37 ciudadanos

Hoy al mediodía está previsto un acto del partido Ciudadanos en Miravalles/Ugao.
Miravalles es una pequeña localidad vizcaína de unos 4000 habitantes, similar a muchas otras localidades vizcaínas. Tiene su Plaza del Pueblo, imagino que tendrá su Herriko Taberna, y desde luego tiene su vecino etarra. En el caso de Miravalles el vecino es Josu Ternera, nada menos. Hace unos días José Antonio Urruticoechea, Josu Urrutikoetxea, el etarra Josu Ternera, fue detenido en Francia mediante una operación conjunta de la Guardia Civil y la Policía francesa. Sortu, el principal partido de la coalición EH Bildu, organizó una manifestación de protesta en el pueblo para mostrar su malestar por la detención del etarra Ternera. En la pancarta que encabezaba la manifestación se podía leer “Josu eta besteak askatu”, es decir, libertad para Josu y los demás. Los demás son los otros presos de ETA. En la pancarta había también un dibujo de un pájaro atravesando los barrotes de una jaula y volando libre. Antes de la manifestación convocada por Sortu, varios vecinos del pueblo ya habían organizado un acto para pedir la libertad de su vecino, el etarra Ternera.

Hoy al mediodía está previsto un acto de Ciudadanos en Miravalles. Y esto es algo que ha molestado mucho a todos los que aceptan con normalidad que los vecinos de Miravalles y de otros pueblos vascos organicen homenajes a etarras como Josu Ternera, Kepa del Hoyo o Javi de Usansolo. Todos los que ayer pedían las sales -cargos del PNV como Andoni Ortuzar, representantes del Ayuntamiento de Miravalles y en general cualquier persona afín al nacionalismo vasco, en su vertiente jeltzale o abertzale- son los que callan cada vez que los vecinos de algún pueblo deciden mostrar su aprecio a etarras como Josu Ternera, por ejemplo organizando una cena de Nochebuena simbólica y sentando a la mesa las fotos de etarras como Txapote. Ellos, que con su indiferencia otorgan normalidad a los continuos actos de enaltecimiento terrorista en tantos pueblos vascos, piden hoy las sales. Porque el partido Ciudadanos pretende celebrar un acto político en uno de esos pueblos. Y porque, dicen, Ciudadanos apenas tiene votos en Miravalles.

En las últimas elecciones generales hubo 37 personas que decidieron votar a Ciudadanos en Miravalles. No obtuvieron ningún voto en las municipales de 2015 y tampoco lo obtendrán en las del próximo domingo, porque no presentan lista en esa localidad. Pero en Miravalles hay 37 ciudadanos que probablemente acogerán con agrado la visita del partido. O acogerían. Porque ayer se celebró en el pueblo una asamblea popular para organizar la respuesta vecinal a la visita. En esa asamblea se invitó a los vecinos a cerrar o bajar las persianas de las tiendas y a bajar también las persianas de las viviendas, como muestra de rechazo colectivo. También se invitó a los vecinos a una concentración de repulsa en la Plaza del Pueblo, y a dar la espalda a los asistentes al acto del partido Ciudadanos mientras recorren las calles. Estas acciones sirven tanto para mostrar rechazo como para mostrar quién no muestra rechazo. Así que a lo mejor alguno de esos 37 votantes de Ciudadanos se suma no al acto de Ciudadanos, sino a la invitación de la asamblea popular. Sería comprensible.

En uno de los westerns más famosos de la historia, un criminal es liberado sin que haya cumplido su condena. El criminal había jurado vengarse de quien lo detuvo, el sheriff de un pequeño pueblo llamado Hadleyville. El sheriff había decidido jubilarse y mudarse a otro lugar, abrir un negocio y formar una familia, pero se entera de que el criminal ha sido liberado y de que planea volver al pueblo. Los amigos del sheriff intentan convencerlo para que abandone Hadleyville cuanto antes. También su mujer lo intenta. Pero el sheriff decide quedarse. Recupera su insignia, viste una vez más la estrella y se queda en el pueblo, esperando al tren del mediodía en el que llegará el criminal. El sheriff intenta reunir un grupo de ciudadanos para plantar cara al criminal y a su banda, que también espera en el pueblo. No consigue a nadie. Incluso su antiguo ayudante renuncia. Y finalmente se enfrenta solo al criminal y a su banda.
El final es lo de menos.

Hoy al mediodía está previsto un acto de ciudadanos en Miravalles. Acudirán dirigentes y simpatizantes de un partido y tal vez algún vecino del pueblo. También acudirán personas de pueblos cercanos que votan a ese partido, o a otro, o a ninguno. Algunos acudirán por la llamada del partido, otros por la llamada de la conciencia y otros por los 37 vecinos. Muchos acudirán porque tal vez ya están hartos de tolerar una normalidad malsana que convierte las calles de tantos pueblos vascos en escenarios para homenajear a los terroristas de ETA cuando éstos, como el criminal de la película, vuelven a sus pueblos.
El partido que convoca el acto no obtendrá ningún voto en Miravalles ni en ninguna de las otras localidades parecidas a Miravalles, con sus plazas del pueblo, sus Herriko Tabernas y sus vecinos etarras. No sé si el acto hará que el partido obtenga más votos en las localidades que no son como Miravalles. Francamente, es lo que menos me importa. Lo que me importa, como ciudadano de una localidad parecida a Miravalles -Galdácano-, es que comencemos a recuperar la decencia. Lo que me importa es que los ciudadanos que no apoyamos a quienes durante décadas ejercieron el terrorismo como herramienta política entendamos que la normalidad es otra cosa. Que recibir con aplausos, antorchas y bailes a quienes decidieron dedicar su vida a sembrar el terror es lo más alejado de la normalidad. Que debe dejar de ser normal, que debe empezar a hacerse en los sótanos de los pueblos, no en las plazas, y que todo eso seguirá siendo normal sólo si dejamos que siga siendo normal, si cogemos el tren de las 12:00, si bajamos las persianas.

