolescente. Y también el hecho de que junto a esta idea, en el mismo pack, hay muchas otras ideas. 

1- La igualación adolescente-adulto, o incluso la superioridad de los adolescentes. Se repite el mensaje de que los adolescentes -e incluso los niños- son quienes van a arreglar el problema del clima. Y no sólo ése. Porque si ellos son capaces de arreglar algo tan complejo como el cambio climático, ¿por qué no van a ser capaces de arreglar otros problemas? Esta idea, de manera nada sorprendente, es muy bien recibida por los adolescentes. En lugar de centrarse en el proceso de correcciones y autocorrecciones constantes que debe ser la adolescencia se les coloca en un pedestal y se comienza a hablar de “adultocentrismo”. 

2 – La superioridad de las emociones frente a la razón. Esto, hay que reconocerlo, es un hecho. Las emociones son más eficaces que la razón a la hora de promover una causa. La novedad es que ahora se está enseñando que no es algo con lo que hay que tener cuidado, algo que hay que modular, sino que es conveniente entregarse a ello. Los adolescentes no sólo están aprendiendo, sino que se les está enseñando que sí, que tienen razón, que las emociones son una guía para la acción y para la comprensión más eficaz que la razón.

3 – La acción sin análisis. Otra enseñanza que los gretistas están transmitiendo a los adolescentes: actúa. No hace falta que leas, no hace falta que te informes, y aún hace menos falta que examines el mensaje que transmitimos: abrázalo y actúa. Sal a la calle, protesta, grita consignas. Aunque no sirva para nada, aunque no entiendas nada.

4 – Los mensajes. A modo de paréntesis. El viernes pasado coincidí cerca del Teatro Arriaga en Bilbao con una manifestación de adolescentes por el clima. Imagino que les habrían dado permiso para abandonar el instituto y ocupar la calle. Algunas de las consignas que escuché en diez minutos, coreadas por menores de edad con voz de menores de edad:

 

  • El cambio está en la calle y no en los parlamentos.
  • La solución es la expropiación
  • El planeta no se muere, es un asesinato
  • Borroka da bide bakarra (la lucha es el único camino)
  • Jo ta ke irabazi arte
  • Que no, que no, que no nos representan
  • Ecologistas y anticapitalistas

Todo esto alentado por profesores, centros educativos en su conjunto e incluso alguna ministra. Todo esto es lo que está produciendo el “efecto Greta”. Se repite que está sirviendo para que los adolescentes cobren conciencia de la importancia del cambio climático, para que cambien las conductas que afectan al cambio climático, pero no es así. Es un mito. Los adolescentes -ellos mismos lo reconocen cuando se les pregunta- no saben más sobre el cambio climático. No han comenzado a informarse sobre el cambio climático ni sobre lo que dice Greta. Simplemente aceptan lo que dice esa niña, o mejor dicho, lo que transmite esa niña. Aprenden que hay que sentirse mal por el cambio climático, que hay que lanzar mensajes intensos, y que si lanzan mensajes intensos se les hará caso, sin importar que hayan pensado en lo que dicen.

Lo problemático no es tanto lo que dice Greta, sino que lo dice alguien como Greta. Lo problemático es que si el modelo es Greta, los adolescentes serán como Greta. Símbolos, personajes que lanzan mensajes más o menos incendiarios y apocalípticos en nombre de una causa que no han investigado. 

Y lo problemático es también lo que decimos sobre Greta, o algunas de las cosas que decimos sobre el fenómeno Greta. Que está financiada por no sé qué empresas de renovables, que está siendo utilizada por determinados políticos, que está convirtiéndose en símbolo de una causa que va más allá de la preocupación por el medio ambiente. Y como esto es lo que se dice, a esto se dirigen las respuestas de sus defensores. Ni siquiera es lo más importante el daño que se le está haciendo a Greta; al fin y al cabo es una niña más, y es difícil que alguien pueda parar lo que está pasando. Lo más importante es el efecto que todo este fenómeno tendrá en los adolescentes a los que se les está diciendo que Greta es el modelo, lo más importante es el modo en que afectará a su manera de ver el mundo y de relacionarse con él. Un mundo en el que los adolescentes son vistos como la mayor esperanza, en el que las emociones son fuente de verdad, y en el que el conocimiento no debe ser el antecedente de la acción.

