El liberalismo era esto

 

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Ayer leí un artículo sorprendente sobre la gestión de la crisis del ébola. Éste. Y era sorprendente incluso en el modo de sorprender. Hemos podido leer textos de todo tipo estos últimos días. Algunos merecían la pena, la mayoría eran simples llamadas a la venganza y a la búsqueda de culpables antes de conocerse los hechos. Pero éste era sorprendente de un modo distinto. En él se afirmaba que fue un error traer a los misioneros afectados por el ébola, no por los riesgos de contagio en España, sino porque se había violado la libertad de esos misioneros. O algo así.

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Liberalismo y pensamiento mágico

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Entre los numerosos círculos liberales españoles es bastante frecuente encontrar argumentos muy pobres a la hora de abordar la cuestión del Estado, que podríamos condensar en la siguiente idea fuerza: el Estado es malo, y no sólo es malo sino que es el Gran Mal, enemigo de todos nosotros y cuya principal función es impedir que seamos libres. La personificación con tintes de novela fantástica, por cierto, lejos de ser accidental es un elemento básico de ese argumentario fallido. Desde esa premisa –el Estado es alguien, y es el Mal- se construyen los citados argumentos, que lógicamente no pueden sino mover a risa o lástima en un público neutral. Todo lo que toca el Estado es siempre y necesariamente malo, y por tanto cualquier política, independientemente de sus objetivos e incluso de sus resultados, será indeseable por el mero hecho de partir del Estado. Independientemente de sus resultados. He ahí la clave de la cuestión, porque se trata de un análisis apriorístico. Es decir, no puede haber una política de desarrollo de la industria, o de ayuda a los estudiantes con menos recursos, o de salud que sea al mismo tiempo eficaz y pública. Y si no puede haberla, ¿para qué molestarse en analizar casos concretos, o en comprobar si, por alguna razón, ha aparecido un cuervo rojo que refute la teoría?

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Ni Estado ni Mercado

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Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que muchos otros; pensé dedicarme a la política tan pronto como llegara a ser dueño de mis actos, decía el viejo Platón. Hace ya unos cuantos años yo también fui joven, y aunque no pensara dedicarme a la política, sí me interesaba. Era anarquista, por aquella época. De los “de toda la vida”, de los de “A las barricadas”. Con muchas contradicciones, afortunadamente, pero anarquista. Pasó el tiempo, y puedo decir que no cometí ninguna barbaridad. El 11/S llegó en los años de estudiante universitario, y pasó factura. También afortunadamente. Errico Malatesta dio paso a Oriana Fallaci. No sólo, pero también. Entre muchas otras lecturas. Más tarde, Mises, Rothbard, Hayek y hasta Ayn Rand.

Si algo he tenido claro a lo largo de estos años es la certeza de que el Estado es, digámoslo de un modo suave, problemático. Criminal, decía allá por los dieciocho años. Confiar en esa máquina voraz para que resuelva todos nuestros problemas no sólo es éticamente inaceptable. Es, además, inútil. Andan las aguas revueltas estos días -y cuándo no- a cuenta de los resultados en las elecciones al Parlamento Europeo. Todos los partidos que han triunfado, con alguna excepción, lo han hecho precisamente con un programa de aumento del Estado. Tanto el Frente Nacional como Podemos. Sospecho que son muy pocas las ocasiones en las que se obtiene éxito en política sin cumplir esta premisa. La mecánica es simple: prometer cosas ahora, y pagarlas después. No falla. Aunque algunas de esas cosas sean privilegios injustificables, aunque esos privilegios se conviertan poco a poco en “derechos”, y aunque la factura se esconda bajo la mesa. O tal vez no haya que decir “aunque” sino “precisamente porque”. Y cuando la factura por fin aparece -y siempre aparece- es suficiente con indignarse, movilizarse y romperla en la calle, en un éxtasis colectivo. Las consecuencias, al fin y al cabo, son ficciones que salen por la TV. Así que el Estado como padre, madre, tutor y Dios proveedor, no sólo es una ficción. Es una ficción dañina.

