Milgram, Stanford Prison y las investigaciones en torno a la naturaleza humana

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Estos días estoy leyendo The Self Beyond Itself: An Alternative History of Ethics, the New Brain Sciences, and the Myth of Free Will, de Heidi M. Ravven. No sabía quién era la autora, ni encontré ningún comentario sobre el libro de científicos o filósofos que sí conociera . Alguien a quien sigo en Twitter había subido una foto de la portada, y me llamó la atención. Una historia alternativa de la Ética, las nuevas ciencias del cerebro, y el mito del libre albedrío. En no pocas ocasiones ese alternativa suele querer decir pseudocientífica, pero decidí arriesgarme.

De momento el libro ha hablado poco sobre las ciencias cognitivas y sobre la ilusión del libre albedrío. Alguna cita de Spinoza y poco más. Esperaba encontrar menciones a Damasio, por ejemplo, pero aún nada.

La autora se apoya constantemente en dos experimentos realizados por psicólogos, conocidos como el “Experimento de Milgram” y el “Experimento de la cárcel de Stanford“. En ambos se pretendía demostrar cómo, bajo las condiciones adecuadas -deshumanización, relaciones jerarquizadas, presión por parte de la autoridad, sensación de poder- cualquier persona, sin importar género, raza, religión, estudios o estrato social, podía repetir los mismos patrones de conducta que posibilitaron el Holocausto, el episodio más incomprensible y aberrante* en la Historia de la humanidad. ( Podríamos mencionar los 20 millones, pero ése es otro tema.)

En estos estudios, personas completamente normales llevaban a cabo acciones que atentaban directamente contra el sentido moral más elemental. Acciones en las que otros seres humanos eran castigados hasta niveles degradantes, o hasta hacer peligrar su vida, sin que los causantes de esos castigos -las personas normales– hicieran nada por interrumpir el proceso. El seguimiento ciego a la autoridad, o la situación de superioridad frente a las víctimas creada por Zimbardo, hicieron posible que la mayoría de esas personas dejasen en suspenso su “conciencia moral” para acatar las órdenes.

La autora, decíamos, se apoya en estos dos experimentos para intentar demostrar que no es el individuo quien actúa libre y autónomamente, según su conciencia moral, sino que es la situación la que le lleva por un camino u otro. Se apoya también en los rescates de judíos en el Holocausto, en cómo se comportaron, por ejemplo, holandeses por un lado y daneses e italianos por el otro. Los primeros colaboraron mayoritariamente con la política de deportaciones y asesinatos en masa de los nazis, mientras que los segundos pusieron todas las trabas posibles a la hora de cumplir las directrices de Alemania, con lo que prácticamente el 100% de los judíos daneses y el 85% de los judíos italianos sobrevivieron al Holocausto. ¿Eran diferentes holandeses, daneses e italianos? ¿Estaban hechos de otra pasta? ¿Eran los miembros del Batallón de Reserva de Policía 101 unos monstruos despiadados y por ello participaron en la atrocidad de Józefów, o más bien se convirtieron en monstruos en el momento en que se dejaron llevar y tomaron parte?

Los experimentos de Milgram y Zimbardo parecen señalar que todos somos capaces de cometer tales atrocidades si la situación es propicia. Lo que defienden es que nuestra conciencia moral no es el único ni el más importante factor a la hora de actuar… ni tampoco los genes. Defienden una especie de “determinismo” situacional.

Pero no es lo que dicen lo que me parece interesante, sino las reacciones a lo que dicen.

En primer lugar, algunos toman estos experimentos como prueba de que, efectivamente, el libre albedrío y la conciencia moral son mucho menos determinantes a la hora de actuar de lo que pensábamos. El problema es que de estos experimentos no se puede extraer gran cosa. ¿Se repiten los mismos esquemas que en el Holocausto? Es posible. Pero el tamaño del grupo con el que se llevaron a cabo los experimentos, unido a posibles deficiencias en el desarrollo de ambos, hace que las generalizaciones que se pueden extraer se queden en el terreno de la especulación.

