“Lo que nos une”

Hay muchos discursos en torno a “lo que nos une”. Algunos de esos discursos se ilustran con danzas, trajes regionales o banderas. Imagino que es por el hecho de que se ilustran con danzas, trajes y banderas que algunos se empeñan en encontrar ahí la auténtica Ilustración española. Otros discursos apelan a la lengua, y algunos hablan de la tradición, sea lo que sea eso. Pero todas esas cosas, a lo sumo, es lo que compartimos. Unos con otros, otros con unos, en relaciones que no participan de las propiedades matemáticas que nos enseñan en la escuela. Lo que compartimos incluye un “nosotros”, pero un “nosotros” que no es inclusivo. En España hay multitud de danzas, trajes, lenguas y tradiciones, y lo mismo ocurre con las banderas, a pesar de que hay una bandera y una lengua que son comunes a todos. El problema es que la transacción entre esos elementos y los múltiples“nosotros” es el sentimiento. Los sentimientos son con frecuencia problemáticos, como aprendemos también en la escuela. Son problemáticos porque no son racionales, no garantizan la reciprocidad, no pueden exigirse. Convivimos con ellos, con los nuestros y con los de los otros, e intentamos gestionarlos para que no afecten demasiado a las cuestiones mundanas. Así que si “lo que nos une” debe depender de danzas, lenguas, tradiciones o banderas, y de cómo los sentimos, será complicado elaborar un discurso racional en torno a ello.

Pero hay algo que sí nos une a todos. Lo que nos une es la sujeción a unas normas, códigos o principios. A lo que podemos llamar, en abstracto, el Estado. El Estado es lo que nos une y lo que nos hace -artificio, por tanto- iguales. El Estado, a diferencia de la nación, no hace falta construirlo cuando ya existe. Porque es una ficción, sí, pero una ficción administrativa. Por eso es distinto de la nación, que es una ficción metafísica.
No hace falta construirlo, pero es fácil erosionarlo. Y cuando se erosiona no se erosiona la bandera, el gobernante o las instituciones. Se erosiona aquello que nos une, literalmente. Lo que nos sujeta. Lo que nos convierte en sujetos políticos y en sujetos de derechos, es decir, la posibilidad de someternos a unos códigos, a unos principios, a unas normas comunes, iguales para todos, que nos hacen a todos iguales.

Una de las maneras de erosionar esto que nos une es introducir mecanismos paralelos a las normas, principios o códigos del Estado. Introducir estos “Estados paralelos” en los mecanismos de acceso a la función pública o al sistema público de enseñanza es una de las maneras más eficaces de erosionar el Estado, porque en esos ámbitos es muy fácil observar la ficción. Y una de las condiciones para que una ficción funcione, también en política, es que no se vea.

Esos mecanismos paralelos tienen efectos prácticos. Pueden suponer perjuicios para un grupo de ciudadanos, y pueden producir desigualdades -también artificios, por tanto- entre ciudadanos del mismo Estado. Pero además de esos efectos en el futuro de determinados ciudadanos, produce un efecto en el conjunto de todos los ciudadanos. Ese efecto es la erosión de la noción misma de ciudadanía, que va necesariamente ligada al Estado. La erosión de la idea de que todos somos, como ciudadanos, iguales.

La propuesta de un examen único para el acceso a los estudios universitarios no es sólo una cuestión práctica. No es sólo que los alumnos de una u otra comunidad se vean perjudicados por las diferencias en los exámenes de acceso o en los criterios de corrección. Es, también, una cuestión de principios. Se trata de defender una ciudadanía asimétrica o de garantizar que todos los ciudadanos, también los estudiantes, sean tratados de la misma manera por el Estado.

Lo que está en cuestión es el principio de que todos los ciudadanos han de ser iguales en su relación con el Estado. Todo lo demás es relato. Relato nacionalista.

El liberalismo era esto

 

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Ayer leí un artículo sorprendente sobre la gestión de la crisis del ébola. Éste. Y era sorprendente incluso en el modo de sorprender. Hemos podido leer textos de todo tipo estos últimos días. Algunos merecían la pena, la mayoría eran simples llamadas a la venganza y a la búsqueda de culpables antes de conocerse los hechos. Pero éste era sorprendente de un modo distinto. En él se afirmaba que fue un error traer a los misioneros afectados por el ébola, no por los riesgos de contagio en España, sino porque se había violado la libertad de esos misioneros. O algo así.

