Sí, era ETA.

 

El 13 de enero aparecía en la prensa la siguiente noticia. “35 miembros de Batasuna aceptan condenas de hasta 2 años de cárcel tras reconocer su subordinación a ETA.
Además de Batasuna, había entre esas 35 personas miembros del Partido Comunista de las Tierras Vascas y de Acción Nacionalista Vasca. Este último era el partido al que pertenecía Marian Beitialarrangoitia cuando fue alcaldesa de Hernani, entre 2007 y 2011. Hoy es diputada en el Congreso.

La aparición de la noticia es un hecho importante. Miembros de Batasuna reconocían abiertamente su subordinación a ETA. Es un hecho importante porque esa relación se ha negado durante años, desde muchos sectores. ETA era una cosa y Batasuna otra, decían. ETA era una cosa y SEGI otra. ETA era una cosa y las Herriko otra. No había relación entre ellas, más allá de cierta sintonía ideológica. Durante años, algunos insistieron en la responsabilidad de la izquierda abertzale respecto a los atentados de ETA. Y no se referían a la negativa a condenar esos atentados. ( Condenas estériles, por otra parte.) Se referían a que había vínculos entre ETA y la izquierda abertzale, más allá de unos objetivos compartidos. ETA contaba con tres ramas. La política-institucional, la de agitación callejera y la terrorista. Cada una de esas tres ramas cumplía una función. Las tres tenían agentes propios. Y las tres formaban parte de una misma estrategia. Esa estrategia dependía de que las tres ramas aparecieran como independientes. No se podía meter en el mismo saco al chaval que quemaba un autobús y al terrorista que asesinaba. Aunque ese chaval, años después, formase parte de un comando de ETA. Eran cosas distintas.

Hace tiempo conté la historia de Mikel Otegi. La cuento de nuevo brevemente.
Mikel Otegi era un vecino de Itsasondo. Un chico normal, según sus vecinos. En 1991 había sido detenido por pegar a un ertzaina. En 1995 asesinó con su escopeta a dos ertzainas, Iñaki Mendiluze José Luis González. Mikel Otegi fue juzgado y absuelto de todos los cargos, incluso el de homicidio. Se le devolvió la escopeta. El jurado declaró que no se podía demostrar la intención de asesinar a los dos agentes. Tampoco pudo demostrarse que el acusado tuviera relación con Jarrai. A pesar de que participase en todos los actos. Miembros de Jarrai lo recibieron con gritos de ánimo cuando terminó el juicio. HB organizó varias manifestaciones en su apoyo.
Mikel Otegi, finalmente, se integró en un comando de ETA.

Hoy parece más evidente que ETA operaba a través de esas tres ramas. Que Txapote, Pernando Barrena y un chaval que quemaba un contenedor no sólo defendían lo mismo, sino que actuaban dentro de la misma organización. Una organización terrorista que asesinó a más de 800 personas. Hoy sabemos que, al final, Batasuna sí era ETA. Pero al parecer da igual. Durante años, aquéllos que denunciaron la complicidad entre ETA y Batasuna fueron objeto de escarnio e insulto. Eran parte de la estrategia de Madrid, de la Brunete mediática. “Todo es ETA”, se decía, en tono jocoso. Y la burla desactivaba los hechos. Cuando se afirmaba “ETA está en las instituciones” aparecían las muecas, los guiños y los codazos. Entre los audaces ignorantes y entre los que lo sabían perfectamente. Pero ETA, efectivamente, estaba en las instituciones.

 

Hoy ETA ha desactivado una de sus tres ramas. O mejor dicho, se la han desactivado. Los que hasta hace poco tiempo justificaban de manera más o menos creativa la lucha armada el terrorismo saben que los objetivos y los métodos han cambiado. La independencia está más cerca en Cataluña, y el socialismo revolucionario cuenta con 69 diputados en el Congreso. Los objetivos hoy son otros. En primer lugar, la amnistía de los presos de ETA. Y en segundo lugar, la construcción del relato. Lo segundo hará que los terroristas de ETA pasen a ser presos políticos, y que los defensores de ETA se conviertan en luchadores por la justicia y contra las vulneraciones de los derechos humanos. La misma noticia sobre los 35 miembros de Batasuna es ya parte de ese relato. Para evitar entrar en prisión han asumido la reparación a las víctimas del terrorismo. Pero eso no significa nada. No significa poner placas que recuerden los lugares en los que ETA asesinó a más de 800 personas. No significa un reconocimiento a quienes hicieron lo posible por acabar con ETA. Es un sintagma vacío. Por eso tendrá éxito.

El tipo del vídeo, por cierto, fue guionista de Sé lo que hicisteis, de El club de la comedia y de una sección de La Tuerka.
Pero sólo es humor.