La segunda reacción es el rechazo a priori a lo que se pueda concluir de experimentos como éstos. Hay una predisposición de rechazo hacia cuestiones que puedan poner en duda algunas de nuestras creencias más arraigadas. El libre albedrío y las diferencias esenciales entre los perpetradores de la Solución Final y nosotros son seguramente dos de las creencias más fuertes. Alguien que sostenga o simplemente se plantee la posibilidad de que no seamos tan libres como creemos, o de que bajo determinadas condiciones podríamos llegar a cometer las mismas atrocidades que el Batallón de Reserva de Policía 101, tiene que estar equivocado. Es algo que va más allá de lo racional. Somos libres y no somos monstruos. Son dos cuestiones innegociables. Pero es este más allá de lo racional lo que nos condiciona y lo que nos impide asomarnos al abismo. Es elección de cada uno asomarse o no, pero no se puede acusar a quienes deciden contemplar el “horror” de estar justificando ese horror. Es un salto ilegítimo.

Independientemente de sus implicaciones, y de la angustia que produzca, la realidad del ser humano no es algo que nosotros construyamos. O al menos hay una parte que no es meramente constructo social. No es correcto afirmar, sin más, que no somos libres, como tampoco es correcto afirmar que todos somos monstruos. Pero tampoco es correcto partir de la imposibilidad de que podamos no serlo -libres- o serlo -monstruos-,  en mayor o menor grado. Habrá que estar abiertos a investigar hasta esos límites, o de lo contrario no se tratará de una investigación honesta.

* La cuestión es, precisamente, que no se trató de algo incomprensible y aberrante. Es perfectamente comprensible, y es perfectamente humano. No hubo fuerzas demoníacas, estados de conciencia alterados, ni factores extraños detrás de todo ello. Y eso es, precisamente, lo que lo convierte en algo demoníaco. (It is demonic that they were not demonic, le dijo un amigo a Lifton)

OBRAS MENCIONADAS:

The Self Beyond Itself: An Alternative History of Ethics, the New Brain Sciences, and the Myth of Free Will

Koba The Dread: Laughter and the Twenty Million

En busca de Spinoza

Ordinary Men: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland: Reserve Police Battalion 101 and the Final Solution in Poland

The Nazi Doctors: Medical Killing and the Psychology of Genocide

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El libre mercado y los valores morales

 

Hace unos cuantos años tenía muy claro que el sistema de libre mercado debía ser defendido, en primer lugar, porque era el único éticamente justificable. Y sólo en segundo lugar, de manera complementaria, por sus consecuencias positivas para la sociedad. Estaba muy claro que, al tomar como base la ausencia de coacción y las interacciones voluntarias entre los individuos, era moralmente superior a sus alternativas. Pensar sólo en las consecuencias me parecía ceder ante el mezquino utilitarismo, una defensa innecesariamente débil de la libertad como principio rector de la organización social.

Hoy ya no puedo defender ese enfoque. Tanto los valores morales como el libre mercado son útiles. Y organizarse en torno a ellos es la mejor manera de manejar los conflictos. Punto. No puedo ir más allá, porque no creo que existan unos valores universales que deban ser respetados más allá de la consideración que hagamos de ellos en función de su utilidad. No matar, no robar, o no obligar a nadie a hacer algo que no quiere, son normas muy útiles, y por eso son fácilmente universalizables. Pero de esa utilidad no se puede extraer ninguna obligación moral. No son válidas en sí mismas. Tampoco el hecho de que todos los seres humanos compartan una cierta predisposición a reaccionar negativamente ante los abusos convierte los abusos en algo moralmente malo.

Luego si no hay acciones moralmente buenas o malas, tampoco el libre mercado es moralmente superior a otros sistemas basados en la coacción. Sí puede presumir, y no es poca cosa, de que permite aumentar la prosperidad en mayor medida que ningún otro sistema, y de que es más favorable a la interacción pacífica entre los individuos. Además, a pesar de que las normas por las que nos regimos no sean nada más que convenciones, podemos decir que existen de hecho, y que las adoptamos porque nos convienen. Por eso, pese a que el libre mercado no sea moralmente superior, sí podemos decir que es el único sistema compatible con esas normas morales que todos, en mayor o menor grado, aceptamos. Si según nuestras normas no está bien tomar coactivamente el dinero de otros, o prohibir a dos personas implicarse en un intercambio voluntario de ideas, bienes o servicios, entonces sólo hay un sistema realmente respetuoso con ese marco normativo. Todos los demás parten de la coacción.