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Liberalismo y pensamiento mágico

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Entre los numerosos círculos liberales españoles es bastante frecuente encontrar argumentos muy pobres a la hora de abordar la cuestión del Estado, que podríamos condensar en la siguiente idea fuerza: el Estado es malo, y no sólo es malo sino que es el Gran Mal, enemigo de todos nosotros y cuya principal función es impedir que seamos libres. La personificación con tintes de novela fantástica, por cierto, lejos de ser accidental es un elemento básico de ese argumentario fallido. Desde esa premisa –el Estado es alguien, y es el Mal- se construyen los citados argumentos, que lógicamente no pueden sino mover a risa o lástima en un público neutral. Todo lo que toca el Estado es siempre y necesariamente malo, y por tanto cualquier política, independientemente de sus objetivos e incluso de sus resultados, será indeseable por el mero hecho de partir del Estado. Independientemente de sus resultados. He ahí la clave de la cuestión, porque se trata de un análisis apriorístico. Es decir, no puede haber una política de desarrollo de la industria, o de ayuda a los estudiantes con menos recursos, o de salud que sea al mismo tiempo eficaz y pública. Y si no puede haberla, ¿para qué molestarse en analizar casos concretos, o en comprobar si, por alguna razón, ha aparecido un cuervo rojo que refute la teoría?

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Los libertarios y el Estado de Israel

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Los libertarios, en mayor o menor grado, rechazan el Estado. Ese rechazo puede ir desde una sana desconfianza, reconociendo que en la mayoría de las ocasiones es un mal menor al que hay que poner límites, hasta la consideración maximalista de que el Estado es siempre y en todas las situaciones el mal mayor, y que la desaparición de cualquier Estado es una victoria digna de celebrar.

Israel es, entre otras cosas, un Estado. Es mucho más que eso, sobre todo para quienes lo sienten como propio. Pero es esencialmente un Estado. Y precisamente porque es un Estado, es la única garantía que permite seguir existiendo a quienes viven allí. Hay libertarios, como hemos mencionado antes, que consideran la desaparición de cualquier Estado una victoria. Da lo mismo qué tipo de Estado sea, la manera mediante la que desaparezca, y la situación a la que lleve esa desaparición. Poco importa, en el fondo, que esa desaparición suponga o no una mejora para quienes han vivido “sometidos” a su coacción. Cualquier victoria contra el Estado es motivo de alegría. Por eso hay libertarios que dan su apoyo  a grupos terroristas como ETA. Puede que sean pocos, pero los hay. ETA considera al Estado español su enemigo, y por lo tanto su lucha es compatible con la causa libertaria. Realmente cuando ETA dice “Estado español” se refiere a cocineros, periodistas, policías, jueces o profesores, y las acciones contra el Estado consisten en el asesinato de esos cocineros, periodistas, policías, jueces o profesores. Pero dicen que luchan contra el Estado y eso es suficiente. También hay, cómo no, libertarios antisemitas. El antisemitismo es un atributo transversal y atemporal, no entiende de ideologías ni de épocas, así que no es algo que pueda sorprender. No sería extraño por tanto que algunos libertarios vieran en Hamas un instrumento doblemente útil en la lucha contra el Estado. Israel, en este caso.

Comencé a dar vueltas a una entrada sobre la relación entre el libertarianismo y el Estado de Israel y mientras buscaba información me di de bruces con algo que me causó una sensación bastante desagradable, cercana al asco. Ya he dicho en unas cuantas ocasiones lo que pienso de la risa, el lamento o el desprecio a la hora de analizar las acciones humanas, pero en este caso es difícil limitarse al “sed intelligere” spinoziano. La editorial Innisfree, sobradamente conocida en el mundillo libertario, anunció en su página de Facebook la futura publicación de un libro en el que se recopilarán varios artículos con posiciones contrarias a Israel escritos por conocidos autores libertarios. No voy a entrar en la calidad de los escritos, ni en la relevancia de los autores. Me limitaré a la portada, que es la que encabeza esta entrada del blog. Identificar la bandera de Israel con la bandera nazi puede que no sorprenda a nadie a estas alturas, pero no deja de ser una vileza. Antonio Gala escribió ayer en El Mundo que comprende las razones por las que el pueblo judío ha sufrido tantas persecuciones a lo largo de su historia, y considera que esas razones están en el carácter judío. Llega a decir que “o son malos, o les envenenan.” Se apunta también a la socorrida equiparación entre Israel y los nazis, entre el conflicto en Gaza y la Shoá. Y termina con un glorioso “Yo no soy racista.” Del mismo modo, la editorial Innisfree considerará que equiparar el Estado de Israel con la Alemania nazi no es antisemita. Y no entraré en si lo es o no. Lo que es innegable es que denota, entre otras cosas, una profunda ignorancia, un desprecio por la Historia, y un ejercicio de frivolización vergonzoso.