Pero mientras escribo esto, hay críos que no pueden comer en condiciones, familias en las que ningún miembro trabaja, y pensionistas que sostienen económicamente a los hijos y a los nietos. Decir que todos esos casos son fruto de malas decisiones personales es una estupidez. Ya hemos dicho que el Estado no puede erigirse en el garante material de todas nuestras necesidades, pero entonces… ¿quién? Aquí comienza el otro lado del problema, que da título a esta entrada. El Estado no es solución mágica e infalible. Pero tampoco el Mercado. El discurso utopista y el pensamiento mágico no son exclusivos de los adoradores del Estado. También se da entre los liberales. Y ambos lados tienen sus chamanes, algunos de ellos involuntarios, porque la necesidad de cierta experiencia del Absoluto es prácticamente universal. Tal vez sea, y es justo reconocerlo, menos frecuente entre los liberales, pero es igualmente necesario reconocer que tiene su presencia. En muchas ocasiones, basta sustituir la palabra “Mercado” por “Estado” para darse cuenta. “El Mercado se hará cargo de quienes no puedan ganar lo suficiente para vivir”, dicen los utopistas moderados. Los no tan moderados afirman simplemente que el Mercado se encargaría de que no hubiera pobreza. Y lo dicen con una seguridad pasmosa, tal vez para no tener que enfrentarse a la posibilidad de que, con Mercado o con Estado, siguiera habiendo “fallos”, “injusticias” o como queramos llamar al principio de realidad. Lo dicen también como si el Mercado “fueran otros”. La única diferencia entre los adoradores de uno u otro Dios sería la coacción; la indiferencia ante los problemas sería la misma.

A veces pienso que se puede calibrar el nivel de infantilismo de un discurso político atendiendo únicamente a la presencia de determinadas palabras y construcciones gramaticales. La frecuencia de los condicionales es una de las pistas más fiables de que estamos ante un discurso pseudorreligioso, mesiánico. Por contra, el uso de adverbios de duda suele ser sinónimo de prudencia, de una limitada confianza en la validez de los conocimientos propios y de las soluciones planteadas. La cuestión es que queremos certezas, no dudas. Queremos soluciones homogéneas, infalibles, y queremos que los autores de esas soluciones sean también infalibles. En muchas ocasiones preferimos no contrastar nuestras creencias, porque corremos el riesgo de que se debiliten. Es una cuestión emocional, poco se puede hacer. Y esta esclavitud afectiva no entiende de espectros políticos.

Ni Estado ni Mercado van a solucionar nuestros grandes problemas. Y no lo harán porque, al contrario de lo que se suele pensar, los grandes problemas no requieren grandes soluciones que se ajusten a determinado paradigma teórico, sino pequeñas aproximaciones. Y una gran cantidad de resignación. Confiar ciegamente en uno u otro no supone gran diferencia, pero es una excusa perfecta, en ocasiones, para lavarse las manos y para seguir sujetos a un gran relato que nos proporcione identidad.

OBRAS MENCIONADAS:

La Anarquía

La rabia y el orgullo

La acción humana: Tratado de economía

Camino de servidumbre

Verdad, es decir, Belleza.

Hay algo en este vídeo (minuto 1:59) casi más interesante que presenciar el momento en el que un estudiante le comunica a un profesor que se acaba de demostrar aquello que postuló hace treinta años. “¿Y si creo en esto porque es bello?”, dice Linde. “Linde”, como si le conociera de toda la vida. Linde es un profesor que no conocía, hablando sobre una investigación que no conocía en torno a un fenómeno que conozco mucho menos de lo que debería. Al menos Stanford sí me suena.

El caso es que nada más ver el vídeo volví a reproducir unas cuantas veces la parte en la que da rienda suelta a todos esos “What if”. Y enseguida me pareció que entendía de lo que hablaba. ¿Y si creo en las cosas que creo porque me resultan, de algún modo, bellas*? ¿Y si creo que la sociedad funciona mejor cuando es libre simplemente porque es una idea que me agrada? ¿Y si creo que el libre mercado ayuda a solucionar los conflictos de manera pacífica, a reducir la pobreza y a desarrollar la creatividad porque me resulta de algún modo elegante? Y así podría seguir, colocándome, inconscientemente -bueno, ya no, se acaba de hacer consciente- a la altura de Linde. Un científico que hace dos días no conocía, y que ahora me sirve como referente. Yo, como Linde, me planteo con frecuencia qué hay de cierto en mis creencias. Yo, como Linde.

