«Altsasu», notas. (Episodio 2)

EPISODIO 2

Una frase que enlaza con aquella del primer episodio, en la segunda escena, cuando un guardia civil dice «Si no les gusta ser españoles, que se larguen».

– Por qué nosotros. Por qué somos nosotros los que tienen que irse.

Lo dice Urko, el que en el Ospa Eguna salía gritando “Alde hemendik”. Bueno, en realidad salía sólo bebiendo cerveza y silbando al coche de la Guardia Civil, porque sólo se le ve gritando a Aitor. Aitor parece que es el único que grita a la Guardia Civil -ni un insulto, salvo por el acontecimiento en el bar-, aunque fuera de plano, cuando vemos el jeep, se escuchan más voces entonando el «Alde hemendik». En la jornada no hay odio, ni siquiera humillación; sólo fiesta. Y Urko, a quien la serie ya situó inequívocamente fuera del incidente, aquí deja salir no el odio, sino la impotencia. «Por qué somos nosotros los que tienen que irse». La serie juega con la idea de que en realidad es la Guardia Civil la que está empeñada en echar de Alsasua a los vecinos de Alsasua. Es un relato «libremente inspirado» en un hecho real.

Hacia el 15:30 el director de la Guardia Civil habla con el director de un periódico.

– Qué, ¿cerrando la edición? No, por teléfono no, mejor quedamos para comer. Tranquilo, lo vas a poder sacar en portada. A cuatro columnas.

Será el de “Te debía una” del episodio anterior. Los buitres, V.

Raúl -el malo- habla con la mujer, que está incómoda en Alsasua.

– Si no hay Alsasua no hay playa.

La idea está clara, es una idea conocida para el espectador medio. Unos, las víctimas, los chavales del pueblo, tienen que irse de Alsasua porque los acosan. Otros, los guardias civiles, usan Alsasua para poder irse a donde realmente quieren. Pisan Alsasua durante unos meses, se podría decir libremente inspirados, y cuando ya han cumplido su misión la abandonan.

Un detalle menor, que al final son los que importan. Cuando Urko habla con su novia sobre irse de Alsasua lo hace entre besos y abrazos, puro amor. Son jóvenes, idealistas, inocentes y del pueblo. Raúl, el guardia civil, habla con violencia. No hacia su mujer, porque tal vez sería demasiado burdo, pero sí violencia en los gestos. Habla con odio desde la primera escena

18:05, abuelo de Urko.

– Vosotros no habéis hecho nada, Urko.

– Ni falta que hace. Tienen un altavoz enorme para contar lo que quieran.

Habría que preguntarse hoy, a punto de que se estrene la miniserie también en TV3, quién tiene el altavoz. Quién lo tuvo desde el primer momento.

Reunión de afectados. El radical, Aitor, el que provoca la “pelea” no vista:

– No estamos solos. El pueblo está con nosotros.

Y así es. El pueblo, Alsasua, está y estuvo mayoritariamente con ellos. Y el Pueblo, en general. ETB1 con esta miniserie se encarga de que siga siendo así, de que sea aún más fácil para ellos saber que están en el lado correcto del odio.

Esa reunión es la escena clave del episodio, probablemente. Han contratado a “Leire”, en el episodio anterior. Se intuía qué tipo de abogada era, y ahora se confirma.
Una madre, a otra, la más activa, probablemente Bel Pozueta, en la serie la madre de Urko:

– ¿Estamos seguros de que es una buena decisión? ¿Leire Oskia no es de la izquierda abertzale?

– Por eso, precisamente.

– ¿Precisamente? ¿No estamos autoinculpándonos al elegirla a ella?

– Pues a mí no me lo parece.

(… hablan ahora sobre la necesidad de aclarar quién no estuvo implicado).

– Pero Jon no participó.

(«Bel Pozueta», que en la realidad fue candidata y ahora es diputada en el Congreso por EH Bildu) – Bueno, eso a ellos les da igual, Izaskun. Es una lotería*. Y todos estamos en el mismo saco**. Y por eso es necesario ir todos a una y hablar con una sola voz. Sé que aquí estamos gente de ideología distintas***. Pero como no nos pongamos de acuerdo en unos mínimos lo tenemos claro.

*: Esto es lo que se decía siempre sobre los «presos», y lo que se sigue diciendo ahora: era una lotería. Le tocaba al que le tocaba, independientemente de que hubieran hecho algo o no. Aquí llevamos años conviviendo con gente -segunda fuerza política- que ha ido minando la confianza en el sistema judicial, en su totalidad. Que a un vasco lo metieran en la cárcel era una lotería. Un chaval que salía los sábados a tomar algo y a ligar y otro que salía a quemar cajeros, da lo mismo; «es una lotería».

**: Y si es una lotería, todos estamos en el mismo saco, claro. El que sale a ligar y el que quema un cajero. El que se queda estudiando y el que escribe una carta amenazante a un concejal. El que va a ver una película al cine y el que vuelca contenedores en el Casco Viejo. El que se pregunta cada día si será un buen padre, un buen hijo, una buena persona y el que espera ser algún día un héroe del pueblo como Etxebarrieta o García Gaztelu. Todos en el mismo saco. Todos los buenos vascos, claro. Los otros ya se sabe que son malos, cobardes o egoístas.

