Misa sin trascendencia en Bilbao

No soy una persona que se encuentre cómoda en los grandes actos colectivos. A veces porque no entiendo la necesidad de expresar junto a otros lo que pensamos, a veces porque me incomodan las expresiones públicas de lo que sentimos. Hoy la plataforma Libres e Iguales ha celebrado un acto en Bilbao. En teoría ha sido un acto para celebrar la Constitución, pero ha sido algo más que eso. Entre otras cosas porque ha sido un acto en Bilbao, ciudad acostumbrada a que los únicos actos políticos que se celebran sean actos nacionalistas.

Hoy en Bilbao, en la plaza del Arriaga, han hablado Cayetana Álvarez de Toledo, Arcadi Espada, Rosa Díez y Fernando Savater. Han dicho cosas interesantes, pero lo realmente interesante es que dos o tres centenares de personas han podido escuchar, en la calle y en Bilbao, a Álvarez de Toledo, Espada, Díez y Savater. Y que han podido hacerlo sin grandes inconvenientes, más allá del cordón con el que la policía autonómica ha rodeado la plaza para evitar problemas.

He acudido al acto con mi padre, alguien que tampoco se encuentra demasiado cómodo en los actos colectivos. Hemos rodeado el Arriaga, y mi padre se temía que no iba a ser fácil entrar. Cuando hemos vuelto a llegar a uno de los laterales del teatro hemos visto que ya habían retirado el cordón en un par de puntos. Hemos comenzado a entrar en la plaza -el foso, diría Espada más tarde- y un agente de la Ertzaintza nos ha preguntado a dónde íbamos. “Al acto”. Ya en la plaza, antes de que llegasen los cuatro del Arriaga, he podido saludar a Iñaki Arteta, a quien tanto debemos. También he visto a Santiago González, a Carlos Urquijo y más tarde a Carlos García, a Bea Fanjul y a la que fuera la única concejal constitucionalista en Galdácano hasta hace poco, Mari Carmen Sánchez.

Los cuatro de Libres e Iguales han llegado a la plaza del Arriaga, donde han sido recibidos con aplausos. Ha comenzado a hablar Cayetana Álvarez de Toledo. Ha sido un discurso de casi media hora, tranquilo y firme, sin aspavientos y sin concesiones. Ha hablado sobre Cataluña y el País Vasco, sobre el hecho de que es tan necesario plantar cara al nacionalismo en Cataluña como aquí en el País Vasco. “Soy portavoz del Partido Popular, pero hoy no hablo en nombre de los populares, quiero hablar en nombre de los progresistas”. Frente a los reaccionarios, es decir, los nacionalistas. También ha citado unas palabras recientes de Gabriel Albiac: “Tenemos que refundar el suelo ético de la nación”. No hay ningún lugar de España en el que esas palabras sean más necesarias que aquí, en el País Vasco: a la misma hora, en la misma ciudad, miles de personas asistían a la manifestación convocada por EH Bildu en contra de la Constitución.

De la misma manera que el acto de Libres e Iguales ha sido algo más que un acto por la Constitución, el acto de EH Bildu, cualquier acto de EH Bildu, es mucho más que un acto político. Es un acto moral. Y no hay que equivocarse: no hace falta añadir el cómodo “in”. Es un acto moral en el sentido de que es la norma, la costumbre. Las miles de personas que acompañan a EH Bildu son la normalidad, lo tolerable, lo festivo. Las doscientas o trescientas personas que han acudido a escuchar a Álvarez de Toledo, Espada, Díez o Savater eran la anomalía. Por eso las palabras de Albiac que citaba Álvarez de Toledo son esenciales: la tarea no es sumar más votos o más asistentes; la tarea consiste en refundar el suelo ético de la nación.

