Verdad, mentiras

La verdad no se impone a la mentira por el mero hecho de que sea verdad. Ni en los asuntos públicos ni en los privados. Aunque posiblemente todos los asuntos públicos, en cuanto pasan por una mente concreta, son asuntos privados.

Existe la verdad, que es una, y existen múltiples mentiras. Lo que diferencia a la una de las otras es su relación con los hechos. La primera se ciñe escrupulosamente a ellos, las otras los ignoran, los exageran o los mutilan.

Pero esto segundo no escapa de lo primero. Decir “existe la verdad” es verdad, y decir que no existe, o que existe en múltiples formas, es mentira. Pero la verdad no se impone a la mentira por el mero hecho de que sea verdad.

Así que la batalla por la verdad, que es la principal batalla política en un régimen de libertades como el nuestro, no es ni puede ser una batalla meramente racional. Salvo que queramos que sea una batalla perdida.

La mentira se construye y se mantiene a través de los afectos. Son los afectos, las emociones, los que hacen que la mentira nazca y se reproduzca. Un determinado tipo de afectos. Los que surgen de la necesidad de sentido y de pertenencia.

Pero son también los afectos los que hacen que la verdad nos sea más querida que la mentira. La verdad no es luz, ni fulgor, ni revelación ni caída súbita. No conquista por lo que es, sino por lo que somos. Y lo que somos viene condicionado por nuestros afectos individuales. El control que tengamos sobre estos afectos es determinante. Pero ese mismo control vendrá a su vez determinado por otros afectos previos.

La verdad y -especialmente- la mentira no flotan en el vacío. Se transmiten mediante relatos. Un relato funciona cuando es capaz de transmitir durante mucho tiempo y a un gran número de personas unos hechos concretos, una visión de cómo son y cómo fueron las cosas. Esos relatos, esa visión de las cosas, no se quedan en el ámbito privado, sino que condicionan la esfera pública. Hacen que se hagan cosas, y que las cosas se vean de una manera determinada.

Si la esfera pública ha estado dominada durante muchos años por un relato falso, si las mentiras han gobernado los discursos de una gran parte de la población, habrá que reconocer que ese relato ha funcionado. Y habrá que buscar las razones por las que ese relato ha funcionado.

Y si se quiere acabar con las mentiras y con el relato falso, habrá que recordar que la verdad no se impone a las mentiras por el mero hecho de que sea verdad. Para que la verdad se imponga será necesario tener en cuenta los afectos. Mostrar, no sólo demostrar. Pathos, no sólo Logos.

Ésta ha de ser la principal batalla política en un régimen de libertades como el nuestro. Y presenta una complicación: los mismos afectos que hacen que la verdad sea querida suelen rechazar los mecanismos que harían que la verdad se extendiera. El recurso a los afectos, a las emociones.

Koyré, Koiné

(…) uno de los indicadores más sensibles de la calidad democrática de una sociedad es la cantidad y el tipo de mentiras públicas que circulan en ella sin provocar la reacción del cuerpo social.

Fernando Sánchez Pintado, en el prólogo a ‘La función política de la mentira moderna’

El hombre moderno -nos referimos de nuevo al hombre totalitario- durante toda su vida se encuentra inmerso en la mentira, respira mentiras, está sometido a la mentira.
En cuanto a la calidad de la mentira moderna -nos referimos a su calidad intelectual-, ha evolucionado en sentido inverso a su extensión, algo que resulta fácilmente comprensible. La mentira moderna -y esta es la característica que la distingue- se produce en serie y se dirige a la masa. Ahora bien, toda producción de masas, toda producción destinada a la masa y, en especial, la producción intelectual, está obligada a rebajar su nivel, de tal manera que, si no hay nada más refinado que la técnica de la propaganda moderna, tampoco hay nada más burdo que el contenido de sus aserciones que revelan un desprecio total y absoluto por la verdad.

Alexandre Koyré, ‘La función política de la mentira moderna’

Constatem que el règim constitucional del 1978 ha refermat la continuïtat de la imposició politicojurídica del castellà a Catalunya. La legislació de la Generalitat restablerta i la política lingüística consegüent han servit per a superar en certs àmbits i força precàriament la minorització total soferta pel català a mans del franquisme, però no pas per a revertir la norma social d’ús subordinat del català al castellà que condiciona l’ús lingüístic quotidià de la immensa majoria dels parlants i que porta a una indefectible substitució de la llengua del país per la llengua imposada per l’Estat.

