La moralización de la política

Esta mañana he leído el último relato que ha hecho ETA sobre ETA en Gara. El problema de haber cedido la historia de ETA no a los hechos sino a los relatos es que esto es un relato más, en competencia con otros. Esa cesión es obra del Gobierno vasco, mediante Gogora, el Instituto de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos, y de Jonan Fernández.

En 2016, el Gobierno vasco presentaba en el Instituto las conclusiones de los grupos de trabajo formados en torno a la iniciativa Memoria Plaza, cuyo fin era “construir una memoria compartida y plural”.
Cito el último párrafo de la página en la que se resumieron las conclusiones:

Construcción de una memoria plural

Según los testimonios y las conclusiones extraídas de los grupos de trabajo, ha quedado patente que la memoria es poliédrica. En este sentido, es cometido de Gogora y de las instituciones en general, dar cauce a la participación plural en la configuración de la memoria de todas y todos. A juicio de la directora de Gogora, Aintzane Ezenarro, es necesario realizar una mirada mirada retrospectiva crítica para construir una convivencia más democrática basada en la empatía y el diálogo.

A partir de ahora, el objetivo será visibilizar y ampliar la iniciativa Memoria Plaza. La idea es divulgar estas memorias plurales y crear espacios para que quien quiera pueda dar su testimonio.

Jonan Fernández es el Secretario General de Derechos Humanos, Convivencia y Cooperación del Gobierno vasco. En noviembre de 2015 los medios recogieron unas declaraciones del responsable del Gobierno vasco en una jornada del Instituto Gogora. Entre ellas destacaban la siguiente: “no es posible un acuerdo completo de interpretación del pasado”. Fernández declaró que el Instituto Gogora debía gestionar “la memoria de acontecimientos traumáticos diferentes, con lecturas divergentes”. También defendió que la política pública sobre la memoria debía consistir en “promover un diálogo libre entre memorias cuya base sea el respeto al pluralismo”.

Ahora, si hay tiempo y ganas y si aún no se ha hecho, recomiendo leer el relato que ETA hace sobre ETA en las páginas de Gara.

Entre todo el relato, más allá de la mutilación de los hechos mediante el lenguaje, en la que colabora Gara, aparece este no-hecho: “ETA reconoce que nada de eso debió producirse jamás”. Este no-hecho quedará como hecho oficial, es decir, como una de esas lecturas divergentes con las que habrá que dialogar. Y es mentira. Basta con leer el documento de ETA que publica Gara.
Si fuera cierto, no sería compatible con esto.

Si fuera cierto debería haber llevado, al menos, a una concesiva al final de cada hazaña relatada: “aunque nada de esto debió producirse”.

Más cerca de la verdad está lo que colocan al final del segundo párrafo. La decisión fue, en la medida en que fuera una decisión real y no la consecuencia inevitable de su derrota, una cuestión estratégica. Esto no es compatible con la nota moral del “no debió producirse”.

Hay otro momento importante en el relato dentro del mar de relatos que defiende el Gobierno vasco. Es el que se refiere a Lemóniz como “la batalla que ganó el pueblo”. Hay que leer detenidamente lo que viene después del paréntesis.

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Lemóniz es el ejemplo perfecto de los efectos que ETA produjo en la sociedad. Estos efectos fueron principalmente, y en cierta medida siguen siendo, el miedo y la complicidad. Y estos efectos han configurado la política vasca desde que ETA comenzó a actuar.
Pero estos efectos no se explican en el relato de ETA en Gara. Y como en lugar de historia tendremos relatos, muchas personas creerán que Lemóniz fue una lucha ejemplar y una victoria del pueblo, en lugar de lo que en realidad fue.
Lemóniz fue, entre otras cosas, lo que cuenta aquí Leyre Iglesias. Fueron asesinatos, secuestros, amenazas, pero no únicamente eso. Porque todo eso tuvo unos efectos, que eran el objetivo real de ETA. El objetivo del terrorismo es siempre lo que el terrorismo genera en la sociedad, no los asesinatos. Éstos son los medios.
Los primeros asesinados fueron Andrés Guerra Pereda y Alberto Negro Viguera, dos trabajadores en la central. La información la dio Torre Altonaga, otro trabajador en la central.

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Después fue el turno de Ángel Baños Espada.

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Después, el secuestro y asesinato de José María Ryan Estrada.

