La verdad en los tiempos del meme

Maduro organiza una ouija en la tumba de Chávez. Ada Colau, en la lista de los pensadores más influyentes del 2015. Una profesora de universidad, Unni Wikan, dice que cuando un hombre musulmán viola a una mujer en Noruega, la mujer debe asumir su parte de responsabilidad.

Ésas son algunas de las noticias que he leído esta mañana. Las tres parecen increíbles. Google. Una es totalmente cierta. Otra bromea con la noticia real. Y otra es inexacta. Falta contexto.


Sí, Ada Colau está en la lista de pensadores más influyentes de 2015, versión hispana. Fidel Castro es el primero. Coelho el sexto. Plácido Domingo el octavo. El Papa (Bergoglio, claro. No Ratzinger) es el noveno, y Colau, duodécima. Manuela Carmena ocupa el puesto 41, y Pedro Almodóvar el 48. En la versión global los resultados no son menos sorprendentes. El Papa es el pensador más influyente. El segundo es Paulo Coelho.
Si en la versión hispana aparecieran gigantes de la telebasura como Jordi Évole, un par de firmantes y algún Bardem, para completar, podríamos pensar que se trata de una gran broma. Como la de Sokal en Social Text. Algunos captarían el carácter irónico de la publicación, y podría servir para que nos replanteásemos el estatus de pensador que otorgamos a ciertos personajes del mundo del entretenimiento. Pero no es así. Los creadores de la lista se toman en serio,y la broma se convierte en un chiste en el que nosotros somos los protagonistas. Es decir, los idiotas.
Junto a Bergoglio, Coelho, Eckhart Tolle, Bono, Yo Yo Ma o los destacados de la versión hispana, aparecen nombres como Antonio Damasio, Pinker, Edward O. Wilson, Ratzinger, Dennett, Kahneman, o Acemoglu. Eso es lo que convierte a esta lista en algo dañino. No en el hecho de que los personajes ocupen puestos más altos que los “pensadores”, sino en el hecho de que aparezcan en la misma lista.


Pasamos a la segunda, que bromea con una noticia real. Maduro comunica desde el Cuartel de la Montaña, donde reposan los restos de Chávez, que entregará el lugar a la Fundación Hugo Chávez para que la “derecha contrarrevolucionaria” no cierre* el santuario.

No hay ouija. Pero Maduro habla de Chávez como un sacerdote habla de Cristo. “Por los niños de la Patria se consumió. Por amor.” “Hemos venido aquí a este lugar especial para la reflexión.” Una pausa para recordar la presencia del Diablo, es decir, la derecha contrarrevolucionaria. Continúa Maduro. “Esto (la tumba de Chávez) pertenece al pueblo venezolano, por los siglos futuros de los siglos de los siglos.” El Amén está implícito. Las palabras, el movimiento de las manos, todo remite a una liturgia. No hay ouija, claro, qué estupidez. Eso es un simple juego, y Maduro no juega. Maduro es capaz de comunicarse con el Redentor, siempre que se presente en forma de Santo Pajarito.


Y la última, decíamos, es inexacta. Vi la frase en forma de meme. Es decir, la foto y las palabras, sin fuente. En las primeras búsquedas parece que la profesora de Antropología Social dice que las mujeres deben adaptarse a las costumbres de los inmigrantes musulmanes, y que deben cuidar su imagen para no provocar violaciones. En otra entrada se matiza, y se pone en cuestión la manera en la que se ha recogido el mensaje. Al parecer, en la mayoría de las páginas que recogen las palabras de la profesora se añaden los comentarios del redactor sin hacer distinción.
Pero incluso cuando se le pregunta a ella, el mensaje de Wikan es confuso. Parece que su intención era señalar las consecuencias de abrazar de manera naive el multiculturalismo. Si se deben acoger todas las culturas como son; y si en la cultura musulmana la vestimenta “provocativa” (occidental) en las mujeres es percibida por los hombres como una invitación sexual; entonces las mujeres occidentales deberían tener esto en cuenta y ajustarse a esa cultura.

Creo que el “si” es importante. Posiblemente, Unni Wikan no intentaba justificar las violaciones, y tampoco pretendía aconsejar a las mujeres noruegas que cambiasen su forma de vestir, sino criticar el multiculturalismo.

* Parece que Maduro se refiere a una entrevista que no existió.