Y en cierto sentido, salvando las distancias, algo parecido está ocurriendo con Pedro Sánchez, con lo que decimos sobre Pedro Sánchez. En concreto con lo que decimos sobre el partido de Sánchez en Navarra, el PSN. El qué, lo que hace ese partido, es habitualmente indecente. Se sitúa sin ningún escrúpulo al lado de los nacionalistas y de los populistas, y al lado de quienes siendo todo eso pertenecen a una categoría distinta, la coalición EH Bildu, la izquierda abertzale de toda la vida. El Partido Socialista de Navarra integra hoy el bloque nacionalista, junto a Geroa Bai, Podemos y EH Bildu. Ha asumido su relato, ha asumido sus premisas y ha asumido sus campañas. Y en lugar de hablar de esto, en lugar de denunciar el qué, nos centramos en el por qué. Porque pensamos que si todo esto lo hace como pago a EH Bildu por su apoyo al PSOE y al PSN es peor que si lo hace por el hecho de que, sencillamente, tiene más en común con EH Bildu que con Navarra Suma.
El PSN permitió que la alcaldía de Huarte fuera para EH Bildu, después de que la alcaldesa Amparo López, del PSN, se fuera al Gobierno de Navarra. En lugar de presentar a otro candidato el PSN decidió dejar su silla vacía el día en que se debía elegir al nuevo alcalde, lo que permitió que el nuevo alcalde fuera el candidato de EH Bildu. También decidió apoyar al candidato propuesto por EH Bildu para la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Y también decidió no condenar en el Parlamento navarro la propuesta de EH Bildu para exigir desde el Parlamento vasco que determinados partidos no hicieran campaña para las generales en suelo vasco.
El mensaje crítico con el PSN suele partir de una idea: todo lo que hace es una prueba del pacto entre el PSN y EH Bildu, todo sería un pago del PSN a EH Bildu. Pero eso es irrelevante. Y no es la peor opción. La peor opción es que el PSN haga todo lo que hace no porque le debe algo a EH Bildu, sino porque coincide con EH Bildu.

Y claro, cuando decimos que todo es una prueba del pacto PSN-Bildu, los defensores del PSN y del PSOE lo tienen fácil: ¿qué pacto?

 

La cuestión, tanto en el caso de Greta como en el caso de Sánchez, no es quién está detrás, quién los controla o a quién se deben, sino qué es lo que hacen. La cuestión realmente importante, siempre, es lo que hacemos.

C. Tangana y los valores perdidos

En realidad C. Tangana no es la cuestión. La cuestión tampoco es la libertad de expresión. La cuestión, en el fondo, es la misma de siempre. Y como es la misma de siempre, quien habla de estas cosas habla siempre de lo mismo, es decir, es un pesado.
Pero la cuestión es que la cuestión, aunque sea la misma de siempre, parece que no existe, y esto hace que los pesados sigamos siendo pesados.

Todos sabemos, en Bilbao, en el resto del País Vasco y creo que incluso en el resto de España, cuál es la cuestión de fondo. La cuestión de la que nos ocupamos ahora comienza cuando el Ayuntamiento de Bilbao -gobernado por PNV y PSE- decide contratar a C. Tangana para que actúe en las fiestas. Unos días antes de que den comienzo, el mismo ayuntamiento decide suspender el concierto después de que unos miles de personas en Change, además de EH Bildu y Elkarrekin Podemos, pidieran su cancelación. Si el Ayuntamiento de Bilbao no hubiera contratado a C. Tangana en un primer momento no habría pasado nada. Cada año hay cientos de artistas a los que el Ayuntamiento no contrata. Pero la cuestión es que el Ayuntamiento decidió suspender el concierto tras las presiones de Elkarrekin Podemos, EH Bildu y varios miles de personas en Change. El alcalde de Bilbao, Juan Mari Aburto, ha intentado explicar por qué lo hizo, y también ha intentado explicar que lo que hizo el Ayuntamiento no fue censura: “Nosotros lo que queremos es que en Aste Nagusia los valores estén presentes”, y  “con dinero público no se puede apostar por ese tipo de música”, recogían hoy en Deia.