Hoy al mediodía habrá una reunión de ciudadanos en Miravalles y el final, de nuevo, es lo de menos.

El voto y las líneas rojas

Nunca votaré a un partido que incorpore como algo normal el asesinato político. Que lo incorpore directamente, mediante personas que han formado parte de una banda terrorista y que nunca se han arrepentido, o que lo incorpore mediante un relato que olvida o incluso enaltece la práctica del asesinato como herramienta política.
Por eso nunca votaré a un partido como EH Bildu, al igual que, afortunadamente, la mayoría de los ciudadanos españoles. Y a diferencia, desgraciadamente, de una buena parte de los ciudadanos vascos.

Tampoco votaré a un partido que incorpore como algo normal el golpe de Estado. Que ponga la voluntad popular, concepto siempre difuso, por metafísico, por encima de la ley, que está recogida en documentos a los que todos nos sometemos para que pueda haber civilización. Es decir, nunca votaré a un partido que considere que su proyecto político no puede tener obstáculos, que considere que las garantías y los procedimientos de un Parlamento pueden ser derribadas cuando la agenda política lo exija.
Por eso nunca votaré a un partido como ERC, o a un partido como lo que antes se llamaba nacionalismo catalán moderado, y ahora imagino que es JxCat.

Tampoco votaré a un partido que considere que los derechos colectivos, o los derechos de las lenguas, o de los territorios, están por encima de de los derechos de los ciudadanos. O a los partidos que defienden un proyecto político de máximos, identitario, centrado en la idea de nación metafísica, en el que cualquiera que aspire sólo a una ciudad con unos mínimos compartidos y a buscar su ideal de vida sin necesidad de imponérselo a los demás sea tratado como enemigo, disidente o extranjero. Y por supuesto tampoco votaré nunca a un partido que coloca como líder a alguien que es abiertamente racista, a alguien que ha decidido escribir artículo tras artículo contra esa parte de los ciudadanos que se coloca al margen de un proyecto de máximos excluyente. Por eso, también por eso, no votaré nunca a un partido como ERC o JxCat.

No votaré nunca a un partido que hable alegremente de expulsar a ciudadanos españoles por el mero hecho de defender un sistema político distinto. O que hable alegremente de cerrar medios de comunicación antipáticos. O que lleve en sus listas, alegremente, a personas que han militado en organizaciones neonazis, o que han participado en actos de organizaciones neonazis, o que sostienen un discurso en el que la homosexualidad es una tara, o una enfermedad, o una conducta anómala que hay que reconducir. Ni a un partido que difunde la idea de que hay una gran conspiración mundial de las élites contra “la gente normal”, una conspiración que consiste en inundar Europa de inmigrantes, una conspiración a la que hay que responder vulnerando incluso la intimidad de los inmigrantes en situación vulnerable. Por eso nunca votaré a un partido como Vox.

Tampoco votaré a un partido que haya incorporado como algo normal el acoso político, que haya impedido o tratado de impedir la posibilidad de que alguien que discrepa pueda dar una conferencia en la universidad, que haya hablado alegremente de controlar políticamente los medios de comunicación, que tenga en sus filas a personas que son incapaces de hablar de los asesinos a los que me refería antes en los términos que exige la honestidad intelectual y la decencia, o, en fin, a un partido cuyos dirigentes no dudaban en ondear la bandera comunista de la hoz y el martillo, con todo lo que ello supone, cuyos dirigentes tienen a Lenin o a Chávez o a Maduro como referentes políticos, y cuyos dirigentes se hartaron de ensalzar las bondades de la Venezuela bolivariana hasta que la realidad les impidió seguir haciéndolo. Por eso nunca votaré a un partido como Podemos.

Hay muchas más razones para no votar a ninguno de los partidos que he mencionado. Algunas son importantes, y otras no tanto. Pero incluso las que no son tan importantes tienen su efecto. Nunca votaré a un partido que intente conseguir votos mediante un discurso incendiario, mediante los aspavientos morales, el énfasis o la sobreactuación, mediante un discurso manipulador, mentiroso, que alimenta los bajos instintos y que se nutre de ellos, que necesita crear un relato épico y falso, que presenta una realidad falsa o exagerada sin tener en cuenta que ese relato sí puede traer en el futuro una realidad mucho más desagradable.

Tampoco me gustaría votar a un partido que habla a los ciudadanos como si fueran imbéciles, o menores de edad, o personas con un único interés, aunque sólo hagan esto de vez en cuando. O que utilicen datos falsos sabiendo que son falsos, o que prefieran la arenga constante, el barro por el barro y la ocurrencia por la ocurrencia. Por eso sólo he votado en unas elecciones hasta hoy. Porque lo negativo pesa más que lo positivo, aunque sé que no debería ser así.

Lo que sí sé es dónde están las líneas rojas. Las mías. Y como son mías sólo me sirven a mí. Es normal. Esas líneas rojas se las pongo a los partidos y a sus dirigentes de la misma manera que yo me pongo otras que intento no rebasar. Por ejemplo, intento no difundir bulos, intento no insinuar problemas personales de los candidatos que no me gustan, intento no hacer bromas con rumores sobre otros candidatos. Como decía, las líneas rojas las pone cada uno. Para valorar a quienes piden nuestro voto y también para valorar nuestras propias acciones.

Con lo que he dicho antes es fácil deducir que sólo quedan tres partidos. En abstracto, al menos. Luego queda el contraste con la realidad, y las líneas rojas y amarillas. Y al final, al final del todo, queda lo que queda. Y esto que queda es aquello con lo que vamos a tener que convivir el resto de nuestros días. Los gobiernos y los líderes pasan. Los que nos gustan, los que no nos gustan y los que despreciamos. Lo que queda, sencillamente, se queda. De ahí la importancia de las líneas rojas. Y la importancia aún mayor de uno de los dos tipos de líneas rojas. Porque hay cosas que despreciamos de las que es muy difícil librarse.