 

Los tweets de Pedro Sánchez; las cuentas anchuelas; las frases de Beatriz Talegón; las propuestas de algunos partidos políticos; el tesorero etarra de IU; Barbijaputa. Existen, aunque sea difícil aceptarlo. Vemos cosas así a diario, y desaparece lo escandaloso. Pensamos que es imposible; lo comprobamos; cuando vemos que es así, bueno, una más.
Nos hemos acostumbrado a lo grotesco.


Voy a intentar ir dejando aquí otras historias grotescas que pasaron como normales.

10 Diciembre 2015: Dos niñas -11 años una, 10 meses otra- mueren al caer por una ventana, e instantes después la madre se arroja al vacío. La hipótesis que se considera es el suicidio. Ampliado, triple. La madre parece que ha arrojado a las niñas, pero hablan de “un último acto de amor”, o de que “se quitó la vida tres veces”. Así es como aparece la noticia en La Vanguardia y en El Periódico. El tratamiento de la noticia, la ausencia de cualquier mención a las niñas, pasa sin demasiado ruido.
Se puede leer aquí.

 

Liberalismo y pensamiento mágico

reagan

 

Entre los numerosos círculos liberales españoles es bastante frecuente encontrar argumentos muy pobres a la hora de abordar la cuestión del Estado, que podríamos condensar en la siguiente idea fuerza: el Estado es malo, y no sólo es malo sino que es el Gran Mal, enemigo de todos nosotros y cuya principal función es impedir que seamos libres. La personificación con tintes de novela fantástica, por cierto, lejos de ser accidental es un elemento básico de ese argumentario fallido. Desde esa premisa –el Estado es alguien, y es el Mal- se construyen los citados argumentos, que lógicamente no pueden sino mover a risa o lástima en un público neutral. Todo lo que toca el Estado es siempre y necesariamente malo, y por tanto cualquier política, independientemente de sus objetivos e incluso de sus resultados, será indeseable por el mero hecho de partir del Estado. Independientemente de sus resultados. He ahí la clave de la cuestión, porque se trata de un análisis apriorístico. Es decir, no puede haber una política de desarrollo de la industria, o de ayuda a los estudiantes con menos recursos, o de salud que sea al mismo tiempo eficaz y pública. Y si no puede haberla, ¿para qué molestarse en analizar casos concretos, o en comprobar si, por alguna razón, ha aparecido un cuervo rojo que refute la teoría?

Sigue leyendo

Ni Estado ni Mercado

Adoration_of_Golden_Calf_Poussin_1629

 

Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que muchos otros; pensé dedicarme a la política tan pronto como llegara a ser dueño de mis actos, decía el viejo Platón. Hace ya unos cuantos años yo también fui joven, y aunque no pensara dedicarme a la política, sí me interesaba. Era anarquista, por aquella época. De los “de toda la vida”, de los de “A las barricadas”. Con muchas contradicciones, afortunadamente, pero anarquista. Pasó el tiempo, y puedo decir que no cometí ninguna barbaridad. El 11/S llegó en los años de estudiante universitario, y pasó factura. También afortunadamente. Errico Malatesta dio paso a Oriana Fallaci. No sólo, pero también. Entre muchas otras lecturas. Más tarde, Mises, Rothbard, Hayek y hasta Ayn Rand.

Si algo he tenido claro a lo largo de estos años es la certeza de que el Estado es, digámoslo de un modo suave, problemático. Criminal, decía allá por los dieciocho años. Confiar en esa máquina voraz para que resuelva todos nuestros problemas no sólo es éticamente inaceptable. Es, además, inútil. Andan las aguas revueltas estos días -y cuándo no- a cuenta de los resultados en las elecciones al Parlamento Europeo. Todos los partidos que han triunfado, con alguna excepción, lo han hecho precisamente con un programa de aumento del Estado. Tanto el Frente Nacional como Podemos. Sospecho que son muy pocas las ocasiones en las que se obtiene éxito en política sin cumplir esta premisa. La mecánica es simple: prometer cosas ahora, y pagarlas después. No falla. Aunque algunas de esas cosas sean privilegios injustificables, aunque esos privilegios se conviertan poco a poco en “derechos”, y aunque la factura se esconda bajo la mesa. O tal vez no haya que decir “aunque” sino “precisamente porque”. Y cuando la factura por fin aparece -y siempre aparece- es suficiente con indignarse, movilizarse y romperla en la calle, en un éxtasis colectivo. Las consecuencias, al fin y al cabo, son ficciones que salen por la TV. Así que el Estado como padre, madre, tutor y Dios proveedor, no sólo es una ficción. Es una ficción dañina.