Al parecer, el resto de actos que forman parte de la Aste Nagusia, los valores presentes en esos actos, sí cuentan con el aval del alcalde y del Ayuntamiento de Bilbao. Las comparsas que año tras año decoran sus instalaciones con homenajes a los presos de ETA, los actos de solidaridad con los familiares de presos de ETA, los carteles que piden la amnistía de los presos de ETA, las pintadas de “Kaña a España” y las banderas de España tachadas en el recinto festivo, el homenaje a las txupineras con la presencia de Arantza Garbayo, nombrada txupinera en 1999 mientras cumplía condena por su actividad en un comando de ETA, y tantos otros actos que se llevarán a cabo durante esos días y de los que no tenemos noticia. Todo eso sí transmite, al parecer, los valores que el alcalde de Bilbao considera sanos.

Se podrá decir que no es el mismo caso. Que los actos que se acaban de mencionar son responsabilidad de las comparsas, no del Ayuntamiento. Bien, hay parte de razón en eso. Aunque también es verdad que sin el aval del Ayuntamiento las comparsas no se habrían convertido en los principales agentes de las fiestas de Bilbao. Es decir, no es el Ayuntamiento el que coloca casetas con fotos de miembros de ETA ni el que organiza homenajes a los familiares, pero sí el que permite que esas comparsas puedan seguir organizando las fiestas de Bilbao año tras año, y el que tolera que todo eso esté presente en el recinto festivo, que forme parte del ambiente festivo y, en fin, que transmita los valores que transmite.

Pero vamos a lo que sí es responsabilidad del Ayuntamiento de Bilbao, a lo que financia el Ayuntamiento de Bilbao. El año pasado el Ayuntamiento decidió contratar a Gatibu para el primer concierto. Creo que nunca he escuchado una canción de Gatibu. Pero sí me suena que son habituales de las fiestas, un grupo con bastante éxito en el País Vasco. Y como cuando el Ayuntamiento de Bilbao contrata a un grupo o a un cantante para las fiestas lo hace a conciencia, y como los grupos y cantantes que actúan en las fiestas de Bilbao, salvo C. Tangana, sí hacen que “los valores estén presentes”, pues me ha parecido oportuno ver quiénes forman parte de Gatibu y qué música hacen.

El cantante de la banda es Alex Sardui. No he escuchado nunca una canción del grupo y desde luego no me sonaba el nombre. Pero Alex Sardui es apoderado de las Juntas Generales de Bizkaia desde 2016. Por EH Bildu.

Es decir, el cantante de Gatibu, que sí transmite los valores que el alcalde de Bilbao considera decentes y representativos de la Aste Nagusia, es miembro de EH Bildu. Ahora es cuando me pondría a explicar de nuevo qué es EH Bildu, qué defiende EH Bildu o en qué actos ha participado EH Bildu, pero sería la enésima vez, y hasta los pesados tenemos límites. Así que daré por supuesto que quien está leyendo esto es consciente de todo lo que representa EH Bildu.
Alex Sardui, además de juntero de la coalición abertzale y de líder de Gatibu, también apareció en 2017 en un conocido programa de la ETB1. Conocido por la polémica que se formó tras una de sus emisiones. El programa era Euskalduna naiz, eta zu?, que se podría traducir como Soy vasco, ¿y tú? El caso es que se podría traducir así pero también de otra manera: Soy vascoparlante, ¿y tú?
Se podría traducir de esas dos maneras porque en el País Vasco “euskaldun” significa tanto “vasco” como “persona que habla -tiene, literalmente- euskera”, y claro, esto es otra cuestión que ayuda a entender la cuestión de fondo. Pero no es el momento de entrar en esa cuestión.

El programa contó con seis episodios: Pareja, Dinero, Escuela, Sexo, el de la polémica y Familia. El programa tenía un enfoque humorístico y en él aparecían varias personas ilustres del País Vasco para bromear sobre los tópicos de los vascos en torno a esas cuestiones. La cuestión en el quinto programa, el de la polémica, era Espainiarrak. Es decir, Españoles. Ahora podría resumir en qué consistió el episodio, creo que de una hora, y la polémica. Pero esto ya está quedando demasiado largo y la cuestión se está alejando demasiado. Quien no conozca la polémica, que fue bastante interesante, puede usar Google.