Entre finitos y tortitas de camarón

Hoy, de nuevo, un artículo sobre Rentería. Éste, en Naiz. Su autor es Iñaki Revuelta, cantante, y el título es Errenteria aurrera!, que se puede traducir como ¡Adelante Rentería! En realidad los artículos sobre Rentería no comenzaron después del acoso del domingo. Comenzaron cuando en buena parte de la prensa no abertzale, con El País como principal referente, decidieron construir un relato sobre Rentería (2017, 2018). Su alcalde había pedido perdón a las víctimas “si en algún momento este consistorio a lo largo de su historia, o yo mismo, no hemos estado a la altura de las circunstancias”. Del mismo modo que cualquier muestra de apoyo que vaya seguida de un “pero” no vale nada, cualquier petición de perdón que comience con un condicional no es más que una muestra de que en realidad no se está pidiendo perdón. La circunstancia a la que se refería el alcalde es que Rentería fue durante muchos años un pueblo vedado para una buena parte de sus vecinos. Y lo sigue siendo. Lo que ha cambiado es que ya no los asesinan. Por eso lo que hace el alcalde de Rentería es peor que inútil. Es inmoral. Lo que hace es pedir perdón a quienes ya están muertos, a quienes fueron desactivados y no pueden molestar, mientras normaliza que los matones, sus matones, en cuanto que son sus representados, acosen a quienes deciden dar discursos que no se integran en la idea única del nacionalismo.
El alcalde, un detalle importante, es de EH Bildu. La misma coalición que tiene en Sortu a su principal partido, la misma coalición que presenta a etarras condenados en sus listas, y la misma coalición desde la que se organizan homenajes a etarras cuando salen de la cárcel. Bien, pues a este alcalde lo acompañó una azucarada campaña mediática desde que nombró las palabras “reconciliación” y “convivencia”.

El domingo se vio en qué consistían la reconciliación y la convivencia. Un partido político decidió celebrar allí un acto con, entre otros, Fernando Savater y Maite Pagazaurtundúa. Días antes de la celebración del acto ya había llamamientos a recibirlos “como merecen”. Entre esos llamamientos estaba el de Sortu, el principal partido de la coalición a la que pertenece el alcalde de Rentería. Llamamientos a recibirlos no con aplausos, o con un silencio solemne, que tal vez sería lo suyo, sino con insultos, con exigencias de que se “vuelvan a España”, con miradas de odio, con patadas a los coches y, lo de menos y lo que más se ha resaltado en cierta prensa, con caceroladas y lazos amarillos. La recepción fue justo lo opuesto al recibimiento que se ofrece habitualmente, también en Rentería, a presos de ETA que salen de la cárcel. A éstos se los recibe con aplausos y aurreskus, como recordó Pagazaurtundúa. A aquéllos se les recibió como si fueran asesinos. Había más personas insultando a los asistentes del acto, desde que entraron hasta que se fueron, que asistentes al acto. Este detalle se ha comentado con cierta sorna en la prensa no abertzale, dando la razón a la prensa abertzale, más roma, que señalaba directamente que no eran bienvenidos.


Ésta es la esencia no sólo de Rentería, sino de todos los pueblos vascos -y catalanes- en los que el nacionalismo no es que se haya desviado, sino que sencillamente ha llegado a su última fase, la de religión sustitutoria que genera sus propias inquisiciones y sus propios demonios. La esencia de cierta prensa no abertzale, por alguna razón, es tolerar que en numerosas regiones de España siga imperando la ley de la tribu, la separación entre un ellos y un nosotros, una separación étnica que va más allá de lo retórico.

Pero esta prensa no puede mostrar sin más el esqueleto de esta convivencia orwelliana. Necesita un relato, una ficción sobre la que construir su aceptación cobarde de lo peor de España, de Europa y de la historia reciente. Necesita artículos como los que se publicaron hace dos o tres años sobre el ejemplar alcalde de Rentería, aunque hoy no puedan ser vistos más que como una enorme equivocación, no sólo empírica sino principalmente moral. Gracias a esos artículos, y gracias a las campañas del propio ayuntamiento, se pueden publicar textos como el que hoy aparece en Naiz. “Adelante Errenteria”, dice el autor del texto. “Gora Errenteria”, decía Maite Pagazaurtundúa. El autor del texto apela a quienes el domingo le gritaban a Maite Pagaza que se volviera a España, los anima a que lo sigan diciendo. Maite Pagaza, que pasó su infancia en Rentería, también se dirigía a ellos. Se dirigía a ellos como el padre Barry se dirigía no sólo a los matones de La ley del silencio, sino también a aquéllos que guardaban un silencio cómplice. Pagazaurtundúa se dirigía a ellos y los miraba a la cara no para hacerse perdonar ni para intentar “seducirlos”, sino para que escucharan, por una vez y en su casa, que también es la de ella, en qué consiste el horrible proyecto del que decidieron ser parte.
La prensa no abertzale necesita artículos como el que hoy publica Naiz porque, además de dar la razón a quienes exigían a los asistentes del acto que se fueran y no volvieran nunca, deja pinceladas de la ejemplar lucha del pueblo por la convivencia:

Mucha «culpa» de todo esto que se respira por allí la tiene su alcalde Julen Mendoza, al cual también tuve el honor de conocer en uno de esos enriquecedores encuentros culturales. Entre finitos y tortitas de camarón, entonábamos “Txoria Txori” con un toque flamenco, en una bella armonía entre personas que únicamente quieren aportar y no destruir. Envidiable sin duda ese escenario logrado, ansiado por muchos pero no siempre conseguido.