Pero mientras escribo esto, hay críos que no pueden comer en condiciones, familias en las que ningún miembro trabaja, y pensionistas que sostienen económicamente a los hijos y a los nietos. Decir que todos esos casos son fruto de malas decisiones personales es una estupidez. Ya hemos dicho que el Estado no puede erigirse en el garante material de todas nuestras necesidades, pero entonces… ¿quién? Aquí comienza el otro lado del problema, que da título a esta entrada. El Estado no es solución mágica e infalible. Pero tampoco el Mercado. El discurso utopista y el pensamiento mágico no son exclusivos de los adoradores del Estado. También se da entre los liberales. Y ambos lados tienen sus chamanes, algunos de ellos involuntarios, porque la necesidad de cierta experiencia del Absoluto es prácticamente universal. Tal vez sea, y es justo reconocerlo, menos frecuente entre los liberales, pero es igualmente necesario reconocer que tiene su presencia. En muchas ocasiones, basta sustituir la palabra “Mercado” por “Estado” para darse cuenta. “El Mercado se hará cargo de quienes no puedan ganar lo suficiente para vivir”, dicen los utopistas moderados. Los no tan moderados afirman simplemente que el Mercado se encargaría de que no hubiera pobreza. Y lo dicen con una seguridad pasmosa, tal vez para no tener que enfrentarse a la posibilidad de que, con Mercado o con Estado, siguiera habiendo “fallos”, “injusticias” o como queramos llamar al principio de realidad. Lo dicen también como si el Mercado “fueran otros”. La única diferencia entre los adoradores de uno u otro Dios sería la coacción; la indiferencia ante los problemas sería la misma.

A veces pienso que se puede calibrar el nivel de infantilismo de un discurso político atendiendo únicamente a la presencia de determinadas palabras y construcciones gramaticales. La frecuencia de los condicionales es una de las pistas más fiables de que estamos ante un discurso pseudorreligioso, mesiánico. Por contra, el uso de adverbios de duda suele ser sinónimo de prudencia, de una limitada confianza en la validez de los conocimientos propios y de las soluciones planteadas. La cuestión es que queremos certezas, no dudas. Queremos soluciones homogéneas, infalibles, y queremos que los autores de esas soluciones sean también infalibles. En muchas ocasiones preferimos no contrastar nuestras creencias, porque corremos el riesgo de que se debiliten. Es una cuestión emocional, poco se puede hacer. Y esta esclavitud afectiva no entiende de espectros políticos.

Ni Estado ni Mercado van a solucionar nuestros grandes problemas. Y no lo harán porque, al contrario de lo que se suele pensar, los grandes problemas no requieren grandes soluciones que se ajusten a determinado paradigma teórico, sino pequeñas aproximaciones. Y una gran cantidad de resignación. Confiar ciegamente en uno u otro no supone gran diferencia, pero es una excusa perfecta, en ocasiones, para lavarse las manos y para seguir sujetos a un gran relato que nos proporcione identidad.

OBRAS MENCIONADAS:

La Anarquía

La rabia y el orgullo

La acción humana: Tratado de economía

Camino de servidumbre

Milgram, Stanford Prison y las investigaciones en torno a la naturaleza humana

101 battalion yozefow

 

Estos días estoy leyendo The Self Beyond Itself: An Alternative History of Ethics, the New Brain Sciences, and the Myth of Free Will, de Heidi M. Ravven. No sabía quién era la autora, ni encontré ningún comentario sobre el libro de científicos o filósofos que sí conociera . Alguien a quien sigo en Twitter había subido una foto de la portada, y me llamó la atención. Una historia alternativa de la Ética, las nuevas ciencias del cerebro, y el mito del libre albedrío. En no pocas ocasiones ese alternativa suele querer decir pseudocientífica, pero decidí arriesgarme.

De momento el libro ha hablado poco sobre las ciencias cognitivas y sobre la ilusión del libre albedrío. Alguna cita de Spinoza y poco más. Esperaba encontrar menciones a Damasio, por ejemplo, pero aún nada.