 

El episodio comenzaba preguntándose cómo eran los españoles. “Normalmente a un vasco le vienen a la cabeza estos cuatro prototipos”. Esos prototipos eran Facha, Paleto, Choni y Progre (“muy leído y culto, pero que sin embargo vota al PSOE”). Más adelante se preguntaban qué les viene a la cabeza a los vascos cuando escuchan la palabra “España”. Uno de los que contestan es el periodista y escritor Fermin Etxegoien: “Trauma… Es traumático, la idea de España para nosotros es traumática”. El programa era un ejercicio de humor, un acercamiento jocoso a los tópicos de los vascos, dijeron los participantes tras la polémica. El periodista y escritor dice que la idea de España es traumática “para nosotros” con tono y rostro serios, bastante convencido de lo que dice. Pero ya se sabe que los vascos, “nosotros”, somos serios hasta cuando bromeamos.

Después de más comentarios jocosos aparece Alex Sardui, de quien es probable que nadie que esté leyendo esto se acuerde ya. El líder de Gatibu, hombre, el grupo que tocó en la Aste Nagusia del año pasado. Estábamos hablando de lo de C. Tangana, los valores y todo eso. A Alex Sardui le preguntan qué son para él los españoles, qué imagen tiene de ellos: “Los españoles se hacen amigos tuyos enseguida. Joder, te quiero y la hostia. ¿Pero qué dices? Hala cállate, tira, tira”.
Los participantes dijeron que los españoles no entendieron la polémica, que la reacción fue exagerada y que la intención no había sido propagar el odio a los españoles, sino sólo bromear con los tópicos. Y es probable que eso fuera cierto en los otros cinco episodios, y que no sea para tanto, y que cómo nos gusta exagerar con estas cosas. Pero resulta que en el País Vasco durante muchos años, y hasta hace poco, se asesinaba precisamente a personas que formaban parte de la España opresora. Todos esos tópicos sobre los que bromeaban con o sin semblante serio en el programa de la televisión pública vasca, que los españoles son fachas, que la idea de España es traumática, que la idea de España es opresión, que son todos un poco catetos y atrasados, son los que formaban parte de la educación de la gente que integraba los escuadrones de asesinos de ETA. Y resulta que Alex Sardui, el cantante de Gatibu, participó en ese programa con sus comentarios jocosos sobre los españoles, esos otros que viven entre nosotros, y además participa en política con EH Bildu, coalición que acoge a varias personas condenadas por formar parte de ETA y cuyo coordinador general, Arnaldo Otegi, también formó parte de ETA.


Pero la polémica a la que nos referíamos, la de C. Tangana, había surgido por sus letras. Y se podrá decir que el Ayuntamiento de Bilbao no debe entrar en las actividades extramusicales del cantante de Gatibu. Es un poco extraño, porque esto significa que las letras de un músico, que normalmente no son declaraciones políticas sino ficciones con o sin carga autobiográfica, muestran sin asomo de duda cuáles son los valores de ese músico. Al contrario de lo que pasa con las declaraciones o con las actividades políticas de un músico. Pero en fin, aceptemos la objeción.
¿Qué dicen las letras de Gatibu? Decía antes que no había escuchado ninguna canción del grupo, así que he ido a su web y la tercera o cuarta canción que he encontrado es Ihes (Huir). La letra de la canción está traducida en su web y dice esto:

 

¿A quién se refiere esa letra? ¿Quiénes son los huidos que se han pasado la vida sufriendo y que aman a su pueblo, a los que los de Gatibu dan las gracias por ser como son? Pues a saber, oiga.

La letra aparece en la web musikazblai.com | Toda la música del Estado, que pretende ser una enciclopedia con los artistas y las letras de Cataluña, País Vasco y Galicia. Uno de los comentarios a la canción Ihes de Gatibu finaliza así: GORA IHESLARIAK ETA GORA EUSKAL PRESOAK!!! REDIOX!!!! Pero eh, no nos pasemos. No podemos saber a qué huidos (“iheslariak”, de “ihes egin”, “huir”) se refiere Gatibu en su canción.
Por otra parte, y sin que tenga nada que ver, Gatibu fue uno de los grupos que tocaron en el Hatortxu Rock de hace dos años, que celebraba las 20 ediciones del festival. Hatortxu Rock es un festival especial, distinto al FIB, al Sonorama e incluso al BBK Live. Hatortxu Rock es un festival que nace con el objetivo de denunciar la situación que viven “los presos políticos vascos, los refugiados (iheslariak) y los deportados”, y que trabaja para que todos ellos estén en casa “vivos y libres”. También se refiere como “conflicto armado” a las décadas en las que quienes formaban parte de ETA decidieron que el asesinato y la intimidación eran herramientas políticas legítimas.