 

La risa y los 800 muertos

mikelotegi

Mikel Otegi era según sus vecinos de Itsasondo (624) un chico normal. En una ocasión había arremetido contra una sucursal bancaria montado en una excavadora municipal, y en 1991 fue detenido por pegar a un ertzaina. Eso, al parecer, era lo normal en Itsasondo.

El 10 de diciembre de 1995 Mikel Otegi asesinó con una escopeta a Iñaki Mendiluze y José Luis González, a las puertas de su caserío. Minutos antes, en torno a las 10:30, había insultado y abofeteado a otro agente de paisano de la policía autonómica vasca en una cafetería. El agente abandonó el local entre insultos de Mikel Otegi, quien aún tuvo tiempo para dar una patada al coche del ertzaina. Tras el incidente, Otegi abandonó la cafetería y se dirigió a su caserío. José Luis González e Iñaki Mendiluze se encontraban por la zona realizando una patrulla a pie. Al percatarse de la errática conducción de Otegi, subieron a su coche patrulla y se adentraron en la propiedad. El chico normal les recibió con dos disparos de escopeta, se acercó al coche de los ertzainas y envió un mensaje por la emisora policial: “Un casero ha matado a dos cipayos [ertzainas] por la política que lleváis”. Tras una llamada de un hermano de Mikel Otegi, la comisaría de Beasain envió a varios agentes a la escena. Cuando llegaron fueron incapaces de reanimar a los dos policías, que murieron allí mismo.

Me voy a adelantar un año para desvelar el final de esta historia: tras asesinar a dos agentes de la policía autonómica, Mikel Otegi fue absuelto y el tribunal quedó emplazado a devolver la escopeta al acusado. Durante el juicio se demostró que Otegi había disparado con esa escopeta a los dos agentes, y que posteriormente había enviado un mensaje dirigido al resto de policías autonómicos desde el coche patrulla. Pero al parecer, “no había tenido intención de matarlos.” Otegi abandonó la prisión de Martutene y fue recibido por decenas de jóvenes, “Aupa, Mikel!”

El juicio a Mikel Otegi fue el primero en el que un jurado popular se ocupaba de un caso de terrorismo en España. 36 personas fueron designadas por sorteo para conformar el jurado. 27 de ellas presentaron alegaciones para evitar formar parte del tribunal. Algunas de esas personas apoyaron su alegación en los lazos de amistad que les unían a Otegi o a su familia. El acusado negó conocer a varios de ellos. Otros simplemente alegaron cargas familiares que les impedían disponer del tiempo suficiente, negocios que no podían dejar desatendidos, o enfermedad. Era el primer caso de terrorismo en el que se constituía un jurado popular, pero en Guipúzcoa ya hubo anteriormente otro caso con jurado. En esa ocasión sólo cuatro personas ofrecieron algún tipo de excusa. Finalmente la Audiencia de Guipúzcoa desestimó buena parte de las alegaciones y se formó el jurado. El fiscal solicitaba 56 años de prisión por los dos asesinatos. El abogado de las familias, 30 por cada asesinato. Y el defensor de Otegi, ocho meses por homicidio.

Durante el juicio, un vecino del acusado declaró que cuando le preguntó a éste qué había pasado, Otegi declaró: “dos hijos de puta menos”. A pesar de eso, y de reconocer que Otegi mató a los dos policías, el jurado le absolvió de todos los cargos. Ni siquiera le condenaron por homicidio. Del mismo modo, no pudo demostrarse que Otegi tuviera relación con Jarrai, por mucho que el acusado participase en todas las actividades de la organización. Es decir, no pudo demostrarse que Mikel Otegi tuviera relación con ETA o su entorno. Valga el pleonasmo.

¿Por qué ocurrió esto? El fiscal responsabilizó al juez por instruir de manera incompleta al jurado. El presidente de la Audiencia de San Sebastián criticó la torpeza de la acusación por haber dejado al jurado sólo dos opciones, la absolución o la condena por asesinato. Casi todos reconocieron que la institución del jurado, sin tradición en España, podía producir este tipo de sentencias aberrantes. El ex ministro Belloch afirmó que el problema no era tanto el jurado como el País Vasco, y el miedo que reinaba allí. Y Arzalluz, por entonces presidente del PNV y figura paterna del nacionalismo, se refirió a las ideas políticas de la mayoría de las personas que compusieron el jurado como motivo principal para explicar la absolución. Que los vascos tuvieran miedo era seguramente algo impensable para Arzalluz.