(Manifestem) La urgència d’una presa de consciència del problema social que constitueix per a la societat catalana el desballestament lingüístic creat per la dominació espanyola, una consciència que ara manca en la majoria dels ciutadans i en molts dirigents polítics. Cal que tothom entengui que un dels grans problemes d’estat de la nova república, potser el més important, serà el problema lingüístic, perquè afecta la base mateixa de la cohesió social.

En el manifiesto impulsado por el Grupo Koiné.

El castellano en Cataluña es fruto de una violencia antigua.

Jordi Pujol, 1996

El registro.

 

El problema de los políticos que contemplan el totalitarismo como una posibilidad es el registro. Ante ciertos públicos se pueden decir cosas que pasarían factura si fueran conocidas a nivel general. Pero no pueden dejar de decir esas cosas. Así que lo que tienen que hacer es eliminar esos registros.

Hace tiempo escribí sobre un vídeo de Pablo Iglesias. El vídeo recogía un fragmento de una ponencia de Iglesias en unas jornadas organizadas por la Unión de Juventudes Comunistas de España. La ponencia se titulaba Comunicación política en tiempos de crisis. Durante la ponencia, uno de los asistentes le pedía al por entonces profesor de la UAM que dijera qué le parecía más importante, hacer propaganda o educar.

  • ¿Propaganda o educar? Propaganda sin lugar a dudas. Educar cuando controlemos un Ministerio de Educación.

Ésa fue la respuesta de Pablo Iglesias. Hoy he abierto la entrada para volver a ver el vídeo. Pero el vídeo ya no estaba. Afortunadamente Santiago González, autor del blog en el que vi el vídeo por primera vez, transcribió la respuesta hace tiempo.
También he encontrado otros dos enlaces al vídeo. Éste y éste. Lo bueno es que ofrecen la posibilidad de escuchar al propio Iglesias, y eliminan la opción de escudarse en una supuesta manipulación. Lo malo es que no es aconsejable fiarse de la permanencia de esos registros, como ya hemos visto. Eliminarán vídeos porque el principal problema para ellos, decíamos, es el registro. Por eso el registro es un deber. El simple acto de mostrar los hechos. Sirva o no sirva para algo.

 


 

 

En la entrada que escribí me refería también al escrache que organizaron contra Rosa Díez en la Facultad de Políticas de la Complutense. Algo en lo que no reparé cuando lo vi en su momento: cuando da comienzo el acto de repudio espontáneo, justo después de escuchar las instrucciones -“arriba, arriba, arriba”- alguien canta el comienzo de Eusko gudariak

eusko gudariak

Y otra cuestión importante: alguien de la universidad accede a la petición improcedente y les da el micrófono. Un pequeño gesto.

Por último, las explicaciones de Iglesias. “Es radicalmente falso que ninguna persona sentada en esta mesa o ninguna persona de Podemos participara en un escrache.”
No deja de ser gracioso.

La miseria moral de Walter White.

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***¡OJO, SPOILERS!***

Aún no he terminado la última temporada de Breaking Bad, pero ya puedo afirmar que Walter White es el personaje más miserable, mezquino y abyecto que ha habido en la historia de la televisión. Y cuando digo televisión quiero decir mi televisión, así que no, no he cubierto todo el campo de estudio. Pero da igual. Estoy seguro de que lo es.

¿Y qué es lo que convierte a WW en un sujeto tan miserable? Ha matado, directa e indirectamente, y se dedica a una labor, digamos, poco edificante. Pero eso mismo hacían Avon Barksdale y Stringer Bell, y en cambio jamás despertaron ese grado de antipatía. Tal vez el bueno de Stringer, hacia el final, pero ni siquiera. Simplemente tenía una visión diferente del mundo del hampa. Por no salirnos de The Wire, habría que mencionar a Marlo Stanfield. Sí, era muy malo. Tal vez el único integralmente malo de toda la serie. Pero “sólo” era eso, un jugador sin código moral… que no pretendía tener código alguno. A Omar no hace falta ni mencionarlo, claro. No comparto la adoración que recibe mayoritariamente, pero es un buen tipo.

