El estornudo moral

Un periodista conocido difunde un bulo. El bulo parte de lo de siempre, imagino: una mezcla de comprensión defectuosa, precipitación y mala fe. El bulo es desmentido. No es éste un caso difícil. La propia imagen que da inicio al bulo explica claramente que lo que se dice que es, no es.
El periodista borra el bulo. Otro periodista que también había compartido el bulo se empeña en defender lo que no existe.
Un espectáculo habitual.

Nosotros, los lectores (es decir: yo, que escribo esto) creemos que jamás nos comportaríamos así. Si alguna vez difundiéramos un bulo y alguien nos señalara el error, la vergüenza nos llevaría a una cueva.
La cuestión es que quien nos llevaría a la cueva sería la vergüenza, y la vergüenza no es la recta razón, ni el deber moral, si es que son distintos. La vergüenza es una afección. La tenemos desde pequeños, en distintos grados, y también se dispara por distintos motivos. Unas personas estornudan debido al barniz, otras por la pimienta, algunas por el polvo, e imagino que habrá quien estornuda por todo. Pero no educamos los estornudos. Y creo que tampoco educamos la vergüenza. Seguramente estoy equivocado, porque hoy me he levantado especulativo y acientífico, pero diría que somos esclavos de nuestras vergüenzas, y también diría (es decir: digo) que es más llevadero pensar que hacemos las cosas que no podemos evitar hacer porque queremos hacerlas. Es más llevadero pensar que la recta razón modula la vergüenza. Que el hecho de conocer cuáles son las causas por las que hacemos lo que hacemos nos hace más libres, y que en cierto sentido hay una parte de autoeducación en el carácter.

Pero hoy, llevado por algo que, sospecho, no es la recta razón, me ha dado por pensar que lo que impediría que nos comportásemos como quienes mencionaba al principio no es más que una lotería.
Y si esto fuera así, ya sabemos dónde quedaría el juicio moral. El que hacemos a los demás y el que nos hacemos a nosotros mismos.

El arrepentimento del hombre nuevo

 

Llevaba unos cuantos minutos perdiendo el tiempo. Al parecer Beatriz Talegón había dado otra de esas perlas tan características, marca registrada, y estaba intentando comprobar si era cierto. Esta vez el medio era un canal relacionado con Venezuela. Qué obsesión, por cierto, habiendo tantas “democracias experimentales” o dictaduras amistosas a las que hacer el juego. Bien, el caso es que Talegón había dicho que en España también se producían muertes sospechosas durante las campañas electorales, como la de días atrás en Venezuela. Que no hay que sobreactuar, vaya, que es lo normal. Por una de esas determinaciones difusas a las que llamamos casualidades, acabé viendo un vídeo extraño. “Beatriz Talegón desenmascara la vinculación Etarra de Alberto Garzón.” El conspiracionismo cambia de bando, algo así. El solícito entrevistador da con la pista definitiva: Unidad Popular es Herri Batasuna en castellano. Cómo te quedas, Padre Brown.

Pero en unos segundos la risa da paso al escalofrío. El tesorero de Unidad Popular en Común (nombre completo, por el momento) asesinó a un policía nacional en 1983. Ya hay una elección moral al describir el hecho de esta manera, por cierto. No es ningún mérito. Es una simple elección. Lo normal cuando buceas entre estas historias es encontrar redacciones de otro tipo, menos directas. Por ejemplo, “Pablo Gómez Ces -el tesorero de Unidad Popular- fue acusado de un atentado cometido en 1983 en San Sebastián en el que murió un policía.” La noticia aparece en El Confidencial, pero la firma es de EFE, una vez más. Con esa redacción, parece que el policía murió mientras se cometía el atentado. Pero la muerte del policía es el atentado, lógicamente. Pablo Gómez Ces, junto a otros dos miembros de ETA, asesinó a Eduardo Navarro Cañada, el policía. También intentó asesinar a Clemente Medina Monreal, el compañero de Navarro Cañada. Como decía, son dos redacciones distintas, fruto de dos decisiones distintas. Y la elección es moral. Una describe el hecho, la otra intenta difuminarlo. Más aún, en la noticia de El Confidencial/EFE se omite un dato importante. Gómez Ces no fue acusado de un atentado cometido en 1983. Fue condenado por el asesinato de Navarro Cañada. Detalles.