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Y después, el asesinato de Ángel Pascual Múgica, el sustituto de José María Ryan. El hijo de Ángel Pascual Múgica resultó herido, y esto es algo en lo que no se suele reparar, porque no es el hecho principal. Pero el hecho es que todos los asesinatos dejaron familiares heridos.

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En el párrafo anterior se ve cómo son los efectos del terrorismo los que conducen a la “victoria popular”, que no es otra cosa que la derrota de la sociedad.
ETA asesinó a cinco personas en Lemóniz, pero los efectos fueron más allá. Las vidas que destrozó fueron muchas más.

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Éste era el método. No sólo el asesinato, no sólo la extorsión. También la presión psicológica constante, hasta conseguir la degradación de la víctima.

 

Un herido más:

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El último herido aparece en la entrada de Wikipedia sobre Lemóniz. En el nombre y en el orden de los episodios se manifiesta también la derrota de la sociedad (y) del conocimiento.

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El mero hecho de decir todo esto imagino que aviva el odio y genera crispación. Porque los hechos son rígidos, mientras que las memorias y los relatos son agradables y respetan a todas las partes. También a quienes asesinaron en Lemóniz, y a quienes ayudaron en la “victoria popular”. Y también, claro, a quienes compran el Gara, leen el parte de ETA y siguen con su vida, reafirmados en que aquello “no debió producirse jamás”, pero al mismo tiempo fue justo y necesario.

Para terminar: la política es, antes que nada, una cuestión moral. La política, y la ciudadanía, es antes que nada las barreras morales que hay que levantar. La política puede ser gestión técnica y desapasionada en algunas sociedades; no en la nuestra.
No creo que haya más importante en política que levantar y defender las barreras morales que nos sitúan frente a los que asesinaron en Lemóniz, frente a los que colaboraron, frente a los que lo defienden y frente a los que compran ese relato. Todo lo demás es importante o muy importante. Pero esto es esencial, y deberían entenderlo todos los partidos y, especialmente, todos nosotros. En este nosotros deberíamos estar todos los que no pertenecemos a ese “nosotros” que significa Gara.

El Gobierno, la tortura y la prensa

Afirma hoy El Mundo en un titular que El Gobierno da al PNV la comisión sobre abusos policiales en el País Vasco. Esa comisión nace de la ley de abusos policiales que el Parlamento vasco aprobó en julio de 2016. El objetivo de la comisión es analizar las peticiones de aquellas personas que denuncien haber sido víctimas de abusos policiales en el País Vasco entre 1978 y 1999. Los expertos de la comisión valorarán las denuncias y podrán otorgar la condición de víctima a cualquier denunciante cuyo relato sea considerado veraz, y por lo tanto podrá después acceder a las reparaciones oportunas.
Para que esta comisión otorgue a alguien la condición de víctima de abusos policiales no serán necesarios ni informes policiales ni sentencias condenatorias.

Después de leer la noticia me he acordado del tratamiento que recibió el informe del Gobierno vasco publicado en diciembre de 2017 sobre tortura y malos tratos en el País Vasco entre 1960 y 2014.
Dejo aquí cuatro ejemplos: EITB, Deia, la SER y El Español.

 

Esos cuatro medios afirmaban que el Gobierno vasco constataba/censaba/documentaba/acreditaba más de 4.000 casos de tortura en el País Vasco entre 1960 y 2014.
Lo afirmaban en el titular. En las profundidades de la noticia tenían que constatar/censar/documentar/acreditar, ahora sí, sus mentiras. Porque en las profundidades de la noticia esos más de 4.000 casos de tortura pasaban a ser 4.000 denuncias de tortura. Con todo lo que ello implica.

 

Implica, para empezar, que buena parte de la prensa mintió sobre el informe. Y mintió de la peor manera posible: a plena luz del día, con testigos, porque sabían que no importaba.
Habría 4.113 casos de tortura constatados en el País Vasco porque ellos, con su empeño o su incompetencia, habían decidido que fuera así.

Habría 4.113 casos de tortura a pesar de que las noticias que lo afirmaban lo negasen, y a pesar de que el propio informe no hablaba de 4.113 casos constatados de torturas y malos tratos, sino de 4.113 casos denunciados de torturas y malos tratos.

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En el informe queda claro que hay 20 sentencias condenatorias por torturas durante esos años.