La autora se apoya constantemente en dos experimentos realizados por psicólogos, conocidos como el “Experimento de Milgram” y el “Experimento de la cárcel de Stanford“. En ambos se pretendía demostrar cómo, bajo las condiciones adecuadas -deshumanización, relaciones jerarquizadas, presión por parte de la autoridad, sensación de poder- cualquier persona, sin importar género, raza, religión, estudios o estrato social, podía repetir los mismos patrones de conducta que posibilitaron el Holocausto, el episodio más incomprensible y aberrante* en la Historia de la humanidad. ( Podríamos mencionar los 20 millones, pero ése es otro tema.)

En estos estudios, personas completamente normales llevaban a cabo acciones que atentaban directamente contra el sentido moral más elemental. Acciones en las que otros seres humanos eran castigados hasta niveles degradantes, o hasta hacer peligrar su vida, sin que los causantes de esos castigos -las personas normales– hicieran nada por interrumpir el proceso. El seguimiento ciego a la autoridad, o la situación de superioridad frente a las víctimas creada por Zimbardo, hicieron posible que la mayoría de esas personas dejasen en suspenso su “conciencia moral” para acatar las órdenes.

La autora, decíamos, se apoya en estos dos experimentos para intentar demostrar que no es el individuo quien actúa libre y autónomamente, según su conciencia moral, sino que es la situación la que le lleva por un camino u otro. Se apoya también en los rescates de judíos en el Holocausto, en cómo se comportaron, por ejemplo, holandeses por un lado y daneses e italianos por el otro. Los primeros colaboraron mayoritariamente con la política de deportaciones y asesinatos en masa de los nazis, mientras que los segundos pusieron todas las trabas posibles a la hora de cumplir las directrices de Alemania, con lo que prácticamente el 100% de los judíos daneses y el 85% de los judíos italianos sobrevivieron al Holocausto. ¿Eran diferentes holandeses, daneses e italianos? ¿Estaban hechos de otra pasta? ¿Eran los miembros del Batallón de Reserva de Policía 101 unos monstruos despiadados y por ello participaron en la atrocidad de Józefów, o más bien se convirtieron en monstruos en el momento en que se dejaron llevar y tomaron parte?

Los experimentos de Milgram y Zimbardo parecen señalar que todos somos capaces de cometer tales atrocidades si la situación es propicia. Lo que defienden es que nuestra conciencia moral no es el único ni el más importante factor a la hora de actuar… ni tampoco los genes. Defienden una especie de “determinismo” situacional.

Pero no es lo que dicen lo que me parece interesante, sino las reacciones a lo que dicen.

En primer lugar, algunos toman estos experimentos como prueba de que, efectivamente, el libre albedrío y la conciencia moral son mucho menos determinantes a la hora de actuar de lo que pensábamos. El problema es que de estos experimentos no se puede extraer gran cosa. ¿Se repiten los mismos esquemas que en el Holocausto? Es posible. Pero el tamaño del grupo con el que se llevaron a cabo los experimentos, unido a posibles deficiencias en el desarrollo de ambos, hace que las generalizaciones que se pueden extraer se queden en el terreno de la especulación.

La segunda reacción es el rechazo a priori a lo que se pueda concluir de experimentos como éstos. Hay una predisposición de rechazo hacia cuestiones que puedan poner en duda algunas de nuestras creencias más arraigadas. El libre albedrío y las diferencias esenciales entre los perpetradores de la Solución Final y nosotros son seguramente dos de las creencias más fuertes. Alguien que sostenga o simplemente se plantee la posibilidad de que no seamos tan libres como creemos, o de que bajo determinadas condiciones podríamos llegar a cometer las mismas atrocidades que el Batallón de Reserva de Policía 101, tiene que estar equivocado. Es algo que va más allá de lo racional. Somos libres y no somos monstruos. Son dos cuestiones innegociables. Pero es este más allá de lo racional lo que nos condiciona y lo que nos impide asomarnos al abismo. Es elección de cada uno asomarse o no, pero no se puede acusar a quienes deciden contemplar el “horror” de estar justificando ese horror. Es un salto ilegítimo.

