Henning Mankell y la traducción al hebreo

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Hace unos días falleció Henning Mankell. Creo que ya sabía que estaba enfermo, pero no estoy seguro. Tal vez por eso la noticia no me afectó demasiado, a pesar de que durante varios años las novelas de Wallander fueron casi una liturgia familiar. Leí las siete primeras, y no sabría decir cuál me gustó más. Tampoco sé por qué tendría que decirlo. Recuerdo el asesinato de unos ancianos, una novia en Riga, el malo ridículo de El Hombre Sonriente, que me hace recordar Justicia, de Dürrenmatt, la chica que se quema a lo bonzo en un campo, el chico que se disfraza de indio, la hija, y una trama en la que la ornitología era importante. Y Malmoe, Ystad, las series de TV, y que al principio, la cara del inspector mientras leía era la de Josh Lyman, porque por aquella época también estábamos viendo El Ala Oeste y yo qué sé qué asociaciones hacía mi cerebro.

Leí la octava, Cortafuegos, y lo dejé.

Tiempo después -no sé cuánto- Philip Kerr sustituyó a Mankell, y Bernie Gunther a Wallander. La serie del escocés me gusta bastante más que la del sueco. Y no sé por qué tenía que decirlo.

En cualquier caso, no suelo hablar de estas cosas. Nunca he sabido escribir reseñas. A lo mejor tiene algo que ver el hecho de que tampoco se me ha dado bien emitir opiniones sobre obras literarias. Me ha gustado o no, me acuerdo más o menos. Y poco más. No sabría qué decir sobre Moby Dick, El guardián entre el centeno, Ellroy, El libro de la selva, Borges o Chesterton. Todos los leí cuando era joven o muy joven, y ahí debe de estar la clave. Si hubiera leído otros libros, estaría citando ésos. Y es posible que yo fuera diferente.

Por esto no me gusta escribir reseñas, o hablar de libros y películas. Porque siempre acabo hablando de mí mismo. Como siempre, por otra parte. Pero aquí es más evidente.

Así que si estoy escribiendo hoy sobre Mankell no es por sus libros, ni para hacer un breve resumen de su obra. La razón es algo que leí el otro día en Twitter –la bolsa de la basura, dice hoy Espada– sobre la relación de Mankell con Israel. Alguien dijo que el autor sueco había prohibido la traducción de sus obras al hebreo. Y me sonó bastante extraño, a pesar de que era bastante conocida su actividad antiisraelí. Por eso, pese a la extrañeza, me resultó verosímil. No es la mejor serie de novelas policiacas que he leído, pero las recordaba con aprecio, así que dediqué parte de esa tarde a ver si era verdad.

Y no, no era verdad. Mankell no prohibió la traducción de sus libros al hebreo. “Sólo” se lo planteó tras participar en una de las flotillas a Gaza. (Texto en castellano y en inglés)

6 p.m.

Quayside somewhere in Israel. I don’t know where. We are taken ashore and forced to run the gantlet of rows of soldiers while military TV films us. It suddenly hits me that this is something I shall never forgive them. At that moment, they are nothing more to my mind than pigs and bastards.

We are split up; no one is allowed to talk to anyone else. Suddenly a man from the Israeli Ministry for Foreign Affairs appears at my side. I realize he is there to make sure I am not treated too harshly. I am, after all, known as a writer in Israel. I’ve been translated into Hebrew. He asks if I need anything.

My freedom and everybody else’s,” I say.

He doesn’t answer. I ask him to go. He takes one step back. But he stays.

I admit to nothing, of course, and am told I am to be deported. The man who says this also says he rates my books highly. That makes me consider ensuring nothing I write is ever translated into Hebrew again. It is a thought that still has greater depths to plumb.

Es decir, que un tipo del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel le dice que le gustan sus libros, y eso basta para que se plantee prohibir la traducción al hebreo. Para que no pueda leerlos ni él ni el resto de israelíes, supongo. Al menos, no en hebreo.