***: si es una lotería, es evidente que en el saco habrá gente de ideologías distintas. Y así es: hay nacionalistas de izquierdas, nacionalistas de izquierdas que aceptan conscientemente la violencia, nacionalistas conservadores, nacionalistas totalitarios y simples amantes de la cultura vasca, es decir, apolíticos. En eso consiste el pluralismo dentro del saco.

Seguimos.

Sale la suegra del guardia civil bueno, en el Hogar del jubilado. Quien le trae los tomates es el abuelo de Urko, el que no estaba allí, somos nosotros los que se tienen que ir, etc. El abuelo ya ha quedado acreditado como buena persona, porque es la segunda vez que le lleva tomates.

– Siento lo de tu hija. Nadie se merece que le peguen.

– ¿Los policías tampoco?

– Nadie.

Empieza el porno sentimental. El abuelo le pide lloroso que hable con su hija, que no son unos terroristas.

– El mal ya está hecho.

Eso es lo que responde la madre, también llorosa. Le invita al café. El sentimiento de culpa (de la madre de la «víctima») casi se puede saborear. Es la madre de la pareja del guardia civil que tiene un tobillo roto, de una hija que no puede dormir, y es ella la que se siente culpable.

Siguiente escena, uno de los acusados en clase de algún arte marcial. Es profesor. Ve que una niña, al fondo, está rara. No sigue la clase.

– ¿Qué te pasa?

– Estoy enfadada contigo. ¿Eres un terrorista?

Inspirada libremente etc.

La madre de Isabel, la del guardia civil bueno, el que se rompió un tobillo.

– Tienes que hacer algo, hija. Esto se está yendo de las manos.

– ¿Y qué quieres que haga?

– No lo sé, pero ése del que hablan no es nuestro pueblo.


La hija ni siquiera dice algo sobre lo que sufrieron, la agresión, los gritos, las amenazas, el desprecio. Como si los cuatro fueran parte de un gran engaño, como si la agresión eludida no hubiera sido una aportación de los creadores de la serie, sino precisamente lo que (no) pasó en realidad.
La madre, el personaje de la madre, insiste en esa idea esencialista del pueblo. No es posible el mal en Alsasua. No es posible el odio en el pueblo del Alde hemendik.

– Salir con un guardia no podía traer nada bueno.
Sigue la conversación. Gota a gota. La madre ya había avisado en el primer episodio: «Con la de chicos guapos que hay en el pueblo».

– Ayer hablaban de mí en el súper. “Una es de fuera, la putita del teniente es de aquí. ¿Llevar toda la vida en Altsasu para que es que ni siquiera sepan tu nombre?

Eso es lo relevante, al parecer. Que no se saben su nombre. Como si fuera una cuestión de memoria o de indiferencia, y no de odio.

Mientras madre e hija hablan, se oye un ruido. La máquina de bolas del bar está fuera, en el suelo, abierta, las bolas rodando. Se cayó sola, también. El viento. O el pueblo, que reacciona ante la injusticia. Tampoco lo sabemos. Pero los creadores deciden mostrarlo, para insistir en la imposibilidad de asignar agencia a los actos. Hay cosas que sí se asocian al actor -las mentiras del director de la guardia civil, el asentimiento del guardia civil en la mentira, el amor de la madre por el pueblo- y cosas que pasan.

– ¿Alsasua? Un poblacho de mala muerte. (El director de la Guardia Civil, en el coche, por teléfono. De él podemos ver, porque los creadores de la serie deciden mostrarlo, todo lo que piensa. Incluso una risa maléfica, de desprecio).

Al final del segundo episodio sí nos muestra la serie cómo sufren los chavales. Porque son unos críos, y lloran, en la cárcel se pasa mal. Un guardia civil aparece con un tobillo roto, no se ve nada más. Quién se lo rompe, si hay insultos, nada. Con los chavales hay música sentida y lágrimas, sueños rotos e impotencia, sufrimiento. Y, sobre todo, hay personas concretas que causan ese sufrimiento, de manera consciente.

«Altsasu», notas. (Episodio 1)

EPISODIO 1

Casi lo primero que se ve: buitres. Después uno de los familiares explicará la relevancia del plano. Y el espectador, incluso el no especialmente sagaz, sabrá quiénes son los buitres en la serie.

La segunda escena ya va al meollo. La primera ha servido para mostrar la metáfora. Los buitres. En la segunda vemos el contexto que envuelve al hecho central que, al contrario que la metáfora, no se mostrará. Un vehículo de la Guardia Civil para a un vecino de Alsasua, un joven. Se ha saltado un stop. Uno de los agentes, el sargento, deja salir su odio. En la miniserie sobre Alsasua el odio parte de los agentes de la Guardia Civil, a pesar de que son ellos quienes aguantan una jornada dedicada exclusivamente a insultarlos, a reírse de ellos y a pedir que se marchen del pueblo.

El sargento le pide el DNI. El vecino dice que ya es la tercera vez que lo paran esa semana.

– Nombre… Áitor.