Ahora bien, ya hemos dicho que esto no significa que el libre mercado sea objetivamente, moralmente superior a otros sistemas, puesto que esas normas son válidas en cuanto son útiles. ¿No podría haber casos en los que la coacción fuera útil? ¿No podría ser más útil, en el plano formal, hacer pequeñas excepciones a esas normas generales? Es muy fácil pensar en contraargumentos a ese categórico “robar está mal”. El clásico ejercicio mental del padre que no puede comprar un medicamento para su hijo y lo roba de una farmacia, por ejemplo. Pero hay que reconocer que también es fácil pensar que si no aceptamos que el respeto a la libertad individual deba ser categórico, no podríamos oponernos a que en una región la mayoría de sus habitantes decidieran expropiar a unos pocos para repartirlo entre los demás.

¿Y por qué deberíamos oponernos? Rawls diría que deberíamos hacerlo porque “te puede tocar a ti”… siempre y cuando aceptases el juego mental del velo de la ignorancia. Pero eso no es un argumento válido, entre otras razones, porque ese velo no es más que una imagen que jamás se da en el mundo real. ¿Hay entonces alguna razón real para oponerse a casos tan extremos, más allá de los intereses de cada uno? ¿Hay algo objetivamente repugnante en el hecho de hacer sufrir a otros, más allá de los “gustos morales” de cada uno? ¿Hay, en fin, ética más allá de la estética?

Para responder a esas cuestiones sería útil saber cómo adoptamos los valores morales por los que nos conducimos. Una opción es decir que nosotros elegimos nuestros valores y creencias. Es la opción que defiende el genial profesor de la GMU Bryan Caplan:

I move now to my substantive notion of free will.  I claim that we
choose a large number of things.  To begin with, we choose our beliefs.

La cuestión es que incluso en el caso de que eligiésemos nuestros valores, no podríamos decir por qué unos valores serían superiores a otros. De cualquier manera, este enfoque no parece ser demasiado acertado. Si realmente eligiésemos nuestros valores, podríamos cambiarlos en cualquier momento. Ahora mismo, por ejemplo. Y el caso es que, por más que lo intento, no consigo convencerme de que matar, robar o coaccionar a otra persona esté bien. Creo que son acciones malas e injustificables, y no puedo pensar otra cosa. De hecho, si ya es difícil defender que cuando decido ver True Detective en lugar de Sálvame, o cuando elijo tomar el café sin azúcar, se esté produciendo realmente una decisión en lugar de una reacción a determinados afectos previos, ¿cómo va a ser posible defender que somos nosotros los que mandamos en nuestras creencias? Más bien son las creencias, como los gustos, las que mandan en nosotros. Y más que adquirirlas tras un proceso de deliberación racional, podríamos decir que las adoptamos -o “nos adoptan”- en función de cómo se acomodan en todo el entramado de creencias y gustos previos que nos han ido conformando como personas.

Es decir, segunda opción: no hay ningún proceso de elección racional detrás de nuestros valores. Se podría hablar, en un pequeño y perverso homenaje a Caplan, del Mito del agente moral racional. Nuestros juicios morales son fruto de una serie de predisposiciones genéticas y de lecturas y modelos que han podido reafirmar o debilitar esas predisposiciones. Y tan importante son las predisposiciones, sospecho, como los modelos. Al fin y al cabo, si tengo una exigencia moral elevada no es tanto por las lecturas de Ética como por el ejemplo de mis padres, de Atticus Finch y de algunas películas de John Ford.

Afortunadamente -aunque probablemente no sea cuestión de fortuna, sino de evolución- muchos seres humanos comparten una predisposición a considerar buenas y malas ciertas cuestiones fundamentales. Pero, como ya hemos dicho antes, eso no implica que esos valores estén en un plano trascendental, ni en el mundo de las Ideas ni en la propia Razón. Por lo tanto, volviendo al comienzo, no creo que el libre mercado deba ser defendido por su superioridad moral, aunque a mí me parezca preferible la libertad a la coacción. Sí debe ser defendido por su mayor utilidad. Entre otras razones, porque exige mucho menos de quienes estén convencidos. Convencer a alguien de que para conseguir sus fines es mucho mejor otro medio es bastante más fácil que convencerle de que cambie sus fines.