Rentería, como tantos otros pueblos vascos -y catalanes- es el horror oculto tras una gran ficción. Es una aldea potemkin en la que todo es bella armonía, siempre y cuando los que hasta hace poco temían ser asesinados por no aceptar el modelo tribal de convivencia se queden en casa cuando alguien como Maite Pagazaurtundúa, vecina del pueblo y a cuyo hermano decidió asesinar ETA, pretende dar un discurso en la plaza. Puedes organizar jornadas culturales, comer tortitas de camarón, recibir con aplausos a los asesinos de ETA e incluso cantar con un toque flamenco; pero que no se te ocurra dar un discurso en la plaza para defender a quienes siempre fueron silenciados en pueblos como Rentería, porque dirán que vas a provocar. Lo dirán quienes aplauden a los etarras, el alcalde, los dirigentes del Partido Nacionalista Vasco, la prensa abertzale, una parte de la prensa no abertzale, los dirigentes de partidos como Podemos e incluso, de manera más o menos explícita en función de las circunstancias, dirigentes del partido que durante un tiempo fue el partido de Maite Pagazaurtundúa.

La España negra es y ha sido siempre, desde que vivimos en un Estado de derecho, la España de Rentería, Alsasua, Vic y Amer. La España de los que limpian con lejía después de que pasen quienes son considerados enemigos del pueblo, la España de los que repiten el mensaje único desde la megafonía municipal, la España de los que cierran los pueblos a los que “vienen de lejos” mientras los abren a quienes decidieron asesinar a los enemigos del pueblo. Ésa es la España negra realmente existente. Y seguirá siéndolo mientras no entendamos que el primer paso para conseguir la España que quieres debe ser la denuncia firme y constante de esta España indeseable, y que en Rentería, Alsasua, Vic y Amer hay personas que quieren una España en la que se pueda vivir con normalidad, y que esas personas merecen algo más que una condena genérica, rápida y estéril de “las violencias vengan de donde vengan”. Porque las violencias vienen casi siempre del mismo sitio, y se dirigen casi siempre hacia los mismos.

——————————————————————————————————————–El Ayuntamiento de Rentería elaboró el año pasado una campaña para mostrar la convivencia y la diversidad que caracterizan al pueblo. El principal documento de la campaña era una canción. El nombre de la canción es “Egin zaidazu bisita”, algo así como “Visítame”. Al comienzo del vídeo, varios felpudos ante una puerta, con palabras como “Home”, “Ongi etorri” o “Bienvenidos”, en varios idiomas. Éste es el vídeo. A continuación, un vídeo en el que cualquiera puede ver cómo fue el trato a los que quisieron visitar Rentería el domingo. Y por último, el discurso de Maite Pagazaurtundúa en Rentería.

No sois bienvenidos

Ayer Santiago Armesilla iba a participar en un debate en la UPV/EHU, la Universidad del País Vasco, sobre el marxismo y la cuestión nacional española. Varias semanas antes algunos estudiantes activaron la “alerta antifascista”, es decir, la campaña de acoso y amenazas contra Armesilla y los llamamientos a impedir su participación en el debate. Los de las alertas antifascistas siempre han defendido un modelo de debate sin discrepantes. Algunos de los carteles le decían a Armesilla “Ez zara ongi etorria”. “No eres bienvenido”. Otros respondían a la llamada más general de “parar al fascismo como sea” y lanzaban amenazas más o menos veladas contra Armesilla e incluso contra los organizadores.

Hace unos días la rectora de la UPV, Nekane Balluerka, decía que “cualquier idea se puede defender en la UPV”. Lo decía porque cuatro meses antes un grupo de unos 15 estudiantes habían decidido dar una paliza a un estudiante de esa universidad. El mensaje era el mismo: no eres bienvenido. La rectora dijo que la universidad había brindado su apoyo al estudiante agredido, pero imagino que habría sido más útil retirar la capacidad de acción a los 15 que le dieron una paliza.

(Por cierto, los estudiantes que dan palizas cuando pueden y que se limitan a boicotear cuando no pueden, los del “ez zara ongi etorria” a personas que vienen a participar en un debate o a estudiantes con ideas desviadas del antifascismo militante, son los mismos que organizan los “ongi etorri” a los etarras que salen de la cárcel.)

Estos intentos del antifascismo organizado para depurar la universidad no son nuevos ni exclusivos de la universidad vasca, aunque es verdad que aquí existe un contexto distinto, el auténtico hecho diferencial. En la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, en el año 2010, varias personas decidieron boicotear una conferencia de Rosa Díez. Cuando los organizadores de la conferencia intentaron presentar a Rosa Díez una estudiante se levantó y levantó la mano para pedir la palabra. Uno de los organizadores del acto de repudio gritó “Arriba, arriba, arriba”, los convocados se levantaron y mostraron una tarjeta roja. Uno de ellos comenzó a cantar “Eusko gudariak”.
La persona que tenía el micrófono preguntó a los estudiantes organizados: “¿Podemos seguir con el acto?”. Los convocados gritaron “No” al unísono. “Libertad de expresión”, decían. La persona que tenía el micrófono volvió a responder: “Por supuesto, libertad de expresión para todos”. Y acto seguido decidió cargarse la libertad de expresión de Rosa Díez; permitió que se entregase un micrófono a la estudiante que había levantado el brazo. “Señora Rosa Díez, no hemos venido a impedir que hable”, fue lo primero que dijo la estudiante elegida para impedir que Rosa Díez hablase. Y comenzaron a leer un comunicado.

Usted no es bienvenida y nos gustaría que no viniese nunca más”, dijo una de las personas que llevaron a cabo el acto de repudio. Esa persona era Errejón, no sé si el hoy moderado Errejón o su hermano. En cualquier caso, los dos estaban allí, los dos participaron. También estaba Pablo Iglesias, que fue quien dirigió el acto. Después del “no eres bienvenida” los participantes en el acto de repudio comenzaron a gritar “fuera fascistas de la facultad”. Miquel Rosselló contó en su blog que, tras ese mensaje performativo, efectivamente Iglesias, los Errejón y el resto de estudiantes antifascistas abandonaron la sala.