La tilde es importante. El sargento dice “Áitor” en lugar de “Aitor”. Son incapaces de decirlo bien, por ignorancia o por maldad. De hecho, éste será el desencadenante de la escena omitida: la pelea deslizada, la agresión inexistente. Inexistente porque ya se ve lo buenos chavales que son, incluso la madre de una de las víctimas dice más adelante, antes del hecho, que “Altsasu es un pueblo maravilloso, muy acogedor”. ¿Cómo unos chavales del pueblo iban a ser capaces de cometer una agresión contra agentes de la Guardia Civil, a quienes dedican constantemente mensajes diciendo que se vayan, que no los quieren en el pueblo?

En esa segunda escena hay un salto interesante al final del numerito del DNI. El sargento llega a “País”. Le pide al joven que lo diga él. El otro agente, teniente, le dice que lo deje marchar.

–  “Que se jodan. Si no les gusta ser españoles, que se larguen”.

Esto ya en la segunda escena del primer episodio. Son los guardias civiles los que dicen “que se larguen”.

El padre de uno de los jóvenes explica lo de los buitres. Llevan un tiempo sobrevolando el pueblo. Mala señal; cuando no tienen nada que comer se acercan a ver si pillan algo. Esto se entenderá mejor hacia el final del episodio. Aunque se entiende desde el principio, son muchos años: los buitres son los medios, la policía y el propio Estado español, que buscan algo que llevarse a la boca. 

Aitor y otra joven del pueblo hablan amistosamente. De fondo, una mujer saluda a los guardias civiles, incluso se detiene a hablar con ellos. El joven -el de la multa de la segunda escena- pierde el hilo de la conversación; una vecina está hablando con dos agentes de la Guardia Civil, en la calle, de día. Debe de ser algo impactante para él. “¿Conoces a esa chica?”, pregunta a la otra chavala, que también será acusada de participar en el hecho envuelto en misterio. “No. Y nunca entenderé cómo a algunos les gustan tanto los uniformes”. La mujer resulta ser la novia de uno de los guardias civiles. Tenía en ese momento 19 años. Pero “los chavales de Alsasua” fueron siempre los otros. 

En otra escena, la chica le cuenta a su madre que se ha echado un novio en el pueblo. La madre, que no es del pueblo -es ecuatoriana- no está tranquila. Sabe lo que eso supone.

– Un guardia… con la de chicos guapos que hay en el pueblo. 

Los guardias civiles limpian la pintada de “Alde hemendik” que les han dejado, esta vez en lo que parece una pequeña iglesia. Me acuerdo de que aquí las policías locales y la Ertzaintza dicen que las pintadas dependen del equipo de limpieza de los ayuntamientos. En Alsasua directamente las limpian los agentes de la Guardia Civil.

La chica habla con su pareja, que es el guardia civil “bueno”. Hay que empatizar con ellos también, pero sin pasarse.

– Estoy harto ya. Yo sólo quiero ayudar. Cómo hacer entender a esta gente que
– A ver, a ver. No paras de quejarte porque dices que no te entienden. Pero es que tú tampoco haces nada por entenderlos.
– ¿Cómo?
– Pues que la mayoría de esta gente no se siente española, Carlos. Y vosotros no hacéis más que recordárselo. Es que si te dieras cuenta de lo que eso significa para ellos, quizás todo sería más fácil, ¿no?

La premisa y excusa de la serie -y del proceso en la vida real- es que no había odio. Los guardias civiles hacían vida normal sin ningún problema. Aun así, la novia de uno de ellos le explica el contexto, que parece difícilmente compatible con la normalidad. Y con la permanencia de los agentes en el pueblo, porque claro, su presencia les incomoda en lo más profundo de su identidad.

Se ve el Ospa eguna. Ambiente festivo, claro. Dónde está el odio, que yo lo vea. Apenas un “Alde hemendik” suave suavecito.

22:17, de momento el diálogo más importante. Escena anterior, Ospa eguna, se para el coche en el frontón, “Alde hemendik”, ningún insulto. Los dos guardias civiles lo dejan pasar, hablan después con unas cervezas.

El “malo”: De verdad que no entiendo cómo no hemos hecho nada.

El “bueno”: Aún tienes que conocer esto, Raúl. No es tan simple. El año pasado intervinimos para llevarnos las carrozas y al final tuvimos que cargar.

– ¿Y? ¿Por qué no lo hemos vuelto a hacer este año? Carlos, que se estaban riendo de nosotros en nuestra cara.
– A ver, Raúl, se trata de mantener un equilibrio, una convivencia (!). Pero aquí es muy frágil.

La convivencia se mantiene si a los del “Largaos de aquí” se les deja hacer. Si los guardias civiles pasan de puntillas. Resulta familiar.

Escena siguiente: el “malo” arranca carteles de Ospa, solo, de noche. Le puede -a él sí- el odio.

Otra mujer, otro guardia civil, escena doméstica. Esta vez  es el guardia civil “malo”.

– ¿Aquí es donde quieres ser padre, Raúl? Estoy un poquito hartita de estos cuarteles.
– Por eso estamos aquí, aquí las cosas van rápido. Tres añitos en Alsasua y podremos elegir el destino que tú quieras.

Les ha invitado el teniente a cenar al bar de su suegra (la otra pareja, “el bueno”).