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Lo dicho, quién sabe. El caso es que el alcalde de Bilbao intentaba explicar estos días que suspendió el concierto de C. Tangana porque no querían que ese músico formara parte de la Aste Nagusia. Por los valores, los efectos en la sociedad, las líneas rojas, la ejemplaridad, etc. Desde el año 2015, en el que Juan Mari Aburto toma posesión como alcalde de Bilbao, estos grupos han formado parte de los valores de la Aste Nagusia, por los que el Ayuntamiento sí puede apostar: Gatibu, Ken Zazpi, Zea Mays, Esne Beltza, Su Ta Gar. Algunos son más conocidos, otros menos. Bien, pues todos esos grupos participaron también en Hatortxu Rock, el festival que llama “conflicto armado” a las décadas de terror de ETA, que considera presos políticos a los presos de ETA y que trabaja para que todos los presos de ETA puedan estar cuanto antes en casa, vivos y libres.
Qué cosas.

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Pero a ver, pesado, se preguntará un sagaz lector, ¿qué es lo que quieres? ¿Que el Ayuntamiento de Bilbao haga con esos grupos lo mismo que con C. Tangana?

No, hombre. Ésa no es la cuestión. La cuestión es que todo esto forma parte de lo mismo de siempre, y que siempre estamos con la misma cuestión. Con las indignaciones selectivas y con los valores extraños. La cuestión es que la cultura vasca, las fiestas vascas, los nacionalistas moderados vascos y la televisión pública vasca son los que hacen que éste sea el estado de la cuestión, los que han ido dando forma al relato, y los responsables de que en las fiestas de Bilbao un músico como C. Tangana dispare las alarmas sociales por sus letras mientras actúan grupos que consideran presos políticos a los etarras, mientras las fotos de los etarras inundan el recinto festivo y mientras la mayoría sujeta firmemente su katxi no vaya a ser que se lo tiren al cantar Badator Marijaia, la canción oficial de la Aste Nagusia, compuesta por el mundialmente conocido Kepa Junkera. Que, evidentemente, también, también participó en el festival por los “presos políticos vascos”. Al igual que los también conocidos y por todos apreciados Benito Lertxundi y Ruper Ordorika, hecho que desconocía hasta que me he puesto a escribir esto, y en fin, yo qué sé, ¿queda algún alto representante de la música vasca que no haya participado en ese evento, alguien que diga, joder, con ésos ni a heredar, cómo voy a ir con unos que llaman presos políticos a los etarras? 

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La cuestión es que de los dirigentes de una sociedad en la que homenajear a los miembros de una banda terrorista se ve como algo normal uno esperaría que al menos tuvieran la decencia de no dar lecciones de moral, que al menos sintieran la suficiente vergüenza como para no velar por la salud moral de sus representados ante el peligro que para la misma supone un C. Tangana.

La cuestión es que en el último cartel, el de la presentación del festival, en el que se recoge la participación de Benito Lertxundi y de Ruper Ordorika, aparece también el organizador, Hatortxu Rock, en la columna del medio; y por debajo del organizador aparece el patrocinador, el diario Naiz; y por debajo del patrocinador aparecen dos frases, dos campañas: Free Them All, liberarlos a todos, y Denon Artean, entre todos.

Y así, denon artean, es como se ha conseguido que no podamos dejar de hablar de todo esto y que hablar de esto no tenga ningún efecto.

Bueno para España


Vamos a ser analíticos, que siempre es lo más apropiado.

Lo primero, los hechos.