El hecho de preguntarnos de whatifianas maneras por nuestras creencias es también, como ya se ha comentado en alguna otra ocasión, producto de nuestras predisposiciones genéticas. ¿Qué nos diferencia de aquellos que aceptan acríticamente los dogmas más peregrinos, incapaces de cuestionar sus mayúsculas generadoras de sentido? Libertad, Humanidad, Justicia, Pueblo, Verdad… ¿Qué nos diferencia de quienes depositan en esas causas sagradas la esperanza de que haya un fin último, un para qué, de todos esos ateos incapaces de vivir en un mundo sin Absoluto? ¿Qué es lo que hace, en fin, que seamos capaces de “conformarnos” con un mundo sin causas últimas, en el que no hay nada que justifique todo lo que ocurre? Nada más que la genética, con un toque de circunstancias personales. Son predisposiciones, no conocimiento derivado de una búsqueda calmada y reflexiva de la verdad. Del mismo modo que es predisposición buscar la verdad de manera calmada y reflexiva, en lugar de coger una antorcha y salir a quemar bancos, ideas o personas. ¿No hay, entonces, diferencia moral entre el espíritu crítico y el espíritu dogmático? Sí, y no. Según lo que te parezca más bello.

Pero estoy mezclando demasiadas cosas. Y ni siquiera estoy aportando datos que apoyen lo que digo. En cualquier caso, están ahí. De Spinoza a Damasio, pasando por infinidad de papers que… ¿que qué? Que he leído porque sabía que reforzarían algo que había comenzado a pensar. ¿Cuánto tiempo he dedicado a estudiar la relación entre la genética y nuestras creencias? No mucho. Desde luego, no el suficiente como para hablar con la rotundidad que estoy empleando. Y aun así, lo tomo como una certeza.

La cuestión es, y al menos hay una cuestión detrás de todo este discurso sin sentido, que no encuentro nada bello en el hecho de ser mucho menos libre de lo que pensaba. Luego no, Linde -¿y quién es Linde, al fin y al cabo?- no creemos en lo que creemos porque nos parezca bello. La idea de vivir pensándonos libres cuando no lo somos, de vivir engañados y construir castillos de arena partiendo de esa ilusión, no es en absoluto bella. Es fea, nos devuelve al barro. Y aun así, no la evito.

Pero hay una trampa encerrada en esto último. Es posible que la idea en sí no sea agradable. Mas la idea de haberse dado cuenta de que lo otro era un engaño, la idea de que es posible escapar del mundo de Truman (hacia el del true man), sí lo es. Verdad, Belleza. El esclavo que se libera y comienza la ascensión para escapar de la caverna. Nada nuevo.

Nada escapa a la maldición de Spinoza. Tampoco esto. No basta con leer para aceptar que estábamos equivocados. La idea que defendíamos erróneamente y la idea que ocupará su lugar son afectos, y como afectos dejamos que combatan entre ellas. Aquella que se presente con mayor intensidad, podrá permanecer. Sólo después de que haya vencido en ese combate de afectos dejaremos que los datos “convenzan” a la razón.

Si todo esto nos lleva o no al relativismo, es cuestión para otro día. Pero ya adelanto que no. No lo creo.

* Atención a la pregunta de 2012 de Edge.org: What is your favorite deep, elegant, or beautiful explanation?