El caso es que al final, fuera por miedo, por torpeza o por la ideología del jurado, el asesino de dos policías fue absuelto porque en el momento de los disparos Otegi no era dueño de sus actos. El acusado declaró que había bebido la noche anterior. Mucho. Para apoyar su declaración contó con la ayuda de su sobrina. El jurado se basó en esa declaración para absolverle. Pero ninguna de las personas que vio a Otegi esa mañana pudo confirmar que estuviese ebrio. Desde luego, no estaba tan ebrio como para no conducir hasta su caserío. Después del asesinato, Otegi tuvo que pasar una prueba de alcoholemia. Los resultados indicaron que el chico normal de Itsasondo había bebido después de matar a Iñaki Mendiluze y José Luis González. Tal vez para poder acogerse a un estado de embriaguez en el juicio, tal vez para darse valor y enfrentarse a lo que le esperaba. En cualquier caso, el alcohol que ingirió tras los disparos sirvió para que el 6 de Marzo de 1997 el asesino de dos agentes de la policía autonómica vasca quedase absuelto de todos los cargos.

La historia, de todas maneras, no terminó ahí: Mikel Otegi jamás recuperó la escopeta con la que asesinó a Iñaki Mendiluze y José Luis González; durante el juicio había caducado su permiso de armas. Otegi fue recibido entre los gritos de ánimo de los compañeros presuntos conocidos de Jarrai, con los que no tenía relación. HB organizó varias manifestaciones en su apoyo. Y una vez finalizado el juicio, después de hacer los trámites para conseguir el pasaporte, Mikel Otegi voló. El chico normal se integró en un comando de ETA y finalmente fue detenido en 2003 en Francia. Después de un largo proceso de revisión del caso, la Audiencia Nacional condenó a Otegi a 34 años de prisión por los asesinatos de Iñaki Mendiluze y José Luis González. Fue absuelto, en cambio, del cargo de pertenencia a banda terrorista. Cuando se produjeron los hechos aún no  había dado oficialmente el paso.

Y ahora explico el título, que hace referencia a Koba el temible. La risa y los 20 millones, de Martin Amis. En el libro, Amis se pregunta por qué el nazismo despierta una condena unánime y solemne mientras que el comunismo es tratado con condescendencia e incluso con esa sonrisa cómplice de la que habla en el título, la que rebaja el peso de sus muertos. Aquí en el País Vasco llevamos tiempo observando otro tipo de risa. La que se produce cuando alguien realiza un comentario jocoso sobre ETA. No los chistes de años pasados sobre víctimas del terrorismo como Irene Villa u Ortega Lara, sino el recurso sencillo al “todo es ETA”. El azúcar es ETA, el ébola es ETA, Telecinco es ETA. Y así. Todo viene, imagino, de la época de las investigaciones judiciales sobre el entorno de ETA, sobre los vínculos de la banda terrorista con organizaciones juveniles como Jarrai, Segi, o las Gazte Asanbladak, con las Herriko Tabernas o con determinados partidos políticos. En algún momento, todo eso se convirtió en una gran broma. Con el “Todo es ETA” se consiguió que nada fuera ya ETA. A pesar de las sentencias, o precisamente en respuesta a ellas, Jarrai no era ETA, las Herriko Tabernas no eran ETA, y HB nunca tuvo relación con ETA. Los periódicos que señalaban objetivos tampoco eran ETA. Ni siquiera las organizaciones de apoyo a los presos de ETA tenían que ver con ETA, en una voltereta lógica digna del Circo del Sol. Eran (son) sólo “presos”, o incluso “presos políticos”. Y la gran broma se hizo más grande. Una multitud de imbéciles se puso a hacer eso, el imbécil. Con el objetivo consciente de borrar la existencia de ETA, o simplemente porque llevaban la imbecilidad en los genes, ahí estaban. En las conversaciones con amigos, en las redes sociales, en la televisión. En Bilbao y en San Sebastián, pero también en Madrid, en Murcia o en Sevilla. Canciones, chistes, o simplemente el comentario final a una conversación intrascendente. “… ya sabes, XXX es ETA.” Y la risa. Los españoles estaban obsesionados con ETA, y llegaban a decir que Jarrai, Herri Batasuna y otras organizaciones parecidas formaban parte de ETA. La risa, de nuevo. Porque todo el mundo sabía que Jarrai no era ETA, que Herri Batasuna no tenía nada que ver con ETA, y que ETA tampoco era ETA. Como Mikel Otegi, que no tenía relación con ETA, pero que tras ser absuelto se integró en un comando.

Y en ésas estamos. Después de los años del terror llega la época de la risa idiota. Ni siquiera en esto somos distintos al resto del mundo. Éramos iguales en nuestra cobardía, y somos iguales en en nuestra estupidez. Al fin hay algo que nos une.

Si alguien quiere profundizar en el caso, la hemeroteca de El País es interesante. http://elpais.com/tag/mikel_otegi/a/1