Independientemente de sus implicaciones, y de la angustia que produzca, la realidad del ser humano no es algo que nosotros construyamos. O al menos hay una parte que no es meramente constructo social. No es correcto afirmar, sin más, que no somos libres, como tampoco es correcto afirmar que todos somos monstruos. Pero tampoco es correcto partir de la imposibilidad de que podamos no serlo -libres- o serlo -monstruos-,  en mayor o menor grado. Habrá que estar abiertos a investigar hasta esos límites, o de lo contrario no se tratará de una investigación honesta.

* La cuestión es, precisamente, que no se trató de algo incomprensible y aberrante. Es perfectamente comprensible, y es perfectamente humano. No hubo fuerzas demoníacas, estados de conciencia alterados, ni factores extraños detrás de todo ello. Y eso es, precisamente, lo que lo convierte en algo demoníaco. (It is demonic that they were not demonic, le dijo un amigo a Lifton)

OBRAS MENCIONADAS:

The Self Beyond Itself: An Alternative History of Ethics, the New Brain Sciences, and the Myth of Free Will

Koba The Dread: Laughter and the Twenty Million

En busca de Spinoza

Ordinary Men: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland

The Nazi Doctors: Medical Killing and the Psychology of Genocide

El libre mercado y los valores morales

 

Hace unos cuantos años tenía muy claro que el sistema de libre mercado debía ser defendido, en primer lugar, porque era el único éticamente justificable. Y sólo en segundo lugar, de manera complementaria, por sus consecuencias positivas para la sociedad. Estaba muy claro que, al tomar como base la ausencia de coacción y las interacciones voluntarias entre los individuos, era moralmente superior a sus alternativas. Pensar sólo en las consecuencias me parecía ceder ante el mezquino utilitarismo, una defensa innecesariamente débil de la libertad como principio rector de la organización social.

Hoy ya no puedo defender ese enfoque. Tanto los valores morales como el libre mercado son útiles. Y organizarse en torno a ellos es la mejor manera de manejar los conflictos. Punto. No puedo ir más allá, porque no creo que existan unos valores universales que deban ser respetados más allá de la consideración que hagamos de ellos en función de su utilidad. No matar, no robar, o no obligar a nadie a hacer algo que no quiere, son normas muy útiles, y por eso son fácilmente universalizables. Pero de esa utilidad no se puede extraer ninguna obligación moral. No son válidas en sí mismas. Tampoco el hecho de que todos los seres humanos compartan una cierta predisposición a reaccionar negativamente ante los abusos convierte los abusos en algo moralmente malo.

Luego si no hay acciones moralmente buenas o malas, tampoco el libre mercado es moralmente superior a otros sistemas basados en la coacción. Sí puede presumir, y no es poca cosa, de que permite aumentar la prosperidad en mayor medida que ningún otro sistema, y de que es más favorable a la interacción pacífica entre los individuos. Además, a pesar de que las normas por las que nos regimos no sean nada más que convenciones, podemos decir que existen de hecho, y que las adoptamos porque nos convienen. Por eso, pese a que el libre mercado no sea moralmente superior, sí podemos decir que es el único sistema compatible con esas normas morales que todos, en mayor o menor grado, aceptamos. Si según nuestras normas no está bien tomar coactivamente el dinero de otros, o prohibir a dos personas implicarse en un intercambio voluntario de ideas, bienes o servicios, entonces sólo hay un sistema realmente respetuoso con ese marco normativo. Todos los demás parten de la coacción.

Ahora bien, ya hemos dicho que esto no significa que el libre mercado sea objetivamente, moralmente superior a otros sistemas, puesto que esas normas son válidas en cuanto son útiles. ¿No podría haber casos en los que la coacción fuera útil? ¿No podría ser más útil, en el plano formal, hacer pequeñas excepciones a esas normas generales? Es muy fácil pensar en contraargumentos a ese categórico “robar está mal”. El clásico ejercicio mental del padre que no puede comprar un medicamento para su hijo y lo roba de una farmacia, por ejemplo. Pero hay que reconocer que también es fácil pensar que si no aceptamos que el respeto a la libertad individual deba ser categórico, no podríamos oponernos a que en una región la mayoría de sus habitantes decidieran expropiar a unos pocos para repartirlo entre los demás.