Esto ocurrió en 2010, se conoció en 2014 y en 2019 ya se ha olvidado. Porque si no se hubiera olvidado sería algo por lo que Errejón e Iglesias tendrían que responder todos los días. Ellos, antes de contar por fin con un partido, decidían quiénes eran bienvenidos en la universidad pública y quiénes no. Ellos eran los que tenían una idea posesiva y sectaria de la universidad. No de su universidad, sino de la universidad pública. Y ahí están hoy, adalides de la libertad. Y de lo público, algo que para ellos siempre debía ser exclusivamente suyo.

Hablaba ayer de Alsasua y de Atxaga. Hace unos meses la plataforma España Ciudadana organizó un acto en Alsasua. Albert Rivera habló en la plaza del pueblo y Savater dejó un discurso contra las tribus particulares y las identidades colectivas. Un discurso necesario, precisamente en un pueblo como Alsasua. Una buena parte del pueblo decidió organizarse para mostrar su repudio a los convocantes y a lo que decían. Y a lo que eran. “Españoles hijos de puta” fue uno de los gritos que se pudieron oír. Horas antes del acto habían dejado estiércol en la plaza, en su propio pueblo. El acto se llevó a cabo a pesar de los gritos, de los altavoces con música e incluso de las campanas de la iglesia. Se llevó a cabo porque el objetivo principal no era que no se llevase a cabo, sino que les quedase claro a los organizadores y participantes -y a algunos vecinos- que no eran bienvenidos. Es el auténtico objetivo de los antifascistas organizados de la universidad vasca, de los Iglesias y Errejón y de los de los pueblos vascos: “no sois bienvenidos”. No os dejamos hacer política aquí, porque esto es nuestro.

Todo esto ocurrió hace unos años en Madrid, hace unos días en Bilbao y hace unos meses en Alsasua. El domingo Rivera y Savater darán en Rentería el primer mitin de campaña. También estará Maite Pagaza. Ya ha comenzado el mensaje: no son bienvenidos. Ni Rivera, ni Savater, ni Pagaza ni probablemente el candidato de Ciudadanos al Ayuntamiento de Rentería, si es que lo hay. Tampoco Santiago Armesilla, como tampoco lo era Rosa Díez. El “no sois bienvenidos” es un muro, ahora que se habla tanto de los muros. Y tratar de impedir que otras personas debatan, hablen o den conferencias es una amenaza contra los derechos y libertades de todos los ciudadanos, una “amenaza contra la democracia”, como se dice ahora habitualmente, aunque nunca para referirse a estos actos habituales del antifascismo organizado.


Atxaga

Hace unos días el escritor Bernardo Atxaga decía en eldiario.es que temía a la derecha. Temía que en las próximas elecciones ganase la extrema derecha, que, decía también, es lo mismo que la derecha. Por eso decía que casi estaba dispuesto a hacer “una cuestación o algo” para que la extrema derecha no ganase. No sé cómo una cuestación podría impedir la victoria de lo que el escritor Bernardo Atxaga considera extrema derecha, pero a veces se dice que lo que importa es la intención. El escritor Bernardo Atxaga se convertía por un momento en el activista (¿el intelectual?) Bernardo Atxaga para impedir el triunfo de una fuerza política, de una manera de hacer política, que le da miedo.

El escritor Bernardo Atxaga se sumó en 2015 a la campaña “Free Otegi. Free Them All“. Junto a Atxaga, otros 23 miembros de la cultura vasca. La campaña pedía la libertad para Arnaldo Otegi y la vuelta a casa del resto de los presos. ¿De qué presos? De los “presos vascos”, según el manifiesto. De los “presos políticos vascos”, según recogía la revista Argia en una foto de la presentación. También es llamativo que para pedir el traslado de los presos al País Vasco se eligiera la frase “Free Them All”. Aquí siempre hemos tenido un problema con el nombre y la cosa. Pero en cualquier caso, ahí estaban el nombre y el apellido del escritor. Al lado de Otegi y de los “presos políticos vascos”.

El escritor Bernardo Atxaga acudió recientemente a la presentación de la película El hijo del acordeonista, basada en la novela del mismo nombre de la que él es autor. En la presentación dijo que también planea escribir una novela sobre el caso Alsasua, porque se siente “muy angustiado” debido a la sentencia. Según el escritor, “cualquier persona en el País Vasco sabe que eso fue una pelea de bar”. También lamentó la “campaña contra el pueblo“, algo que le asusta “horriblemente” y le da miedo.

El escritor Bernardo Atxaga tiene ya unos años, y ha vivido. Como nosotros, que también tenemos ya unos años y hemos vivido, y hemos visto lo que se ha dicho y lo que no se ha dicho nunca. Lo que se ha hecho, o lo que se dice que (casi) se va a hacer, y lo que nunca se hizo. Y desde luego hemos visto lo que es el miedo, y quiénes eran los que tenían miedo diariamente. No un miedo de marfil, de intelectual que contempla ideas estéticamente desagradables; miedo a que un día estallara una bomba en el coche, a que además de a uno mismo asesinaran a la pareja o a los hijos o, de manera menos grave y más frecuente, a que lo señalaran, a que lo convirtieran en el paria del pueblo. O a que una noche, en las fiestas del pueblo, unos jóvenes decidieran emprenderla a golpes y gritos con uno mismo y con su pareja.

Bernardo Atxaga dice que le dan miedo la derecha y la campaña contra el pueblo de Alsasua. Dice también que cualquier persona en el País Vasco sabe, por alguna razón, que lo de Alsasua fue una pelea de bar. Sería interesante saber por qué razón cree Atxaga que cualquier persona en el País Vasco sabe qué fue lo que ocurrió en Alsasua.

El escritor Bernardo Atxaga aparecía en la película La pelota vasca, de Julio Médem. Creo que la última escena era precisamente para Atxaga, y decía algo muy interesante. Decía que él soñaba “con la ciudad vasca”. Hacía un juego de palabras: Euskal Herria, pueblo vasco, y Euskal hiria, ciudad vasca. Decía también que en la ciudad no hay una sola identidad, sino que todos caben en ella, todas las identidades.
Pero no es ésa la principal diferencia entre ciudad y pueblo como conceptos políticos. La principal diferencia es que en la ciudad juzgan los jueces. Y en el pueblo, el pueblo.