– ¿Y es seguro que salgamos por aquí, de noche?
– Sí.

Curiosamente el guardia civil “malo” es el nuevo. El doblemente forastero, el doblemente no integrado.

La cena. La madre de la novia del teniente, inmigrante:

Altsasu es un pueblo maravilloso. Muy acogedor. El vasco es noble. Al principio les cuesta, eh. Pero después son amigos tuyos para toda la vida. Para que os hagáis una idea, cuando te conocen te dicen “urte askotarako”, que quiere decir para muchos años.
La miniserie, explica la web de ETB, está libremente inspirada en un hecho real. También se podría decir que está realmente inspirada porque el hecho es libre. 

Después de la cena proponen ir a tomar una copa. La mujer del “malo” tiene miedo. El “bueno” dice que lleva un año ahí y nunca ha tenido ningún problema.

En cuanto llegan al Koxka le cae un hielo al “malo”. Nadie lo ha tirado. Lo deja pasar.

Llega el chaval conflictivo. El de la multa, “Áitor”.

– Con ese tipo de gente mañana vas a tener que desinfectar el bar, ¿eh?

Se lo dice al dueño del bar, que está tras la barra. (Reminder: “Aquí la convivencia es muy frágil”).

– Tengamos paz, eh. (El dueño).

– ¿Qué se piensan esos hijos de puta? (El radical, “Áitor”, a otro cliente que estaba en el bar, refiriéndose a los guardias civiles. Ese cliente también resultará condenado por participar en la agresión lo que quiera que pasara).

– Ese de ahí me ha puesto tres multas (insiste).

– Mejor nos marchamos (el “bueno”).

– ¿Tienes algún problema? (el “malo”, dirigiéndose a Aitor)
– ¿Qué dices? Que no te oigo, ¿que dices? (Aitor al “malo”, mientras se acerca).

– Mucha cara tenéis vosotros, os pasáis la semana crujiéndonos a multas y qué venís aquí, ¿a reíros de nosotros?

Ya está establecida la causa de fondo, el motivo de la pelea de bar, de la agresión eludida: un supuesto exceso de celo en las multas de tráfico.

Interviene el guardia civil “bueno”: “Áitor, por favor, mantengamos la calma”.

– ¿Qué has dicho?
– Márchate, hazme el favor.
– ¿”Áitor”? “Áitor” tu puta madre, subnormal.

Multas y una persistente incapacidad de decir el “shibolet” local, el motivo real de la no-agresión. También el alcohol, claro. Lo del Ospa, “largaos de aquí”, los insultos que tampoco aparecen, todo eso en realidad va por otra parte, no influyó en lo que pasó, pasó. Es una corriente subterránea del pueblo, una costumbre local sin efectos reales. Un odio latente pero también festivo.

Y llegamos a la no-escena.

Aparece otro chaval, se acerca al guardia civil “malo”. Cualquiera diría que los están rodeando -a dos guardias civiles y a sus parejas, cuatro en total-; cualquiera lo diría, menos los creadores de la serie, porque en la serie no hay nada de eso. La camarera avisa al dueño, que está en el almacén: “Beñat, kanpoan” (“en la calle”, “fuera”). En la calle, porque dentro del bar no ha pasado nada. Y en la calle en realidad tampoco, a ojos de los creadores. Lo siguiente que vemos es al dueño, que no ha visto nada. Lo vemos en la calle, donde el “bueno” tiene la pierna mal. El dueño pide a los espectadores que llamen a una ambulancia, que traigan hielo. Los espectadores permanecen impasibles. No va con ellos.

Se llevan detenido a Aitor. ¡Si no ha hecho nada! Y claro, algunos jóvenes pierden la calma. Tampoco nada serio. Nada de las amenazas que se recogen durante el juicio. Los actores intentan poner voz de achispamiento, pero incluso bajo los efectos del alcohol se comportan como testigos profesionales, casi peritos: por qué os lo lleváis, ése de ahí (el guardia civil “malo”) se ha metido en una pelea, por qué no lo detenéis.

La madre de uno de los chavales, Urko, el otro protagonista, le dice si sabe algo. Urko está en casa, en la cama, y no sabe nada porque se había ido antes del no-hecho, como dijo la defensa y como la serie decide mostrar (esto sí; esto no se deja a la interpretación del espectador). “Por lo que dice la tele es el jefe de un  comando. No sé, palizas, una emboscada”.

Los buitres, II.

El “bueno” (el informe ante su superior, en la cama del hospital):

– Se estaban desafiando el uno al otro y la cosa se iba calentando. Me metí a calmar el ambiente y llamé al Áitor (á) por su nombre pensando que eso lo tranquilizaría. Ahí empezó a desmadrarse todo.
– ¿Temiste por tu vida?
– No (con la cabeza).
– Temiste por tu vida.
– (Asiente).
Buitres, III.

Interrogatorio del director de la Guardia Civil a “Áitor”. El chaval sigue con lo de las multas. Al final no era odio, hostilidad omnipresente cultivada desde la infancia; al final era por las multas.

Escena final, el director de la Guardia Civil, al que se le ha visto mentir (en esto no hay posibilidad de error, interpretación, versiones opuestas: la verdad, aquí única, es que miente, manipula, inventa).