En cualquier caso, el objetivo de esta entrada era ocuparse de las posibles posturas de los libertarios ante el Estado de Israel y el conflicto en Gaza, pero debido a la extensión tendré que reducirla a un simple comentario y dejar para más adelante un análisis con mayor profundidad. Ya hemos visto que para algunos la única opción defendible es aquella que consiste en criminalizar y negar el derecho de Israel a existir. El libertario que considera la desaparición del Estado el bien supremo, el fin último, defenderá que Israel, como Estado, es un instrumento de coacción. No se planteará la posibilidad de que la coacción pudiera aumentar precisamente, y hasta niveles dramáticos, en el caso de que Israel cediera a las presiones y dejase de defender a sus ciudadanos. Tal vez al libertario coherente le repugne, por ejemplo, el servicio militar obligatorio al que Israel “somete” a sus ciudadanos, y seguramente le parecería mucho más acorde a sus férreos e innegociables principios que se eliminase la obligatoriedad de prestar servicio en el Tzahal. Poco importa el hecho de que, en el momento en que Israel perdiera su capacidad de defenderse, sus enemigos lograrían al fin el objetivo que no se molestan en esconder: la aniquilación de todos los judíos de Israel.

Afortunadamente, ésta no es la única visión entre los libertarios. Steve Horwitz también se planteó esta cuestión en un artículo, y comentaba algo que merece especial atención: no es lo mismo ser anti-Estado que ser pro-libertad. Si ser libertario implica oponerse a todo Estado sin considerar cuestiones como las garantías, el respeto por los derechos individuales o las circunstancias geopolíticas de cada uno de esos Estados, y si supone apoyar a cualquier organización que pretenda destruir un Estado sin considerar los fines y los métodos de esa organización, entonces habrá que concluir que el libertarianismo es una opción exageradamente simplista dentro del espectro político. Creo que el libertarianismo maximalista está muy bien como ejercicio teórico, pero tiene un serio problema cuando se enfrenta con el principio de realidad. Al final, sus defensores tienen que optar entre dos posibles salidas. Ser absolutamente coherentes y defender posturas ridículas cuando se enfrentan a algunas cuestiones complejas del mundo real, o abandonar la pureza ideológica y analizar cada caso utilizando algo más que el marco teórico reconfortante pero limitado desde el que parten.

Personalmente me parece mucho más importante apoyar el derecho de Israel a defenderse que lo que digan Rothbard, Mises, Block o sus profetas sobre la pureza de una determinada adscripción política.

Democracia infinita, libertad absoluta

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Casi todos los que nos interesamos por la política pasamos por una fase “absolutista”. El ideal político al que nos entregamos exige una defensa férrea de su pureza, o lo que es lo mismo, una negación suicida del principio de realidad. Todo lo que no pase el filtro es sencillamente inaceptable. Y si la alternativa a esta sociedad imperfecta no es real, tanto peor para lo real.

Ese filtro varía en función de las preferencias ideológicas. Si nos fijamos en lo que hasta hace poco se llamaba “liberalismo”, que ahora parece haberse fragmentado en cientos de adscripciones hiperdescriptivas, el filtro que marca la separación con la realidad es la libertad absoluta, entendida como ausencia de coacción. Esto significa que siempre, y en la medida de lo posible, son preferibles los acuerdos tomados de manera voluntaria entre todas las partes implicadas. Para quienes “en la medida de lo posible” es  sólo una vía al socialismo, no obstante, no hay nada que justifique la coacción. Ningún grado de coacción. Ni los ataques con drones a población civil, ni el policía de tráfico. Ni las subvenciones al cine minoritario, ni una cobertura sanitaria mínima. Todo aquello que tenga como base algún tipo de coacción es ilegítimo, y por lo tanto inaceptable. Y es inaceptable de manera absoluta, sin grados ni términos medios, sin transiciones y sin tener en cuenta las consecuencias o la viabilidad de esa sociedad pura e idealizada.