Bien, pues Pablo Gómez Ces es el tesorero de Unidad Popular en Común. Una búsqueda en Google indica que este hecho no ha llamado demasiado la atención. Los pocos medios que ofrecen el dato tiran de adversativas, explícitas o implícitas. “Un expreso de ETA”, “reinsertado”, “que rompió con la banda“, “lleva mucho tiempo pidiendo un alto el fuego sin condiciones”, y la guinda que no puede faltar: “arrepentido“. Da igual que sea La Vanguardia, 20 minutos o El Confidencial. Es EFE.

Reconozco que tengo un problema con el concepto de arrepentimiento, especialmente cuando se vincula con terroristas. Tengo un problema porque su uso, su aceptación, exige aceptar dogmas que no son compatibles con la racionalidad. El arrepentido se presenta como otra persona. Ha cumplido condena, se dice. Sospecho que muchos, al leer estas palabras, se imaginan el fuego purificador. Las llamas te consumen y apareces como nuevo. Y con la persona vieja, destruida, se destruye también el crimen. Pero no es así. La persona es la misma. Y ésa es la auténtica condena, claro. La que debería cumplirse siempre. Lo otro son sólo años de encierro. La condena auténtica es vivir con lo que se ha hecho, ser consciente. El intento de dejar atrás el hecho cometido mediante la expresión de un sintagma es el equivalente al agujero en la pared de la celda. Incompatible con el auténtico arrepentimento, si es que puede existir tal cosa. Éste sería simplemente el permanente deseo de ser otro. Mejor dicho, de haber sido otro. Por eso es permanente, porque es imposible. Pero lo permanente se resuelve en cuestión de minutos. Se dicen unas palabras, se intenta hablar con la familia de la víctima, todo con la necesaria presencia de un medio que lo recoja, ego te absolvo, y a vivir. En sociedad. Es en esta última parte donde reside el problema, no en vivir. Un asesino no debe morir. Y un asesino arrepentido no debería buscar necesariamente la muerte. La física. La otra es una exigencia. El suicidio social debería ser una exigencia. No decir nunca “estoy arrepentido” puede ser un indicio de arrepentimiento. Decirlo en público es negar lo que se enuncia.

Pero aquí se está hablando de una cuestión moral. Y nos da la risa. Lo moral no tiene sitio en la política, ni en la prensa. En la política y en la prensa, es decir, en nosotros, lo moral es un estorbo. Algo personal, como mucho. Creencias que no hay que hacer públicas. Qué hay de malo en que el asesino de un policía nacional sea tesorero de un partido político. Al fin y al cabo, la persona que registró ese partido político, Gonzalo Boye, fue condenada a 14 años de prisión por colaborar con ETA en un secuestro. Y también edita la revista Mongolia. Seguimos con la risa. De las condenas forzadas hemos pasado a la convivencia y a la normalidad. El tesorero de un partido asesinó a una persona, y nos falta tiempo para comenzar las rebajas. Creo en la reinserción, ya pagó por su crimen. La prensa ayuda. Y así, los votantes se podrán permitir votar a ese partido sin sentirse despreciables. Y ese partido político se podrá permitir hablar en público de cuestiones como la regeneración política, los valores de la izquierda o los crímenes de la derecha. Y otros partidos políticos se podrán permitir compadrear y pactar con ellos. Porque al fin y al cabo, admitir en el partido a un asesino es simplemente una cuestión moral.
Es decir, nada.

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Por cierto, en el asesinato de Navarro Cañada, por el que el tesorero de Unidad Popular fue condenado, participó también un tal Pedro María Briones Goicoechea. El nombre no dice nada. Pero resulta que Pedro María Briones Goicoechea fue miembro de la Ertzaintza, la policía autonómica vasca. El asesino de un policía nacional era, dos años después, policía autonómico.