– Oye, ¿te acuerdas de que te debía una? Pues tengo un regalo para ti, con lazo y todo.

Los creadores podrían haber vuelto a meter la primera escena (IV), pero no hace falta. Está todo claro.

La gestión del odio

Lo primero que oyó una buena parte de los asistentes al acto de ayer en Alsasua fue «españoles hijos de puta». Lo dije ayer, me repito, pero es que aún resuena. Y resuena entre otras razones por el eco, que necesita cierto vacío.

Resuena porque fue considerado sólo un insulto más, o una muestra más del justo enfado del pueblo, si nos situamos al otro lado del espectro moral.
Y resuena porque basta con cambiar «españoles» por «rumanos» o «moros» para comprobar que en este caso, y sólo en este caso, no se comprueba lo que hay en el lado del grito. Si un domingo cualquiera un grupo de personas, unidas por unos vínculos políticos concretos, se descolgara con un «rumanos hijos de puta» o un «moros hijos de puta» ya tendríamos los calificativos preparados. Ya tendríamos, y esto es importante, la barrera moral levantada, y ya estaríamos del lado de quienes reciben el insulto. O, al menos, no estaríamos al lado de quienes los profieren.

Pero ayer un grupo de vecinos de Alsasua, entendiendo Alsasua como Euskal Herria, se organizó para recibir a personas que habían decidido mostrar su apoyo a quienes sufren el odio diariamente en ese pueblo, entendiendo ese pueblo como Euskal Herria, con estiércol, silbidos, insultos y el «españoles hijos de puta» del inicio.

El foco se había puesto ya días antes en los que fueron recibidos con esos insultos. Eran ellos el objeto de la crítica, y no los que se habían organizado para tomar ilegítimamente el control de la frontera. Hoy, después del recibimiento, después de que el acto consistiera en los discursos de Beatriz Sánchez, de Fernando Savater y de Albert Rivera, siguen poniendo el foco en los insultados. Como dicen quienes sitúan el foco en ese punto, hoy ya no están en Alsasua quienes se presentaron ayer en el pueblo. Los vecinos que sufren el odio diariamente, o que se esconden y se niegan para no tener que sufrirlo, se quedan allí, solos. Pero sólo se ha hablado de ellos, que eran el objeto del acto, para intentar ensuciar el acto. Una vez usado el argumento se ha seguido con que el motivo del acto era aumentar la crispación y avivar el odio.

El odio, ese odio, no necesita visitantes para ser alimentado. Ese odio es parte de la naturaleza de quienes se entregan a él. Ese odio no se enseña, desgraciadamente. Si fuera así, podría desenseñarse, o evitarse en primer lugar. Ese odio pertenece al carácter de quien lo canaliza, aunque requiera también de un entorno. Ese odio es un impulso enraizado en la naturaleza de muchas personas. De quienes gritaban ayer «españoles hijos de puta», pero también de quienes gritan «moros (o rumanos, o gitanos) hijos de puta». O «madridistas (culés, pericos) hijos de puta». Y también, claro, en quienes gritan «maricones hijos de puta».
No es bueno confundirse en esto. El odio es algo físico, previo a la bandera y a los colores con los que después se envuelve. Así que no es la ideología concreta de los vecinos que ayer se organizaron para insultar lo que los convierte en bárbaros, sino su incapacidad para gestionar el odio. Y esa incapacidad para gestionar el odio los inhabilita para el diálogo, y nos debería habilitar para levantar una barrera moral y dejarlos a ellos, no a los que sufren ese odio, al otro lado.

Esas personas, y las que gritan las otras cosas que se han mencionado, gritan mucho. E intentan que quienes prefieren hablar puedan hablar. Cuando esas personas viven en una ciudad como Madrid, o Valencia, o Bilbao, su influencia es limitada. Pero cuando viven en pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, la cosa se complica. Se complica para quienes trabajan en la Guardia Civil, o son concejales de un partido que no simpatiza con ellos, o simplemente compran todos los días un periódico distinto al Gara o al Deia.
Estas personas pueden hablar libremente, votar a quien quieran y leer el periódico que prefieran. Pero saben a lo que se exponen. Porque el odio no se alimenta cuando una figura relevante acude a uno de esos pueblos. Lo que hace el odio cuando ocurre eso es mostrarse ante los medios de comunicación. Si no hay figuras políticas relevantes y medios para recogerlo, el odio sigue ahí, del mismo modo que el árbol cae aunque no haya nadie para verlo. Y quienes sufren ese odio son las pocas personas que deciden no someterse a él, ni como participantes ni como autosecuestrados. En pueblos como Leiza, o Hernani, o Elorrio, o Alsasua, lo cómodo es intentar pasar desapercibido. Porque los otros gritan mucho, y te puedes encontrar con que un día te gritan a ti por la calle, mientras paseas con tus hijos, o después de comprar el periódico. Y eso es algo bastante desagradable. Te puedes encontrar, además, con cosas aún más desagradables, porque los que gritan mucho suelen actuar en grupo y en los grupos se activan ciertos mecanismos, y porque suelen ser insistentes en sus muestras de odio. Así que lo cómodo y lo prudente es intentar no hacer ruido y esconder las señas que te identifican como objetivo.
Un pequeño paréntesis: cambiemos Leiza, Hernani, Elorrio y Alsasua por cualquier otro pueblo pequeño de España, cambiemos el insulto proferido y pensemos en una persona que tiene que soportar algo como «maricón» cuando pasea con su pareja, o cuando pasea solo.