El PSOE de Sánchez -es decir, el PSOE y también el PSC, el PSN, el PSE, el PSIB de Sánchez- ha alcanzado acuerdos de gobierno con ERC y JxCat, que son dos de los partidos que promovieron hace menos de dos años un golpe de Estado en Cataluña. Ha alcanzado acuerdos de Gobierno también con la CUP, que además de participar en el golpe de Estado es lo más parecido a una Batasuna fuera del País Vasco, con la diferencia -no pequeña- de que no dependen de una banda terrorista para hacer política. Dos de sus dirigentes estuvieron, antes del golpe de Estado, en el homenaje al etarra fallecido Kepa del Hoyo, en el que se aplaudió a etarras como Txapote. Tienen incluso una organización juvenil equivalente a Ernai, Arran. Esta organización es orgánicamente independiente de la CUP. Es decir, operan sin correa. Y entre sus operaciones destaca el señalamiento público del juez Llarena o el vandalismo contra las sedes de partidos políticos considerados enemigos del pueblo catalán.

Sigamos siendo analíticos. El PSOE de Sánchez está a las puertas de alcanzar un acuerdo de Gobierno en Navarra con Izquierda Unida, Podemos y Geroa Bai. Con los nacionalistas y con la extrema izquierda. Un acuerdo de Gobierno que además necesitará los votos, y por tanto la participación, de Bildu. Y como necesitará sus votos, los dirigentes del PSOE ya han empezado a fabricar el mensaje de que Bildu es un partido tan legítimo como los demás, con la excepción de Vox, Ciudadanos y el PP, que son fascistas.

Podríamos seguir siendo analíticos. Podríamos recordar lo que han significado los pactos del PSOE con los nacionalismos en Cataluña, País Vasco o Baleares, más allá del peaje moral de pactar con partidos que entienden que el golpe de Estado o el terrorismo son herramientas legítimas en política. Podríamos recordar la política lingüística en Baleares, el Programa 2000 en Cataluña o los cuatro años de nada de López en el País Vasco. Podríamos recordar, en fin, que el PSOE no ve los pactos con nacionalistas como un mal menor, sino como la alianza natural del PSOE.
También podríamos engañarnos, pero decíamos que íbamos a ser analíticos.

Por último, vamos a recordar la utilidad de los votos de Valls y de Collboni en Barcelona: gobierna Ada Colau. Y el mismo día en que supo que iba a gobernar anunció que volvería -es importante este verbo, “volvería”, si somos analíticos- a colocar un lazo amarillo en la fachada del Ayuntamiento y volvió a decir que los acusados por el golpe de Estado en Cataluña eran presos políticos. Pero dijo, eso sí, que no era independentista. Ni antindependentista.

Bien, ésos son los hechos. Algunos, porque no es cuestión de recordarlos todos. Pero sí son los hechos más importantes para lo que vamos a decir ahora.

El futuro de España depende los votos de un partido como Ciudadanos. Es decir, Ciudadanos podría impedir que el PSOE de Sánchez volviera -es importante este verbo, si seguimos siendo analíticos- a pactar con partidos como ERC, JxCat o Bildu. Y es verdad. Podría hacerlo. Y para hacerlo tendría que sentarse a hablar con Sánchez. El mismo Sánchez que insiste en que no hay nada problemático en pactar con partidos como ERC, JxCat o Bildu.
Pero en fin, pasemos a la especulación. Imaginemos que Ciudadanos se sienta a hablar con Sánchez. Habría al menos dos posibilidades.

1 – Ciudadanos se deja llevar por algunas de las llamadas a la responsabilidad y permite que Sánchez sea elegido presidente del Gobierno. España está a salvo. Salvo por el pequeño detalle de que quienes más recientemente pusieron en serio peligro el futuro de España, quienes dieron un golpe de Estado hace menos de dos años, siguen gobernando en no pocas localidades junto al PSOE. Siguen gobernando Cataluña. Y seguimos. Algunos de los responsables individuales de ese golpe de Estado esperan la sentencia después del juicio por el golpe de Estado. Probablemente habrá condenas. El PSC que gobierna en no pocos municipios con los partidos del golpe de Estado ya ha dicho que intentarán que Sánchez indulte a los presos políticos -importantes las palabras, siempre- condenados. Y la cuestión, analíticamente, no es que se lleguen a producir esos indultos, sino que se haya permitido gobernar a quienes piden con total normalidad que se concedan esos indultos.