Actuaciones inaceptables

Hace unos días el cabeza de lista de EH Bildu para las elecciones europeas, Josu Juaristi, renunciaba a su candidatura por haber tenido “actuaciones inaceptables” con su ex pareja. El candidato confesaba que había enviado mensajes sin el consentimiento de la otra persona y que eso había ocasionado daño.

EH Bildu aceptó la renuncia del candidato y decidió también suspenderlo de militancia.

Pernando Barrena fue un histórico dirigente de HB que en 2016 reconoció, junto a otros 34 compañeros de Batasuna, su integración en organización terrorista. Reconoció que cuando era dirigente de Batasuna en realidad estaba trabajando a las órdenes de ETA.

EH Bildu comunicó ayer el sustituto de Josu Juaristi, que renunció por “actuaciones inaceptables”: será Pernando Barrena.

Vox y el escándalo

Todas las ideas tienen defensores que producen vergüenza, y todos los partidos tienen responsables que dan mala imagen. Es posible también que las ideas más extravagantes vayan necesariamente acompañadas de discursos extravagantes. Es decir, es posible que el discurso y la idea que se defiende compartan características.

Esto lo estamos viendo con el partido Vox. Desde aquel mitin en Vistalegre no ha dejado de ser objeto de crítica, en el fondo y en la forma. Es lo normal. Primero, porque todos los partidos deben ser objeto de crítica. Y segundo, porque hay elementos en las ideas y en el discurso de ese partido que tienen difícil defensa. Al fin y al cabo, es un partido que defiende cierto esencialismo nacional, y que defiende medidas de muy difícil aplicación. Han defendido incluso la expulsión de “extranjeros” por defender determinadas ideas políticas, por lo que no es extraño que sean objeto de crítica y que su entrada en el Parlamento andaluz haya producido escándalo.

Lo que sigue extrañando, aunque cada vez menos, es que el escándalo y las alertas generalizadas hayan despertado con un partido como Vox. Entiendo que la democracia ha de estar siempre vigilante, pero me resulta más difícil entender que esta vigilancia requiera exagerar lo que defiende un partido, sobre todo cuando lo que defiende ese partido es suficientemente criticable en sí mismo. De las críticas de Vox a la ley de violencia de género se ha pasado a decir que justifican las agresiones contra la mujer. De sus excesos retóricos como “dictadura de género” o “ley totalitaria” se ha pasado a un exceso aún mayor, el que afirma que ese partido es cómplice de los asesinos.

Decía que es extraño que el escándalo y la alerta hayan despertado con Vox porque aún recuerdo la reacción general cuando se conocieron algunos de los nombres que entraron en el Congreso en la última legislatura. Marian Beitialarrangoitia, por ejemplo. Que no sólo entró con EH Bildu, sino que pidió un aplauso para los asesinos de la T-4 cuando era alcaldesa de Hernani, en 2008.

También entró Antón Gómez-Reino, que en 2007 firmó un manifiesto en solidaridad con el etarra De Juana Chaos. Un manifiesto que se refería a De Juana Chaos como “preso político”, y que evitaba mencionar los 25 asesinatos por los que fue condenado. El propio Gómez-Reino se negó a condenar la historia de ETA diez años después cuando fue preguntado por ello, en una entrevista-perfil en El Mundo. “Me alegro profundamente de que ese escenario de violencia se haya acabado”. Gómez-Reino entró por En Marea/Podemos.

Dejamos el Congreso, vamos a la Diputación de Guipúzcoa. Desde 2011 hasta 2015 su presidente, el Diputado General, fue Martin Garitano. Garitano fue redactor jefe de Egin desde 1984 hasta 1998, y en el año 2012, cuando era Diputado General, defendió la amnistía para todos los miembros de ETA en una entrevista en RNE. La sociedad vasca no estará normalizada hasta que “las cárceles se vacíen”, afirmó.
Hace unos días volvió a pedir lo mismo, la excarcelación de todos los presos de ETA. Lo pidió en el diario Naiz, y lo pidió días antes de una multitudinaria manifestación, junto a “decenas de miles de personas”.

Dejamos Guipúzcoa, vamos a Bilbao. Unas 70.000 personas, concretamente. El sábado pasado. En una manifestación convocada por Sare, cuyo portavoz insiste también en la necesidad de vaciar las cárceles para instaurar la convivencia y terminar con el conflicto.
Unas 70.000 personas, y, entre esas personas, Podemos, UGT y CCOO.
Un partido que representa a cinco millones de personas y dos sindicatos que representan a casi dos millones de personas, en una manifestación que defiende que los presos de ETA son víctimas de un conflicto, y que ese conflicto sólo terminará cuando los presos de ETA salgan de la cárcel.

Es muy fácil escandalizarse con Vox. También es muy fácil, porque así es como funcionan nuestras alertas, confraternizar con una persona como Otegi, firmar un manifiesto en solidaridad con el asesino de 25 personas, pedir aplausos para los asesinos de la T-4 o participar en una manifestación como la del sábado.
Es algo más difícil entender cómo funciona la brújula moral de quienes muestran su enérgica indignación por la entrada de Vox  en las instituciones pero asisten con indiferencia a los abrazos, los manifiestos y las manifestaciones que ayudan a acercar aún más el relato de ETA.

60 aniversario

En la página 65 de Habrá que jurar que todo esto ha ocurrido, de Rafa Latorre, se incluye parte del discurso que dio origen a los CDR. No los de la República, sino los de la Revolución. El discurso es por lo tanto de Fidel Castro.

Al buscar el discurso es fácil encontrar la transcripción, y también lo que imagino será un extracto del discurso, en Youtube.
Dejo aquí las palabras de Castro, para que ni siquiera haga falta jurar.