Hecho el paréntesis volvamos al caso, pero mantengámoslo en la recámara por si el caso no es suficiente. El caso es que la convivencia en esos pueblos la marcan los que gritan. Si no gritan hay que decir que la convivencia es buena, y para que no griten basta con que quienes intentan llevar una vida normal, una vida que molesta a los que gritan, lleven su vida normal pero en casa, sin provocaciones. Ya sabemos quiénes son en el caso de Alsasua, pero miremos en la recámara, porque es posible que nosotros, que no odiamos, tengamos otro tipo de prejuicios, tal vez más refinados. Todas esas personas no hacen nada para alimentar el odio. Simplemente, intentan vivir con normalidad. Pero esa normalidad es vista como ofensiva por quienes gritan mucho, y como gritan mucho condenan a esas personas a una normalidad de sustitución, en la que tienen que asumir que la condición para esa normalidad mermada es que no vivan con auténtica normalidad.
A esto lo podemos llamar convivencia.

Y claro, esta convivencia se rompe cuando quienes viven bajo ese yugo dicen basta ya, o cuando los medios aparecen y comienzan a contar qué es lo que se esconde bajo eso que solemos llamar «convivencia». Y los que gritan comienzan a gritar más, y a lanzar cosas, y a ensuciar el pueblo, porque ven su territorio moral en peligro. No es que los medios recojan el despertar del odio, no es que las visitas despierten el odio. El odio lo llevan dentro. Y ese odio no se vence con libros, ni con diálogo, ni con cesiones. La batalla contra ese odio es siempre individual, y no depende de la razón sino de las pasiones. Así que no podemos pretender derrotarlo -el de los demás-, porque no es nuestra tarea. Lo que sí es nuestra tarea es defender a quienes sufren ese odio, o al menos intentar mirar bajo al alfombra de la convivencia. Por respeto a quienes lo sufren y también por respeto a nosotros mismos, si nos consideramos ciudadanos.

Pero hay personas que se empeñan en levantar la barrera moral no en función de los actos sino de las ideas, fingidas o reales. Los actos de ayer dividieron a los participantes en bárbaros y ciudadanos, en unos que insultaban y otros que intentaban hablar. Podríamos entrar también en las ideas, y podríamos entrar incluso en el ethos. De un lado estaban los que defienden a los agresores de Alsasua e incluso, al parecer, Josu Zabarte, alguien que no necesita presentación. Del otro, Beatriz Sánchez, que sufrió con cinco años el atentado de la casa cuartel de Zaragoza, y Fernando Savater, alguien que tampoco necesita presentación. También Albert Rivera, que cerró el acto, y también Ortega Lara, que asistió sin discurso.

A todos ellos se refirió el PSOE, de la mano del portavoz Ander Gil, como aquéllos que nunca tuvieron que mirar bajo su coche y aquéllos que no tuvieron que despedir a un compañero en un funeral. Se lo decía a Albert Rivera, pero también a Savater y a la hija de un guardia civil y a Ortega Lara. También dijo que fueron a Alsasua a avivar el odio y no a fomentar la convivencia. Hoy ha dicho algo parecido el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, y hace días dijo algo parecido Sortu en un comunicado.

Lo dije ayer, me repito, pero es que sigue resonando. En parte por la sensación de eco, por lo poco que parecen impactar actitudes como las de Ander Gil y del PSOE en ocasiones en las que la barrera moral debería situarse firmemente y sin vacilaciones frente a los bárbaros.

Campanas en Alsasua

Ayer el alcalde de Alsasua y los medios de comunicación que no crispan insistían en el carácter acogedor y hospitalario del pueblo. Hoy, lo primero que han oído las personas que asistían al acto de España Ciudadana ha sido «Españoles hijos de puta», coreado con insistencia por algunos de los vecinos del pueblo. Ése ha sido el comité de bienvenida.
Antes de eso, durante la noche, otros vecinos del acogedor y hospitalario pueblo habían dejado una montaña de estiércol en la plaza en la que se iba a celebrar el acto.
Hubo otros cánticos. Los de siempre. El «zuek, faxistak, zarete terroristak» (vosotros, fascistas, sois los terroristas) y el «que se vayan de una puta vez».