Seguimos. Probablemente el PSOE gobierna Navarra junto a Geroa Bai, Podemos y la izquierda restante. Y con Bildu. Dentro del gobierno o desde fuera, pero con Bildu. Porque sin Bildu no hay gobierno posible, salvo que haya un gobierno con Navarra Suma, que para el PSOE son los inequívocamente fascistas.

Bien, exactamente esto es lo que algunas voces llaman sentido de responsabilidad. Sánchez gobierna España y el PSOE mantiene sus pactos con quienes no aceptan las leyes comunes a las que todos los españoles debemos someternos.
Pero hay otras opciones.

2 – Ciudadanos se sienta a hablar con Sánchez. Y le dice lo que debería haberle dicho hace varias semanas. Precisamente por el bien de España, porque es su principal objetivo en política y porque es lo que exige la razón, pone las siguientes condiciones: ningún acuerdo de Gobierno con ERC, JxCat y Bildu. Ninguno, en ningún sitio, sin trampas. Ningún acuerdo de gobierno que dependa de sus votos. No hace falta ni siquiera exigir acuerdos de Gobierno con el PP o con el propio Ciudadanos donde sea posible; bastaría el sentido común. Y podrían seguir con las condiciones: pacto concreto, no comisiones vacías, sobre Educación y política territorial. Con análisis en la mesa sobre lo que está mal y con medidas para corregirlo: adoctrinamiento, disparidad en criterios de evaluación, diseño de la prueba de selectividad, costes de emplear como lengua vehicular lenguas que los alumnos no dominan, revisión de la función de la inspección educativa, revisión de los niveles de comprensión lectora, excelencia.

Creo que cualquiera de las dos condiciones (no a los pactos con ERC/JxCAT/Bildu y reforma profunda de Educación) sería rechazada sin miramientos. Porque no se entiende al PSOE sin los pactos con los nacionalistas, que es lo que vincula las dos posibles condiciones. No se entiende al PSOE, a este PSOE y al anterior, sin su empeño constante en expandir los relatos y las herramientas nacionalistas. Si el PSOE aceptase esas dos condiciones, o una de ellas -cualquiera; la otra llegaría como consecuencia necesaria- el PSOE dejaría de ser el PSOE, y probablemente se convertiría en un partido de izquierdas no nacionalista. Y efectivamente, eso sería una excelente noticia para el futuro de España. Pero no para el PSOE, para este PSOE. Porque la mayor parte de quienes forman parte de este PSOE no podrían respirar en un partido de izquierdas con un discurso firme frente al nacionalismo. Hay notables excepciones, claro. Siempre las hay, en casi todos los sitios. Pero en el caso del PSOE las excepciones están normalmente fuera del PSOE.

Así que en esta segunda opción el PSOE seguiría viéndose abocado, empujado, forzado a pactar con ERC, JxCAT y Bildu, porque las condiciones de Ciudadanos serían irrealizables, alimento para la crispación, no aceptamos cordones sanitarios, etc. Es decir, volveríamos a aquello que había que evitar.

Y la pregunta: ¿cuál de las dos opciones sería buena para España? ¿La primera, un pacto que se desentiende de los pactos del PSOE con quienes entienden la política como la relatividad de las leyes y el triunfo de la voluntad popular? ¿La segunda, un pacto con el PSOE que el PSOE jamás aceptaría, porque supondría una violenta transformación del PSOE?
¿De qué estamos hablando cuando hablamos de lo bueno para España, de aceptar lo peor que hay en la política española o de algo que no podría existir?

Hay una tercera opción, es verdad. El PSOE acepta las condiciones de Ciudadanos y entramos en la Era de la Razón. 8,7 en IMDB. E incluso una cuarta: el PSOE no acepta las condiciones, hay nuevas elecciones, los votantes castigan la irresponsabilidad del PSOE -sí, la del PSOE; je- y Ciudadanos se convierte en la segunda, quién sabe si en la primera fuerza política. Premio Hugo y Nebula.