Al otro lado del espectro político, en las izquierdas, no hay un filtro único. Además de la libertad, a la que no se confiere tanta importancia, también se consideran fundamentales cuestiones como la igualdad absoluta -que se puede entender de cientos de maneras- y algo que últimamente está viviendo tiempos gloriosos: el democratismo, o los procesos democráticos entendidos como fuente única y necesaria del Bien. Democracia en todo y para todo, continuamente. Y si no hay democracia, no vale. Un principio que, tomado de manera absoluta, al igual que ocurre con la ausencia de coacción, lleva a situaciones absurdas. Hoy lo vemos en dos casos, uno general y otro particular. Empezando por este último, hay que hablar de nuevo de Podemos. El partido que se presentó como regenerador de la democracia y que prometió listas abiertas y asamblearismo como parte de esa regeneración, inicia su proceso de institucionalización mediante el único mecanismo que no conduce al suicidio político: lista cerrada y proceso sólo formalmente democrático. Cualquier otra opción significaría perderse en un interminable proceso infinitamente autorreferencial. ¿Quién y cómo decide qué hay que votar? ¿Cómo se desarrollará la votación? ¿Cómo se desarrollará la votación para decidir cómo se desarrolla la votación?

Algo similar, a nivel general, se está desarrollando desde hace tiempo en torno al modelo de Estado. “¿Por qué monarquía, si muchos de nosotros no estábamos ahí para firmar la Constitución de 1978?” La forma de Estado, al parecer, es uno de los principales problemas de España. Da lo mismo que sea uno de los aspectos que no deberían estar sujetos a cambios constantes. “Esto es una democracia, y en democracia se vota todo.” Da lo mismo que existan unos mecanismos necesariamente rígidos para cambios de tanto calado, y que esos cambios deban pasar por el Congreso. Y da lo mismo que el criterio de votar todo cada cierto tiempo, incluido lo básico, conduzca a la inoperancia y, lo que es peor, al ridículo. Decir que hay gente que no votó en el ’78 tiene sentido, claro. Pero también tiene sentido convocar un referéndum cada cinco años, por aquello de que algunos pueden haber cambiado de opinión, y porque los que tenían 13 años no quieren cargar con las “opresoras cadenas de un régimen que no han elegido.” Para evitar estas situaciones, se podría convocar un referéndum para determinar cada cuánto habría que votar la forma de Estado. Cinco años, diez, veinte, lo que sea. Claro que algunos podrían cuestionar que los resultados de ese referéndum fueran inamovibles. El referéndum para regular la convocatoria de referendos sería otra opresora cadena que no debería obligar a quienes no participaron en el proceso. ¿Cada cuánto tiempo votamos para decidir cada cuánto hay que votar cada cuánto votamos? Y así hasta el infinito.

A algunos nos parece desastroso este fundamentalismo democrático. Pero también hemos de considerar las consecuencias de las exigencias innegociables de libertad absoluta propias de un liberalismo autodestructivamente purista. Es posible que todo aquello que proceda de la coacción sea ilegítimo, y que, si nos ponemos a bucear en la historia, todo proceda de algunas coacciones primitivas. La concentración de riqueza, la organización social, las instituciones. Pues bien, a esto habría que responder: “¿Y qué?” No un “¿Y qué?” absoluto, pero sí uno que permita que sigamos funcionando como sociedad y que nos ocupemos de las coacciones, las injusticias y las desigualdades realmente importantes.

Ni Estado ni Mercado

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Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que muchos otros; pensé dedicarme a la política tan pronto como llegara a ser dueño de mis actos, decía el viejo Platón. Hace ya unos cuantos años yo también fui joven, y aunque no pensara dedicarme a la política, sí me interesaba. Era anarquista, por aquella época. De los “de toda la vida”, de los de “A las barricadas”. Con muchas contradicciones, afortunadamente, pero anarquista. Pasó el tiempo, y puedo decir que no cometí ninguna barbaridad. El 11/S llegó en los años de estudiante universitario, y pasó factura. También afortunadamente. Errico Malatesta dio paso a Oriana Fallaci. No sólo, pero también. Entre muchas otras lecturas. Más tarde, Mises, Rothbard, Hayek y hasta Ayn Rand.