Cuando comenzó el acto, las campanas de la iglesia, a escasos metros de la plaza, comenzaron a sonar. En ese momento había empezado a hablar Beatriz Sánchez.
Beatriz Sánchez cumplía cinco años el día que ETA cometió un atentado en la casa cuartel de Zaragoza, en 1987. Mediante el coche bomba la banda terrorista asesinó ese día a once personas. Beatriz Sánchez y su familia sobrevivieron, por fortuna. Hoy acudió a Alsasua para contar cómo vivió ese día y los que siguieron, pero no pudo hacerlo en condiciones. Las campanas de la iglesia hacían imposible escuchar lo que decía. Al final del discurso, Beatriz Sánchez pidió un minuto de silencio por las víctimas de ese atentado, cuyos nombres comenzó a leer. Fue imposible escuchar la mayoría de ellos. Finalmente, quien o quienes tocaban las campanas desde el interior de la iglesia pararon. Habían cumplido su parte como vecinos del pueblo. Habían mostrado el rechazo y el enfado que recogía parte de la prensa. Habían impedido que una víctima de ETA, una hija de un guardia civil, pudiera dar un discurso en la plaza del pueblo en el que dos años antes fueron agredidos dos guardias civiles y sus parejas por un grupo de chavales de Alsasua, por otros vecinos del pueblo. Los vecinos de Alsasua piden desde entonces que se deje en paz al pueblo, Utzi Altsasu bakean. Pero lo único que se ha hecho con Alsasua es contar lo que pasó esa noche de 2016. La agresión la cometieron vecinos del pueblo, y vecinos del pueblo los arroparon. La agresión se cometió en un contexto de odio a la Guardia Civil, el mismo contexto en el que ETA colocó el coche bomba en Zaragoza que estuvo cerca de acabar con la vida de Beatriz Sánchez y de su familia. Mientras los vecinos y algunos medios insisten en el carácter hospitalario del pueblo y en la demonización mediática, los hechos son las campañas de odio, la agresión, el «españoles hijos de puta», las campanas para silenciar los discursos y el «dejadnos en paz».

En ese «dejadnos en paz» se encierra todo lo que va a pasar en los pueblos en los que lo primero fue siempre defender a quienes consideraron que el terrorismo era una forma de lucha política legítima. Ese «dejadnos en paz» es un mecanismo de defensa, porque no debe de ser cómodo escuchar lo que provocó la lucha de aquéllos a los que defienden.

Después de Beatriz Sánchez habló Savater. El de Savater fue un discurso contra el terruño particular de cada uno. El terruño es en el mejor de los casos materia, y en el peor de los casos metafísica. Y cada uno tiene los suyos. Las leyes son otra cosa. Las leyes son frías y comunes, y no incitan a la adhesión colectiva, al afecto o al énfasis. Su discurso fue contra las tribus particulares, contra las identidades colectivas y en defensa de la ciudadanía. La fría y objetiva ciudadanía, en la que lo que importa no son las muestras de los símbolos comunes y los cánticos sino la responsabilidad diaria y cotidiana del ciudadano, que se sabe sometido, junto con el resto de los conciudadanos, a unas leyes. Y que sabe que goza de ciertos derechos y libertades precisamente porque él y el resto de los ciudadanos están sometidos a esas leyes. Esa responsabilidad del ciudadano es individual. Es poca cosa, en cierto sentido. No hay lugar para la épica ni para la catarsis. A pesar de eso, o precisamente por eso, es lo único que hace falta para que la sociedad pueda ser una especie de república virtuosa. Es el ciudadano el que pone el listón moral de una sociedad, con las cosas que hace y con las cosas que se niega a hacer. Decir eso hoy, en Alsasua, tiene un significado mayor del que probablemente se le ha dado.

Cuando Savater terminó de hablar, su discurso fue celebrado con el «yo soy español, español».
No quiero ser injusto. Minutos antes los vecinos del pueblo habían recibido a los asistentes con «españoles hijos de puta». Pero fue un momento extraño.
Creo que Savater tiene razón. Pero la razón es fría, sin épica ni énfasis. No concita adhesiones colectivas ni muestras de afecto. Es como debe ser. Y al mismo tiempo, está condenada al fracaso. Estamos condenados al fracaso -a ese fracaso- porque la naturaleza humana no tiende a la razón. Tiende precisamente a la tribu, a la identidad colectiva. No son necesariamente malas, ni son el motivo por el que los vecinos de Alsasua gritaban «hijos de puta», pero desde luego no tienen un fácil encaje en la idea de ciudadanía defendida por Savater. Se puede optar por una cosa o por la otra. Se puede optar por defender una cierta idea de identidad nacional abierta, integradora y no supremacista, con sus muestras de afecto patriótico, sus símbolos y sus relatos metafísicos. Y se puede optar por defender una ciudadanía cuyos pilares sean las leyes, unos mínimos morales compartidos y la responsabilidad particular de cada ciudadano en la defensa cotidiana, sin énfasis y sin aspavientos, de esos pilares. Decía que me gusta esta idea de la ciudadanía, es la que defiendo. Pero me temo que no tiene ni tendrá demasiado éxito, porque supone algo parecido a la antipolítica.

Los vecinos de Alsasua gritaban «españoles hijos de puta» porque ven fascismo en todo aquello que no sea su tribu. Su tribu es la de los aplausos para Portu y Sarasola, la de los recibimientos a etarras y la de la espiral de silencio en los pueblos del País Vasco y Navarra. Y es, en este caso concreto, la del afecto hacia los que agredieron a los guardias civiles y sus parejas. Por eso quienes insisten en recordar que aquello fue una agresión motivada por el odio y quienes defienden a los agredidos son necesariamente fascistas e hijos de puta, en su particular visión del mundo.
Junto a esto, vuelve el mensaje de que al fascismo no se le discute sino que se le destruye. Y ya tenemos el contexto.
No cabe hacerse ilusiones; tampoco el antifascismo se cura leyendo.