Después de escribir eso, parece que se tranquilizó, y no se supo nada más del asunto. Quedó en una reflexión. Ni siquiera un amago. Así que no prohibió que sus libros fueran traducidos. Pero descubrí un par de cosas que no conocía.

Por ejemplo, que a Mankell los atentados del 11 de Septiembre no le sorprendieron. Era lo que esperaba, no sólo en el sentido de que lo viera venir, sino también en el sentido de que era comprensible. Y ese “comprensible”, claro, está en la frontera de lo “justificable”, separado por la habitual adversativa. (Artículo en The Guardian)

This is the first suicide bomber in Scandinavia and I am surprised that so many are – surprised. It reminds me of when the passenger jets crashed into the towers in New York. I never understood the surprise that followed. Wasn’t this exactly what we had expected? A situation where the extreme, the desperate and the furious attacked the western world that for so long had humiliated Muslim countries. An attack that would be understandable but nevertheless wrong and worthy of condemnation.

Mankell no se queda ahí. En 2009 participó en el Festival de Literatura de Palestina, y publicó en Aftonbladet un artículo en el que relataba su experiencia. El grado máximo de abyección lo consigue en este párrafo:

Is it strange that some of them in pure desperation, when they cannot see any other way out, decide to become suicide bombers? Not really? Maybe it is strange that there are not more of them.

Antes había comparado la situación en Palestina con el apartheid sudafricano. Y en el mismo párrafo dice que el muro evitará ataques en el futuro, pero correrá el mismo destino que el Muro de Berlín. No sé si para Mankell la caída del muro que evita más ataques suicidas sería motivo de alegría. No lo dice.

Sí dice que la única solución al conflicto es la desaparición del Estado de Israel. Ni siquiera la solución de los dos Estados, sino simplemente la desaparición de Israel y la creación del Estado palestino, en el que tendrán que vivir todos los “israelíes”. También dice que no vio antisemitismo durante su viaje. Tan sólo odio –normal y comprensible– de los palestinos contra los ocupantes.

Como lo del 11-S, pero más bestia.

When change is coming, each Israeli has to decide for him- or herself if he or she is prepared to give up their privileges and live in a Palestinian state. During my trip, I met no anti-Semitism. What I did see was hatred against the occupants that is completely normal and understandable. To keep these two things separate is crucial.

Henning Mankell murió el 5 de Octubre de 2015. Ese mismo día fueron detenidos los autores del asesinato de Eitam y Naama Henkin. Los asesinos acribillaron el coche del matrimonio israelí, en el que también viajaban sus cuatro hijos, que resultaron heridos. Los asesinos, al parecer, pertenecen a Hamas. Hamas no sólo es una organización terrorista. También representa políticamente a algunos palestinos.

Además de ese atentado, durante los últimos días se han sucedido los ataques de palestinos a israelíes. Apuñalamientos, piedras, atropellos. Varias víctimas mortales. No es antisemitismo, diría Mankell. Sólo “odio contra los ocupantes, completamente normal y comprensible”.

Eso sí, jamás prohibió que sus obras fueran traducidas al hebreo.

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Genocidio ya no significa nada

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Mapa del Holocausto judío en Europa, 1939-1945. Muestra el porcentaje de muertos judíos de cada país al terminar la Segunda Guerra Mundial en relación a la población existente al inicio de las hostilidades.

 

Escribía recientemente José Sánchez Tortosa sobre la victoria póstuma del nazismo. Esto es, sobre la equiparación entre Israel y el Tercer Reich. Se trata de una victoria de esas que tanto gustan a cierta izquierda: virtual, anacrónica, meramente sentimentalista (me refiero a la victoria, no a la izquierda). Victorias que se producen cuando el enemigo -o el extraño amigo, en este caso- lleva ya muchos años formalmente enterrado. Pero si bien es hasta cierto punto comprensible que algunos quieran ganar en el S. XXI la Guerra Civil, la complicidad de la que muchos hacen gala a la hora de justificar o reivindicar el nazismo, aunque sea por vía indirecta, es algo más difícil de explicar.