OBRAS MENCIONADAS:

En busca de Spinoza

Ética demostrada según el orden geométrico

This Explains Everything: Deep, Beautiful, and Elegant Theories of How the World Works

La vida sin axiomas

La vida sería mucho más fácil si contásemos con unos cuantos axiomas para movernos por el mundo. Ya sabes, esas cosas que te evitan tener que razonar demasiado tus convicciones. Antes, qué tiempos, bastaba con recurrir a Dios en cualquiera de sus manifestaciones. Ahora, para defender la libertad, algunos tienen a Hoppe, Rothbard, o Ayn Rand. Y claro, no es lo mismo. Se podrá decir lo que se quiera sobre Dios, pero como argumento de autoridad no tenía precio.

Para defender el libre mercado, la asociación voluntaria o el respeto a la vida como marco en el que desarrollarse y perseguir los fines de cada uno, basta con fijarse en la Historia. Si se quiere y se tiene tiempo, se puede incluso razonar que son preferibles desde la teoría económica. Al final, todo se reduce a mostrar que su alternativa -el mercado intervenido, la asociación forzosa o la situación de guerra constante- no es deseable. A lo largo de la Historia, las sociedades que han optado por la libertad han prosperado, mientras que aquellas que la han rechazado se han estancado o han desaparecido. Es tan sencillo como eso.

Pero, en realidad, no es tan sencillo. Bien sea por falta de información, por intereses personales concretos, o porque al final somos mucho menos racionales de lo que creemos, hay quienes prefieren la coacción a la libertad. No así, en general, claro. No tiene sentido defender la libertad o la coacción de manera abstracta, y nadie lo hace realmente. Siempre hay que ir a los casos concretos. Y ahí es donde comienzan los problemas. ¿Cómo no va a defender un taxista que se regule -es decir, que se prohíba- una iniciativa como Uber? ¿Cómo no va a estar en contra un profesor de que se suprima su asignatura de los planes de estudio?  ¿Cómo no vamos a estar en contra, en fin, de que nos quiten nuestros p̶r̶i̶v̶i̶l̶e̶g̶i̶o̶s̶ “derechos”?

La libertad se defiende muy bien en el plano abstracto, pero no tanto en las cuestiones mundanas. Nadie quiere ser esclavo, pero un poco de coacción, sobre todo si creo que me beneficia, es saludable. Nadie quiere que se le prohíba disponer de su riqueza, pero siempre se pueden hacer pequeñas excepciones, sobre todo si sólo afectan a los demás. Nadie quiere pagar por cosas que no va a usar, pero… en fin, creo que se ha captado la idea. ¿Por qué, entonces, es preferible la libertad en todas esas pequeñas cuestiones? ¿Lo es realmente?

Como decía al principio, hay dos maneras de responder. La primera consiste en no salir de lo abstracto, en plantear cualquier problema corriente en términos absolutos. No puedes pedir que prohíban Uber, o la apertura en domingos, o la entrada de un gran centro comercial en tu localidad, porque estarías ejerciendo la agresión, estarías atentando contra la propiedad de otros, y eso, amigo, es sagrado. La propiedad es sagrada. No se suele expresar así, pero es la idea de fondo. Así que ya está, asunto resuelto y que pase el siguiente. Ah, ¿que no estás de acuerdo? Lee a Hoppe, hombre. Ignorante. ¿Que lo has leído y no te convence? Entonces es que no lo has entendido, y además eres un socialista.

El problema de esta vía, además de su poca eficacia, es que parte de premisas falsas. No existe el almuerzo gratis, pero tampoco la Ley Natural. No es verdadero que la agresión sea objetivamente mala, igual que no es verdadero que la libertad sea objetivamente buena. Sí es verdad, en cambio, que la mayor parte de los seres humanos coinciden en juzgar como malos y buenos un amplio conjunto de acciones. Pero no es que coincidan porque sean objetivamente verdaderos, sino que decimos que son verdaderos porque coincidimos en esa valoración subjetiva. Y hay buenas razones para que coincidamos. Al fin y al cabo, las sociedades que posibilitaron el surgimiento de instituciones que defendían la vida, la libertad y la propiedad permitieron que sus miembros tuvieran más probabilidades de sobrevivir y prosperar.