Las patrias vivas

Leo hoy unas declaraciones de María Chivite, presidenta del PSN, que recoge Emilia Landaluce en El Mundo. No se salen de lo que es el PS(x). No le gusta hablar de bloques, pero sí pone líneas rojas: no gobernarán ni con el PP ni con EH Bildu. Intenta salvar la equiparación tirando de motivos. Con los últimos no gobernará por motivos éticos, mientras que con los primeros no gobernará por motivos políticos.
No habla de bloques porque no quiere elegir entre constitucionalismo y nacionalismo. Porque no descarta gobernar con los nacionalistas de Geroa Bai, si aparece la oportunidad.
La política de Geroa Bai es oficializar Navarra como la cuarta provincia vasca, tal vez porque entienden que siempre fue la primera. Y el PSN no descarta entenderse con ellos, del mismo modo que el PSC, el PSE, el PS balear de Armengol o el propio PSOE de Sánchez se entienden con sus nacionalistas particulares, que en el último caso son todos.
Las líneas rojas del PSOE en cualquiera de sus formas no se entienden sin las líneas verdes. Las líneas verdes dejan pasar a Junqueras, a Puigdemont, a Torra, a Urkullu, a los de Més, y antes que nada a todos los socialistas que están en cualquiera de las formas del PSOE como podrían estar en cualquier partido nacionalista.

Mientras tanto, el secretario general del PP compartió esto en la noche del domingo, al parecer en respuesta a un programa de Salvados sobre España.

 

“España son tus costumbres y el idioma en el que hablas”. “Las montañas agrestes que te velan y te guardan”. “El limpio orgullo de la historia de la raza”. “La voluntad de ser español cada mañana”. “El Padre Nuestro que rezas por las mañanas y el rojo y gualda que pone ese nudo en tu garganta”.

Imagino que el secretario general del PP comparte ese poema porque comparte esa idea de España. No es muy diferente de la idea que cualquier nacionalista podría tener de su particular madre metafísica. Porque el nacionalismo no está en el sujeto, sino en el atributo.
¿España es el idioma en el que hablas? ¿Cómo no va a ser entonces Euskadi la tierra de los que hablan euskera? ¿Las montañas te velan y te guardan? ¿El orgullo de la historia de la raza? ¿La voluntad de ser español, como la voluntad de ser catalán, frente a aquéllos que no sienten el metafísico nudo en la garganta?

Se podrá decir que es sólo retórica, y que no estamos en 1914. Pero la retórica nunca es sólo retórica.
Ayer en Gara publicaban una entrevista a Arnaldo Otegi. En un momento de la entrevista, el líder de la coalición nacionalista/socialista decía que se congratulaba de ver “el pueblo vivo”. Hace unos días se celebró un acto de Vox en Vistalegre, el partido de “la España viva”.
Entre Otegi y Abascal – y Chivite, y García Egea- hay un abismo moral, porque el primero fue parte de quienes acababan con la vida de personas como Abascal precisamente por el hecho de no ser parte del pueblo. Ahí es donde se sitúa la línea roja. Después viene la política. Y en política parece que es imposible escapar de la retórica nacionalista. De las patrias vivas, de las montañas que nos guardan, de las sensibilidades, de las identidades, del triunfo de la voluntad, de la lengua culta que crea y piensa por ti.

Es el sujeto lo que configura los bloques, no los atributos.

 

La gestión del odio

Lo primero que oyó una buena parte de los asistentes al acto de ayer en Alsasua fue “españoles hijos de puta”. Lo dije ayer, me repito, pero es que aún resuena. Y resuena entre otras razones por el eco, que necesita cierto vacío.

Resuena porque fue considerado sólo un insulto más, o una muestra más del justo enfado del pueblo, si nos situamos al otro lado del espectro moral.
Y resuena porque basta con cambiar “españoles” por “rumanos” o “moros” para comprobar que en este caso, y sólo en este caso, no se comprueba lo que hay en el lado del grito. Si un domingo cualquiera un grupo de personas, unidas por unos vínculos políticos concretos, se descolgara con un “rumanos hijos de puta” o un “moros hijos de puta” ya tendríamos los calificativos preparados. Ya tendríamos, y esto es importante, la barrera moral levantada, y ya estaríamos del lado de quienes reciben el insulto. O, al menos, no estaríamos al lado de quienes los profieren.

Pero ayer un grupo de vecinos de Alsasua, entendiendo Alsasua como Euskal Herria, se organizó para recibir a personas que habían decidido mostrar su apoyo a quienes sufren el odio diariamente en ese pueblo, entendiendo ese pueblo como Euskal Herria, con estiércol, silbidos, insultos y el “españoles hijos de puta” del inicio.

El foco se había puesto ya días antes en los que fueron recibidos con esos insultos. Eran ellos el objeto de la crítica, y no los que se habían organizado para tomar ilegítimamente el control de la frontera. Hoy, después del recibimiento, después de que el acto consistiera en los discursos de Beatriz Sánchez, de Fernando Savater y de Albert Rivera, siguen poniendo el foco en los insultados. Como dicen quienes sitúan el foco en ese punto, hoy ya no están en Alsasua quienes se presentaron ayer en el pueblo. Los vecinos que sufren el odio diariamente, o que se esconden y se niegan para no tener que sufrirlo, se quedan allí, solos. Pero sólo se ha hablado de ellos, que eran el objeto del acto, para intentar ensuciar el acto. Una vez usado el argumento se ha seguido con que el motivo del acto era aumentar la crispación y avivar el odio.