Liberalismo y virtud

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Hace ya unos años tuve un profesor de Metafísica peculiar. De los que no se olvidan fácilmente, para desgracia de los alumnos que no nos contábamos entre sus abnegados discípulos. Era de los que decían que había que despreciar a Apolo y reivindicar a Dionisos. La belleza, la claridad y el bien eran cosas burguesas, modernas, y en la época posmoderna lo que tocaba era apreciar la enfermedad, la muerte, la confusión y la fealdad. Y lo sórdido, lo oscuro, lo malo… Un día comentó que acababa de ver Alien, y claro, no cabía en sí de gozo. Alguien le recomendó Blade Runner, y cuando nos animó a comentarla en clase, se armó el belén. En su profundo análisis se le pasó mencionar la escena del ascensor, en la que Batty va al encuentro de su Dios/Padre para tener con él una charla no demasiado amistosa, y un alumno se la recordó. “¡Ah, no, no, por ahí no paso! ¡En mis clases no voy a aceptar que reivindiquéis el matar al padre!” Y siguió con una retahíla de frases entrecortadas y aspavientos, como si la mera mención del deicidio le hubiera convertido en un Haddock posmoderno. El chaval que osó mencionar la escena, por cierto, no levantó cabeza. Suspendió la asignatura una y otra vez, y al final tuvo que terminar la carrera en otra universidad.

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El libre mercado y los valores morales

 

Hace unos cuantos años tenía muy claro que el sistema de libre mercado debía ser defendido, en primer lugar, porque era el único éticamente justificable. Y sólo en segundo lugar, de manera complementaria, por sus consecuencias positivas para la sociedad. Estaba muy claro que, al tomar como base la ausencia de coacción y las interacciones voluntarias entre los individuos, era moralmente superior a sus alternativas. Pensar sólo en las consecuencias me parecía ceder ante el mezquino utilitarismo, una defensa innecesariamente débil de la libertad como principio rector de la organización social.

Hoy ya no puedo defender ese enfoque. Tanto los valores morales como el libre mercado son útiles. Y organizarse en torno a ellos es la mejor manera de manejar los conflictos. Punto. No puedo ir más allá, porque no creo que existan unos valores universales que deban ser respetados más allá de la consideración que hagamos de ellos en función de su utilidad. No matar, no robar, o no obligar a nadie a hacer algo que no quiere, son normas muy útiles, y por eso son fácilmente universalizables. Pero de esa utilidad no se puede extraer ninguna obligación moral. No son válidas en sí mismas. Tampoco el hecho de que todos los seres humanos compartan una cierta predisposición a reaccionar negativamente ante los abusos convierte los abusos en algo moralmente malo.

Luego si no hay acciones moralmente buenas o malas, tampoco el libre mercado es moralmente superior a otros sistemas basados en la coacción. Sí puede presumir, y no es poca cosa, de que permite aumentar la prosperidad en mayor medida que ningún otro sistema, y de que es más favorable a la interacción pacífica entre los individuos. Además, a pesar de que las normas por las que nos regimos no sean nada más que convenciones, podemos decir que existen de hecho, y que las adoptamos porque nos convienen. Por eso, pese a que el libre mercado no sea moralmente superior, sí podemos decir que es el único sistema compatible con esas normas morales que todos, en mayor o menor grado, aceptamos. Si según nuestras normas no está bien tomar coactivamente el dinero de otros, o prohibir a dos personas implicarse en un intercambio voluntario de ideas, bienes o servicios, entonces sólo hay un sistema realmente respetuoso con ese marco normativo. Todos los demás parten de la coacción.

Ahora bien, ya hemos dicho que esto no significa que el libre mercado sea objetivamente, moralmente superior a otros sistemas, puesto que esas normas son válidas en cuanto son útiles. ¿No podría haber casos en los que la coacción fuera útil? ¿No podría ser más útil, en el plano formal, hacer pequeñas excepciones a esas normas generales? Es muy fácil pensar en contraargumentos a ese categórico “robar está mal”. El clásico ejercicio mental del padre que no puede comprar un medicamento para su hijo y lo roba de una farmacia, por ejemplo. Pero hay que reconocer que también es fácil pensar que si no aceptamos que el respeto a la libertad individual deba ser categórico, no podríamos oponernos a que en una región la mayoría de sus habitantes decidieran expropiar a unos pocos para repartirlo entre los demás.

¿Y por qué deberíamos oponernos? Rawls diría que deberíamos hacerlo porque “te puede tocar a ti”… siempre y cuando aceptases el juego mental del velo de la ignorancia. Pero eso no es un argumento válido, entre otras razones, porque ese velo no es más que una imagen que jamás se da en el mundo real. ¿Hay entonces alguna razón real para oponerse a casos tan extremos, más allá de los intereses de cada uno? ¿Hay algo objetivamente repugnante en el hecho de hacer sufrir a otros, más allá de los “gustos morales” de cada uno? ¿Hay, en fin, ética más allá de la estética?