¿Y por qué deberíamos oponernos? Rawls diría que deberíamos hacerlo porque “te puede tocar a ti”… siempre y cuando aceptases el juego mental del velo de la ignorancia. Pero eso no es un argumento válido, entre otras razones, porque ese velo no es más que una imagen que jamás se da en el mundo real. ¿Hay entonces alguna razón real para oponerse a casos tan extremos, más allá de los intereses de cada uno? ¿Hay algo objetivamente repugnante en el hecho de hacer sufrir a otros, más allá de los “gustos morales” de cada uno? ¿Hay, en fin, ética más allá de la estética?

Para responder a esas cuestiones sería útil saber cómo adoptamos los valores morales por los que nos conducimos. Una opción es decir que nosotros elegimos nuestros valores y creencias. Es la opción que defiende el genial profesor de la GMU Bryan Caplan:

I move now to my substantive notion of free will.  I claim that we
choose a large number of things.  To begin with, we choose our beliefs.

La cuestión es que incluso en el caso de que eligiésemos nuestros valores, no podríamos decir por qué unos valores serían superiores a otros. De cualquier manera, este enfoque no parece ser demasiado acertado. Si realmente eligiésemos nuestros valores, podríamos cambiarlos en cualquier momento. Ahora mismo, por ejemplo. Y el caso es que, por más que lo intento, no consigo convencerme de que matar, robar o coaccionar a otra persona esté bien. Creo que son acciones malas e injustificables, y no puedo pensar otra cosa. De hecho, si ya es difícil defender que cuando decido ver True Detective en lugar de Sálvame, o cuando elijo tomar el café sin azúcar, se esté produciendo realmente una decisión en lugar de una reacción a determinados afectos previos, ¿cómo va a ser posible defender que somos nosotros los que mandamos en nuestras creencias? Más bien son las creencias, como los gustos, las que mandan en nosotros. Y más que adquirirlas tras un proceso de deliberación racional, podríamos decir que las adoptamos -o “nos adoptan”- en función de cómo se acomodan en todo el entramado de creencias y gustos previos que nos han ido conformando como personas.

Es decir, segunda opción: no hay ningún proceso de elección racional detrás de nuestros valores. Se podría hablar, en un pequeño y perverso homenaje a Caplan, del Mito del agente moral racional. Nuestros juicios morales son fruto de una serie de predisposiciones genéticas y de lecturas y modelos que han podido reafirmar o debilitar esas predisposiciones. Y tan importante son las predisposiciones, sospecho, como los modelos. Al fin y al cabo, si tengo una exigencia moral elevada no es tanto por las lecturas de Ética como por el ejemplo de mis padres, de Atticus Finch y de algunas películas de John Ford.

Afortunadamente -aunque probablemente no sea cuestión de fortuna, sino de evolución- muchos seres humanos comparten una predisposición a considerar buenas y malas ciertas cuestiones fundamentales. Pero, como ya hemos dicho antes, eso no implica que esos valores estén en un plano trascendental, ni en el mundo de las Ideas ni en la propia Razón. Por lo tanto, volviendo al comienzo, no creo que el libre mercado deba ser defendido por su superioridad moral, aunque a mí me parezca preferible la libertad a la coacción. Sí debe ser defendido por su mayor utilidad. Entre otras razones, porque exige mucho menos de quienes estén convencidos. Convencer a alguien de que para conseguir sus fines es mucho mejor otro medio es bastante más fácil que convencerle de que cambie sus fines.

Tampoco hay que olvidar que habrá ocasiones en las que la defensa de esos valores morales se haga necesaria, más allá de vanos ejercicios intelectuales, para salvaguardar la integridad individual. En esos momentos de nada servirá intentar apelar a la razón. Al fin y al cabo no fue el ilustrado y razonable Ransom Stoddard quien libró a Shinbone  del cruel Liberty Valance, sino Tom Doniphon.

 

doniphon

 

 

OBRAS MENCIONADAS:

A Theory of Justice

The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies

El Hombre Que Mató A Liberty Valance [DVD]

 

Verdad, es decir, Belleza.

Hay algo en este vídeo (minuto 1:59) casi más interesante que presenciar el momento en el que un estudiante le comunica a un profesor que se acaba de demostrar aquello que postuló hace treinta años. “¿Y si creo en esto porque es bello?”, dice Linde. “Linde”, como si le conociera de toda la vida. Linde es un profesor que no conocía, hablando sobre una investigación que no conocía en torno a un fenómeno que conozco mucho menos de lo que debería. Al menos Stanford sí me suena.