 

El salto de esos 20 casos constatados a los 4.113 se da mediante un análisis de la fiabilidad de las denuncias.

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Se tomaron 202 denuncias y se analizó la credibilidad de los relatos de los denunciantes.

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193 personas hicieron un relato sustancialmente veraz de su experiencia de tortura, según los expertos.
Pero hoy no hablamos de 193 personas, ni de relatos veraces. Hablamos y hablaremos de 4.113 casos constatados/censados/documentados/acreditados de torturas.

Gracias a los prestigiosos expertos y al Gobierno vasco, que son los que aportan los datos, pero gracias sobre todo a los periódicos que presentan esos datos como el Gobierno vasco quiere que se presenten.

El PSE, socio del PNV en el Gobierno vasco, emitió un pequeño suspiro, no llegó a aspaviento, cuando se publicó el informe. Para el PSE, el informe “adopta una metodología meramente expositiva sobre las denuncias recogidas”.
Ahí quedó su exposición. Y ahí siguió y sigue el PSE, con el PNV en el Gobierno vasco. Antes ya había sumado sus votos al partido de Arana para aprobar la ley sobre abusos policiales, que contará también con la expertise de Etxebarria y Jonan Fernández.

La aparición del PSOE para retirar otro recurso que molestaba a los nacionalistas es el final esperado. El anterior Gobierno recurrió la ley del Parlamento vasco ante el Tribunal Constitucional, donde permanecía encallada. Pero el Gobierno de los 84+ parece dispuesto a dejar que el Gobierno vasco ponga en marcha su proyecto de desjudicialización de la justicia.

Y no hace falta hablar de precios a sus socios. No hace falta preguntarse por qué el Gobierno de Sánchez hace lo que hace. Basta con registrar qué es lo que ha hecho hasta ahora, y qué es lo que seguirá haciendo.
Es suficiente, o debería serlo.

 

ETA, una derrota imposible

ETA finalizará en los próximos años su proceso de disolución. El proceso no consistirá en que deje de existir a partir de un determinado momento. Será aún más ambicioso: ETA dejará de haber existido.

En 2014 se publicaron los datos del Sociómetro vasco. Se trató de una encuesta especial sobre el llamado proceso de paz. El 87% pedía que se reconociera y se reparase a todas las víctimas. Como se trataba de un proceso de paz, el análisis partía de la creencia de que en el País Vasco habíamos sufrido una guerra. De ahí que ese “todas las víctimas” incluyera tanto a las víctimas de ETA como a las de los abusos policiales. El 79% se apuntaba al sintagma de la paz “sin vencedores ni vencidos”.  Para Jonan Fernández, secretario de Paz y Convivencia del Gobierno vasco, esos resultados mostraban la sabiduría de la sociedad vasca, situada en la “centralidad ética y democrática”.
En 2017, los ciudadanos del País Vasco que pedían justicia para todas las víctimas “con independencia de la violencia que hayan sufrido” suponen el 84%.
Y el 80% se apunta a la paz sin vencedores ni vencidos.

El proceso homeopático ya se podía intuir en 2006. Ese año, el Parlamento vasco aprobó una resolución para que se diera “una paz sin vencedores ni vencidos”. En el pleno, el portavoz del PNV, Joseba Egibar, se refirió a ETA como “una organización política que hace uso de técnicas modernas de lucha de minorías contra mayorías”, “técnicas terroristas”, que había cometido varios disparates desde su creación. Los ejemplos del relato no son escasos.

Pero no son éstos -ciudadanos, políticos, medios o agentes sociales- los que harán imposible la verdadera derrota de ETA, que debería consistir en su permanencia como hecho histórico. La disolución se producirá, sencillamente, porque somos vagos. Porque, a pesar de que se incluya en los planes de estudio, los adolescentes ven el fenómeno tan lejano como el Holocausto.
Los jóvenes desconocen y seguirán desconociendo qué fue ETA, aunque ETA y sus efectos sigan ahí. Da lo mismo que sean jóvenes del País Vasco, de Extremadura o de Asturias. Da lo mismo que se enseñe en clase, que entre en el examen o que desaparezca de las programaciones.
Siempre habrá alumnos que escapen de la adolescencia, claro. Pero son muy pocos, y seguramente terminarían por conocer qué fue ETA tanto si lo vieran en clase como si no.

Si no se enseña en las escuelas, desaparece. Y si se enseña, queda frecuentemente reducido a un trabajo, o a un par de clases que hay que aguantar. Hasta que suene el timbre y termine la chapa.