Igualmente, será muy difícil explicar dentro de unos años qué es un genocidio, gracias a la ligereza con la que se usa el término hoy en día. Una de las justificaciones para equiparar a Israel con la Alemania nazi es la reiterada acusación de que está cometiendo un genocidio con los palestinos, acusación difundida no sólo por activistas corrientes sino especialmente por periodistas, académicos o escritores a lo largo de todo el mundo. Personas que, tal vez, deberían ser más prudentes a la hora de manejar las palabras. Es verdad que el concepto se presta a cierta confusión, debido a las posibles interpretaciones de su definición más aceptada. Ese ‘Se entenderá por “genocidio” cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal’ suele estirarse hasta niveles absurdos, con tal de que nos sirva para calificar aquello que nos interesa. Para empezar, hablar de ‘destruir total o parcialmente’ no ayuda. La Shoá, el genocidio de los judíos perpetrado por los nazis, fue un objetivo en sí mismo, la eliminación total de los judíos mediante la Solución Final. Antes de eso se había producido la deshumanización del judío. El exterminio no era parte de una intervención militar, ni siquiera tenía como objetivo causar terror o mostrar al mundo de qué eran capaces, sino que se trataba de un objetivo en sí mismo. Y aquí reside una de las claves, en el como tal que se menciona en la definición previa. Un genocidio no consiste en matar mucho. No consiste en usar armas de destrucción masiva, ni en llevar a cabo una acción militar desproporcionada, signifique esto lo que signifique. Un genocidio es algo más profundo, y debería ser tratado con la seriedad que merece.

Teniendo en cuenta la prostitución a la que ha sido sometida la palabra, no extraña demasiado encontrar, en la lista de genocidios de la página española de Wikipedia, episodios como la Masacre de Badajoz –las cifras oscilan entre las 4.000, 1.800 o incluso 200 víctimas- o los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki en la II Guerra Mundial. No parece que ninguno de esos dos casos sean ejemplos válidos de genocidio, pero ahí están. Tomemos ahora las cifras de otro de los genocidios que aparecen en la lista, el perpetrado por los Jemeres Rojos en Camboya. Se calcula que la cuarta parte –la tercera, según otros estudios- de la población camboyana fue eliminada durante los cuatro años en los que Pol Pot estuvo en el poder. Cuatro años, y entre dos y tres millones de muertos de los poco más de siete millones de habitantes que había antes de la llegada de los Jemeres Rojos. Vayamos a las cifras del Holocausto: seis millones de judíos asesinados. Por el hecho de ser judíos, que es lo que define el término, más allá de los números. (Números: en torno al 90% de los judíos que vivían en la Gran Alemania, y dos tercios de los judíos que residían en Europa, fueron asesinados)

¿Y qué es lo que ocurre en Palestina? Lo primero, que no ocurre en Palestina, sino en las zonas de Palestina desde las que se ataca a los ciudadanos de Israel. Gaza, en estos momentos. Lo segundo, que se trata de operaciones militares en respuesta a esos ataques. Ahora es Hamas, ayudado por otros grupos terroristas y algunos patrocinadores lejanos. (Otro factor que no se suele mencionar: Hamas no es ya un grupo terrorista que actúa en nombre de los palestinos, lo quieran o no; es la autoridad elegida por los palestinos en Gaza) En ningún momento ha consistido en el intento de exterminio total de un grupo, algo para lo que dispondrían de una sobrada capacidad técnica. El grupo de los árabes que viven en Israel representa en torno al 20% de la población. Pero el dato más relevante es el siguiente: la población de árabes en Israel está creciendo a un ritmo bastante mayor que la de los judíos. Aún más: la población palestina creció un 30% en la década que va desde 1997 hasta 2007, y la tasa de crecimiento se mantiene en torno al 3%. Pero decíamos que no es lo mismo Gaza que Palestina, y es sólo en Gaza donde se estaría perpetrando el genocidio. Cabría esperar por tanto una disminución considerable en su población. Pues bien, no sólo no está disminuyendo, sino que tiene una de las tasas de natalidad más altas del mundo, un altísimo porcentaje de población joven, y una tasa de crecimiento mayor que la media de Palestina. Y según todas las proyecciones, esta tendencia permanecerá o incluso se incrementará en el futuro.