El cierre lo pone el PSOE.
Ander Gil, el portavoz en el Senado, se refiere al acto de Alsasua con dos tuits. En uno habla de las tres derechas que van a Alsasua a avivar el conflicto y no a fomentar la convivencia, y de una derecha «aznarizada» que viene con dos dobermann de la mano. En el otro dice esto:

Y fueron a agitar el odio a Alsasua los que nunca tuvieron q mirar por la mañana bajo su coche, los q nunca despidieron a un compañero en un funeral. Nada se construye desde el odio. No teneis proyecto de convivencia para unir a los españoles. Solo vivis de los conflictos

Esto es lo que elige el portavoz del PSOE en el Senado para referirse al acto de hoy en Alsasua, en el que han hablado Beatriz Sánchez, Fernando Savater y Albert Rivera, y en el que ellos y los asistentes han sido recibidos con estiércol, con gritos de «hijos de puta» y con campanas y silbidos durante los discursos.

Es el ciudadano, con las cosas que hace y con las que se niega a hacer.

savciud

Alsasua

Toca hablar de lo de Alsasua.

«Lo de Alsasua» era el título de un artículo de Elisa Beni en el que la autora afirmaba que lo de Alsasua no es terrorismo.

Lo de Alsasua, en realidad, aún no se sabe qué fue. Judicialmente, al menos. Es decir, no se sabe qué fue.
No se sabe si fue terrorismo. Precisamente eso es, entre otras cosas, lo que tratará de aclarar la Audiencia Nacional. No se juzgará a los acusados partiendo de la premisa de que aquello fue, efectivamente, terrorismo. Los únicos que parecen conocer cuál debe ser la sentencia son los que defienden que lo de Alsasua fue una simple pelea de bar. O una trifulca. O una discusión con la autoridad. Para qué el juicio, entonces. Para qué, en general, todos los juicios contra «jóvenes vascos» -y navarros- cuyo único crimen sólo puede ser el hecho de que son vascos -o navarros.

No se parte de la premisa de que aquello fue terrorismo. Se parte de ciertos indicios que apuntan a que las agresiones, los insultos y las amenazas que supuestamente los acusados cometieron contra dos agentes de la Guardia Civil y contra sus parejas podrían ser parte de una campaña cuyo objetivo es atemorizar a los miembros de la Guardia Civil para que abandonen diversas localidades de Navarra y del País Vasco.
El juicio determinará cómo ocurrieron los hechos, cuáles fueron esos hechos y si los hechos constituyen o no delito de terrorismo.

Hasta que eso ocurra, podemos fijarnos en otros hechos.

Es un hecho que existe una campaña promovida por la izquierda abertzale para expulsar a la Guardia Civil del País Vasco y de Navarra.
Es un hecho que en algunos pueblos no hay una separación clara entre campañas políticas y fiestas.
Es un hecho que en esas campañas se fomenta el odio a la Guardia Civil. En una de esas campañas, por ejemplo, se recrea una escena -dibujos animados- en la que dos jóvenes destrozan un jeep de la Guardia Civil. «Adiós, perro, y no vuelvas a Euskal Herria» es lo que se puede escuchar en el primer vídeo.

Y es un hecho que en el País Vasco las campañas para expulsar a los «indeseables» cuentan con una gran tradición. La izquierda abertzale se encargaba de señalar a los indeseables, los «jóvenes» comprometidos se encargaban de acosar a quienes se quería expulsar, y los mayores, ETA, se encargaban, cuando podían, de materializar la expulsión definitiva. De asesinar, si usamos un lenguaje no normalizado. Los indeseables eran periodistas, concejales, policías, militares, vecinos que leían «periódicos españolistas», profesores de universidad, jueces, guardias civiles. Las «expulsiones», cuando era ETA quien las llevaba a cabo, salían en la prensa. José Luis López de Lacalle, Manuel Zamarreño, Eloy García Cambra, Pedro Antonio Blanco, José María Lidón, Francisco Tomás y Valiente o Avelino Palma Brioa, entre muchos otros.
Cuando se trataba de expulsiones no definitivas, es decir, cuando no era ETA sino sus cachorros quienes tomaban parte en esas campañas, los hechos no solían salir a la luz. En algunos casos esos jóvenes conseguían expulsar del pueblo a los objetivos de sus acciones, y en otros casos los acosados decidían hacer frente al acoso y permanecer en su casa y en su trabajo, con un enorme coste personal.

Éste es el contexto general de «lo de Alsasua». Efectivamente, el caso sería distinto si se hubiera producido en Murcia, en Cangas de Onís, en Mérida o en Granada. Porque en Murcia, en Cangas de Onís, en Mérida o en Granada no hay campañas para expulsar a guardias civiles ni se aprovechan las fiestas para difundir mensajes de odio entre los jóvenes.

Hasta que no termine el juicio no podremos conocer cuáles fueron los hechos de «lo de Alsasua».
Pero sería conveniente recordar algunos de los hechos que han formado parte del País Vasco y de Navarra desde hace muchísimos años. Al menos si queremos evitar hacer el ridículo al opinar de «lo de Alsasua».