De ahí parte, precisamente, la segunda vía. La libertad ha de ser defendida, sencillamente, porque permite que las sociedades resuelvan los conflictos y prosperen de manera más eficaz que su alternativa. Pero hemos ascendido de nuevo al mundo de las ideas, a los conceptos abstractos. ¿Qué pasa cuando volvemos a los casos concretos? ¿Siempre, en todos los casos, es preferible la libertad a un poco de coacción? Siendo honestos, no podemos afirmar rotundamente que así sea, habrá que estudiar cada caso. Aunque me atrevería a decir que en la gran mayoría, a largo plazo, y teniendo en cuenta las consecuencias imprevistas, sí, será preferible la libertad a la coacción. Y lo será por sus consecuencias, no por ningún principio apriorístico.

En cualquier caso estos son mis principios, amable lector, gracias por llegar hasta aquí. Si ya pensaba algo parecido, el texto no habrá servido nada más que para, en el mejor de los casos, reafirmar sus convicciones. Si pensaba algo diferente, seguirá en sus trece, como es natural.  Al fin y al cabo todos somos esclavos de nuestros afectos, por mucho que pretendamos invertir esa relación llamándolos razones.

El conocimiento verdadero del bien y del mal no puede reprimir ningún afecto en la medida en que ese conocimiento es verdadero, sino sólo en la medida en que es considerado él mismo como un afecto.

Ética demostrada según el orden geométrico, Parte cuarta, Proposición XIV

Baruch Spinoza

El P-Lib, el liberalismo y los liberales.

Soy liberal, y a pesar de ello, no creo que el principal objetivo en política sea hacer que todo el mundo conozca a Hayek y Mises y conseguir aplicar un programa enteramente liberal.

Soy liberal, como ya se puede adivinar por el nombre del blog, pero también soy, entre otras muchas cosas, realista. Por eso me resulta insuficiente definirme como liberal, porque es una manera de simplificar y reducir todas las opiniones que cada uno tiene sobre diversos aspectos del mundo, de dar por sentadas algunas cuestiones que ni mucho menos son inherentes al hecho de ser liberal.

Decía que no creo que el principal objetivo –en política, insisto- deba ser convertir España en un país de liberales. Podría decir, como Borges, que ojalá algún día merezcamos no tener gobiernos. Pero estamos en política, y los deseos hay que dejarlos al margen. Hay que partir de lo que somos, no de lo que deberíamos ser. Y lo que somos está muy lejos de una sociedad liberal. Por eso mismo, apoyaré cualquier medida de cualquier partido que implique una mayor autonomía de los ciudadanos. Y hay muchas medidas en las que se podría estar trabajando ahora mismo, sin necesidad de declararse estrictamente liberal.

Si un partido propone y lucha por que los hijos puedan ser escolarizados en la lengua que decidan los padres y acaba con el deseo de muchos Gobiernos de transformar la sociedad mediante la lengua, tendrá mi apoyo. Y en estos momentos, me parece más importante que reducir los impuestos, lo siento.

Si otro partido incluye en su programa medidas para reducir el gasto público, las subvenciones o los impuestos, lo celebraré. Y no me hace falta que planteen la eliminación total de las subvenciones ni la destrucción del Estado. Como decía antes, es posible que sea liberal, aunque algunos seguramente ya lo están poniendo en duda, pero también soy realista.

¿Y a qué viene todo esto?

Como los lectores avispados ya sospecharán, viene a cuento de algunas reacciones que se han podido observar en torno al P-Lib, el partido liberal español.

En primer lugar, siendo coherente con lo que he dicho antes, debería parecerme perfecto que hubiera un partido estrictamente liberal en España. Y hasta cierto punto así es. Pero hay varias razones por las que mi confianza en el P-Lib es moderada.

En primer lugar, porque como liberal, desconfío de la política, o al menos de los partidos. ¿Como liberal? No sé si será exagerado. Pero desconfío. Y creo que algo parecido les ocurre a muchas personas que se definen o que son definidas como liberales. Y no, no estoy hablando de los ancaps, que comen aparte.