Tampoco hay que olvidar que habrá ocasiones en las que la defensa de esos valores morales se haga necesaria, más allá de vanos ejercicios intelectuales, para salvaguardar la integridad individual. En esos momentos de nada servirá intentar apelar a la razón. Al fin y al cabo no fue el ilustrado y razonable Ransom Stoddard quien libró a Shinbone  del cruel Liberty Valance, sino Tom Doniphon.

 

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OBRAS MENCIONADAS:

A Theory of Justice

The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies

El Hombre Que Mató A Liberty Valance [DVD]

 

Walter White, Phineas Gage y la responsabilidad moral

 

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Ayer volví a escribir sobre Breaking Bad, a pesar de que éste no es un blog de series. El tema en el que me centré fue el mismo que ha ocupado buena parte de todos los posts que he publicado hasta ahora: los límites de la libertad, y, por lo tanto, los de la responsabilidad.

Si has llegado hasta aquí significa que o bien has visto la serie, o bien no tienes intención de verla. En caso de que aún no la hayas terminado, no sigas. Ya sabes, spoilers. Fin de los avisos.

 

Como decía, ya escribí en otra ocasión sobre la catadura moral de Walter White. Ayer, mientras se adivinaba el desenlace, no podía dejar de sentir cierta lástima por él. Y antes incluso de llegar al último capítulo se me ocurrió una idea que influyó notablemente en mi juicio definitivo sobre el protagonista. ¿Y si Walter White fuera simplemente otro Phineas Gage?

Phineas Gage, que por el nombre perfectamente podría haber sido el archienemigo de Sherlock Holmes, fue un trabajador del ferrocarril que sufrió un accidente grave -una barra metálica atravesó su cerebro- y, en lugar de morir, se convirtió en uno de los casos más citados en la historia de la Psicología. Aquí la referencia básica  obligada, para quien no lo conozca, y aquí unos cuantos matices a todo lo que creemos saber sobre el caso.

Lo importante en este asunto es que las lesiones cerebrales hicieron que la personalidad de P. Gage cambiase drásticamente. De ser una persona equilibrada, pasó a convertirse en alguien irascible, agresivo y falto de voluntad. Se transformó en otra persona. Tal vez el caso se haya exagerado un poco, y ciertamente es difícil comprobar cuánto hay de cierto en ello porque no está suficientemente documentado. Pero algunas investigaciones posteriores de Damasio con otros pacientes parecen aportar datos que confirman las volátiles hipótesis surgidas a partir de Gage. Efectivamente, las lesiones en determinadas zonas del cerebro afectan a la conducta. Y no se trata simplemente de pequeñas modificaciones. No estamos hablando de que alguien pase a tomar el café con dos terrones de azúcar en lugar de uno. Hablamos de modificaciones importantes como, por ejemplo, desarrollar tendencias pedófilas previamente inexistentes. Es decir, alteraciones con implicaciones éticas. Pónganse en situación: un profesor de primaria de Virginia comenzó a exhibir tendencias pedófilas. Nunca antes lo había hecho. Poco antes de entrar en prisión, se queja de unos dolores de cabeza muy fuertes. Acude al hospital, y le detectan un tumor de tamaño considerable situado en el cerebro. Los médicos extirpan el tumor y, mágicamente, las tendencias pedófilas desaparecen. Al cabo de un año, por si alguien piensa que se trata de una simple coincidencia, el tumor reaparece. Y con él, las obsesiones pedófilas.

El problema es que no hay nada mágico en ello. Pocos comportamientos suscitan tanta aversión como la pederastia. Y hay buenas razones para esa aversión, claro. Pues bien, si en el caso mencionado la pederastia aparece y desaparece con un tumor, podemos aventurar ciertas implicaciones “molestas”. No diré que no hay responsabilidad en las acciones del paciente, pero sí que, al menos, habrá que contemplar la posibilidad de que no haya nada realmente libre tras esas acciones. Y, si no hay libertad…

¿Y por qué iban a ser “molestas”, con comillas? ¿No es siempre mejor conocer realmente lo que hay detrás de cada hecho? Es posible, pero hay que tener en cuenta la necesidad de cierre, la necesidad de poder culpar a alguien. Si hay pobreza, tiene que haber un culpable. Si hay violencia doméstica, tiene que haber un culpable. En cualquier caso, además, no basta con “un” culpable concreto, individual. Tiene que ser un culpable simbólico. Los Illuminati, el patriarcado, Disney… Un culpable claro, directo, nada de factores diversos y causas complejas. Algunos llevan esa necesidad de atribuir culpas incluso a los desastres naturales. Chávez lo hizo tras el terremoto de Haití… aunque puede que no. El proyecto HAARP, ya saben.