Si algo he tenido claro a lo largo de estos años es la certeza de que el Estado es, digámoslo de un modo suave, problemático. Criminal, decía allá por los dieciocho años. Confiar en esa máquina voraz para que resuelva todos nuestros problemas no sólo es éticamente inaceptable. Es, además, inútil. Andan las aguas revueltas estos días -y cuándo no- a cuenta de los resultados en las elecciones al Parlamento Europeo. Todos los partidos que han triunfado, con alguna excepción, lo han hecho precisamente con un programa de aumento del Estado. Tanto el Frente Nacional como Podemos. Sospecho que son muy pocas las ocasiones en las que se obtiene éxito en política sin cumplir esta premisa. La mecánica es simple: prometer cosas ahora, y pagarlas después. No falla. Aunque algunas de esas cosas sean privilegios injustificables, aunque esos privilegios se conviertan poco a poco en “derechos”, y aunque la factura se esconda bajo la mesa. O tal vez no haya que decir “aunque” sino “precisamente porque”. Y cuando la factura por fin aparece -y siempre aparece- es suficiente con indignarse, movilizarse y romperla en la calle, en un éxtasis colectivo. Las consecuencias, al fin y al cabo, son ficciones que salen por la TV. Así que el Estado como padre, madre, tutor y Dios proveedor, no sólo es una ficción. Es una ficción dañina.

Pero mientras escribo esto, hay críos que no pueden comer en condiciones, familias en las que ningún miembro trabaja, y pensionistas que sostienen económicamente a los hijos y a los nietos. Decir que todos esos casos son fruto de malas decisiones personales es una estupidez. Ya hemos dicho que el Estado no puede erigirse en el garante material de todas nuestras necesidades, pero entonces… ¿quién? Aquí comienza el otro lado del problema, que da título a esta entrada. El Estado no es solución mágica e infalible. Pero tampoco el Mercado. El discurso utopista y el pensamiento mágico no son exclusivos de los adoradores del Estado. También se da entre los liberales. Y ambos lados tienen sus chamanes, algunos de ellos involuntarios, porque la necesidad de cierta experiencia del Absoluto es prácticamente universal. Tal vez sea, y es justo reconocerlo, menos frecuente entre los liberales, pero es igualmente necesario reconocer que tiene su presencia. En muchas ocasiones, basta sustituir la palabra “Mercado” por “Estado” para darse cuenta. “El Mercado se hará cargo de quienes no puedan ganar lo suficiente para vivir”, dicen los utopistas moderados. Los no tan moderados afirman simplemente que el Mercado se encargaría de que no hubiera pobreza. Y lo dicen con una seguridad pasmosa, tal vez para no tener que enfrentarse a la posibilidad de que, con Mercado o con Estado, siguiera habiendo “fallos”, “injusticias” o como queramos llamar al principio de realidad. Lo dicen también como si el Mercado “fueran otros”. La única diferencia entre los adoradores de uno u otro Dios sería la coacción; la indiferencia ante los problemas sería la misma.

A veces pienso que se puede calibrar el nivel de infantilismo de un discurso político atendiendo únicamente a la presencia de determinadas palabras y construcciones gramaticales. La frecuencia de los condicionales es una de las pistas más fiables de que estamos ante un discurso pseudorreligioso, mesiánico. Por contra, el uso de adverbios de duda suele ser sinónimo de prudencia, de una limitada confianza en la validez de los conocimientos propios y de las soluciones planteadas. La cuestión es que queremos certezas, no dudas. Queremos soluciones homogéneas, infalibles, y queremos que los autores de esas soluciones sean también infalibles. En muchas ocasiones preferimos no contrastar nuestras creencias, porque corremos el riesgo de que se debiliten. Es una cuestión emocional, poco se puede hacer. Y esta esclavitud afectiva no entiende de espectros políticos.