En segundo lugar, porque ya he dicho antes que no debemos confundir el deseo con la realidad. Un partido puede ser estricta, homogénea y ortodoxamente liberal. No estoy seguro de que sea algo necesariamente bueno, pero no voy a entrar en eso ahora. Un partido puede ser todo eso, y aun así, es probable que no aporte nada a la lucha por reducir el peso del Estado. Porque en política no sólo hace falta contar con buenas ideas, sino que hay que conseguir influencia, poder. Y para ello, entre otras cosas, es necesario saber vender esas ideas. Parece mentira que un partido que defiende el mercado no se dé cuenta de que la política es un mercado más, donde los votantes son compradores potenciales a los que hay que cuidar.

Como decía al principio, lo que me importa es que el país en el que vivo sea cada vez un poco menos intervencionista, que se den pequeños pasos hacia una mayor autonomía del individuo. Plantear una transformación a marchas forzadas me recuerda demasiado a las utopías –o distopías- de otras épocas. Y si hay algo que el liberalismo no se puede permitir, ni en la práctica ni en la teoría, es el utopismo.

En tercer lugar, y esto es más reciente, no puedo confiar en un partido que fomenta actitudes dogmáticas, acríticas y sectarias, y que parece necesitar autoafirmarse como grupo constantemente. Tal vez esté siendo injusto con ese “fomenta”. Pero, o es eso, o es que no presta la atención necesaria a lo que ocurre en el ágora de nuestro tiempo. Y cualquiera de las dos posibilidades es decepcionante.

La respuesta a estos planteamientos, en varias ocasiones, ha sido “pues vota a otro partido con el que te sientas más identificado”. Seguramente no se puede generalizar a partir de experiencias personales, pero creo que no me equivoco si digo que no se trata de algo que me haya pasado sólo a mí. Y si quienes ahora mismo llevan las riendas del P-Lib no se dan cuenta de que en afirmaciones de ese tipo radican buena parte de las explicaciones a la escasa relevancia del partido en estos años, entonces el P-Lib no sólo no será una alternativa realmente liberal, sino que no será ni siquiera alternativa. Si no se hace un esfuerzo por convencer a quienes, partiendo del liberalismo, cuestionan algunas estrategias o actitudes dentro del P-Lib, o simplemente destacan estrategias o actitudes positivas en otros partidos, no podemos esperar demasiado cuando toque convencer a quienes nunca han leído a Hayek o no se definirían como liberales. Que deben de ser el 99%

Por último, decía al principio que al definirnos como liberales estamos dando por sentadas demasiadas cuestiones que no son inherentes al hecho de ser liberal.

Yo creo, entre otras muchas cosas, que la familia es la principal institución social, la que debe encargarse de proteger a los individuos. Jamás pediré que el Estado la proteja, y mucho menos que la defina. Al contrario, sé que es precisamente la confianza en el Estado lo que hace daño a esa institución.

También creo que el consumo de sustancias como la cocaína, la heroína o incluso la marihuana, es peligroso. Y en mi entorno, actúo según esa creencia. Pero no creo que el Estado deba encargarse de hacer ese trabajo por mí, y mucho menos que deba prohibirlas.

Y por último, aunque podría continuar durante horas, no creo que el aborto sea una simple cuestión de derechos de propiedad. Creo que es un asunto demasiado serio por sus implicaciones y demasiado complejo como para reducirlo a un derecho de la mujer.

Seguramente después de haber leído mi opinión en estos tres temas, muchos liberales están empezando a pensar que en realidad soy un conservador camuflado, tal vez temeroso de decirlo en público. Y es posible que tengan razón, al menos en parte. En cuanto a lo de conservador, no en cuanto a lo de camuflado. Del mismo modo que hay liberales cristianos, no rechazo que pueda haber liberales conservadores. Pero eso es un tema que dejaré para otra ocasión.

Lo que no podemos pretender es que para ser liberal haya que compartir una visión particular del mundo, más allá del simple “no utilices el Estado para imponer tu visión del mundo a quienes no piensan como tú”. Claro que, si nos ponemos estrictos, ése es precisamente el objetivo de cualquier partido político. Incluyendo al P-Lib. Aunque también es otro tema para otra ocasión.