El odio, ese odio, no necesita visitantes para ser alimentado. Ese odio es parte de la naturaleza de quienes se entregan a él. Ese odio no se enseña, desgraciadamente. Si fuera así, podría desenseñarse, o evitarse en primer lugar. Ese odio pertenece al carácter de quien lo canaliza, aunque requiera también de un entorno. Ese odio es un impulso enraizado en la naturaleza de muchas personas. De quienes gritaban ayer “españoles hijos de puta”, pero también de quienes gritan “moros (o rumanos, o gitanos) hijos de puta”. O “madridistas (culés, pericos) hijos de puta”. Y también, claro, en quienes gritan “maricones hijos de puta”.
No es bueno confundirse en esto. El odio es algo físico, previo a la bandera y a los colores con los que después se envuelve. Así que no es la ideología concreta de los vecinos que ayer se organizaron para insultar lo que los convierte en bárbaros, sino su incapacidad para gestionar el odio. Y esa incapacidad para gestionar el odio los inhabilita para el diálogo, y nos debería habilitar para levantar una barrera moral y dejarlos a ellos, no a los que sufren ese odio, al otro lado.

Esas personas, y las que gritan las otras cosas que se han mencionado, gritan mucho. E intentan que quienes prefieren hablar puedan hablar. Cuando esas personas viven en una ciudad como Madrid, o Valencia, o Bilbao, su influencia es limitada. Pero cuando viven en pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, la cosa se complica. Se complica para quienes trabajan en la Guardia Civil, o son concejales de un partido que no simpatiza con ellos, o simplemente compran todos los días un periódico distinto al Gara o al Deia.
Estas personas pueden hablar libremente, votar a quien quieran y leer el periódico que prefieran. Pero saben a lo que se exponen. Porque el odio no se alimenta cuando una figura relevante acude a uno de esos pueblos. Lo que hace el odio cuando ocurre eso es mostrarse ante los medios de comunicación. Si no hay figuras políticas relevantes y medios para recogerlo, el odio sigue ahí, del mismo modo que el árbol cae aunque no haya nadie para verlo. Y quienes sufren ese odio son las pocas personas que deciden no someterse a él, ni como participantes ni como autosecuestrados. En pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, lo cómodo es intentar pasar desapercibido. Porque los otros gritan mucho, y te puedes encontrar con que un día te gritan a ti por la calle, mientras paseas con tus hijos, o después de comprar el periódico. Y eso es algo bastante desagradable. Te puedes encontrar, además, con cosas aún más desagradables, porque los que gritan mucho suelen actuar en grupo y en los grupos se activan ciertos mecanismos, y porque suelen ser insistentes en sus muestras de odio. Así que lo cómodo y lo prudente es intentar no hacer ruido y esconder las señas que te identifican como objetivo.
Un pequeño paréntesis: cambiemos Leiza, Hernani, Elorrio y Alsasua por cualquier otro pueblo pequeño de España, cambiemos el insulto proferido y pensemos en una persona que tiene que soportar algo como “maricón” cuando pasea con su pareja, o cuando pasea solo.

Hecho el paréntesis volvamos al caso, pero mantengámoslo en la recámara por si el caso no es suficiente. El caso es que la convivencia en esos pueblos la marcan los que gritan. Si no gritan hay que decir que la convivencia es buena, y para que no griten basta con que quienes intentan llevar una vida normal, una vida que molesta a los que gritan, lleven su vida normal pero en casa, sin provocaciones. Ya sabemos quiénes son en el caso de Alsasua, pero miremos en la recámara, porque es posible que nosotros, que no odiamos, tengamos otro tipo de prejuicios, tal vez más refinados. Todas esas personas no hacen nada para alimentar el odio. Simplemente, intentan vivir con normalidad. Pero esa normalidad es vista como ofensiva por quienes gritan mucho, y como gritan mucho condenan a esas personas a una normalidad de sustitución, en la que tienen que asumir que la condición para esa normalidad mermada es que no vivan con auténtica normalidad.
A esto lo podemos llamar convivencia.

Y claro, esta convivencia se rompe cuando quienes viven bajo ese yugo dicen basta ya, o cuando los medios aparecen y comienzan a contar qué es lo que se esconde bajo eso que solemos llamar “convivencia”. Y los que gritan comienzan a gritar más, y a lanzar cosas, y a ensuciar el pueblo, porque ven su territorio moral en peligro. No es que los medios recojan el despertar del odio, no es que las visitas despierten el odio. El odio lo llevan dentro. Y ese odio no se vence con libros, ni con diálogo, ni con cesiones. La batalla contra ese odio es siempre individual, y no depende de la razón sino de las pasiones. Así que no podemos pretender derrotarlo -el de los demás-, porque no es nuestra tarea. Lo que sí es nuestra tarea es defender a quienes sufren ese odio, o al menos intentar mirar bajo al alfombra de la convivencia. Por respeto a quienes lo sufren y también por respeto a nosotros mismos, si nos consideramos ciudadanos.

Pero hay personas que se empeñan en levantar la barrera moral no en función de los actos sino de las ideas, fingidas o reales. Los actos de ayer dividieron a los participantes en bárbaros y ciudadanos, en unos que insultaban y otros que intentaban hablar. Podríamos entrar también en las ideas, y podríamos entrar incluso en el ethos. De un lado estaban los que defienden a los agresores de Alsasua e incluso, al parecer, Josu Zabarte, alguien que no necesita presentación. Del otro, Beatriz Sánchez, que sufrió con cinco años el atentado de la casa cuartel de Zaragoza, y Fernando Savater, alguien que tampoco necesita presentación. También Albert Rivera, que cerró el acto, y también Ortega Lara, que asistió sin discurso.

A todos ellos se refirió el PSOE, de la mano del portavoz Ander Gil, como aquéllos que nunca tuvieron que mirar bajo su coche y aquéllos que no tuvieron que despedir a un compañero en un funeral. Se lo decía a Albert Rivera, pero también a Savater y a la hija de un guardia civil y a Ortega Lara. También dijo que fueron a Alsasua a avivar el odio y no a fomentar la convivencia. Hoy ha dicho algo parecido el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y hace días dijo algo parecido Sortu en un comunicado.

Lo dije ayer, me repito, pero es que sigue resonando. En parte por la sensación de eco, por lo poco que parecen impactar actitudes como las de Ander Gil y del PSOE en ocasiones en las que la barrera moral debería situarse firmemente y sin vacilaciones frente a los bárbaros.