Ni Estado ni Mercado van a solucionar nuestros grandes problemas. Y no lo harán porque, al contrario de lo que se suele pensar, los grandes problemas no requieren grandes soluciones que se ajusten a determinado paradigma teórico, sino pequeñas aproximaciones. Y una gran cantidad de resignación. Confiar ciegamente en uno u otro no supone gran diferencia, pero es una excusa perfecta, en ocasiones, para lavarse las manos y para seguir sujetos a un gran relato que nos proporcione identidad.

OBRAS MENCIONADAS:

La Anarquía

La rabia y el orgullo

La acción humana: Tratado de economía

Camino de servidumbre

Los profetas contra los planificadores

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El socialismo, en cualquiera de sus grados y vertientes -es decir, todo lo que existe menos yo y los que piensan como yo- es un error, porque la planificación mediante la que se pretende organizar la sociedad es imposible. ¿Cómo van a poder prever todas las preferencias individuales, cómo van a poder saber qué es lo que va a querer la gente?

Por eso el Estado tiene que desaparecer inmediatamente. En su lugar, las fuerzas del mercado actuarán sin restricciones y crearán soluciones inmediatas y perfectas para todos los conflictos que puedan surgir. No habrá policía, pero, ¿llegará por ello el caos? ¿Habrá un período turbulento en el que la violencia será difícil de controlar? No, yo sé que no. Imposible. Quien diga eso es un socialista, o al menos un cómplice de la coacción. La mayor violencia parte del Estado, y los mayores criminales han sido siempre los Estados. Así que, lógicamente, en cuanto se elimine, habrá mucha menos violencia.

No hagáis caso a quienes aconsejan, por prudencia, ir poco a poco. Todo el aparato estatal tiene que desaparecer de golpe, desde los hospitales públicos hasta la policía. Repartiremos las armas entre todos para que podamos defendernos, y calcularemos cuánto nos han robado mediante impuestos para saber cuánto nos corresponde a cada uno.

Os dejo una muestra de cómo podrían ser serán las cosas cuando por fin seamos total y absolutamente libres.

El Estado ha muerto. Día uno.

Las calles se convierten en una corriente imparable de júbilo. Desde mi ventana oigo el sonido metálico de las cadenas chocando contra el suelo, y se ven banderas de todos los colores. Rojas y negras, amarillas y negras, azules y negras… También, por fin, todos poseen aquello que siempre nos han negado, el símbolo de nuestra libertad: rifles de asalto, pistolas y ametralladoras.

El Estado ha muerto. Día dos.

La comisaría de la calle de enfrente es tomada por una vanguardia consciente. Al grito de “¡asesinos!”, los policías son conducidos a la plaza mayor para ser juzgados por… Bueno, supongo que por alguna agencia de servicios jurídicos recién creada gracias a las fuerzas del mercado libre y el orden espontáneo.

El Estado ha muerto. Día tres.

Por la noche me ha parecido ver un grupo de personas entrando en los grandes almacenes junto a la farmacia. Al grito de “¡corporativistas!” han vaciado el escaparate de televisores, tablets y móviles. Ha habido alguien que salía con un carro de supermercado lleno de alimentos. Barba poblada, palestino al cuello… no, no puede ser él.

El Estado ha muerto. Día cuatro.

Los responsables de los grandes almacenes han intentado encargar una investigación sobre el robo de la última noche. No hay policía, pero han surgido cinco o seis agencias de seguridad, de repente, y funcionan de maravilla. Los pocos crímenes que se producen -pocos, muy pocos, al fin y al cabo los criminales eran los policías y los que apoyaban al Estado opresor- son resueltos impecablemente por estas agencias. Rápido, eficiente y barato, como todo desde que que no hay coacción.

El Estado ha muerto. Día cinco.

La investigación ha dado un giro inesperado. Al parecer, los grandes almacenes se habían beneficiado de alguna legislación estatal, así que todas sus propiedades han sido confiscadas. Sus responsables están a la espera de ser juzgados.

El Estado ha muerto. Día seis.

Tengo que decidir a qué administración me quiero adscribir, así que no podré volver a escribir este diario por un tiempo. No sé si me conviene más la agencia Smith -la de la pena de muerte por garrote vil a quienes inician la agresión- o la NewHoppe -en esta tendría que jurar fidelidad a un monarca… si lo he entendido bien. En cualquier caso, todo va sobre ruedas, como era de esperar.