Después ha hablado Arcadi Espada. Ha comenzado muy pinkeriano. Ha recordado que el odio que sale de una parte de la sociedad no es muy distinto al odio que había en los años 30. Lo que es distinto, afortunadamente, son otras cosas: el valor de la vida, de la propia vida, ha aumentado. También ha recordado que el odio no es equidistante. El odio, también afortunadamente, no es simétrico. Es unidireccional. Es un odio desde una parte de la izquierda hacia una parte de la derecha, de la izquierda o del centro. Hacia la parte de la sociedad que no comparte la asimilación nacionalista. Y ha recordado también algo muy importante: el odio ha de seguir siendo unidireccional. Sería un error -intelectual, moral- que quienes son señalados por esa izquierda se sumaran al nuevo odio de la derecha. Estaba hablando, claro, de Vox. Porque el discurso de los cuatro que han hablado es un discurso contra los nacionalismos, los populismos, las manipulaciones, las mentiras y el énfasis. Y porque saben que el nacionalismo, el populismo, la manipulación, la mentira y el énfasis no son propiedad exclusiva de la izquierda. Como ha recordado Espada después, una plataforma no trata a sus oyentes como clientes. No trata de decirles lo que quieren escuchar. Los trata como adultos. Una plataforma no es un partido político, y no comparte sus servidumbres. Una plataforma, esta plataforma, no tiene que contemporizar, no tiene que sumarse al apaciguamiento. 

A continuación ha hablado Rosa Díez. Me he acordado de Iglesias y Errejón, del partido que probablemente acabará formando Gobierno con el PSOE. Me he acordado de cuando Errejón e Iglesias organizaron un acto en la universidad para impedir una conferencia de Díez. Hoy no estaban en Bilbao, y había varios furgones de la Ertzaintza para permitir que Díez hablase. Y así lo ha hecho.
Por último ha hablado Fernando Savater. Esto, en sí mismo, es lo interesante. Savater, con su sentido del humor, hablando a doscientas o trescientas personas en la plaza del Arriaga mientras a pocos metros miles de personas participaban en la manifestación de EH Bildu.
Savater, a quien tantos, no hace tanto y desde tantos lugares distintos, llamaban “fascista”, ha cerrado el acto con la lectura del comunicado de Libres e Iguales.
He podido saludar a un par de amigos y me ha saludado un antiguo alumno a quien di clase hace unos años, y a quien desgraciadamente he tardado en recordar. Nunca hablé con él de política, algo que creo que debería ser lo normal, y ha sido una grata sorpresa verlo allí.

Por momentos he tenido la sensación de que el acto se parecía un poco a una misa, aunque creo que esto no se va a entender. En parte porque no consigo poner esa sensación en palabras, y en parte, probablemente, porque creo que hablo de lo que supone una misa sin saber qué significa realmente una misa. Detrás de mí había un grupo de unas tres o cuatro señoras, no sé si habían asistido juntas. De vez en cuando, después de algunas palabras acertadas de Álvarez de Toledo, Espada, Díez o Savater, murmuraban con aprobación. “Así es, así ha sido siempre”. “Aquí estamos”. “Efectivamente”. No estaban diciendo nada que no supieran, no estaban asintiendo de manera mecánica; simplemente estaban escuchando, puede que por primera vez en público, unas pocas verdades que ya conocían.
Ha habido algunos aplausos, algunos vivas sin demasiado énfasis, pero en general no ha habido ninguna estridencia. Los cuatro discursos, especialmente el de Espada, han sido una especie de homilía sin pretensión de trascendencia para doscientas o trescientas personas que no se conocen entre sí pero que comparten una serie de principios básicos. Doscientas o trescientas personas que están acostumbradas a pensar solas, con la ventaja que ello supone: no se puede pensar colectivamente. Doscientas o trescientas personas que probablemente se habían acostumbrado a que la única relación con la política fuera la del voto o la abstención. Hoy se ha empezado a romper esa inercia. Y esa inercia no se podía romper sólo desde la razón individual y aislada. A veces, cuando lo normal son las miles de personas que acompañan a una organización como EH Bildu, es necesario organizar actos como el de hoy. No para sumar más votos, más escaños o más afiliados, ni para canalizar el odio o la esperanza, sino para refundar el suelo ético de la nación.
Es decir, para reafirmar el suelo ético de cada uno de nosotros.

