Estreno

 

Esta semana me estrené en El Subjetivo, la sección de opinión de The Objective, con un texto breve sobre el terrorismo y nuestros relatos. A continuación dejo el primer párrafo, el texto completo se puede leer aquí.

Polifemo recuerda a quien causó su desgracia, que no consistió tanto en la ceguera como en el engaño. ‘Nadie me ha herido’, grita a sus hermanos. El pobre cíclope se ha vuelto loco, los dioses lo habrán castigado.
Pero Polifemo sabe que Nadie es alguien: es Odiseo. Éste revela su nombre en cuanto abandona la isla, y a punto está de lamentarlo. El cíclope arroja una roca contra la nave, y el fecundo en ardides escapa por poco. Deja atrás la isla, pero no a Poseidón, padre de Polifemo. El dios se encargará de que el héroe pague su ofensa.

Nadie son los asesinos, los etarras, los terroristas. También los ciudadanos que toman todas las mañanas su dosis de loto. Al mismo tiempo se pretende “reconocer a las víctimas”, “recordar el horror” o “mostrar solidaridad con quienes han sufrido”. Pero ¿qué reconocimiento, qué recuerdo o qué solidaridad puede haber si partimos de un pasado modificado?

Se borran los asesinos, pero también se borran las víctimas cuando se las trata como un ente colectivo. Se dota de existencia al colectivo para que no existan sus nombres. No existen Eduardo Navarro Cañada, Fabio Moreno, Víctor Legorburu, Avelino Palma, Ángel Prado, José Luis Vázquez, Jesús Ildefonso García Vadillo, Iñaki Mendiluze, José Luis González o Manuel Albizu. No existen porque se ha decidido -doblemente- que no existan. Se ha decidido que no es conveniente recordar que fueron asesinados. No hay placas que señalen, en el lugar del asesinato o en el centro del pueblo, quiénes fueron y quién los asesinó. En el caso de Albizu, un taxista de Zumaia, todo lo que había en el lugar donde fue asesinado era un contenedor de basura.

No hay víctimas, más allá del concepto colectivo que diluye los nombres de cada una de ellas. Y así, no hay asesinos. Hay héroes, arrepentidos, hombres de paz, editores de revistas, tesoreros, concejales, referentes morales, curas y vecinos. Hombres y mujeres con un pasado gestionado por ciudadanos cobardes, periodistas sin sangre e instituciones miserables.

Esta mañana el periodista Iñaki López ha dicho en Twitter algo sobre la condena a Rita Maestre. Ha dicho algo absurdo, claro.

Y para dar brillo a su mensaje ha citado a la revista Mongolia. Muchas personas citan a la revista Mongolia. Pérez-Reverte, por ejemplo, que es otro referente.

Dicen que la leen, qué divertida.
Que el editor de esa revista fuera condenado a 14 años por el secuestro de Emiliano Revilla es algo que no mancha. El editor es Gonzalo Boye, y bastan unos minutos para conocer el dato. Es un trabajo fácil para cualquier persona, e imagino que mucho más fácil para un periodista como Iñaki López o para un escritor como Pérez-Reverte. Es un trabajo que no hacen. Y si les llega algo, lo esconden. Porque no lo justifican, ni le quitan importancia. Simplemente lo ignoran.

Del mismo modo, los votantes de Unidad Popular, el partido con el que Alberto Garzón se presentó a los generales, ignoran activamente que el tesorero de ese partido -Pablo Gómez Ces- fue condenado a 61 años por el asesinato, junto a otros dos miembros de ETA, del policía Eduardo Navarro Cañada.

Alberto Garzón, el líder mejor valorado‘, titulaba El País en febrero de 2016.

Gonzalo Boye, el editor de la divertidísima revista Mongolia condenado por secuestro, registró el nombre del partido.

Ahí están, a pesar de todo, Iñaki López y Arturo Pérez-Reverte. Y Eduardo Madina.

Inmaculados.

El arrepentimento del hombre nuevo

 

Llevaba unos cuantos minutos perdiendo el tiempo. Al parecer Beatriz Talegón había dado otra de esas perlas tan características, marca registrada, y estaba intentando comprobar si era cierto. Esta vez el medio era un canal relacionado con Venezuela. Qué obsesión, por cierto, habiendo tantas “democracias experimentales” o dictaduras amistosas a las que hacer el juego. Bien, el caso es que Talegón había dicho que en España también se producían muertes sospechosas durante las campañas electorales, como la de días atrás en Venezuela. Que no hay que sobreactuar, vaya, que es lo normal. Por una de esas determinaciones difusas a las que llamamos casualidades, acabé viendo un vídeo extraño. “Beatriz Talegón desenmascara la vinculación Etarra de Alberto Garzón.” El conspiracionismo cambia de bando, algo así. El solícito entrevistador da con la pista definitiva: Unidad Popular es Herri Batasuna en castellano. Cómo te quedas, Padre Brown.