Alguien puede estar pensando en Tony Soprano. Hombre de familia, con hijos y una relación compleja con su mujer, sin escrúpulos. En principio parece tener muchos puntos en común con Walter White… pero no. Tony Soprano es el epítome del cabrón carismático. Ya hablé de él en otro sitio, por si os interesa echarle un vistazo.

¿Quién nos queda? ¿Quién podría igualar el grado de miseria moral de Walter White? Nadie. Al menos en el mundo de las series de TV. Ha habido traidores en la ficción, sí. Fredo, cómo no, el ejemplo más claro. Ha habido manipuladores como Francis Urquhart, de quien Frank Underwood es mera copia. Y Ozymandias, el peor villano de la historia de los comics. El villano que se cree héroe, salvador, padre. Pero ya tenemos a Stalin. Asesinos en serie, torturadores, tiranos… demasiado grandes, demasiado lejanos.

Walter White es diferente. Me he preguntado por qué unas cuántas veces. Qué es lo que me resulta tan desagradable en el que era un tipo directo, resignado y protector en la primera temporada. Un profesor de instituto consciente de su mediocridad, de su inteligencia malgastada, que se resiste a ser una carga para su familia. Y creo que sé lo que es, pero me parece insuficiente. No puede ser simplemente la mentira. Pero no encuentro otra explicación. Walter White miente, a todo el mundo. Y miente únicamente para protegerse. Miente a su mujer, a su hijo, a su cuñado. Peor aún, miente a Jesse. Lo peor no es que deje morir a Jane, sino que le mienta. A Jesse, su “socio”.  Para protegerse a sí mismo, claro. Y hacia el final, cuando le dice que Mike está vivo, sospecho que da un paso más. Ya no se conforma con mentir, sino que posiblemente sabe que Jesse no le cree. No es una mentira, sino una patada a la verdad. Una negación consciente de lo real, por decirlo de algún modo, en la que introduce a Jesse. Y mientras lo hace no se percibe el menor asomo de… ¿de qué? Arrepentimiento, remordimiento, duda… no, no se trata de eso. Es algo más, pero aún no soy capaz de explicarlo.

Walter White mata, sí, pero no es ése su mayor crimen. Tampoco estoy seguro de que sea, simplemente, mentir. Eso sería un exceso kantiano. Sé que tiene algo que ver con Jesse. De todas las traiciones que comete, ésa es la peor.  Jesse viene de ser un yonki, y probablemente acabe volviendo allí. Pero en el camino desarrolla algo que no se puede permitir un asesino: conciencia. Ahora mismo es lo más cercano a Raskolnikov que ha producido la ficción televisiva. La muerte de Drew Sharp ha sido demasiado. Mucho peor que la de Gale, a pesar de que en la del niño asiste como “simple” espectador.

Pero nunca se es mero espectador de un crimen, claro. Se es cómplice. Y, mientras Jesse se atormenta, Walter silba. Es ese silbido lo que mejor resume el personaje de Walter White. La ausencia total de empatía, la incapacidad de entender el descenso a los infiernos al que está arrastrando a Jesse.

But I digress. Debo de ser la única persona a la que le gustó la primera temporada. No entendí las tres restantes, aunque ahora cobran sentido. Sólo espero que termine pronto. Que Jesse le dé un final a la altura. No de la serie, sino de ese mito llamado Justicia. Y si no es Jesse, entonces Hank. No necesité que McNulty atrapase a Avon, y tampoco que Avon venciera a Stringer. Marlo podría haber seguido reinando. Como el asesino de Zodiac. Incluso Liberty Valance era sólo ficción, pese a ser mucho más que eso. Walter White, extrañamente, tiene que caer. Posiblemente vuelva a este post dentro de un tiempo, y tal vez sepa por qué tenía que caer.

OBRAS MENCIONADAS:

¿Hay derecho a mentir?: (La polémica Inmanuel Kant – Benjamin Constant, sobre la existencia de un deber incondicionado de decir la verdad)

Watchmen

Hombres fuera de serie: De Los Soprano a The Wire y de Mad Men a Breaking Bad. Crónica de una revolución creativa

The Wire, Errata Naturae