Liberalismo y virtud

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Hace ya unos años tuve un profesor de Metafísica peculiar. De los que no se olvidan fácilmente, para desgracia de los alumnos que no nos contábamos entre sus abnegados discípulos. Era de los que decían que había que despreciar a Apolo y reivindicar a Dionisos. La belleza, la claridad y el bien eran cosas burguesas, modernas, y en la época posmoderna lo que tocaba era apreciar la enfermedad, la muerte, la confusión y la fealdad. Y lo sórdido, lo oscuro, lo malo… Un día comentó que acababa de ver Alien, y claro, no cabía en sí de gozo. Alguien le recomendó Blade Runner, y cuando nos animó a comentarla en clase, se armó el belén. En su profundo análisis se le pasó mencionar la escena del ascensor, en la que Batty va al encuentro de su Dios/Padre para tener con él una charla no demasiado amistosa, y un alumno se la recordó. “¡Ah, no, no, por ahí no paso! ¡En mis clases no voy a aceptar que reivindiquéis el matar al padre!” Y siguió con una retahíla de frases entrecortadas y aspavientos, como si la mera mención del deicidio le hubiera convertido en un Haddock posmoderno. El chaval que osó mencionar la escena, por cierto, no levantó cabeza. Suspendió la asignatura una y otra vez, y al final tuvo que terminar la carrera en otra universidad.

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La última patria afectiva

 

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Jamás he dicho con orgullo ‘Soy español’. Ni siquiera tras el Mundial de Sudáfrica. Tampoco lo he dicho nunca con vergüenza. Sencillamente, no he sentido ninguna vinculación afectiva hacia esa condición. Lo soy, nunca lo he negado, y nunca he tenido motivos para hacerlo. A pesar de que también soy vasco. O tal vez precisamente por ello. Sólo cuando han intentado convencerme de la supuesta contradicción entre ambas condiciones he sentido algo parecido al orgullo por lo primero. Una especie de postura desafiante, no en defensa de la españolidad, sino contra la estupidez. También soy vasco, decía. Nacido en Bilbao. Y, del mismo modo, nunca me ha parecido que fuera motivo de orgullo. En cuanto a la vinculación afectiva, digamos que ni está ni se la espera. Hay muchas cosas que me hacen sentirme ajeno a las mitologías propias de esta tierra. La lengua, para empezar. Pero mejor lo dejamos ahí. Sencillamente, soy español, y soy vasco. De una manera aséptica, administrativa.

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Política, anhelo de identidad

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Todo discurso político es en el fondo una expresión del anhelo de identidad. Y sólo eso. La falsedad que se genera en ese obstinado chapoteo en el lodo, al que llamamos discurso político, es por tanto doble. La primera falsedad -también doble- consiste en creer que ese discurso político es autónomo y liberador, cuando en realidad pocas cosas hay más determinadas y más generadoras de servidumbres que la política. No hay búsqueda racional de soluciones o verdades en el discurso político. Se trata simplemente del mecanismo de generación de identidad más eficaz de cuantos existen. Lo que empieza siendo, al menos en ocasiones, una investigación sobre ésta o aquélla cuestión, termina convirtiéndose casi siempre en una mera expresión de la nueva identidad: soy esto, o soy aquello. O bien, soy anti-esto, o soy anti-aquello. Y ese ser algo pasa a convertirse en lo único que importa, a mantener ese ser algo reducimos todo nuestra facultad cognoscitiva. Todas las justificaciones, argumentaciones y conclusiones derivadas son sólo mecanismos de perpetuación de ese “yo” frágil. Todas ellas no son más que la defensa obstinada, a vida o muerte, de esa identidad recién adquirida. Se discute contra o a favor de otros. Y a eso que no es sino subsunción en los otros llamamos, curiosamente, identidad.

En eso consiste precisamente la segunda falsedad, en creer que la identidad inconscientemente buscada, forjada en la expresión política, es real. Al decir “soy esto” creemos estar revelando un yo, pero en realidad ese “soy esto” lo que revela es un conjunto de determinaciones y afectos compartidos por muchos otros, en los que extrañamente nos afanamos por encerrarnos. No hay nada propio, por tanto, en ese yo construido en torno a la política. Tan sólo identidad falsa. (Identidad falsa: pleonasmo)

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, decía, de nuevo, SpinozaEn nada piensa menos que en la política.