Para responder a esas cuestiones sería útil saber cómo adoptamos los valores morales por los que nos conducimos. Una opción es decir que nosotros elegimos nuestros valores y creencias. Es la opción que defiende el genial profesor de la GMU Bryan Caplan:

I move now to my substantive notion of free will.  I claim that we
choose a large number of things.  To begin with, we choose our beliefs.

La cuestión es que incluso en el caso de que eligiésemos nuestros valores, no podríamos decir por qué unos valores serían superiores a otros. De cualquier manera, este enfoque no parece ser demasiado acertado. Si realmente eligiésemos nuestros valores, podríamos cambiarlos en cualquier momento. Ahora mismo, por ejemplo. Y el caso es que, por más que lo intento, no consigo convencerme de que matar, robar o coaccionar a otra persona esté bien. Creo que son acciones malas e injustificables, y no puedo pensar otra cosa. De hecho, si ya es difícil defender que cuando decido ver True Detective en lugar de Sálvame, o cuando elijo tomar el café sin azúcar, se esté produciendo realmente una decisión en lugar de una reacción a determinados afectos previos, ¿cómo va a ser posible defender que somos nosotros los que mandamos en nuestras creencias? Más bien son las creencias, como los gustos, las que mandan en nosotros. Y más que adquirirlas tras un proceso de deliberación racional, podríamos decir que las adoptamos -o “nos adoptan”- en función de cómo se acomodan en todo el entramado de creencias y gustos previos que nos han ido conformando como personas.

Es decir, segunda opción: no hay ningún proceso de elección racional detrás de nuestros valores. Se podría hablar, en un pequeño y perverso homenaje a Caplan, del Mito del agente moral racional. Nuestros juicios morales son fruto de una serie de predisposiciones genéticas y de lecturas y modelos que han podido reafirmar o debilitar esas predisposiciones. Y tan importante son las predisposiciones, sospecho, como los modelos. Al fin y al cabo, si tengo una exigencia moral elevada no es tanto por las lecturas de Ética como por el ejemplo de mis padres, de Atticus Finch y de algunas películas de John Ford.

Afortunadamente -aunque probablemente no sea cuestión de fortuna, sino de evolución- muchos seres humanos comparten una predisposición a considerar buenas y malas ciertas cuestiones fundamentales. Pero, como ya hemos dicho antes, eso no implica que esos valores estén en un plano trascendental, ni en el mundo de las Ideas ni en la propia Razón. Por lo tanto, volviendo al comienzo, no creo que el libre mercado deba ser defendido por su superioridad moral, aunque a mí me parezca preferible la libertad a la coacción. Sí debe ser defendido por su mayor utilidad. Entre otras razones, porque exige mucho menos de quienes estén convencidos. Convencer a alguien de que para conseguir sus fines es mucho mejor otro medio es bastante más fácil que convencerle de que cambie sus fines.

Tampoco hay que olvidar que habrá ocasiones en las que la defensa de esos valores morales se haga necesaria, más allá de vanos ejercicios intelectuales, para salvaguardar la integridad individual. En esos momentos de nada servirá intentar apelar a la razón. Al fin y al cabo no fue el ilustrado y razonable Ransom Stoddard quien libró a Shinbone  del cruel Liberty Valance, sino Tom Doniphon.

 

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OBRAS MENCIONADAS:

A Theory of Justice

The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies

El Hombre Que Mató A Liberty Valance [DVD]

 

La miseria moral de Walter White.

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***¡OJO, SPOILERS!***

Aún no he terminado la última temporada de Breaking Bad, pero ya puedo afirmar que Walter White es el personaje más miserable, mezquino y abyecto que ha habido en la historia de la televisión. Y cuando digo televisión quiero decir mi televisión, así que no, no he cubierto todo el campo de estudio. Pero da igual. Estoy seguro de que lo es.

¿Y qué es lo que convierte a WW en un sujeto tan miserable? Ha matado, directa e indirectamente, y se dedica a una labor, digamos, poco edificante. Pero eso mismo hacían Avon Barksdale y Stringer Bell, y en cambio jamás despertaron ese grado de antipatía. Tal vez el bueno de Stringer, hacia el final, pero ni siquiera. Simplemente tenía una visión diferente del mundo del hampa. Por no salirnos de The Wire, habría que mencionar a Marlo Stanfield. Sí, era muy malo. Tal vez el único integralmente malo de toda la serie. Pero “sólo” era eso, un jugador sin código moral… que no pretendía tener código alguno. A Omar no hace falta ni mencionarlo, claro. No comparto la adoración que recibe mayoritariamente, pero es un buen tipo.