Dicho esto: que se sienten con Sánchez. Es un error no hacerlo, porque al no hacerlo se permite que el mensaje siga siendo el que el PSOE quiere que sea, y porque es importante que haya un mensaje más allá de los vetos, de las consignas y de las representaciones enfáticas. Porque sin mensaje, es decir, sin una argumentación racional, sin ideas fundamentadas en la razón, no hay más que vacío. Y el vacío sólo funciona en algunos partidos políticos.
No nos engañemos; sentarse con Sánchez es una cuestión de estrategia política de un partido político, no sentido de Estado. El mero hecho de sentarse con Sánchez no sería bueno para España, sino, como mucho, bueno para Ciudadanos. El bien de España, de sus ciudadanos, está en las manos del PSOE. Ésa ha sido siempre la cuestión, hombre.

“Lo que nos une”

Hay muchos discursos en torno a “lo que nos une”. Algunos de esos discursos se ilustran con danzas, trajes regionales o banderas. Imagino que es por el hecho de que se ilustran con danzas, trajes y banderas que algunos se empeñan en encontrar ahí la auténtica Ilustración española. Otros discursos apelan a la lengua, y algunos hablan de la tradición, sea lo que sea eso. Pero todas esas cosas, a lo sumo, es lo que compartimos. Unos con otros, otros con unos, en relaciones que no participan de las propiedades matemáticas que nos enseñan en la escuela. Lo que compartimos incluye un “nosotros”, pero un “nosotros” que no es inclusivo. En España hay multitud de danzas, trajes, lenguas y tradiciones, y lo mismo ocurre con las banderas, a pesar de que hay una bandera y una lengua que son comunes a todos. El problema es que la transacción entre esos elementos y los múltiples“nosotros” es el sentimiento. Los sentimientos son con frecuencia problemáticos, como aprendemos también en la escuela. Son problemáticos porque no son racionales, no garantizan la reciprocidad, no pueden exigirse. Convivimos con ellos, con los nuestros y con los de los otros, e intentamos gestionarlos para que no afecten demasiado a las cuestiones mundanas. Así que si “lo que nos une” debe depender de danzas, lenguas, tradiciones o banderas, y de cómo los sentimos, será complicado elaborar un discurso racional en torno a ello.

Pero hay algo que sí nos une a todos. Lo que nos une es la sujeción a unas normas, códigos o principios. A lo que podemos llamar, en abstracto, el Estado. El Estado es lo que nos une y lo que nos hace -artificio, por tanto- iguales. El Estado, a diferencia de la nación, no hace falta construirlo cuando ya existe. Porque es una ficción, sí, pero una ficción administrativa. Por eso es distinto de la nación, que es una ficción metafísica.
No hace falta construirlo, pero es fácil erosionarlo. Y cuando se erosiona no se erosiona la bandera, el gobernante o las instituciones. Se erosiona aquello que nos une, literalmente. Lo que nos sujeta. Lo que nos convierte en sujetos políticos y en sujetos de derechos, es decir, la posibilidad de someternos a unos códigos, a unos principios, a unas normas comunes, iguales para todos, que nos hacen a todos iguales.

Una de las maneras de erosionar esto que nos une es introducir mecanismos paralelos a las normas, principios o códigos del Estado. Introducir estos “Estados paralelos” en los mecanismos de acceso a la función pública o al sistema público de enseñanza es una de las maneras más eficaces de erosionar el Estado, porque en esos ámbitos es muy fácil observar la ficción. Y una de las condiciones para que una ficción funcione, también en política, es que no se vea.

Esos mecanismos paralelos tienen efectos prácticos. Pueden suponer perjuicios para un grupo de ciudadanos, y pueden producir desigualdades -también artificios, por tanto- entre ciudadanos del mismo Estado. Pero además de esos efectos en el futuro de determinados ciudadanos, produce un efecto en el conjunto de todos los ciudadanos. Ese efecto es la erosión de la noción misma de ciudadanía, que va necesariamente ligada al Estado. La erosión de la idea de que todos somos, como ciudadanos, iguales.

La propuesta de un examen único para el acceso a los estudios universitarios no es sólo una cuestión práctica. No es sólo que los alumnos de una u otra comunidad se vean perjudicados por las diferencias en los exámenes de acceso o en los criterios de corrección. Es, también, una cuestión de principios. Se trata de defender una ciudadanía asimétrica o de garantizar que todos los ciudadanos, también los estudiantes, sean tratados de la misma manera por el Estado.

Lo que está en cuestión es el principio de que todos los ciudadanos han de ser iguales en su relación con el Estado. Todo lo demás es relato. Relato nacionalista.