But I digress, como siempre. Estábamos hablando de las lesiones cerebrales, de las implicaciones en el libre albedrío, y de la responsabilidad. Y habíamos empezado con Walter White. ¿Y si Walter White fuera otro Phineas Gage, decía? ¿Y si el incomprensible cambio que se produce en el bonachón profesor de Química fuera el resultado de un tumor cerebral? Ya sé que la hipótesis no se sostiene. Seguramente habría sido detectado mientras examinaban el cáncer de pulmón. Pero sería una explicación totalmente válida. Y por lo tanto, mi juicio previo sobre el protagonista de la serie habría sido precipitado. Injusto. Al fin y al cabo, Walter White seguía siendo el mismo, aunque un tumor afectase a su conducta. Seguía siendo el mismo… Ahí aparece la ilusión del Yo. ¿Dónde estaría exactamente ese él mismo? ¿Por qué sólo cuando comienza a experimentar cambios en la conducta decimos que ha dejado de ser él mismo? Es cierto que hay una continuidad mayor en el Walter White equilibrado, y que el otro Walter White no sería más que el resultado de un accidente, de una anomalía. Pero no olvidemos que ambos serían el resultado de unos sucesos, unas combinaciones, que escapan a su control. No es más normal, más auténtico, el primero de ellos. Pero en fin, de nuevo estamos en una cuestión diferente. No estábamos hablando del esquivo concepto del Yo, sino de Walter White y de la responsabilidad.

Cuando deja morir a la novia de Jesse, cuando envenena a Brock, cuando permite que Todd se salga con la suya tras matar al crío de la araña… en todos esos momentos, parece que White era incapaz de sentir empatía. No sufre remordimientos. En el fondo nos gustaría que no fuera nada más que el resultado de una degeneración moral. O, al menos, nos gustaría que en el fondo siempre hubiera sido así, y que en el transcurso de la historia hubiera ido saliendo su verdadero yo. Tendríamos nuestros dos minutos de odio. Pero si realmente se trata de algo más complejo…

Hay un por lo tanto dos párrafos más arriba en el que se encierra un dilema moral de difícil manejo. Hablábamos de implicaciones molestas. Y es que, si aceptamos que la conducta se ve afectada por lesiones cerebrales,  y que algunas de estas lesiones crean comportamientos que no se pueden controlar, el libre albedrío y la libertad sufren un duro revés. Y no hay responsabilidad sin libertad. Como decíamos, un por lo tanto que no siempre se asume.

Por no salirnos de la ficción, pensemos en Darth Vader. En Ozymandias. En el Joker. En Joffrey Baratheon. En Jack Torrance. Si pensamos que cuando destruyen Alderaan, o Manhattan, o a Barbara Gordon, en el fondo no pueden hacer otra cosa… Si pensamos que la crueldad de Joffrey o el arrebato homicida de Jack Torrance son consecuencia de una lesión cerebral, ¿afectaría a nuestro juicio sobre ellos? Más aún. Todos esos ejemplos son sólo ficción. Pensemos en Heydrich. En Eichmann. En Videla. En Mugabe. En Sadam Hussein. En Pol Pot. No son ficción, pero intentamos sacarlos de la realidad diciendo que son inhumanos. ¿Y si todas sus atrocidades pudieran ser explicadas por una lesión cerebral?

La mera idea de que todos esos asesinos -monstruos, diríamos, de nuevo en un intento de separarlos de nosotros- no fueran nada más que enfermos mentales sin capacidad de resistirse a sus impulsos, es extremadamente incómoda. Habría que apartarlos de la sociedad, claro, pero no habría culpa en ellos. Si, insisto, no pudieran resistirse a esos impulsos.

Algo que no está demostrado… afortunadamente.

(Y por cierto, Lenin, Stalin y el Che Guevara no están en el mismo grupo que el Joker. Sus crímenes fueron reales, a pesar de que algunos, aquí y allí, aún no se hayan enterado.)

OBRAS MENCIONADAS:

1984

Watchmen

Batman The Killing Joke