Alguien puede estar pensando en Tony Soprano. Hombre de familia, con hijos y una relación compleja con su mujer, sin escrúpulos. En principio parece tener muchos puntos en común con Walter White… pero no. Tony Soprano es el epítome del cabrón carismático. Ya hablé de él en otro sitio, por si os interesa echarle un vistazo.

¿Quién nos queda? ¿Quién podría igualar el grado de miseria moral de Walter White? Nadie. Al menos en el mundo de las series de TV. Ha habido traidores en la ficción, sí. Fredo, cómo no, el ejemplo más claro. Ha habido manipuladores como Francis Urquhart, de quien Frank Underwood es mera copia. Y Ozymandias, el peor villano de la historia de los comics. El villano que se cree héroe, salvador, padre. Pero ya tenemos a Stalin. Asesinos en serie, torturadores, tiranos… demasiado grandes, demasiado lejanos.

Walter White es diferente. Me he preguntado por qué unas cuántas veces. Qué es lo que me resulta tan desagradable en el que era un tipo directo, resignado y protector en la primera temporada. Un profesor de instituto consciente de su mediocridad, de su inteligencia malgastada, que se resiste a ser una carga para su familia. Y creo que sé lo que es, pero me parece insuficiente. No puede ser simplemente la mentira. Pero no encuentro otra explicación. Walter White miente, a todo el mundo. Y miente únicamente para protegerse. Miente a su mujer, a su hijo, a su cuñado. Peor aún, miente a Jesse. Lo peor no es que deje morir a Jane, sino que le mienta. A Jesse, su “socio”.  Para protegerse a sí mismo, claro. Y hacia el final, cuando le dice que Mike está vivo, sospecho que da un paso más. Ya no se conforma con mentir, sino que posiblemente sabe que Jesse no le cree. No es una mentira, sino una patada a la verdad. Una negación consciente de lo real, por decirlo de algún modo, en la que introduce a Jesse. Y mientras lo hace no se percibe el menor asomo de… ¿de qué? Arrepentimiento, remordimiento, duda… no, no se trata de eso. Es algo más, pero aún no soy capaz de explicarlo.

Walter White mata, sí, pero no es ése su mayor crimen. Tampoco estoy seguro de que sea, simplemente, mentir. Eso sería un exceso kantiano. Sé que tiene algo que ver con Jesse. De todas las traiciones que comete, ésa es la peor.  Jesse viene de ser un yonki, y probablemente acabe volviendo allí. Pero en el camino desarrolla algo que no se puede permitir un asesino: conciencia. Ahora mismo es lo más cercano a Raskolnikov que ha producido la ficción televisiva. La muerte de Drew Sharp ha sido demasiado. Mucho peor que la de Gale, a pesar de que en la del niño asiste como “simple” espectador.

Pero nunca se es mero espectador de un crimen, claro. Se es cómplice. Y, mientras Jesse se atormenta, Walter silba. Es ese silbido lo que mejor resume el personaje de Walter White. La ausencia total de empatía, la incapacidad de entender el descenso a los infiernos al que está arrastrando a Jesse.

But I digress. Debo de ser la única persona a la que le gustó la primera temporada. No entendí las tres restantes, aunque ahora cobran sentido. Sólo espero que termine pronto. Que Jesse le dé un final a la altura. No de la serie, sino de ese mito llamado Justicia. Y si no es Jesse, entonces Hank. No necesité que McNulty atrapase a Avon, y tampoco que Avon venciera a Stringer. Marlo podría haber seguido reinando. Como el asesino de Zodiac. Incluso Liberty Valance era sólo ficción, pese a ser mucho más que eso. Walter White, extrañamente, tiene que caer. Posiblemente vuelva a este post dentro de un tiempo, y tal vez sepa por qué tenía que caer.

OBRAS MENCIONADAS:

¿Hay derecho a mentir?: (La polémica Inmanuel Kant – Benjamin Constant, sobre la existencia de un deber incondicionado de decir la verdad)

Watchmen

Hombres fuera de serie: De Los Soprano a The Wire y de Mad Men a Breaking Bad. Crónica de una revolución creativa

The Wire, Errata Naturae