En resumen, jamás ha habido un intento de cometer genocidio por parte de Israel. Sería un genocidio negativo, si nos fijamos en los datos. Es decir, un concepto sin sentido. El único genocidio que podríamos haber visto en la zona se habría producido, probablemente, en el momento en que Israel hubiera perdido alguna de las muchas guerras a las que se ha tenido que enfrentar desde el mismo día en que se constituyó como Estado.

No es obligatorio estudiar la realidad. Tampoco lo es valorarla si se desconoce. Pero esto es mucho más fácil, más gratuito, más rentable social y psicológicamente. Por ello, muchos se entregan a ese ejercicio de superioridad moral que la ignorancia, la ceguera y los prejuicios proporcionan.’ Con estas palabras terminaba el artículo de Sánchez Tortosa que mencionaba al principio. No es obligatorio estudiar la realidad, ciertamente. Tampoco hablar con propiedad, respetando el significado de los conceptos. Pero es aconsejable si se quiere mantener la posibilidad de elaborar un discurso racional, más allá de los rentables ejercicios públicos de indignación selectiva.

 

A continuación algunas de las fuentes que he utilizado, muchas de ellas nada sospechosas de tratar con benevolencia a Israel. Lo que nos lleva a otra cuestión digna de estudio: en las mismas fuentes encontramos la acusación de genocidio y los datos que hacen imposible hablar de genocidio. Ceguera, tal vez. Pero voluntaria.

La bomba de relojería palestina, en Público.

La explosión demográfica del pueblo palestino, en El País.

Crece un 30% la población palestina en la última década, en palestinalibre.org

Demografía en Gaza: ¿arma o estrategia de supervivencia? en soitu.es

Crecimiento demográfico palestino: el principal problema de Israel

Demography of the Palestinian population with special emphasis on the occupied territories

Israel’s Demographic Challenge

Demographics of the Palestinian territories, en Wikipedia

Más que Israel

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Llevaba tiempo sin entrar al blog. No quería saber nada de visitas, y mucho menos de volver a escribir. Por la misma razón, me he pasado las últimas semanas alejado de cualquier fuente de información sobre el mundo. Como si finalmente hubiera aceptado una derrota y hubiera decidido retirarme al jardín del que ya hablé en alguna ocasión. Dejé pendiente una entrada sobre el desastre educativo de Camden, al que espero volver dentro de poco. Me alejé de Facebook, de Twitter y de todo lo que tuviera algo que ver con la “batalla de las ideas.”

Y hoy, mientras volvía a casa, estaba recordando un par de lecturas recientes. O tal vez fuera una sola: Séneca en Auschwitz, de Fernández Vítores. Habla el autor, entre otras cosas, de la escritura. La escritura culpable, claro. La escritura como mera expresión del sujeto. Era una sola lectura y al mismo tiempo eran varias, porque es un tema recurrente también en dos autores a los que he leído con cierta constancia: Albiac y Sánchez Tortosa. La escritura e Israel, la escritura sobre Israel. La escritura culpable -de unas cuantas cosas- pero también la escritura para no ser cómplice. Podemos engañarnos y pensar que escribir es librar la buena lucha, una guerra justa y sin sangre en la que hay que posicionarse. Lo hacemos, de hecho, en cuanto nos descuidamos. Internet nos ofrece la posibilidad de participar en un gran relato sin tener que movernos del sillón. De sentirnos como el aviador de Yeats, peleando no por los unos o los otros, sino por un impulso vital más allá del lodazal de la política. Lo hacemos a veces, a pesar de todas las cautelas, porque hemos crecido rodeados de relatos épicos, de héroes que hacen lo correcto y pierden.