Tal vez deba ser así. O tal vez lo esté haciendo mal. Tal vez haya que combatir el desinterés mediante la gamificación. Construir un zulo en Minecraft, componer un rap sobre Hipercor. Quién sabe.

No serán los ciudadanos, políticos, medios o agentes sociales quienes hagan imposible la derrota de ETA. Será la inercia.

Estreno

 

Esta semana me estrené en El Subjetivo, la sección de opinión de The Objective, con un texto breve sobre el terrorismo y nuestros relatos. A continuación dejo el primer párrafo, el texto completo se puede leer aquí.

Polifemo recuerda a quien causó su desgracia, que no consistió tanto en la ceguera como en el engaño. ‘Nadie me ha herido’, grita a sus hermanos. El pobre cíclope se ha vuelto loco, los dioses lo habrán castigado.
Pero Polifemo sabe que Nadie es alguien: es Odiseo. Éste revela su nombre en cuanto abandona la isla, y a punto está de lamentarlo. El cíclope arroja una roca contra la nave, y el fecundo en ardides escapa por poco. Deja atrás la isla, pero no a Poseidón, padre de Polifemo. El dios se encargará de que el héroe pague su ofensa.

Nadie son los asesinos, los etarras, los terroristas. También los ciudadanos que toman todas las mañanas su dosis de loto. Al mismo tiempo se pretende “reconocer a las víctimas”, “recordar el horror” o “mostrar solidaridad con quienes han sufrido”. Pero ¿qué reconocimiento, qué recuerdo o qué solidaridad puede haber si partimos de un pasado modificado?

Se borran los asesinos, pero también se borran las víctimas cuando se las trata como un ente colectivo. Se dota de existencia al colectivo para que no existan sus nombres. No existen Eduardo Navarro Cañada, Fabio Moreno, Víctor Legorburu, Avelino Palma, Ángel Prado, José Luis Vázquez, Jesús Ildefonso García Vadillo, Iñaki Mendiluze, José Luis González o Manuel Albizu. No existen porque se ha decidido -doblemente- que no existan. Se ha decidido que no es conveniente recordar que fueron asesinados. No hay placas que señalen, en el lugar del asesinato o en el centro del pueblo, quiénes fueron y quién los asesinó. En el caso de Albizu, un taxista de Zumaia, todo lo que había en el lugar donde fue asesinado era un contenedor de basura.

No hay víctimas, más allá del concepto colectivo que diluye los nombres de cada una de ellas. Y así, no hay asesinos. Hay héroes, arrepentidos, hombres de paz, editores de revistas, tesoreros, concejales, referentes morales, curas y vecinos. Hombres y mujeres con un pasado gestionado por ciudadanos cobardes, periodistas sin sangre e instituciones miserables.

Esta mañana el periodista Iñaki López ha dicho en Twitter algo sobre la condena a Rita Maestre. Ha dicho algo absurdo, claro.

Y para dar brillo a su mensaje ha citado a la revista Mongolia. Muchas personas citan a la revista Mongolia. Pérez-Reverte, por ejemplo, que es otro referente.

Dicen que la leen, qué divertida.
Que el editor de esa revista fuera condenado a 14 años por el secuestro de Emiliano Revilla es algo que no mancha. El editor es Gonzalo Boye, y bastan unos minutos para conocer el dato. Es un trabajo fácil para cualquier persona, e imagino que mucho más fácil para un periodista como Iñaki López o para un escritor como Pérez-Reverte. Es un trabajo que no hacen. Y si les llega algo, lo esconden. Porque no lo justifican, ni le quitan importancia. Simplemente lo ignoran.

Del mismo modo, los votantes de Unidad Popular, el partido con el que Alberto Garzón se presentó a los generales, ignoran activamente que el tesorero de ese partido -Pablo Gómez Ces- fue condenado a 61 años por el asesinato, junto a otros dos miembros de ETA, del policía Eduardo Navarro Cañada.

Alberto Garzón, el líder mejor valorado‘, titulaba El País en febrero de 2016.

Gonzalo Boye, el editor de la divertidísima revista Mongolia condenado por secuestro, registró el nombre del partido.

Ahí están, a pesar de todo, Iñaki López y Arturo Pérez-Reverte. Y Eduardo Madina.

Inmaculados.