Campanas en Alsasua

Ayer el alcalde de Alsasua y los medios de comunicación que no crispan insistían en el carácter acogedor y hospitalario del pueblo. Hoy, lo primero que han oído las personas que asistían al acto de España Ciudadana ha sido “Españoles hijos de puta”, coreado con insistencia por algunos de los vecinos del pueblo. Ése ha sido el comité de bienvenida.
Antes de eso, durante la noche, otros vecinos del acogedor y hospitalario pueblo habían dejado una montaña de estiércol en la plaza en la que se iba a celebrar el acto.
Hubo otros cánticos. Los de siempre. El “zuek, faxistak, zarete terroristak” (vosotros, fascistas, sois los terroristas) y el “que se vayan de una puta vez”.

Cuando comenzó el acto, las campanas de la iglesia, a escasos metros de la plaza, comenzaron a sonar. En ese momento había empezado a hablar Beatriz Sánchez.
Beatriz Sánchez cumplía cinco años el día que ETA cometió un atentado en la casa cuartel de Zaragoza, en 1987. Mediante el coche bomba la banda terrorista asesinó ese día a once personas. Beatriz Sánchez y su familia sobrevivieron, por fortuna. Hoy acudió a Alsasua para contar cómo vivió ese día y los que siguieron, pero no pudo hacerlo en condiciones. Las campanas de la iglesia hacían imposible escuchar lo que decía. Al final del discurso, Beatriz Sánchez pidió un minuto de silencio por las víctimas de ese atentado, cuyos nombres comenzó a leer. Fue imposible escuchar la mayoría de ellos. Finalmente, quien o quienes tocaban las campanas desde el interior de la iglesia pararon. Habían cumplido su parte como vecinos del pueblo. Habían mostrado el rechazo y el enfado que recogía parte de la prensa. Habían impedido que una víctima de ETA, una hija de un guardia civil, pudiera dar un discurso en la plaza del pueblo en el que dos años antes fueron agredidos dos guardias civiles y sus parejas por un grupo de chavales de Alsasua, por otros vecinos del pueblo. Los vecinos de Alsasua piden desde entonces que se deje en paz al pueblo, Utzi Altsasu bakean. Pero lo único que se ha hecho con Alsasua es contar lo que pasó esa noche de 2016. La agresión la cometieron vecinos del pueblo, y vecinos del pueblo los arroparon. La agresión se cometió en un contexto de odio a la Guardia Civil, el mismo contexto en el que ETA colocó el coche bomba en Zaragoza que estuvo cerca de acabar con la vida de Beatriz Sánchez y de su familia. Mientras los vecinos y algunos medios insisten en el carácter hospitalario del pueblo y en la demonización mediática, los hechos son las campañas de odio, la agresión, el “españoles hijos de puta”, las campanas para silenciar los discursos y el “dejadnos en paz”.

En ese “dejadnos en paz” se encierra todo lo que va a pasar en los pueblos en los que lo primero fue siempre defender a quienes consideraron que el terrorismo era una forma de lucha política legítima. Ese “dejadnos en paz” es un mecanismo de defensa, porque no debe de ser cómodo escuchar lo que provocó la lucha de aquéllos a los que defienden.