Eso es precisamente lo que me hacía pensar en la escritura culpable. Escribo sobre Israel, y siento como si estuviera jugando con algo sagrado. Como si al hacerlo estuviera empequeñeciendo algo demasiado importante. No conozco con exactitud milimétrica lo que ocurre allí, y la exactitud milimétrica es lo mínimo exigible para hablar sobre ciertas cosas. No conozco a quienes viven allí y tampoco tengo ningún vínculo real con Israel. Conozco a muchos que escriben sobre ello, mucho mejor de lo que yo lo haré nunca. La necesidad ya está satisfecha, por tanto. Y a pesar de todo, tengo la sensación de que si no hablase sobre ello sería cómplice de la barbarie. El maldito sujeto, una vez más. ¿Podemos sentirnos menos culpables por el mero hecho de escribir contra las mentiras? ¿No basta simplemente con no dar crédito a la propaganda, con no participar en las continuas campañas de prejuicios y relatos fabulosos sobre la maldad de los judíos? Retirarse al jardín, decía al principio… o volver a la caverna.

Nos engañamos a menudo. Ahora mismo, sin ir más lejos, cuando hablo en primera persona del plural. No “nos” engañamos. Me engaño. He pensado muchas veces que ya es suficiente, que no sirve de nada enfangarse en batallas perdidas. No por perdidas, sino porque no son batallas. Sólo máscaras, simulacros de identidad, pequeñas consolaciones. Pero no consigo engañarme por mucho tiempo. Es imposible aislarse. No sé si es moralmente deseable o si por contra se trata de otra forma de cobardía, pero da lo mismo. No es una opción real. Entre otras razones, porque hay muchas personas que siguen difundiendo sin un ápice de crítica la centenaria propaganda anti-judía. Los Protocolos de los Sabios de Sion, los libelos de sangre (ahora modernizados: basta buscar “judíos”, “asesinos” y “niños” en Twitter), o la Gran Conspiración Mundial en sus múltiples variantes. Siguen produciéndose ataques contra sinagogas y comercios judíos con la excusa de Gaza. Es imposible aislarse de todo eso. Algunos de quienes participan en este circo del horror son seres mezquinos, y prestarles la más mínima atención es perder el tiempo. Pero otros no. Otros son los mismos que hablan civilizadamente de música, de fútbol, de cine o incluso de política. Y es precisamente eso lo que no comprendo, a pesar de que se trata de una tradición con gran arraigo en Europa. El odio y la ignorancia como norma. Pero, siguiendo como siempre la máxima spinoziana, intentar comprender es lo único a lo que nos debemos, más allá de lamentos y desprecios. Comprender, y también un respeto profundo por los hechos. Ser mero testigo, describir sin sesgos, levantar acta sin implicarse, sin que el sujeto contamine. Escribir. O de lo imposible.

Es más que Israel, decía en el título. Pero no, no es más que Israel. Es precisamente eso lo que está en juego. Es Israel: más que Europa, más que política, más que Historia. Es Klemperer y la perversión del lenguaje. Es la ignorancia consciente, equiparable al Mal. Es el odio enfermizo al judío, es la risa vergonzosa y cómplice. Es una de las razones para seguir escribiendo, y, al mismo tiempo, tal vez una de las razones para no hacerlo.

OBRAS MENCIONADAS:

Séneca en Auschwitz: La escritura culpable

LTI. La lengua del Tercer Reich: Apuntes de un filólogo

Koba The Dread: Laughter and the Twenty Million