El caso es que nada más ver el vídeo volví a reproducir unas cuantas veces la parte en la que da rienda suelta a todos esos “What if”. Y enseguida me pareció que entendía de lo que hablaba. ¿Y si creo en las cosas que creo porque me resultan, de algún modo, bellas*? ¿Y si creo que la sociedad funciona mejor cuando es libre simplemente porque es una idea que me agrada? ¿Y si creo que el libre mercado ayuda a solucionar los conflictos de manera pacífica, a reducir la pobreza y a desarrollar la creatividad porque me resulta de algún modo elegante? Y así podría seguir, colocándome, inconscientemente -bueno, ya no, se acaba de hacer consciente- a la altura de Linde. Un científico que hace dos días no conocía, y que ahora me sirve como referente. Yo, como Linde, me planteo con frecuencia qué hay de cierto en mis creencias. Yo, como Linde.

El hecho de preguntarnos de whatifianas maneras por nuestras creencias es también, como ya se ha comentado en alguna otra ocasión, producto de nuestras predisposiciones genéticas. ¿Qué nos diferencia de aquellos que aceptan acríticamente los dogmas más peregrinos, incapaces de cuestionar sus mayúsculas generadoras de sentido? Libertad, Humanidad, Justicia, Pueblo, Verdad… ¿Qué nos diferencia de quienes depositan en esas causas sagradas la esperanza de que haya un fin último, un para qué, de todos esos ateos incapaces de vivir en un mundo sin Absoluto? ¿Qué es lo que hace, en fin, que seamos capaces de “conformarnos” con un mundo sin causas últimas, en el que no hay nada que justifique todo lo que ocurre? Nada más que la genética, con un toque de circunstancias personales. Son predisposiciones, no conocimiento derivado de una búsqueda calmada y reflexiva de la verdad. Del mismo modo que es predisposición buscar la verdad de manera calmada y reflexiva, en lugar de coger una antorcha y salir a quemar bancos, ideas o personas. ¿No hay, entonces, diferencia moral entre el espíritu crítico y el espíritu dogmático? Sí, y no. Según lo que te parezca más bello.

Pero estoy mezclando demasiadas cosas. Y ni siquiera estoy aportando datos que apoyen lo que digo. En cualquier caso, están ahí. De Spinoza a Damasio, pasando por infinidad de papers que… ¿que qué? Que he leído porque sabía que reforzarían algo que había comenzado a pensar. ¿Cuánto tiempo he dedicado a estudiar la relación entre la genética y nuestras creencias? No mucho. Desde luego, no el suficiente como para hablar con la rotundidad que estoy empleando. Y aun así, lo tomo como una certeza.

La cuestión es, y al menos hay una cuestión detrás de todo este discurso sin sentido, que no encuentro nada bello en el hecho de ser mucho menos libre de lo que pensaba. Luego no, Linde -¿y quién es Linde, al fin y al cabo?- no creemos en lo que creemos porque nos parezca bello. La idea de vivir pensándonos libres cuando no lo somos, de vivir engañados y construir castillos de arena partiendo de esa ilusión, no es en absoluto bella. Es fea, nos devuelve al barro. Y aun así, no la evito.

Pero hay una trampa encerrada en esto último. Es posible que la idea en sí no sea agradable. Mas la idea de haberse dado cuenta de que lo otro era un engaño, la idea de que es posible escapar del mundo de Truman (hacia el del true man), sí lo es. Verdad, Belleza. El esclavo que se libera y comienza la ascensión para escapar de la caverna. Nada nuevo.

Nada escapa a la maldición de Spinoza. Tampoco esto. No basta con leer para aceptar que estábamos equivocados. La idea que defendíamos erróneamente y la idea que ocupará su lugar son afectos, y como afectos dejamos que combatan entre ellas. Aquella que se presente con mayor intensidad, podrá permanecer. Sólo después de que haya vencido en ese combate de afectos dejaremos que los datos “convenzan” a la razón.

Si todo esto nos lleva o no al relativismo, es cuestión para otro día. Pero ya adelanto que no. No lo creo.

* Atención a la pregunta de 2012 de Edge.org: What is your favorite deep, elegant, or beautiful explanation?

OBRAS MENCIONADAS:

En busca de Spinoza

Ética demostrada según el orden geométrico

This Explains Everything: Deep, Beautiful, and Elegant Theories of How the World Works