Después de Beatriz Sánchez habló Savater. El de Savater fue un discurso contra el terruño particular de cada uno. El terruño es en el mejor de los casos materia, y en el peor de los casos metafísica. Y cada uno tiene los suyos. Las leyes son otra cosa. Las leyes son frías y comunes, y no incitan a la adhesión colectiva, al afecto o al énfasis. Su discurso fue contra las tribus particulares, contra las identidades colectivas y en defensa de la ciudadanía. La fría y objetiva ciudadanía, en la que lo que importa no son las muestras de los símbolos comunes y los cánticos sino la responsabilidad diaria y cotidiana del ciudadano, que se sabe sometido, junto con el resto de los conciudadanos, a unas leyes. Y que sabe que goza de ciertos derechos y libertades precisamente porque él y el resto de los ciudadanos están sometidos a esas leyes. Esa responsabilidad del ciudadano es individual. Es poca cosa, en cierto sentido. No hay lugar para la épica ni para la catarsis. A pesar de eso, o precisamente por eso, es lo único que hace falta para que la sociedad pueda ser una especie de república virtuosa. Es el ciudadano el que pone el listón moral de una sociedad, con las cosas que hace y con las cosas que se niega a hacer. Decir eso hoy, en Alsasua, tiene un significado mayor del que probablemente se le ha dado.

Cuando Savater terminó de hablar, su discurso fue celebrado con el “yo soy español, español”.
No quiero ser injusto. Minutos antes los vecinos del pueblo habían recibido a los asistentes con “españoles hijos de puta”. Pero fue un momento extraño.
Creo que Savater tiene razón. Pero la razón es fría, sin épica ni énfasis. No concita adhesiones colectivas ni muestras de afecto. Es como debe ser. Y al mismo tiempo, está condenada al fracaso. Estamos condenados al fracaso -a ese fracaso- porque la naturaleza humana no tiende a la razón. Tiende precisamente a la tribu, a la identidad colectiva. No son necesariamente malas, ni son el motivo por el que los vecinos de Alsasua gritaban “hijos de puta”, pero desde luego no tienen un fácil encaje en la idea de ciudadanía defendida por Savater. Se puede optar por una cosa o por la otra. Se puede optar por defender una cierta idea de identidad nacional abierta, integradora y no supremacista, con sus muestras de afecto patriótico, sus símbolos y sus relatos metafísicos. Y se puede optar por defender una ciudadanía cuyos pilares sean las leyes, unos mínimos morales compartidos y la responsabilidad particular de cada ciudadano en la defensa cotidiana, sin énfasis y sin aspavientos, de esos pilares. Decía que me gusta esta idea de la ciudadanía, es la que defiendo. Pero me temo que no tiene ni tendrá demasiado éxito, porque supone algo parecido a la antipolítica.

Los vecinos de Alsasua gritaban “españoles hijos de puta” porque ven fascismo en todo aquello que no sea su tribu. Su tribu es la de los aplausos para Portu y Sarasola, la de los recibimientos a etarras y la de la espiral de silencio en los pueblos del País Vasco y Navarra. Y es, en este caso concreto, la del afecto hacia los que agredieron a los guardias civiles y sus parejas. Por eso quienes insisten en recordar que aquello fue una agresión motivada por el odio y quienes defienden a los agredidos son necesariamente fascistas e hijos de puta, en su particular visión del mundo.
Junto a esto, vuelve el mensaje de que al fascismo no se le discute sino que se le destruye. Y ya tenemos el contexto.
No cabe hacerse ilusiones; tampoco el antifascismo se cura leyendo.

El cierre lo pone el PSOE.
Ander Gil, el portavoz en el Senado, se refiere al acto de Alsasua con dos tuits. En uno habla de las tres derechas que van a Alsasua a avivar el conflicto y no a fomentar la convivencia, y de una derecha “aznarizada” que viene con dos dobermann de la mano. En el otro dice esto:

Y fueron a agitar el odio a Alsasua los que nunca tuvieron q mirar por la mañana bajo su coche, los q nunca despidieron a un compañero en un funeral. Nada se construye desde el odio. No teneis proyecto de convivencia para unir a los españoles. Solo vivis de los conflictos

Esto es lo que elige el portavoz del PSOE en el Senado para referirse al acto de hoy en Alsasua, en el que han hablado Beatriz Sánchez, Fernando Savater y Albert Rivera, y en el que ellos y los asistentes han sido recibidos con estiércol, con gritos de “hijos de puta” y con campanas y silbidos durante los discursos.

Es el ciudadano, con las cosas que hace y con las que se niega a hacer.

savciud