Pero en unos segundos la risa da paso al escalofrío. El tesorero de Unidad Popular en Común (nombre completo, por el momento) asesinó a un policía nacional en 1983. Ya hay una elección moral al describir el hecho de esta manera, por cierto. No es ningún mérito. Es una simple elección. Lo normal cuando buceas entre estas historias es encontrar redacciones de otro tipo, menos directas. Por ejemplo, “Pablo Gómez Ces -el tesorero de Unidad Popular- fue acusado de un atentado cometido en 1983 en San Sebastián en el que murió un policía.” La noticia aparece en El Confidencial, pero la firma es de EFE, una vez más. Con esa redacción, parece que el policía murió mientras se cometía el atentado. Pero la muerte del policía es el atentado, lógicamente. Pablo Gómez Ces, junto a otros dos miembros de ETA, asesinó a Eduardo Navarro Cañada, el policía. También intentó asesinar a Clemente Medina Monreal, el compañero de Navarro Cañada. Como decía, son dos redacciones distintas, fruto de dos decisiones distintas. Y la elección es moral. Una describe el hecho, la otra intenta difuminarlo. Más aún, en la noticia de El Confidencial/EFE se omite un dato importante. Gómez Ces no fue acusado de un atentado cometido en 1983. Fue condenado por el asesinato de Navarro Cañada. Detalles.

Bien, pues Pablo Gómez Ces es el tesorero de Unidad Popular en Común. Una búsqueda en Google indica que este hecho no ha llamado demasiado la atención. Los pocos medios que ofrecen el dato tiran de adversativas, explícitas o implícitas. “Un expreso de ETA”, “reinsertado”, “que rompió con la banda“, “lleva mucho tiempo pidiendo un alto el fuego sin condiciones”, y la guinda que no puede faltar: “arrepentido“. Da igual que sea La Vanguardia, 20 minutos o El Confidencial. Es EFE.

Reconozco que tengo un problema con el concepto de arrepentimiento, especialmente cuando se vincula con terroristas. Tengo un problema porque su uso, su aceptación, exige aceptar dogmas que no son compatibles con la racionalidad. El arrepentido se presenta como otra persona. Ha cumplido condena, se dice. Sospecho que muchos, al leer estas palabras, se imaginan el fuego purificador. Las llamas te consumen y apareces como nuevo. Y con la persona vieja, destruida, se destruye también el crimen. Pero no es así. La persona es la misma. Y ésa es la auténtica condena, claro. La que debería cumplirse siempre. Lo otro son sólo años de encierro. La condena auténtica es vivir con lo que se ha hecho, ser consciente. El intento de dejar atrás el hecho cometido mediante la expresión de un sintagma es el equivalente al agujero en la pared de la celda. Incompatible con el auténtico arrepentimento, si es que puede existir tal cosa. Éste sería simplemente el permanente deseo de ser otro. Mejor dicho, de haber sido otro. Por eso es permanente, porque es imposible. Pero lo permanente se resuelve en cuestión de minutos. Se dicen unas palabras, se intenta hablar con la familia de la víctima, todo con la necesaria presencia de un medio que lo recoja, ego te absolvo, y a vivir. En sociedad. Es en esta última parte donde reside el problema, no en vivir. Un asesino no debe morir. Y un asesino arrepentido no debería buscar necesariamente la muerte. La física. La otra es una exigencia. El suicidio social debería ser una exigencia. No decir nunca “estoy arrepentido” puede ser un indicio de arrepentimiento. Decirlo en público es negar lo que se enuncia.

Pero aquí se está hablando de una cuestión moral. Y nos da la risa. Lo moral no tiene sitio en la política, ni en la prensa. En la política y en la prensa, es decir, en nosotros, lo moral es un estorbo. Algo personal, como mucho. Creencias que no hay que hacer públicas. Qué hay de malo en que el asesino de un policía nacional sea tesorero de un partido político. Al fin y al cabo, la persona que registró ese partido político, Gonzalo Boye, fue condenada a 14 años de prisión por colaborar con ETA en un secuestro. Y también edita la revista Mongolia. Seguimos con la risa. De las condenas forzadas hemos pasado a la convivencia y a la normalidad. El tesorero de un partido asesinó a una persona, y nos falta tiempo para comenzar las rebajas. Creo en la reinserción, ya pagó por su crimen. La prensa ayuda. Y así, los votantes se podrán permitir votar a ese partido sin sentirse despreciables. Y ese partido político se podrá permitir hablar en público de cuestiones como la regeneración política, los valores de la izquierda o los crímenes de la derecha. Y otros partidos políticos se podrán permitir compadrear y pactar con ellos. Porque al fin y al cabo, admitir en el partido a un asesino es simplemente una cuestión moral.
Es decir, nada.

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Por cierto, en el asesinato de Navarro Cañada, por el que el tesorero de Unidad Popular fue condenado, participó también un tal Pedro María Briones Goicoechea. El nombre no dice nada. Pero resulta que Pedro María Briones Goicoechea fue miembro de la Ertzaintza, la policía autonómica vasca. El asesino de un policía nacional era, dos años después, policía autonómico.